En una diócesis italiana un joven presentó una querella civil contra su obispo por abuso sexual. Como es natural, el obispo lo negó todo, pero el juez emitió un veredicto de culpabilidad contra el prelado, que quedó en libertad condicional. Cuando le pidieron la dimisión, el monseñor exigió un nombramiento para la Curia en Roma, señalando que, si no se lo concedían, no pensaba moverse de allí.
En los códigos civiles nacionales semejante chantaje es perseguible como delito; en el eclesiástico, en cambio, la pretensión se justifica con la píldora dorada del promoveatur ut amoveatur, es decir, ascenso a un cargo superior a cambio de la destitución de un puesto que se ocupa con escándalo. Así pues, con todo el desparpajo y la mayor naturalidad, aquel obispo obtuvo el traslado a Roma, donde le asignaron un cargo de delegado en un despacho de la Curia, creado especialmente para poder apartarlo del escenario. De nada sirvió la resistencia del jefe de aquel dicasterio, empeñado en no cederle al culpable ni siquiera una silla detrás del escritorio.
El obispo promovido-destituido recurrió inmediatamente a un tira y afloja de competencias y conflictos, jugando con habilidad y desfachatez la carta del malestar que estaba experimentando sin culpa por su parte. Si el promoveatur ut amoveatur sirve para resolver todas las situaciones molestas, ¿por qué no servirse también de él en este caso? Un buen día aquel delegado se vio ascendido a secretario de otro dicasterio encargado de las migraciones, tal vez porque ahora también los diferentes pretenden vivir en núcleos de trashumancia. Hasta ahora, el viento le ha sido favorable.
Hace algún tiempo en Roma la policía se acercó de noche a un lujoso vehículo estacionado bajo los árboles en una calle lateral de las inmediaciones del Circo Máximo: al observar que sus dos ocupantes estaban casi en cueros, los agentes los invitaron a acompañarlos a la comisaría para tomarles declaración. Al día siguiente, la prensa publicó el nombre del prelado, cuya debilidad era bien conocida, y el de su amigo particular.
A partir de aquel día, los malos funcionarios de la Curia empezaron a parafrasear el aforismo «Si non caste, saltem caute», («si no puedes ser casto, por lo menos sé cauto»), con otro que decía
«Si non caste, saltem castel», en referencia al apellido del
protagonista y a su apaño erótico. Pero, viento en popa, aquel grandísimo hijo de diplomático, a pesar de la vida un tanto especial que llevaba, se situó en el carril de adelantamiento y llegó plácidamente primero a subsecretario y últimamente a arzobispo secretario de dicasterio. ¡Señor, qué generoso eres hasta con los diferentes!
Como castigo, Dios mandó decir a Israel, «Et dabo pueros
muchachos por príncipes y los afeminados los dominarán».
En el Vaticano es bien conocido el caso de un importante prelado que mantuvo en jaque a la Curia durante casi cuarenta años. Decían: ése manda más en la Curia que un general. Siendo hijo único, descubrió en la edad adulta su vocación al sacerdocio, que abrazó sin una formación adecuada, en parte por aburrimiento y en parte por afición. Trató por todos los medios de servir fielmente a la Iglesia en la Secretaría de Estado, adonde llegó directamente a pesar de no contar con el beneplácito de muchos.
Estuvo en período de prueba bajo el sustituto Giovanni Battista Montini que, tras dudar de la conveniencia de aceptarlo, lo nombró secretario personal suyo y, a partir de entonces, lo defendió a ultranza mientras vivió. El astuto prelado se ganó el aprecio de su protector Montini con toda la puntillosa precisión y el rigor del que tanto se enorgullecía. En la Curia conocían su moderada paciencia a la espera de que le llegara el turno.
De vida egocéntrica, carácter rígido y áspero, inteligencia brillante y comportamiento tiránico, su trato era rudo y expeditivo, pero también generoso y a veces bondadoso y comprensivo. Había adquirido el mismo defecto que su jefe: parcial y partidista con todo el mundo hasta extremos morbosos, tanto en el proteger como en el perseguir. Era un perfecto concentrado de vicios y defectos sabiamente dosificados y ya se sabe que en la Curia los vicios del superior se adornan y presentan de tal manera que parezcan virtudes. La decadencia moral conduce, en contra de toda lógica, a la mental.
A lo largo de su carrera diplomática, tuvo un desliz con una joven monja de la nunciatura de Berna, con quien deseaba casarse como Dios manda. La monja fue trasladada y el prelado fue trasladado a otra nunciatura de nivel superior. El único inconveniente era el hecho de que la monja pertenecía a la misma congregación religiosa que sor Pasqualina, la monja que servía a Pío XII. Mientras estuvo al servicio del papa Pacelli, ésta consiguió que lo excluyeran del episcopado. Sólo con la muerte del Papa, la retirada de sor Pasqualina y la elección del papa Roncalli, consiguió que lo nombraran obispo y nuncio.
