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La mafia masónica en el Palacio

In document Los Milenarios El Vaticano Contra Dios (página 183-186)

Entre las culturas más exclusivas, la romana es la más cerrada, pues ni siquiera los títulos aristocráticos y nobiliarios son suficientes para entrar en ella. Y, sin embargo, la masonería entra fácilmente por la puerta de servicio y sin billete y se mimetiza a la perfección.

La masonería no tiene por costumbre cambiar la metodología existente en los lugares donde actúa. En el Vaticano, esforzado baluarte de la Iglesia católica, se arma de diabólica paciencia y espera el momento en que consiga alcanzar las mejores palancas de poder y de mando. Esta secta que siempre se infiltra allí «donde late la historia», en palabras del escritor Cesare Pavese, sabe que el Vaticano es desde siempre una audaz antena que capta y transmite avanzados mensajes acerca de todo; el hecho de conseguir contagiar la epidemia al espíritu significa indirectamente destruir las defensas inmunológicas de la razón humana. La consigna es, como dijo José de Maistre, «creer lo menos posible, sin ser hereje, para obedecer lo menos posible, sin ser rebelde».

La mano invisible de la masonería en el Vaticano, en el centro de los poderes ocultos que se mueven entre las altas finanzas y los altos niveles, no es una habladuría: se percibe por todas partes, en el proceso de los contratos del personal, en el proceso de los ascensos, en el método de las promociones, en las difamaciones o las alabanzas a este o aquel monseñor, según distintos pesos y medidas. Y así, el cuerpo de este centro que por mandato divino tiene que ser un faro, alberga en su interior unos tumores que lo descomponen.

Si alguien causara algún daño al Juicio Universal de la Capilla Sixtina, el mundo entero se pondría en pie de un salto para condenar la profanación; sin embargo, la infiltración masónica en el Vaticano es mucho más desacralizadora, pues trastorna las mentes y la sacralidad del corazón del cristianismo. Las contradicciones y las ambigüedades

de unas realidades programadas desorientan a los creyentes, que se ven impotentes para frenar y domar los escurridizos y evanescentes hechos y acontecimientos que se producen en la Curia.

El pulpo mafioso de la masonería en el Palacio, hoy más que nunca a punto de rebasar los niveles de seguridad, se reviste del don de la ubicuidad. Se advierte su solapada presencia de largos tentáculos, pero no se sabe dónde anida. Se sirve de emisarios situados en su interior, unos mercenarios oscuros que no desdeñan aprovecharse del equívoco de un hampa organizada, hecha de mezquindad y nobleza y muy bien introducida en el ambiente. Cuando tiene que atacar, jamás se trata de un acto temerario. La trama es tan tupida que el afectado sólo percibe su propia impotencia y comprende que el hecho de reaccionar sería más perjudicial para su propia persona que para la bestia.

Un tribunal italiano ha sentenciado que la parte acusada puede recusar a un juez afiliado a la masonería. En el Vaticano esta recusación jamás será posible; ningún alto dignatario lleva escrita en la frente su pertenencia a la masonería.

Muchos periódicos y revistas se han referido abiertamente a la

infiltración masónica en el Vaticano.* Ha llovido mucho desde

Clemente XII (1730-1740) que con una bula declaró su excomunión en 1738, hasta llegar al año 1974 en que el jesuita padre Giovanni Caprile, con un benévolo artículo en la revista Civiltà Cattolica (19 de octubre de 1974) tranquilizaba a los católicos afiliados a la masonería: «Si su fe de católico no encuentra en el grupo masónico al que pertenece nada que sea sistemáticamente hostil y organizado contra la Iglesia y sus principios morales y doctrinales, puede [el

católico masón, N. del R.J permanecer en la asociación. Ya no deberá

considerarse excomulgado y, como cualquier otro fiel, podrá acercarse a los sacramentos y participar plenamente de la vida de la Iglesia. No necesita de una especial absolución de la excomunión, puesto que, en su caso concreto, ésta ya no está en vigor.»

