El predominio del ansia de poder más desenfrenado, el reinado de la megalomanía de los ascensos y de la más cínica desfachatez de los favoritismos rayanos en la corruptela, todo eso se puede encontrar en el Vaticano.
Muy hábiles en mantener el equilibrio sobre la cuerda floja, los que han llegado a los vértices superiores, en los casos en que se revelan ineptos para los puestos que ocupan, hacen saber a la superioridad que, por dignidad y por el prestigio del cargo que hasta entonces han ocupado, sólo se irán a cambio de un ascenso a un puesto mejor, del que emergerán a su debido tiempo para seguir mangoneando. Un ave fénix que renace constantemente de sus cenizas, utilizando hábilmente sus derrotas como rampa de lanzamiento. Ellos, en lugar de expiar sus culpas, consiguen ascensos y aplausos gracias al admirable mecanismo cuyo secreto todos conocen.
Si un recomendado o un ascendido, a pesar de haberla armado buena, consigue no perder el apoyo de su protector, recurre inmediatamente y como ultima ratio a la regla de oro: promoveatur
ut amoveatur, es decir, «el ascenso a cambio de la destitución». La
máxima abre a menudo el camino a grandes injusticias, pero sirve para ocultar enormes fallos en los misteriosos engranajes de los juegos de la Curia. En el reverso de cada uno de ellos se lee en clave romanesca, «Dejantri nun ce ne frega gnente!», «a nosotros nos importa un comino». A costa de los que merecen el ascenso, los protectores del emergente, a pesar de ser culpable, lo premiarán, silenciando sus fechorías y convirtiéndolas en falsos méritos. En la Curia triunfa el que sabe manejarse mejor a la sombra de su protector. La candidatura del enchufado corre velozmente sobre el hilo del molesto cuchicheo y se convierte en noticia.
Dios, en su sencillez, sabe colocar el bien exactamente en la parte contraria del mal. Los hombres, en cambio, consiguen acoplar hábilmente el mal sobre el bien, invirtiendo e intercambiando los papeles de ambos cuando les conviene. Y, en los casos en que resultaría repugnante obligar a aceptar sin más lo contrario de lo opuesto, revisten el bien con impúdicas palabras, es decir, con calumnias, y el mal con espléndidas falsedades y, una vez camufladas de tal guisa, no pudiéndolas presentar a Dios omnisciente que las rechazaría con desagrado, se las presentan a su Vicario en la tierra, ignorante de la verdad, para que elija el mal disfrazado de bien y rechace el bien mancillado por las calumnias. Tras haber obtenido la aprobación del proyecto, dicen que ha sido obra del Espíritu Santo, el cual no tiene absolutamente nada que ver con semejantes engaños.
Así se producen ciertos ascensos: mediante compromisos, presiones, maniobras y delaciones. La esencia de las cosas no varía
jugando con las palabras, tal como se suele hacer. Y la gratitud se convierte casi siempre en aval y esperanza de futuros favores, recíprocos, naturalmente.
Son vicios y defectos de la Curia que ya aburren hasta a los corderos. En la Iglesia hay suficiente luz para los que creen y suficientes sombras para los que dudan, dice Pascal.
Mediante uno de estos juegos sucios un prelado norteamericano había conseguido ocupar un lugar preeminente en la Curia, precisamente allí donde se moldean las vajillas episcopales. En los pocos años que transcurrió en aquel importante dicasterio, dio mucho que hablar a causa de la extraña manera que tenía de llevar a cabo ciertas tareas extraordinarias de despacho, encerrado hasta muy tarde con algunos apuestos jóvenes.
Pero los porteros de ambos edificios, el del domicilio particular y el del despacho, no eran de la misma opinión; se hablaba mucho acerca del motivo de aquellos encierros nocturnos. Ante la inevitable necesidad de la destitución, el prelado fue destinado a una gran archidiócesis de su país. Él lo aceptó, pero con una condición: quebró
hac vice, para compensarle de la molestia del cambio, aquella
archidiócesis fuera también sede cardenalicia. Poco después, casi por consenso divino, el prelado americano tan aficionado a los servicios «extraordinarios» fue nombrado cardenal de la Santa Iglesia Romana.
