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Baronías, cordadas y clanes

In document Los Milenarios El Vaticano Contra Dios (página 81-84)

Conviene subrayar el carácter incisivo de ciertas baronías cardenalicias, deteniéndonos sólo en algunas de ellas, justamente las que en estos momentos se encuentran en plena actividad y se intersecan entre sí. Cada una trata de convencer a las demás de que

Dios le ha encomendado la misión de transportar la Iglesia en su propia balsa neumática para salvarla en caso de que caiga en la poderosa falla de otros movimientos telúricos vaticanos contrarios. A juicio de todos estos eminentes barones, Dios es algo así como un pozo de petróleo infinito y la Iglesia una especie de compañía petrolera encargada de su explotación.

En el vértice, la Curia se abre como la roca del Calvario casi siempre en dos mitades, entre la mitad que tiene en sus manos las palancas del poder y la que espera ansiosamente el cambio de turno. A juicio de los miembros de ambos bloques, la división tiene orígenes apostólicos, pues muy a menudo los doce se disputaban la preeminencia en el reino de la Iglesia. Por consiguiente, el hecho de que ellos también se encaramen hasta la cumbre es una cuestión de mística divina.

Cuando les conviene repiten hasta la saciedad que los superiores representan la autoridad de Dios, pero en la Curia han obtenido la dispensa de representarse más bien a sí mismos, un cómodo privilegio que les facilita la carrera, a pesar de lo mucho que ello les aparta de la orientación divina.

Los monseñores de la Curia difícilmente permanecen aislados. Si un prelado decidiera mantenerse aislado, cortaría el cordón umbilical que lo une a los demás y quedaría fuera de la liza. Una mosca blanca, una anomalía del ambiente, una misofobia propia de eunuco. La red de complicidad y de servilismo, firmemente sujeta por la asfixiante colusión de los que se aglomeran en una misma familia, arrincona a los no asociados y les asesta unos mandobles tan precisos que los deja fuera de combate.

Los miembros de la Curia que quieran consolidar su posición tienen que apresurarse a elegir a su familia adoptiva y al jefe, al que deberán prestar la máxima atención y tributar un incondicional homenaje de vasallos que roce los límites de la humillación. De palabra y de obra tienen que dar muestras de máxima fidelidad al clan en una participación de propósitos que excluya cualquier posibilidad de pasarse al otro bando.

No se admite la discrepancia; el «arrepentidismo» es un neologismo eliminado del vocabulario de Estado. Se exige a los socios una sincera actitud propia de los forofos del fútbol con el propósito de alzarse con el título de campeones de Liga. Todos para uno y uno para todos, exactamente como en la Cosa Nostra. En este deporte alpinista, todos tienen el deber de apoyarse mutuamente a medida que avanzan. Hombres que remolcan a otros hombres, como los

rickshaws indios.

Todo ello da lugar a un hábil juego de contrapesos y de acrobacias virtuosistas, mediante el cual se pretende mantener el equilibrio entre las corrientes y los personajes de los dos clanes contrarios. Los contendientes de ambos bandos conciertan pactos cuando comprenden que no se podrán eliminar. Entonces se reparten

los cargos como si éstos fueran una presa y recurren al sistema del reparto del poder: este ascenso será para tu cordada y este puesto será para la mía, de conformidad con los parámetros.

Los dignatarios de la Curia pertenecientes al clan van subiendo en racimos, como las cerezas. Eliges a uno y se agarran diez o veinte, sin contar la pléyade de aduladores que los rodean. Se trata de toda una serie de pequeños contubernios que tienden a amalgamarse para defender sus intereses chauvinistas, todos ellos ávidos de carrera y de dinero bajo la forma de corruptelas y favores personales, a su juicio irrelevantes. Centros de poder para mandar, complacer y escalar hacia la cumbre, todos ellos dominados por la figura de un jefe de cordada de calibre casi siempre cardenalicio.

En semejante clima, la Curia, aparte del hecho de adquirir una frialdad glacial, fomenta en su seno rencores y divisiones que la convierten en víctima y súcubo de muy indignos repartos de camarilla. No va con ellos la advertencia de san Pablo a Timoteo: «Te conmino a que observes estas normas con imparcialidad y que no hagas nada por favoritismo.» Para los adeptos al clan, categoría privilegiada como status symbol, la enseñanza es la de que, cuando recibes un don, un ascenso, un premio, seas consciente de que alguien lo ha pagado por ti y le tienes que corresponder por lo menos con reverente disponibilidad. En el mundo curial, nada se da a cambio de nada. ¡Con un hombre insignificante y una gran idea del clan, Dios obra sus maravillas! Por lo menos, eso enseñan ellos.

«Leemos en el evangelio —dice san Bernardo— que hubo una discusión entre los discípulos para saber quién de ellos era el más importante. Serías un desgraciado si a tu alrededor [Juan Pablo II] todas las cosas ocurrieran de esta manera. Pero sobre estas cosas basta lo que ya hemos dicho. He rozado apenas el muro sin atacarlo. Ahora te toca a ti; a mí no me es lícito ir más allá. La Curia romana ya me cansa y conviene salir del palacio.»

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