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Gladiadores y fieras

In document Los Milenarios El Vaticano Contra Dios (página 94-99)

Es bien sabido que, debido a la alternancia en los puestos del vértice de la Iglesia, primero fue secretario de Estado Amleto Cicognani, natural de Romagna, y después lo fue Agostino Casaroli, natural de Piacenza, al cual estuvo a punto de seguir el romagnolo Achille Silvestrini, que lo deseaba con toda su alma y a toda costa, a pesar de su proverbial adormecimiento.

Cuando los dos Cicognani desaparecieron de la escena vaticana, Silvestrini, que ya ocupaba el importante cargo de secretario del Pontificio Consejo para los Asuntos Públicos de la Iglesia bajo el secretario de Estado Casaroli, natural de Piacenza, consideraba que estaban tardando demasiado en nombrarlo cardenal y, para mantener vivas sus expectativas, se sacó de la manga la idea de celebrar cada año en Brisighella un solemne funeral por las almas de sus dos presuntos tíos abuelos cardenales, haciéndose pasar por sobrino de los Cicognani, por más que sus paisanos negaran cualquier relación de parentesco, ni siquiera lejano, entre ellos.

Una vez establecida la fecha anual, el esforzado Achille encargó a sus agentes provocadores Renato Bruni (todavía no caído en desgracia) y Mario Rizzi (un emiliano de la peor especie) el traslado a Brisighella, en caravana de vehículos de superlujo, de la mayor cantidad posible de peces gordos de todas las tendencias imaginables, con el fin de que rezaran hasta nueva orden por las dos almas que tanto lo necesitaban todavía, al menos a juicio de su sobrino nieto. ¡Pobrecillos! ¡Que Dios los tenga en su gloria!, clamaban en los pasillos de la Curia. Como es natural, el Papa leyó en el Osservatore Romano el mensaje en clave y los nombres de los VIPS que allí habían acudido vestidos de luto para rezar. Los funcionarios seglares de la Secretaría de Estado, romanos de pura cepa, comentaban entre sí: «¡Ése llora a los muertos y jode a los vivos!» El ansioso sobrino de los Cicognani debió de ser advertido tal vez en sueños por sus falsos tíos de que ya no se celebrarían más sufragios por ellos. Todo ello coincidiendo con la fecha en que la Santidad de Nuestro Señor Juan Pablo II lo nombró cardenal en el consistorio del 28 de junio de 1988. Una vez obtenida la investidura, no por

intercesión de sus presuntos tíos Cicognani, que ya habían perdido toda su influencia, sino gracias a los buenos oficios del honorable Bettino Craxi, el filomasón socialista con quien don Achille había colaborado en la organización del famoso Desconcordato de 1984 entre el Vaticano e Italia, firmado poco antes de que el fugitivo y poco honorable se largara precipitadamente para fijar su residencia permanente en la fortaleza tunecina de Hammameth.

La cosa vino como anillo al dedo precisamente cuando todo estaba a punto de malograrse: «El viento sopla donde quiere y nadie sabe de dónde viene ni adónde va», le explicaba Nuestro Señor a Nicodemo aquella noche.

A propósito del Desconcordato, la prensa recordó en su tiempo la fuerte oposición de todos los cardenales y obispos de la Conferencia Episcopal italiana al texto redactado por el entorno socialista del honorable Bettino Craxi y del honrado Silvestrini. La opinión pública fue informada del violento enfrentamiento entre dicho prelado de la Curia y el plácido patriarca de Venecia, cardenal Albino Luciani, portavoz de la esfera eclesiástica y del laicado católico que estaban en contra del proyecto de aquel texto tan desconcordado.

Los adversarios señalaban que aquel Desconcordato era un clásico ejemplo de documento redactado sin tener en cuenta la realidad de la situación, al margen del contexto histórico y social, y sin haber consultado la base del clero de las diócesis, en beneficio exclusivo de los firmantes.

Cuando Albino Luciani, sin ninguna mezquina intriga burocrática y sin que se hubiera producido ningún conflictivo adelantamiento, fue elegido inesperadamente papa con el nombre de Juan Pablo I, Silvestrini, que, a pesar de sus refinados modales, no conseguía presentarse ante el nuevo papa como un personaje totalmente convertido al cambio de situación, comprendió que se había jugado el cardenalato. El rigor moral del nuevo pontífice le era lo bastante conocido como para hacerle comprender que no podría atraerlo a sus sectarios objetivos.

