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La lección de san Bernardo

In document Los Milenarios El Vaticano Contra Dios (página 40-44)

Cada papa tendría que aprenderse de memoria y recitar cada mañana lo que san Bernardo (1090-1153) escribió a su discípulo cisterciense, convertido en pontífice bajo el nombre de Eugenio III, quien le pedía consejo como maestro, para llegar a ser un buen papa. Si, además, el pontífice reinante viniera de lejos y no tuviera la menor idea de los movimientos telúricos de los cimientos de la Curia romana, debería recitar con la misma frecuencia que el breviario lo que escribió Bernardo en su Consideración IV.

Eugenio III (1145-1153), a quien jamás se le hubiera ocurrido la posibilidad de convertirse en papa, había elegido la rígida soledad del claustro de los cistercienses para no hundirse en las ataduras mundanas que ya entonces debilitaban a la Iglesia de Roma. Era uno de los mejores discípulos de san Bernardo, llamado también

Bernardo, miembro tal vez de la familia de los Paganelli de Montemagno, en la comarca de Asti. A su muerte se le otorgó el culto de beato, confirmado en 1872. San Bernardo sólo accedió a privarse de él para ofrecerlo a la Iglesia con el fin de que la reformara.

Y, cuando su discípulo se convirtió en papa, lo siguió considerando alumno suyo y le impartió las más severas y duras lecciones de vida que se puedan imaginar. Reproducimos aquí los pasajes más destacados, no para tranquilizar a los protagonistas que están provocando la degeneración de la Curia y de la Iglesia de esta época sino para exhortar a los reformadores a emprender la tarea que pedía la Virgen de Fátima.

Ahora hay que reflexionar acerca de las cosas que te rodean. Éstas también están subordinadas a ti, pero, precisamente porque las tienes más cerca, resultan todavía más molestas. En efecto, no podemos descuidar las cosas que nos rodean ni fingir que no las vemos o que las hemos olvidado. Éstas persiguen con más ímpetu, atacan con más furia y cabe temer que nos dejen reducidos a la impotencia. Quiero hablarte aquí de tu congoja cotidiana, la que procede de la ciudad de Roma, de la Curia, de tu diócesis particular. Éstas son las cosas, te lo repito, que te rodean: tu clero, tu pueblo, los que te prestan servicio diariamente y forman parte de tu familia, de tu mesa, los que desempeñan distintas tareas a tu servicio. Todas estas personas te visitan con mayor familiaridad, llaman más a menudo a tu puerta, te apremian con más insolencia. Ésta es la gente que no tiene reparo en despertar a la amada, antes de que ella quiera.

[Acerca del carácter del clero y del pueblo de Roma.] Debes

juzgar después el desorden especialmente escandaloso que te rodea. Es importante que quienes te rodean sean como el espejo y el modelo de la máxima honradez y el máximo orden. ¿Y qué decir del pueblo? ¿Qué hay de más notorio que el descaro y la obstinación de los romanos? Gente no acostumbrada a la paz, renuente a doblarse a la autoridad como no sea cuando ya no consigue reaccionar.

Ésta es la llaga: a ti te corresponde curarla y no te es lícito disimularla. Quizá me miras sonriendo en la creencia de que la llaga es incurable. Pero no te desanimes; estás obligado a atenderla, no a sanarla. A fin de cuentas, se te ha dicho «cuídalo» y no «sánalo». Dijo bien un poeta: «No siempre es misión del médico que el enfermo recupere la salud.»

Pero ahora hemos llegado al punto crítico y la discusión adquiere un carácter más bien escabroso. ¿Por dónde tendría que empezar para decir lo que pienso? Soy testigo de que no te interesan las riquezas en mayor medida que a tus antecesores. Aquí está el gran abuso: en el hecho de que se empleen de manera distinta. ¿Me podrías citar a uno solo que no te haya acogido como papa sin que haya habido entregas de dinero o sin esperanza de recibirlas? Y ahora, tras haberse declarado servidores tuyos, pretenden todo el

poder. Se declaran fieles, pero para poder hacerles daño con más comodidad a los que se fían de ellos. A partir de este momento no tendrás ningún proyecto del que ellos se crean excluidos; no tendrás ningún secreto en el que ellos no se entrometan. ¡No quisiera encontrarme en el lugar de un ujier que hiciera esperar unos cuantos minutos a uno de ellos en la puerta!

Ahora podrás comprobar lo bien que yo conozco el carácter de esta gente. Son muy hábiles cuando obran el mal e incapaces de hacer el bien. Se les odia en el cielo y en la tierra, pero han extendido las manos hacia ambas cosas; son impíos con Dios y desvergonzados con las cosas santas; turbulentos entre sí, envidiosos de los que tienen al lado, sin compasión con los demás; nadie consigue amar a estos que no aman a nadie y, mientras presumen de ser temidos por todos, es inevitable que ellos mismos tengan miedo. No aceptan la sumisión, pero no han aprendido a mandar; son desleales con los superiores e insoportables para los inferiores. No tienen reparo en pedir y se muestran altivos en la denegación. Insisten con engreimiento cuando quieren obtener algo, se muestran impacientes hasta que lo obtienen y son más ingratos cuando lo han obtenido. Han aprendido a llenarse la boca de grandes palabras, pero se muestran mezquinos en su obrar. Son generosos en las promesas, pero muy tacaños en su cumplimiento, acarician en la adulación y son hirientes en la maledicencia; disimulan con el más inocente candor, traicionan con la más experta perfidia.