En realidad, semejante «plena participación en la vida de la Iglesia» de un considerable número de católicos y prelados masones ya llevaba muchos años produciéndose. Inmediatamente después de su nombramiento como arzobispo de Milán, monseñor Montini eligió como asesor financiero suyo al catoliquísimo masón Michele Sindona. Y más adelante, ya convertido en papa, encomendó la suerte de las

finanzas católicas del Ior* a la indiscutible competencia ladronesca y

criminal de los católicos masones Michele Sindona y Roberto Calvi, los cuales se sirvieron de la colaboración de otros dos fieles masones de

* Panorama del 10 de agosto de 1976; Introibo de julio de 1976; Euroitalia del 17 y el 25 de agosto de 1978; Osservatore Politico del 12 de septiembre de 1978; Oggi del 17 de junio de 1981; 30 Giorni del 11 de noviembre de 1992. Además de un elevado nùmero de libros acerca de la historia de la masonería en Italia y en el Vaticano.

* Istituto per le Opere di Religione, fundado en la Ciudad del Vaticano por Pío XII el 27 de junio de 1942.

la Logia P2, Ligio Gelli y Umberto Ortolani.

En 1987, el periodista masón Pier Carpi, confirmando la tesis del «hermano» Fulberto Lauro, según el cual muchos obispos y cardenales pertenecían en secreto a la Logia masónica P2, señalaba que «se llama "Loggia Ecclesia" y está en contacto directo con el gran maestro de la Logia Unida de Inglaterra, el duque Michael de Kent. Dicha logia actúa en el Vaticano desde el año 1971. A ella pertenecen más de cien personas entre cardenales, obispos y monseñores de la Curia que consiguen mantenerlo en el más absoluto secreto, pero no hasta el extremo de escapar de las investigaciones de los hombres

del poderoso Opus Dei».**

Finalmente, la revista católica mexicana Proceso (832 del 12 de octubre de 1992) informaba de que la masonería ha dividido el territorio vaticano en ocho secciones, en las que actúan cuatro logias masónicas de rito escocés cuyos adeptos, altos funcionarios del pequeño Estado vaticano, pertenecen a él con carácter independiente y, al parecer, no se conocen entre sí, ni siquiera con los tres golpecitos de la yema del pulgar. En caso necesario, dichas logias establecen contacto con las logias masónicas de los distintos países; es más, en los países en los que la Iglesia actúa en la clandestinidad a causa del Corán, las relaciones con la Iglesia local tienen lugar en secreto a través de la red de la secta, la cual presta de esta manera un servicio religioso en favor de sus hermanos destacados en el Vaticano.

Los países del bloque islámico, pese a mantener relaciones diplomáticas con la Sede Apostólica, por obediencia al Corán, se obstinan en prohibir no sólo cualquier forma de culto católico sino también la práctica del proselitismo. Los respectivos gobiernos designan como embajadores en el Vaticano precisamente a los hermanos masones más celosos y activos, a los que transmiten instrucciones sobre las distintas modalidades de actuación que deberán poner en práctica con los odiados eclesiásticos íntegros y con los que, por el contrario, se muestran benévolos con la masonería, muchos de los cuales consiguen alcanzar y manejar las palancas del poder en el Vaticano. En complicidad con estos últimos, hoy se pretende «guiar» a Juan Pablo II, viejo y enfermo, el cual camina con mucha dificultad (sólo puede levantar los pies unos pocos centímetros del suelo) y, debido a la dolencia que padece, sufre frecuentes amnesias.

La prensa de todas las tendencias sigue mencionando nombres y apellidos de cardenales y altos dignatarios de dentro y de los alrededores del Vaticano y los de otros prelados afiliados a la masonería, pero ninguno de ellos se toma la molestia, como no sea mediante un leve mentís, de negarlo y denunciarlo ante la justicia, exigiendo la debida, más aún, la necesaria rectificación, si no por su honor personal, por lo menos, por respeto a la credibilidad del cargo

que ocupan. Su silencio no respalda el axioma del «quod gratis

asseritur, gratis negatur» («lo que gratuitamente se afirma,

gratuitamente se niega»), porque, puesto que aquí nadie niega nada, todo induce a creer que quien calla, otorga.

In document Los Milenarios El Vaticano Contra Dios (página 183-186)