Cuando Montini, procedente de Milán, se convirtió en Pablo VI, su ex secretario particular le hizo saber en mensaje cifrado desde la nunciatura egipcia su deseo de volver a servirlo más de cerca en Roma. El arribista prelado se presentó en la Curia, donde le ofrecieron un dicasterio no cardenalicio que no aceptó. Entretanto, ya habían llegado sus efectos personales que le había dado tiempo de enviar. Se negó a regresar e hizo saber que esperaba órdenes.
Sin embargo, los presidentes de los dicasterios le habían comunicado al Papa que no lo querían en sus respectivos despachos.
Pero cuando Pablo VI quería algo, traspasaba a su interlocutor con sus impenetrables ojos tan afilados como un rayo láser y entonces éste, helado e inerme, aceptaba en silencio.
Por pura casualidad, el mismo nuncio que le había sacado las castañas del fuego en Berna, era ahora cardenal prefecto de uno de los dicasterios de la Curia. Sólo él le podía arrojar el salvavidas. El augusto protector aconsejó al arribista prelado que se reuniera con un cierto purpurado en la villa bergamasca, en la que éste solía pasar largas temporadas de refrescante ocio; habló en nombre del Papa y el otro aceptó.
Dos días después, el Osservatore Romano publicaba el nombre del sucesor de monseñor Giovanni Scapinelli que ya entonces vivía dominado por el temor de que lo destituyeran sin nombrarlo cardenal, tal como, efectivamente, acabó ocurriendo. El ascendido dignatario se pasó veinte años más, cometiendo abusos en la Curia y presumiendo del apoyo y la confianza con que lo distinguía el papa Montini. Todos los miembros de la Curia, incluso el poderoso sustituto Benelli, que había recibido de él como regalo hasta unos faisanes reales, estaban convencidos de que, del lugar que ocupaba, sólo saldría como cardenal.
Los abusos de poder del ascendido dignatario se traducían en descarados favoritismos y amistades especiales, incluso con fámulos de juvenil aspecto, que llegaban casi a traspasar los límites del decoro, pero él siempre daba a entender que gozaba de gran favor en el corazón de su protector. Una tarde, haciendo eses por el pasillo del despacho, canturreaba para sus adentros: «¡Vaya secretario que tenéis!» Llevado casi en brazos por los ujieres a su contiguo apartamento, los calificó de energúmenos por el poco respeto con que lo estaban obligando a entrar en su casa...
Presentaron al Papa el resultado de una seria investigación llevada a cabo sobre su persona, pero el Pontífice se negó a intervenir. Mientras Dios sólo quiere todo lo que puede en el bien, aquel prelado podía todo lo que quería en el mal. Embaucó a todos los cardenales prefectos que se sucedieron en los dicasterios durante su larga permanencia en la Curia y los engañó como chinos para obligarlos a entrar en la órbita de sus objetivos.
Faltaban pocos días para el comienzo del consistorio convocado por Pablo VI para el nombramiento de los nuevos cardenales. En el tercer lugar de la lista de los nuevos purpurados figuraba el nombre de su protegido ex secretario. El cardenal Dino Staffa, prefecto del tribunal supremo de la Signatura Apostólica, trató de comprobar la veracidad de ciertos hechos atribuidos al arzobispo secretario; una vez confirmada, dándose unas enfurecidas palmadas en la rodilla, comentaba en tono decepcionado: «Y, sin embargo, hubiera sido una buena ocasión para liberar al Sacro Colegio de este personaje. ¡Es un insulto para todos sus miembros!»
dispone. Corría el año 1975, el de la máxima devaluación monetaria. La lira iba bajando día a día cada vez más en picado, con gran preocupación para los que habían conseguido reunir unos ahorrillos. Los afortunados trataban de llevarse al extranjero la moneda italiana presuntamente revalorizada. Pero algunos eran detenidos en la frontera suiza y llevados directamente a la cárcel; la prensa informaba constantemente a la opinión pública para disuadir a la gente.
Para poner a buen recaudo sus ahorros, nuestro dignatario decidió trasladarlos al otro lado de la frontera unos días antes de su nombramiento como cardenal. Una operación de rutina y sin demasiados obstáculos para un ciudadano vaticano; al menos eso pensaba él. Se hizo acompañar por un capitán de la Policía Judicial, un hombre de un atractivo impresionante, hermano de un monseñor de su despacho. El apuesto militar le seguía la corriente al prelado sólo para favorecer la carrera de su hermano, que, gracias a su protector, iba viento en popa en la Secretaría de Estado, donde se le había concedido el estatuto de embajador volante en los países del Este; las zalamerías de los miembros de la Curia ya no surtían efecto en el afortunado, destinado a ascensos celestiales.
Al llegar a la frontera de Pontechiasso, un agente quiso registrar el vehículo. El prelado, haciendo gala de una desvergonzada flema, exhibió su pasaporte de ciudadano vaticano. El agente fronterizo, no acostumbrado tal vez a semejantes miramientos diplomáticos, se fue a pedir consejo al comandante; regresó muy turbado, pero con la orden de efectuar el registro. El asunto estaba adquiriendo muy mal cariz.