Me he dejado llevar por esta digresión porque quería abrirte los ojos sobre este aspecto particular de todo lo que te rodea. Volvamos ahora al tema principal. ¿Qué es este sistema de comprar con el botín de las iglesias saqueadas el favor de los que te aclaman? Es la vida de los pobres la que se derrocha por las calles de los ricos. Es cierto que esta costumbre, o más bien este libertinaje, no empezó contigo, y quiera el cielo que contigo termine. Pero sigamos adelante. Te veo avanzar a ti, el pastor, resplandeciente de oro y rutilante de mil colores. ¿De qué le sirve eso a tu rebaño? Me atrevería a decir que éste es más bien un pastizal de demonios que de ovejas. ¿Se ocupaba en estas cosas Pedro, se divertía de esta manera Pablo?

¡Observa el celo con que se comportan los eclesiásticos, pero sólo para asegurarse el puesto! Todo se hace por la carrera, nada o muy poco por la santidad. Si por alguna razón justificada tú intentaras reducir este aparato y ser un poco más accesible, dirían: «Por el amor de Dios, eso no está bien, no es conforme a los tiempos, no es apropiado para vuestra majestad; tened en cuenta la dignidad de vuestra persona.» En lo que menos piensan es en complacer a Dios; acerca del peligro que corre su salvación no albergan la menor duda, a no ser que consideren saludable lo grandioso y apropiado lo que resplandece de gloria. Todo lo modesto es talmente aborrecido por la gente del palacio que sería más fácil encontrar a alguien que prefiriera ser humilde en lugar de parecerlo. El temor de Dios se

considera una ingenuidad, por no decir una simpleza. El que se muestra juicioso y cuida de su conciencia es calificado de hipócrita. El que ama la paz y se dedica de vez en cuando a sí mismo es considerado un holgazán.

Pero acerca de estas cosas ya es suficiente lo que hemos dicho. Me he limitado a rozar la muralla sin atacarla. A ti te corresponde, en tu calidad de hijo de profeta, ir más al fondo y tratar de comprender las cosas. A mí no me es lícito ir más allá. Leemos en el Evangelio que los discípulos discutieron entre sí para saber cuál de ellos era el más importante. Serías un desgraciado si a tu alrededor las cosas se hicieran de esta manera.

La Curia ya me cansa y conviene salir del palacio. Nos espera el personal de tu casa que no sólo te rodea sino que, en cierto modo, está dentro de ti. No es inútil reflexionar acerca de los medios y las maneras de reordenar tu casa; incluso diría que es necesario, siempre y cuando no descuides los asuntos de máxima importancia para empequeñecerte en cuestiones de intendencia, perdiéndote casi en minucias. Sin embargo, aunque hay que atender a las cosas grandes, no se pueden descuidar las pequeñas.

Tienes por tanto que buscarte a un hombre que se esfuerce y haga girar la rueda del molino por ti; y digo por ti, no contigo. Pero, si no te es fiel, se convertirá en un ladrón; y, si no es sagaz, le robarán. Hay que buscar por tanto a un hombre fiel y sagaz para ponerlo al frente de tu familia.

Quisiera que establecieras como norma general considerar sospechoso a quien tema decir en público lo que susurra al oído; y si, además, se niega a repetirlo delante de todos, considéralo un difamador y no un acusador.

Aceptamos más fácilmente las pérdidas de Cristo que las nuestras. El riachuelo excava la tierra con su agua; de la misma manera, el fluir de las cosas temporales corroe la conciencia. Muchas deberás ignorarlas, bastantes desdeñarlas y algunas olvidarlas. Hay algunas, sin embargo, que no quisiera que se ignoraran; me refiero a la conducta y a las inclinaciones de algunas personas. Tú no debes ser el último en enterarte de los desórdenes que se producen en tu casa. Levanta la mano sobre el culpable. La impunidad provoca temeridad y ésta abre el camino a todos los excesos. Aquellos que te sean más cercanos llenarán de rumores la boca de todos a no ser que sean más honrados que nadie.

Los obispos tus hermanos [cardenales, N. del R.J tienen que aprender de ti a no rodearse de muchachos melenudos o jovenzuelos seductores [el consabido vicio de todos los tiempos, N. del R.J. Entre las cabezas mitradas no queda nada bien este trasiego de peinados sofisticados [entonces exactamente igual que ahora, N. del R.J.

Sin embargo, no te aconsejo severidad, sino seriedad. La severidad es constante para los que son un poco débiles, mientras que la seriedad pone freno a los atolondrados. La primera despierta

odio, pero, si falta la segunda, se es objeto de escarnio. De todos modos, es más importante en todos los casos el sentido de la mesura. No te quisiera ni demasiado severo ni demasiado débil. En el palacio compórtate como papa y entre los más íntimos como un padre de familia.

Resumiendo, la Iglesia romana, que tú gobiernas por voluntad de Dios, es la madre de las demás iglesias, no su dueña; por consiguiente, tú no eres el amo de los obispos sino uno de ellos. Por lo demás, considera que tienes que ser el modelo ejemplar de la justicia, el espejo de la santidad, el ejemplo de la piedad, el testigo de la verdad, el defensor de la fe, el maestro de las gentes, la guía de los cristianos, el amigo del esposo, el paraninfo de la esposa, el regulador del clero, el pastor de los pueblos, el maestro de los ignorantes, el refugio de los perseguidos, el defensor de los pobres, el ojo de los ciegos, la lengua de los mudos, el sacerdote del Altísimo, el vicario de Cristo, el ungido del Señor y... finalmente, el dios del faraón.

Todas estas pinceladas de Bernardo no son más que el fiel retrato de la Curia romana de nuestros días en sus protagonistas más inmediatos y elocuentes: el Papa, los cardenales, los arzobispos, los dignatarios, los prelados, los trepas, los embaucadores e incluso el trasiego de melenudos varios.

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