LAS CASAS Y EL REY FERNANDO
L A C ORONACIÓN I MPERIAL
23 de octubre de 1520: el Rey Carlos I de España entra solemnemente en la Catedral de Aquisgrán para convertirse también en Carlos V de Alemania. Cuando llega al altar mayor, se postra a la larga en sus gradas. Tras el canto de una antífona y el rezo de una oración, los arzobispos de Maguncia y Tréveris levantan a Don Carlos, a quien conducen hasta su sitial.
405 CORTES DE LOS ANTIGUOS REINOS DE LEÓN Y DE CASTILLA, VIII: Cortes de Santiago y La
Coruña de 1520; publicadas por la Real Academia de la Historia, tomo IV. Sucesores de Rivadeneyra. Madrid, 1882, págs. 293, 294, 296 y 298.
406 Texto en Ramón MENÉNDEZ PIDAL: Idea Imperial de Carlos V. Espasa-Calpe. Madrid, 1971, pág. 30. 407 Codicilo del Emperador Carlos V, de gloriosa memoria (Yuste, 9 de septiembre de 1558); en fray Prudencio de
SANDOVAL: Historia de la vida y hechos del Emperador Carlos V, Máximo, Fortísimo, Rey Católico de España y de las
Indias, Islas y Tierra Firme del Mar Océano. Edición de Carlos Seco Serrano. B.AA.EE. LXXXII. Atlas. Madrid,
Comienza luego la misa celebrada por el arzobispo de Colonia. Finalizada la Liturgia de la Palabra, Carlos vuelve a tenderse en cruz ante el altar. Cantan sobre él la letanía. Luego rezan en latín: «Te suplicamos, Señor, que te sea acepto el servicio de nuestra servidumbre». El arzobispo de Colonia se pone en pie y, con su báculo en la mano izquierda, dice: «Te rogamos que oigas lo que pedimos, que a este tu escogido siervo Carlos lo rijas, bendigas, enlaces y consagres. Te rogamos, óyenos. Que lo lleves y guíes hasta ponerlo en la cumbre del Reino y grandeza de Imperio felicísimamente. Te rogamos, óyenos».
Hecha esa ceremonia, Carlos se levanta, y el arzobispo lo somete a un interrogatorio, también en latín: «¿Quieres tener y guardar con obras la santa fe católica que se dio a los varones católicos?» Carlos responde: «Volo» (quiero). «¿Quieres ser fiel defensor y amparador de los ministros de la Iglesia?» «Volo». «¿Quieres defender el Reino que Dios te ha dado, y regirlo según la justicia de tus predecesores?» «Volo». «¿Quieres conservar los derechos del Reino e Imperio, y recuperar los bienes que les fueren usurpados, y disponer fielmente de ellos, en favor y aumento del Reino?» «Volo». «¿Quieres ser justo defensor y amparador de los pobres y de los ricos, y de las viudas y huérfanos?» «Volo». «¿Quieres ser sujeto y obediente a Jesucristo, al Romano Pontífice e Iglesia Romana, y guardarle con toda reverencia la fe que se le debe?» «Volo».
Acabadas las preguntas, conducen a Carlos hasta el mismo altar, sobre el que pone sus manos y dice: «Aquí quiero y prometo guardar y cumplir todo cuanto he prometido, ayudándome Dios y las oraciones de los fieles cristianos y Santos de Dios». Esto hecho, Carlos vuelve a su sitial. Y el arzobispo de Colonia pregunta al pueblo: «¿Queréis sujetaros a tal Príncipe y gobernador, y fortificar fielmente su Reino, guardar sus mandamientos según lo que dice el Apóstol y es precepto suyo, que toda criatura está sujeta a las potestades superio- res? ¿Queréis al Rey Don Carlos, que está presente, por Emperador y Rey de Romanos, y hacer lo que él os mandare?» El pueblo responde: «Sí, sí, sí». Tras lo cual el arzobispo de Colonia canta en latín: «Señor Jesucristo, que todas las acciones y cosas de los Reyes riges y gobiernas, derrama tu saludable bendición sobre este nuestro Rey Carlos».
Luego Carlos se hinca de rodillas para ser consagrado por los arzobispos de Colonia y Tréveris. Descubierta la espalda, es ungido en ella con el óleo sagrado, así como en los brazos, pecho, manos y, por último, en la cabeza. Y en cada parte le decía el arzobispo de Colonia: «Ungo te Regem oleo sanctificato, in Nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti». Cuando llegaron a ungir las manos le dijeron: «Sean ungidas estas manos con el óleo santo, con el cual fueron ungidos los Reyes y Profetas. Y como Samuel ungió al Rey David, así seas buen Rey constituido en este Reino sobre el pueblo que te dio el Señor para gobernar, teniendo él por bien de conceder esto; que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén». Mientras tanto, el coro cantaba la antífona: «Unxerunt Salomonem Sadoch Sacerdos et Natham in Regem», profiriendo al fin: «Vivat, vivat Rex in aeternum!»