En el Vaticano se acaba de celebrar un Festival para el Clero: una «manifestación en ocasión del simposio promovido por la Congregación para el Clero para celebrar el trigésimo aniversario de la promulgación del decreto conciliar Presbyterorum Ordinis, con la intervención del Papa al término del festival. Huelgan todos los comentarios que ya se pudieron leer entre líneas en la prensa internacional y han quedado para la historia. Todo se debió al mal disimulado exhibicionismo del prelado secretario, un hombre vulgar que quiso colocarse en una situación extraordinaria para parecer excepcional. En resumidas cuentas, lo había organizado todo para situarse en la recta final de la dirección de su dicasterio, dado que el cardenal prefecto estaba a punto de alcanzar el límite de edad canónica. No lo consiguió por un pelo.
Pero aquel festival le sirvió para adjudicarse la organización de los futuros festejos para el 50 aniversario de la ordenación sacerdotal del Papa, cuyo éxito le valió el nombramiento de secretario general del Comité para el Jubileo del año 2000. La fastuosa celebración cincuentenaria se transmitió durante varios días por Mundivisión. La prensa no hablaba de otra cosa en primera plana. Acallaron las noticias sobre los tres pueblos del Cuerno de África que aquellos días se estaban diezmando mutuamente con el fin de que no distrajeran al resto del mundo de aquel espectáculo que muchos calificaron de carnavalesco.
Una parte excesiva de la Iglesia se entretiene con cosas materiales y terrenas y confunde nuestro paseo transitorio por el planeta con una perenne palestra de aspiraciones egoístas y satisfacciones corporales. Por más que todos sepan que la felicidad no estriba en el tener sino en el ser, al prelado que lleva la escalada en las venas le cuadra mejor decir, como Oscar Wilde: «Dadme lo superfluo y prescindiré de lo necesario.»
Durante aquellos festejos parecía oírse la voz de repudio de Dios por boca del profeta Malaquías: «Y ahora esta advertencia a vosotros, sacerdotes. He aquí que os romperé el brazo y os arrojaré excrementos al rostro, los excrementos de las víctimas inmoladas en vuestras solemnidades para que se os lleven con ellas.»
Otro ejemplo reciente de desplazamiento de fichas equivocadas en el tablero curial se podía leer en los diarios de la capital cuyos articulistas, a instancias de los prelados interesados, presentaban a la opinión pública el cambio de guardia en la pista —el cargo de secretario general del comité central del Año Santo que pasaba del saliente Sergio Sebastiani al entrante Crescenzio Sepe— como si fuera un feliz hallazgo, descubierto casi por arte de ensalmo. Dos ascensos, dos candidatos al cardenalato, dos afortunadas promociones en cuya partida de ajedrez asoma incluso un inquieto alfil, un tal monseñor Liberio Andreatta, de duro léxico sardo, aspirante a entrar en el torbellino de los grandes acontecimientos religiosos de dicho comité, como lógica consecuencia de un hecho indiscutible: quien quiso a Sepe previo también a Andreatta. Cuánta clarividencia en su favor: ¿por qué?
Se trata del monseñor que dirige una lucrativa organización multimillonaria de aquellos ambientes y que se dio a conocer a través de la obra de turismo religioso que tan ingentes beneficios
económicos reporta.* Después de mucho pensar, al final se inventa la
distribución de un pañuelo de colores, incluido en el precio, para que los instrumentalizados e ignaros peregrinos lo lleven al cuello y en la mano y lo hagan ondear repetidamente y con el mayor entusiasmo durante las ceremonias y las audiencias generales, y todo para que se enteren de sus ocultos propósitos los que tengan que enterarse: «¡Ojo que yo también estoy aquí!»
Los que saben leer los acontecimientos al revés ven con toda claridad que la elección de monseñor Sebastiani para aquel comité fue un error: una persona que carece de iniciativa, pero que está lleno de soberbia. ¿Cómo enmendar el fallo? Con un posible intercambio que complazca a todo el mundo, siempre con la mirada
* Liberio Andreatta es presidente de la Obra Romana de Peregrinaciones, un negocio multimillonario derivado de la gestión de los viajes a Tierra Santa, Lourdes y otros lugares de peregrinación. Dicen que está emparentado con el honorable Beniamino Andreatta, el político católico.
puesta en la púrpura cardenalicia. El viento de la Curia no sabes dónde nace, pero puedes prever hacia dónde va a través del espectáculo de los juegos de funambulismo eclesiástico que se montan en la plaza.
Tales prelados, como míseros mortales que son, irán un día a llamar a la puerta de la fiesta del Esposo: «Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre y arrojamos demonios en tu nombre e hicimos milagros en tu nombre?» Qué humillación después de tanto contonearse y exhibirse, de tanto asomarse y de tantas fanfarronadas, oír que desde dentro les dicen con voz distante: «Apartaos de mí, obradores de iniquidad.»