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ESPÍAS Y ESPIADOS DE LA CURIA

In document Los Milenarios El Vaticano Contra Dios (página 153-156)

Bajo la capa del secreto pontificio, el misterio de la impiedad tiende a convertir la verdad en «prisionera de la injusticia».

Los secretos sobre los colaboradores de la Curia, en especial si son de carácter calumnioso, sólo se ocultan rigurosamente al interesado; en cambio, todos los demás los pueden conocer sin mayores obstáculos, contados uno a uno, como un caparazón de molusco que va mostrando de vez en cuando su contenido, abriendo las valvas a petición del que le hace cosquillas. Se ha comentado aquí repetidamente la indecencia del secreto pontificio que sólo favorece las sucias maniobras de los superiores y de los protegidos en su propio beneficio y en detrimento de los que tienen derecho a conocerlos por justos motivos. El tema es de tal importancia que exige un análisis más profundo.

La Curia romana es la sala de los espejos, desde cuyas paredes el uno espía al otro: partida en dos de esta manera, una mitad controla a la otra mitad y cada una de ellas considera a la otra un conglomerado de espías, chivatos y espiados: «¡Calla, el amigo te escucha!»

Una espesa capa de secreto malentendido envuelve los hechos y a los hombres en las estancias selladas de una celosa corte bizantina tan poderosa como despiadada. En semejante ambiente, la maledicencia que se murmura en secreto se tiene que hacer circular; con la condición de que el interesado no se entere jamás. Séneca aconsejaba: «Lo que no quieras que sepan los demás, no se lo digas a nadie»; aquí el nadie sólo se refiere al interesado. En caso de que éste preguntara, hablando en claro burócratas, se le tendrá que negar todo, tanto si es verdad como si es mentira.

Maquiavélicamente, el fin de promover a alguien en lugar de otro, a quien le corresponde por derecho, justifica los medios que se adopten, y precisamente el secreto pontificio, aunque ello destruya el tejido de la lealtad interpersonal que es indispensable en toda pacífica y fraterna convivencia.

Para confirmar esta praxis todavía en uso hacia los colaboradores del Papa, se podrían ofrecer numerosos ejemplos. Cuando se producen estos abusos tan descarados, los funcionarios no saben cómo hacer valer sus derechos naturales y, por consiguiente, también divinos, puesto que está escrito que el obrero bien merece su salario, sobre todo, el del ascenso.

El poder de la inviolabilidad del secreto pontificio favorece al calumniador y castiga al inocente, a quien se niega prácticamente el derecho a pedir que se le haga justicia. El procedimiento del secreto resulta muy cómodo incluso en las cuestiones administrativas, en las que debería imperar la máxima claridad.

La mayor parte de las actividades de la Curia está por tanto rigurosamente protegida por este secreto profesional, llamado en latín Sub Secreto Pontificio. Lo cual significa que debería guardarse un secreto absoluto, cosa que no ocurre. Lo que ocurre es que los dos términos «secreto» y «pontificio» se separan y se convierten en dos láminas de hielo a la deriva. La del secreto envuelve al interesado y lo bloquea en una especie de hibernación. La otra, la del pontificio, se funde con el calor del público, que se desencadena contra el desventurado no apreciado y susurra, sibila y comenta, siempre en secreto, verdades mezcladas con calumnias, hechos y fechorías magnificados y cualquier otra cosa que quepa imaginar, todo ello condimentado algunas veces con una interesada caridad fraterna, con la cual se finge extender un manto de misericordia: «¡Debilidades humanas, pobrecito!» Pero, si su caridad es tan cruel, ¿cómo será su justicia?

Se tiende a una aldea global de la información, con una neta distinción entre el interesado que, aislado por el secreto, no abriga apenas ninguna duda acerca de los hechos que se le atribuyen, y todos los demás que se lanzan por su cuenta a derramar a su alrededor toda suerte de calumnias y habladurías.