Largo y profundo fue su suspiro de alivio al enterarse de que, al cabo de apenas treinta y tres días, aquel pontífice había sido encontrado muerto en su lecho. ¡Loado sea Dios! El eminente romagnolo podía seguir esperando tranquilamente la escalada. ¡Oh, muerte bendita, jamás fuiste tan bien recibida como aquella vez! Al ver que los adversarios no se calmaban ni siquiera después de la firma del Desconcordato, se le ocurrió la estratagema de encomendar al prelado Vincenzo Fagiolo, cual si éste fuera la pluma del padre Giuseppe de Luca o del padre Lorenzo Milani, espíritus libres de toda servidumbre, la tarea de ensalzar en la prensa las ventajas y virtudes del pacto mientras reclutaba a varios eclesiásticos del clan para que hicieran de recaderos por medio de conferencias y seminarios y

convencieran al clero y a los obispos de las diócesis más rebeldes. Sometido a análisis, el Desconcordato dejaba al descubierto unas incongruencias y superficialidades que ahora, sin laureles y oropeles, resultan cada vez más graves y preocupantes, sobre todo en la cuestión de la formación escolar. Los protagonistas de aquella intriga, a pesar de su sonrojo, están siendo juzgados por la historia y ahora esperan al acecho a uno y otro lado del Tíber.

Volviendo a la sucesión de Casaroli, los dos pretendientes de la época, Silvestrini y Martínez Somalo, llegaron al enfrentamiento directo y, para su gran deshonor, intercambiaron injuriosas cartas, respaldados por sus respectivos partidarios, quienes se mostraban directamente interesados en la victoria de su gladiador que sufría el ataque de las fieras. El gobierno de la Iglesia sigue su camino a golpe de sordas peleas entre bandos enfrentados. Los duelos del ático provocan temblores en los pisos inferiores.

Una muestra del escrito de Silvestrini contra Martínez Somalo, que se hizo llegar a muchos dignatarios de la Curia, decía entre otras cosas: «Arrastrado por el afán competitivo de los profesionales que tratan de hacer carrera [...] se queda uno asombrado cuando piensa en los detalles de la delicadeza y la habilidad con las cuales has desacreditado a tu posible rival, Achille Silvestrini, inventando contra él toda suerte de falsedades [...] lengua mordaz, la perfidia es tu mayor virtud [...]» El mordaz Martínez Somalo envió a los dignatarios ya citados una fotocopia del escrito, añadiendo a pie de página el simple comentario: «Advertencia mafiosa - firmado: con mucho rencor, Achille y el querido amigo Giovanni Coppa.»

En el breviario de aquellos días los sacerdotes leían: «No hay sinceridad en sus bocas, su corazón está lleno de perfidia: su garganta es un sepulcro abierto, su lengua es adulación. Condénalos, Señor; que fracasen en sus intrigas, pues se han rebelado contra ti.» Unos prelados de tanto rango se rebajan a pincharse con saña sin desdeñar los golpes bajos cuando se trata de conseguir la prioridad del adelantamiento en el poder. La zancadilla, aunque por más que torpe e incorrecta, está tan de moda en la Curia y fuera de ella, que ya casi ha perdido toda su gracia.

Estos hombres, con la vesícula y la próstata maltrechas, se invitan amablemente a comer y después se desafían a un rústico duelo. Y, cuando alcanzan la recta final, la carrera para la eliminación del adversario adquiere un carácter violento, aunque jamás pierda la sutileza y la elegancia. El digno y capacitado sucumbe; el hábil y astuto triunfa. Cuando el juego es rudo, los más duros salen a la palestra para enfrentarse en batalla. El que gana impone su opinión, aunque ésta no sea acertada. En las últimas fases, la fuerza del derecho cede ante el derecho de la fuerza.

A propósito del «querido amigo Giovanni Coppa», el lector podría sorprenderse con razón de su presencia en la cordada de los romagnolos, siendo natural de Alba, Piamonte. Era uno de los más íntimos colaboradores del entonces omnipotente sustituto Giovanni Benelli que colocó hábilmente a Jean Villot y a Pablo VI ante los hechos consumados, lo cual le granjeó el apodo de «Su Excedencia», por haberse pasado más de lo debido. La congregación benelliana era otra cosa.

