En la cuestión de los nombramientos episcopales, durante dos mil años la Iglesia se ha limitado a aceptar las informaciones sobre la vida del candidato indicado y recomendado por el protector más influyente. Una vez comprobado que no tiene hijos sueltos por ahí ni padece enfermedades hereditarias, que es suficientemente respetuoso, no está loco de remate y es un buen administrador de bienes, ya se le considera capacitado para ser el obispo de cualquiera de las diócesis que salpican la faz de la tierra.
Pero, a las puertas del tercer milenio, que involucra cada vez más en el torbellino de la esfera de Dios y de Satanás a hombres de negocios y de Iglesia, eso ya no basta. No es posible que, mientras la sociedad prepara el futuro de la informatización, la telemática, la programación interplanetaria de la informática, la astrofísica y la astronáutica, la Iglesia se siga limitando a elegir a sus obispos a través de las recomendaciones e indicaciones de los interesados directos, protegidos y protectores, y abandone después al clero y a los fieles de cada Iglesia individual a la improvisación y al ingenio de un personaje desprevenido que de la noche a la mañana se ve obligado a preguntarse de qué forma podrá empezar a ser el obispo de la diócesis que se le ha encomendado o que él mismo ha ambicionado y buscado con las más inimaginables lisonjas y engatusamientos.
A propósito de la formación del clero de las distintas diócesis, las autoridades de la Iglesia, ya a partir del quinto o sexto siglo de su existencia, comprendieron que sin unos sacerdotes bien preparados, ésta no podría enfrentarse con los complejos problemas pastorales y espirituales de sus fieles. Entonces creó unos lugares de formación de los clérigos, diocesanos y religiosos, antes de su ordenación sacerdotal. Con el tiempo perfeccionó semejantes institutos posteriormente denominados seminarios y noviciados. El Concilio de Trento fue una piedra miliar y marcó la más severa reforma de dichos
centros de formación.
Pero, durante sus dos mil años de existencia, ¿qué otra cosa ha hecho la Iglesia para instruir y formar a los candidatos al episcopado, que no sea limitarse a aceptar las indicaciones y recomendaciones de los prelados amigos ? ¿ Se puede seguir practicando este anticuado método de destinar al episcopado a los aspirantes que sólo ansían alcanzar esta meta sin la indispensable preparación de una auténtica escuela en la que se les forme e instruya de tal forma que puedan ser unos buenos obispos y, al mismo tiempo, unos auténticos pastores y padres?
No, ya no basta este criterio mezquino y arbitrario de echar mano de ciertos sacerdotes, casi siempre arribistas y amantes del mangoneo, y considerarlos al día siguiente aptos y capacitados para ejercer el oficio de ser obispos. Y todo gracias a las simples indicaciones y a la condescendencia de los que pactan el éxito de su delfín. Eso ya no puede seguir bastando. La Iglesia, abandonando estos dos mil años de apaños, hubiera tenido que comprender hace mucho tiempo la necesidad de un cambio de rumbo. Asombra que a las puertas del año 2000 aún no haya conseguido encontrar una fórmula más adecuada para este urgente cambio de rumbo. Es curioso que hasta ahora ni a un papa ni a ninguno de sus colaboradores se les haya ocurrido la idea de crear una forja de este tipo, tarea hoy en día ya inaplazable. Es preciso crear una escuela de formación para los candidatos, algo así como un cursillo de especialización eclesiástica.
Ante la propuesta de creación de un auténtico centro de formación para los candidatos al episcopado, habrá quienes, sin reflexionar demasiado, la rechazarán de plano, por considerarla irrealizable e improcedente. ¿No será que, en su afán de seguir disfrutando de libertad de maniobra, saben que ello les impediría manejar por su cuenta las palancas de un poder encerrado actualmente en sus manos no excesivamente limpias?
De la misma manera que es justo que el pueblo vea y valore a los jóvenes clérigos que se disponen a acceder al sacerdocio para que, en caso de que tenga algo que objetar, pueda hacerlo en el tiempo oportuno, conviene también que los mismos fieles se interesen y participen en la elección de los sacerdotes que toda la Iglesia, desde la base hasta el vértice, prepara como posibles candidatos al gobierno, en su calidad de obispos, del timón de la barca, con la que todos juntos deberán enfrentarse a los golpes de mar, las tormentas y
los comunes peligros de la travesía.*
* «Episcopus annuntiat clero et populo dicens: Quoniam, Fratres carissimi, rectoris navis, et navigio deferendis eadem est vel securitatis ractio, vel communis timoris, par eorum débet esse sententia, quorum causa communis existit. Neque enim fuit frustra a Patribus institutum, ut de electione illorum, qui ad regimen altaris adhibendi sint, quod nonnumquam ignoratus a pluribus, scitur a paucis; et necesse est, ut facilius ei, cui oboedientiam exibeat ordinatio, cui assensum praebunt ordinando. Horum si quidem diaconorum ut presbiteros, auxiliante
Por consiguiente, si por un simple clérigo destinado al sacerdocio, la Iglesia pedía hasta hace muy poco tiempo el parecer del clero y del pueblo, incluso con una pública denuncia («si tiene algo contra él, ante Dios salga y lo diga»), ¿cómo es posible que para un sacerdote candidato a dirigir una diócesis, la Iglesia siga manteniendo el velo del más riguroso silencio pontificio para que nadie meta las narices en el agiotaje de semejante sistema?