Finalizadas las unciones, los arzobispos visten a Carlos de blanco, atravesada una estola desde su hombro izquierdo, como a diácono. A continuación recibe la espada de Carlomagno, le impone un anillo el arzobispo de Colonia, el manto Imperial, y le dan el Cetro y el Orbe. Por último, los Arzobispos le ciñen la Corona Imperial y lo conducen al altar, donde Carlos, puestas sus manos sobre él, dice: «Yo prometo delante de Dios y de sus ángeles que de aquí adelante conservaré la Santa Iglesia de Dios en justicia y paz»408.
408 Cfr. Fray Prudencio de SANDOVAL: Historia de la vida y hechos del Emperador Carlos V, Máximo, Fortísimo, Rey Católico de España y de las Indias, Islas y Tierra Firme del Mar Océano, Lib. X, cap. III. Edición de Carlos Seco Serrano.
Posteriormente, en febrero de 1529, Carlos es consagrado y coronado en Bolonia por el Sumo Pontífice (Clemente VII), requisito solemne para acabar de ser perfecto Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico409.
Así comenzaba el Imperio del último verdadero sucesor de Carlomagno. Por la heren- cia de sus abuelos paternos y maternos, fue el Imperio más grande que ha existido, dilatado en ambos hemisferios de la Tierra, así como el último que pudo creerse responder al pensa- miento de San Agustín: Imperio universal cristiano.
Ya su discurso de la Corona en Santiago había dicho que él no era un Rey como los demás: «Siendo, pues, el Rey nuestro Señor más Rey que otro; más Rey porque tiene más y mayores Reinos que otros; más Rey porque él solo en la Tierra es Rey de Reyes; más Rey porque es más natural Rey, pues es no sólo Rey e hijo de Reyes, mas nieto y sucesor de setenta y tantos Reyes, y así ama a sus Reinos como a sí mismo». Seguidamente se manifiesta que «ahora vino el Imperio a buscar el Emperador a España, y nuestro Rey de España es hecho, por la gracia de Dios, Rey de Romanos410 y Emperador del mundo»411.
El 5 de septiembre de 1519, Carlos I había firmado en Barcelona una Real Pragmática sobre los títulos suyos en la que dice: «Por cuanto después que plugo a la Divina Providencia, por la que los Reyes reinan, que fuésemos elegido Rey de Romanos, futuro Emperador, y que de Rey Católico de España, con que éramos bien contentos, fuésemos promovido al Imperio, convino que nuestros títulos se ordenasen, dando a cada uno su debido lugar, fue necesario, conformándonos con la razón según la cual el Imperio precede a las otras dignidades seglares, por ser la más alta y sublime dignidad que Dios instituyó en la tierra [...]»412. Los títulos suyos, ordenados, eran los siguientes: Don Carlos, por la gracia de Dios, Rey de Romanos, futuro Emperador semper augusto, y Rey de Castilla, de León, de Aragón, de las Dos Sicilias, de Jerusalén, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorcas, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de los Algarbes, de Algeciras, de Gibraltar, de las Islas de Canaria y de las Indias, Islas y Tierra Firme del Mar Océano, Archiduque de Austria, Duque de Borgoña y de Bravante, Conde de Barcelona, de Flandes y del Tirol, Señor de Vizcaya y de Molina, Duque de Atenas y de Neopatria, Conde de Rosellón y de Cerdaña, Marqués de Oristán y de Gociano. Como su madre vivía, pero estaba incapacitada para reinar, se añadía: «en uno con la Muy Alta y Muy Poderosa Católica Reina Doña Juana, mi Señora madre».
El filósofo dominico Tomás Campanella escribe que la «Monarquía Universal» llegó por último a los españoles, a quienes «el hado les concedió todo. Su Monarquía es más digna de admiración que la de los antiguos». Un conjunto de circunstancias «hizo famosa y digna de toda admiración a la Monarquía Española, y llegó también a ser Señora del Mar». Confiesa que «nunca anochece en su Imperio», porque el Sol «en ningún momento deja de iluminar parte alguna de aquel Reino». Como algunos pensaban que esa Monarquía no podía subsistir por mucho tiempo, dada su descomunal extensión, su dispersión entre el Viejo y Nuevo Mundos, su diversidad de lenguas y de climas, Campanella dice: «Aunque tan grandes dimensiones geográficas parezcan debilitar la Monarquía Española, sin embargo, la pericia admirable y provechosa en el arte de navegar, y otros modos de unión, los que hoy utilizan los
409 Cfr. Ibidem, tomo II, Lib. XVIII, cap. VI; B.AA.EE. LXXXI, págs. 368-369.
410 Así era llamado el Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico en el tiempo que mediaba entre su
elección y el momento en que era coronado.
411 CORTES DE LOS ANTIGUOS REINOS DE LEÓN Y DE CASTILLA, op. cit., págs. 293 y 295. 412 Texto en Alfonso GARCÍA-GALLO: Manual de Historia del Derecho español, II. Artes Gráficas y Ediciones.
españoles, o mejor, pueden utilizar, le dan esplendor y la tornan admirable más de lo que algunos quizá piensen»413.