Muerto Pablo VI el 6 de agosto de 1978, los medios de difusión y la prensa designaban al cardenal Giuseppe Siri, un auténtico gigante del Sacro Colegio por sus dotes pastorales, su formación intelectual, su coherencia de fe y vida y su fidelidad a la tradición de la Iglesia, papa electo antes incluso de su entrada en el cónclave. Aquellos días en Roma, el cardenal tenía una lista de citas con cardenales, embajadores, políticos y prelados de todas clases y tendencias. El cardenal arzobispo Siri, modesto, de palabra pausada, precisa y cortante como una espada de doble filo, prestaba atención sin hacerse demasiadas ilusiones: sabía que una categoría masónica muy bien asentada en el Vaticano se oponía a él. Sin embargo, no podía adivinar la puñalada trapera que ésta le había preparado a su espalda para destituirlo de aquel plebiscito de pronósticos y consensos. Como es natural, a los gigantes hay que contemplarlos desde lejos para poder apreciar su ciclópea estatura y no correr el riesgo de confundirlos con unos monstruos.
La mañana del cónclave, Siri apenas tuvo tiempo de enterarse a través de los titulares de la prensa de que había concedido una entrevista que él jamás había concedido, a propósito de la actuación del futuro papa y de lo que éste debería hacer, en la que se le atribuían unos delicados y peligrosos comentarios encaminados a oscurecer su figura de cardenal papable. El arzobispo de Génova ni siquiera tuvo tiempo de desmentirlo: la puerta del cónclave se cerró a su espalda. El mensaje de aquella camarilla tuvo eco en el cónclave y fue inmediatamente recibido por la asamblea que, por prudencia según dijeron, apartaron a un lado al coloso predestinado.
Pero Siri no fue sólo un papa fallido. Todo el mundo sabe que fue también un fallido secretario de Estado a comienzos del pontificado de Wojtyla.
En los archivos secretos del cardenal de Génova se conserva también la carta de un prelado romano, escrita después de la elección de Juan Pablo II: en ella se lee que algunos cardenales habían señalado la conveniencia de tener como secretario de Estado a un hombre de la talla de Siri, por lo que se exhortaba al arzobispo a que hiciera el enorme sacrificio de renunciar a Génova para enfrentarse valerosamente con la tarea de limpiar enérgicamente de prelados sospechosos hasta el más recóndito rincón de la Curia romana y ofrecer posteriormente sus servicios cuando se produjera el cambio de guardia. El purpurado contestó a la misiva al día siguiente de la Navidad de 1978, disculpándose por el retraso para añadir a continuación: «Por lo que a mí respecta, siempre he obedecido, incluso cuando la obediencia me costaba muy cara; no tengo la menor intención de cambiar de proceder en la última parte de mi vida. Estoy a las órdenes. Pero tengo la impresión que las "órdenes" no vendrán.» Su rigidez no hubiera sido del agrado de los planes de la Curia y de las logias de Rafael.
Benelli y Baggio fueron protagonistas en el primero y en el segundo cónclave, pero sus respectivas corrientes se enfrentaron providencialmente de tal forma que por muy poco no salió elegido el papa de su gusto. Los dos clanes, intransigentes en el apoyo a su respectivo candidato, se negaron a que sus votos fueran a parar al otro. Llegaron a una solución de compromiso: por de pronto, les bastaba con eliminar al temible coloso de Génova. El bloqueo burocrático permitió que la providencia llamara por primera vez con Juan Pablo I, el sonriente papa Luciani, muerto al trigésimo tercer día de pontificado: ¿de muerte natural?
En el cónclave reunido por segunda vez, los bandos se enfrentan más que nunca con las espadas en alto. Pilladas por sorpresa, las piadosas camarillas hicieron un rápido recuento y comprobaron que corrían el peligro de que el cardenal Siri se alzara cómodamente con el triunfo aunque entretanto otros se hubieran alineado en favor de Baggio. Las órdenes de la superioridad hicieron que los votos de ambas corrientes fueran a parar al extranjero, en cuyo nombre se habían concentrado diecisiete votos en el anterior cónclave. Puede que, en aquella ilustre asamblea, el número les diera suerte.
Mientras asistía con benevolencia a la llegada de los polacos, la Curia tomaba nota de la repentina muerte del vicepontífice Jean Villot. En su caso, los magos y videntes también se preguntaron si había sido una auténtica enfermedad la que con tanta celeridad se lo llevó.
En el Vaticano, a cada cambio de guardia en el vértice, se produce una composición y descomposición de efímeros conglomerados de familias, plenamente conscientes de que allí lo único estable es lo provisional y lo único fiable es el engaño. Pero lo efímero, decía Catón, resulta caro aunque sólo cueste un céntimo.
Cuando, por ocultos motivos, sucumbe una corriente que estaba en lo más alto, los prelados de la cordada se disponen a entrar en la cámara frigorífica, en la que con modestia y paciencia aguardarán el regreso de la esperada primavera. Lo cual puede durar un papado o el período suficiente para que un cardenal de los suyos haga un salto de calidad.
El fin de cualquier pontificado que se encamina hacia el ocaso siempre es perjudicial para la élite de la Iglesia, como la larga agonía del Crucificado entre los dos ladrones. De tal manera que la muerte del ya muy debilitado pontífice polaco se empareja con una suprema esperanza de un radical cambio futuro. Según Aristóteles, la esperanza es un sueño hecho por gente despierta. Sin embargo, mientras esperan bajo la capa de hielo, ya preparan su plan de ataque y miden el tiempo en la esfera de un reloj planetario. Cuando llegue la hora, se despertarán de su letargo como las termitas y saldrán al aire libre más orgullosos y agresivos que nunca.
Durante esta hibernación, la punta del iceberg es sólo la novena parte del todo; las nueve décimas partes sumergidas, anodinas y sin denominación, son precisamente lo más peligroso, la que hay que evitar en caso de enfrentamiento. Los grandes camaleones quedan así mimetizados en el interior de la puerta giratoria, listos para volver a entrar en juego en cuanto cambie el viento. Los excluidos son tan sólo los que han tenido la mala suerte de quedarse atascados.
Cada vez que Cristo se asoma a los umbrales de la historia, por ejemplo, en Fátima, el padre Pío, Medjugorie, salen inmediatamente a su encuentro los preocupados miembros de la Curia, lo sujetan por la manga, le insinúan la conveniencia de cambiar de rumbo, de silenciar determinados secretos, suavizar las afirmaciones y modificar el contenido, lo cual es, en definitiva, una desviación en forma de prudencia. Justo como recordaba san Bernardo: «El celo de los eclesiásticos sólo les sirve para asegurarse el puesto. Todo se hace por la carrera y nada o muy poco por la santidad. Si yo tratara de reducir este aparato y de ser más accesible, dirían: "Por el amor de Dios, eso no es conveniente, no es acorde con los tiempos, no es propio de Vuestra Majestad; recordad la dignidad de vuestra persona."»
En el Vaticano, Dios se divierte; crea paraísos en conflicto, donde los poderosos dignatarios de los bandos en liza disfrutan con sus asechanzas, pero los deja sin un infierno común en el que poder reunirse como en el bar.