El que estaba en peor situación era el capitán de la Policía Judicial, que corría el riesgo de ser denunciado. A la vista de la inflexibilidad de sus compañeros fronterizos, el capitán les explicó a los agentes de guardia que, por lo que a él respectaba, se trataba de un simple paseo hasta la frontera sin ningún interés personal concreto; era amigo del prelado y lo había acompañado sin entrar, naturalmente, en el propósito de la excursión. Sin embargo también él quedó detenido.
Ante la maleta rebosante de moneda italiana y extranjera, el prelado declaró que la trasladaba a Suiza por cuenta del Vaticano. Solicitaba ponerse en contacto telefónico con el sustituto de la Secretaría de Estado monseñor Benelli, el cual, dado lo tardío de la hora, no estaba localizable ni en su casa ni en el despacho. El prelado y el capitán permanecieron detenidos en el calabozo toda la noche y todo el día siguiente, que era domingo.
El caso se convirtió de inmediato en un asunto diplomático: el Vaticano no tenía nada que ver con aquel contrabando de moneda italiana al extranjero. Monseñor Benelli se puso furioso, pero comprendió que no podía permitir que permaneciera detenido un arzobispo secretario de la Curia romana, con todas las consecuencias
del inevitable escándalo. Se alertó a los ministerios de Asuntos Exteriores de ambos países, a la policía y a la nunciatura.
Para librarlos de la detención, decidieron recurrir a la única solución diplomática posible: puesta en libertad del prelado y su amigo el capitán, ahorros intactos y nada por escrito. Se limitaron a decirle: «¡Quede claro, monseñor, que usted jamás ha pasado por aquí!»
Pero la prensa del día siguiente publicó una sarcástica noticia: un prelado registrado y puesto en libertad. Por un puñado de dólares y
liras menudo jaleo se armó en el puente.* En el Vaticano los rumores
no cesaban. Un cardenal comentó con sorna: ¡aquí bien se podría decir del capelo al talego!
Entretanto, una augusta mano borraba (muy a pesar suyo) el tercer nombre de la lista de futuros cardenales. Se iniciaba inexorablemente la caída del prelado y de sus protegidos, apartados de este modo de la nidada montiniana.
Varias veces el descardenalado solicitó a los de arriba la asignación de una diócesis a su protegido monseñor, en atención a los servicios prestados. No fue posible: resultó que unas escultistas de la Montanina no aprobaron su audaz dirección espiritual y se lo contaron a sus padres. Destituido el protector, el protegido fue enviado a otro dicasterio con el consabido promoveatur ut amoveatur que dora la píldora en todas las situaciones curiales escabrosas.
Se cerraba así el arco de este dignatario cuya vida había sido una sabrosa opereta desde el primero hasta el último acto. Para irse esperó hasta el último día de la Ingravescentem aetatem. Pero la cosa no terminó aquí. Era necesario que la sucesión fuera lo más suave posible para que todo siguiera igual en el despacho; se tenía que elegir a un sucesor cuya ineptitud hiciera resaltar la inteligente astucia del antecesor. Al otro lado del pasadizo situado más allá del perímetro de su casa, en un callejón sin salida, se organiza una opípara cena; los cinco importantes prelados, dos de ellos de Brisighella, se acomodan en una retirada sala. La habitual cena de trabajo para elegir al candidato a la designación. Dadas las premisas, no podía ser más que el único inepto que tenían a mano, un ucraniano más listo que una raposa y más astuto que una serpiente, apreciado por el gobierno comunista hasta el extremo de gozar de libertad de tránsito de entrada y salida de su país, una criatura absolutamente inútil para la que el dimisionario protector había obtenido en sus tiempos un nombramiento episcopal. En momentos de incertidumbre e indecisión un sujeto insignificante, aunque minus
habens, aunque tenga menos, por un lado o por otro, ya tiene el
camino hecho para medrar, más todavía si no resulta apropiado para la tarea que se le quiere confiar. Acordado por los cinco en aquella remota salita, el nombramiento se produjo unos días después con el
* Juego de palabras con el nombre de la localidad. Pontechiasso: ponte (puente) y chiasso (jaleo). (N. de la T.)
augusto beneplácito del pobre Papa que, ajeno a todo, pensó que aquella designación era la más lógica y natural.
Entretanto, el nuevo secretario, sin ningún título académico, se dedicaba a coleccionar paletadas de doctorados honoris causa de distintas universidades europeas. Semejante colección constituye siempre un incentivo en alguien que aspira al cardenalato. En el transcurso de todos estos largos años, el hombre ha sabido explicar muy bien a sus subordinados todo lo que no sabe.
Si el nombramiento así pergeñado fue expeditivo, no lo fue tanto librarse del peso muerto de aquel dignatario de opereta, el cual se quedó mucho tiempo estancado. Lo querían regalar a la Iglesia ucraniana, pero aquellos obispos, que aún llevan encima el moho de los campos de exterminio y las cicatrices abiertas, se negaron rotundamente a aceptarlo como metropolita. Que lo disfrute la Curia romana; de todos modos, un cardenal de más no le hará daño, acostumbrada como está a cosas todavía peores. ¡Para los que aún están saliendo de las catacumbas, lo viejo es mejor que lo nuevo!
Para ellos escribió el profeta Oseas: «Pues siembran vientos, recogerán tempestades.»