Monseñor Benelli llamó a Coppa a la Secretaría de Estado, le confirió amplios poderes para que vigilara el trajín de los juegos y lo nombró asesor. Se fiaba ciegamente de él, tal vez porque estaba medio cegato a causa de las muchas intervenciones que había sufrido en la retina. El que lo sustituyó por entero, Giambattista Re, también pretendía que lo nombraran asesor, habida cuenta de que ya era como de la casa. Pero ni Benelli ni Coppa dieron su brazo a torcer. Guardándose en el congelador su sucesión para la sede de Florencia, el sustituto trató de permanecer el mayor tiempo posible en el gobierno de la Iglesia durante aquellos meses tan decisivos en que Pablo VI ya estaba en las últimas.

No hay ningún perro que suelte de buen grado el hueso que lleva en la boca. Justamente lo que está haciendo actualmente el sucesor de Benelli, que se ha negado a ir como cardenal a Génova y prefiere conservar su despacho de sustituto en la Secretaría de Estado. Hace cincuenta años, la Secretaría de Estado de Pío XII, el papa Pacelli, era más sobria y eficaz sin estar dirigida por ningún cardenal: hoy en día Sodano y Re ni siquiera son suficiente pues siempre andan por ahí con el Papa, mareando la perdiz.

Un día, mientras hacía cola en el economato, el ama de llaves de Coppa le reveló en secreto a una amiga suya que aquella mañana su prelado aún estaba durmiendo, pues había permanecido de guardia hasta las dos de la madrugada en su despacho hasta que regresó Benelli para relevarlo; hacía varias noches que ocurría lo mismo, pues el anciano Pablo VI sufría unas crisis de fiebre muy alta y su salud podía venirse abajo de un momento a otro: tenían que estar alerta para cribar los papeles del despacho que deberían enviarse a otro lugar en caso de que se produjera un inesperado fallecimiento. Un chismoso monseñor que precedía a las mujeres en la cola, aguzó el oído y después difundió el comunicado revelándolo individualmente a varias personas, tal como se suele hacer con todos los secretos pontificios.

Cuando el Papa se recuperó un poco, monseñor Benelli se dio cuenta de que no había tiempo que perder y apremió al anciano pontífice para que convocara un consistorio, digamos de emergencia, para nombrarlo cardenal y arzobispo de Florencia, junto con otros tres nombres reunidos a toda prisa sólo para hacer bulto. Un año después murió Pablo VI.

Así pues, con la marcha de Benelli de la Secretaría de Estado y su traslado a Florencia, donde lo esperaba la hermana muerte, Coppa y todos sus restantes protegidos se quedaron huérfanos y se lanzaron al abordaje como los cruzados cuando se quedaban sin un capitán que les pagara el sueldo: sálvese quien pueda. Cada uno se buscó un benévolo protector que quisiera acogerlo y Coppa eligió a Silvestrini, el cual lo incluyó de muy buen grado en su carro. Es más, consiguió que le asignaran nada menos que un cargo que ya había ocupado, el más secreto e importante de la Secretaría de Estado, llamado «Oficina de Personal», en el que se guardan los expedientes de los más altos dignatarios destinados a los vértices de la Iglesia, obviamente condicionados y dirigidos según las directrices del diktat de los jefes que el papa aprueba sin sospechar nada.

En esta oficina, los destinados a hacer carrera se inscriben en el

registro blanco, con sus correspondientes expedientes no menos

blancos y transparentes; en cambio, los repudiados, es decir, los destinados a las catacumbas, si adquieren notoriedad, se inscriben en el registro negro, junto con un montón de notas opacas, oscuras y dudosas. Huelga decir que los del registro blanco están destinados a escalar las nevadas cumbres de las distintas carreras eclesiásticas.

La excesiva injerencia de Coppa en los asuntos de la Curia incluyó arbitrarios nombramientos de prelados de Alba para cargos de universidades pontificias y dicasterios y dio lugar a que se disparara el resorte de su apartamiento y a que se le relegara como nuncio en el minúsculo estado de la República Checa (1990), donde se maneja muy bien para representarse a sí mismo, siempre en estrecho contacto con su protector Silvestrini. Basta decir que en poco más de un año y medio ha conseguido que el Papa regresara nada menos que tres veces a aquel pequeño país sin un motivo político o religioso justificado. En paciente espera, aguarda a que el viento cambie de proa a popa, léase Coppa.

En todo este carrusel, el que se aprovecha es siempre el consabido e intrigante cardenal romagnolo, el cual se ha puesto al frente del Gobierno en la sombra de la Iglesia y se considera más que suficiente para regirla él solito, tanto en ausencia como en presencia de los corifeos de la Secretaría de Estado.

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BURLAS, DIVERSIONES Y MANGONEOS

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