En los momentos más duros, un consagrado se siente inerme y derrotado ante la perfidia de sus hermanos, propagadores de calumnias y pobres diablos que se apartan de él para no mancharse a su lado, dejándolo a la deriva al más mínimo soplo de vientecillo calumnioso. Como es natural, el alejamiento del apestado sirve para acudir en auxilio del superior con el fin de que éste pueda utilizar las armas del abuso cual si fueran la sentencia de un juicio. Cuando se quiere echar a alguien, basta la mordaza de la sospecha, casi siempre sobre cuestiones de moralidad: medias verdades y medias mentiras, sutiles palabrerías y latentes denigraciones sembradas en secreta confianza.

Quede claro que el que propaga acusaciones y rumores contra el prójimo en cuestiones de moralidad no es limpio y puro como el cisne de Lohengrin, aunque finja tener buen cuidado en no mancharse el

pico y las plumas; su interior seguro que tampoco es tan inmaculadamente blanco como la camisa de Lola (Cavalleria

rusticana, Pietro Mascagni). Pero el hecho de serlo no tiene

importancia; basta salvar las apariencias.

«La espada de la tribulación de este hermano nuestro perseguido —dice san Raimundo— se duplica y se triplica cuando, sin motivo justificado, nace la persecución por parte de los hombres de Iglesia en el ámbito espiritual, donde las heridas más graves son las que proceden de los amigos.» A pesar de estar prohibido por las divinas Escrituras: «No esparcirás rumores falsos, no prestarás ayuda al culpable para dar testimonio en favor de una injusticia. No te dejarás arrastrar al mal por la mayoría y no declararás en un juicio siguiendo a la mayoría para falsear la justicia.»

Otra clase de secreto todavía más pérfido es el que se organiza cuando se quieren ocultar ciertas maniobras no muy limpias a propósito de la desviación de ascensos arrebatados a quienes corresponde y otorgados a quien no los merecen, siempre cubiertos por el manto de la más absoluta arbitrariedad. Gracias a este manto, las trampas, los enredos y los abusos de la casta de los protectores quedarán bien guardados en la caja fuerte de los secretos del despacho, sin la cual el superior tramposo se vería descubierto con las manos en la masa. Tales maniobras, que premian a los intrigantes de la pía hermandad del silencio, generan un malestar difuso por doquier, pero, sobre todo, en aquellos a quienes corresponden los justos y merecidos ascensos.

Otras veces, el secreto pontificio sirve de excelente coraza protectora y salva de lamentables consecuencias al testigo falso que, de esta manera, puede decir todo lo que quiera e incluso inventárselo a petición del candidato sin temor a que nadie lo pueda desmentir. En el estuche acorazado del secreto pontificio, intransmisible e incomunicable, el infame detractor se encuentra tan a salvo como un parásito dañino en un capullo, y puede digerir o expulsar cualquier veneno ambiental que se le antoje. El rigor sirve simplemente para que el perjudicado no intervenga antes de tiempo y para evitar que éste rompa los huevos del cesto y quizás alguna parte del físico de los conspiradores.

Los secretos vaticanos tienen muy variados valores según las conveniencias. Por ejemplo, para evitar un escándalo en el mundo acerca de lo que al parecer se dice en el tercer secreto de Fátima sobre los eclesiásticos que ocupan el vértice de la Iglesia, su prudencia humana consideraría una insensatez la revelación pública de las afirmaciones de la Virgen. En cambio, cuando se difunden calumnias y denigraciones para quitar de en medio a un posible pretendiente, aquellas angelicales conciencias saben que con todo ello no se escandaliza a nadie, por cuyo motivo es lícito cometer semejante iniquidad.

maestro: «Quisiera que tú [Eugenio III, N. del R.] establecieras como norma general considerar sospechoso a quienquiera que tema decir en público lo que se susurra al oído; si, además, se negara a repetirlo en presencia de todos [los interesados] considéralo un calumniador y no un acusador.»

In document Los Milenarios El Vaticano Contra Dios (página 153-156)