Hay que cortar de raíz la vergüenza del necio secreto pontificio que sólo beneficia a los manipuladores. Con la creación de una escuela de preparación para todos los aspirantes, éstos podrían presentarse ante el pueblo de Dios para ser juzgados y aprobados por todos o, en caso necesario, ser denunciados por alguna circunstancia privada, sin excluir la posible pertenencia a sectas masónicas, mafiosas o de partido, tal como por desgracia ocurre muchas veces.
Su matriculación, libremente solicitada o aconsejada, en la escuela de preparación, no tendría que otorgar de por sí al alumno ningún derecho de carrera, pretensiones de prelación y tanto menos velados acaparamientos por encima de otros posiblemente más dignos y capacitados. Semejante actuación, obligaría a muchos de ellos a comprender que carecen de las cualidades necesarias y deben seguir ejerciendo su sacerdocio sin hacer castillos en el aire.
Esta formación de carácter superior se podría dividir en dos niveles sucesivos. Un primer nivel para instruir a los alumnos acerca de la mejor manera de ejercer el ministerio episcopal, las cualidades indispensables, el comportamiento adecuado en presencia de problemas de cualquier tipo o de algunos en particular, la preparación pastoral, espiritual y cultural, la gestión de la diócesis, las cualidades pedagógicas de un pastor, las relaciones sociales e interpersonales,
Domino, ordinandorum conversatio, quantum mihi videtur, probata, et Deo placita existit et digna, ut arbitror, ecclesiastici honoris augmento. Sed ne unum fortasse, vel paucos, aut decipiat assensio, vel fallat affectio, sententia est expetenda multorum. Itaque qui de eorum actibus, ut moribus noveritis, quid de merito sentiatis, libera voce pandatis; et bis testimonium sacerdotii magis pro merito, quam affectione aliqua, tribuatis. Si quis igitur habet aliqua contra illos, pro Deo et propter Deum, cum fiducia exeat et dicat, veruntamen memor sit conditionis suae. » En efecto, no en vano instituyeron los Padres la votación de los fieles sobre los que tienen que ser destinados al ministerio del altar con el fin de que lo que pueda ser ignorado por la mayoría sea conocido por la minoría; y es necesario que a aquel a quien la ordenación exige obediencia y está a punto de ser ordenado todos ofrezcan su conformidad. En verdad, su vida de formación al sacerdocio, con la ayuda del Señor y por lo que me consta, parece demostrada, establecida por la voluntad de Dios y digna de ser promovida a semejante honor eclesiástico. Sin embargo, para que tal conformidad de uno o de pocos no resulte engañosa y el afecto no traicione, conviene solicitar el parecer de muchos. Por consiguiente, si conocéis o sois conscientes de algo relacionado con su moralidad o sus actos, estáis invitados a exponerlo libremente, y así el testimonio en favor de su sacerdocio se preste más por el mérito que por el afecto hacia la persona. Por lo tanto, si alguien tiene algo que alegar contra él, por Dios y en razón de Dios, salga y lo diga con toda confianza, recordando con benevolencia la debilidad de todo hombre.»
sobre todo con los hermanos sacerdotes diocesanos y muchas otras cosas. El segundo nivel tendría que estar reservado exclusivamente a los candidatos ya designados para el perfeccionamiento de su cualificación episcopal, con un ulterior curso de lecciones teóricas y prácticas sobre la mejor manera de plantear su acción pastoral en el ámbito de las diócesis a las que han sido destinados o en el cargo en que estén llamados a ejercer un cierto poder sobre sus subordinados, es decir, sus colaboradores cualificados.
En este segundo curso de aprendizaje, el elegido tendría que aprender específicamente con qué deberá enfrentarse, cuál deberá ser su comportamiento como obispo de su diócesis, quiénes serán los hermanos sacerdotes con los que tendrá que convivir durante diez, veinte o treinta años, cuáles serán los fieles que se le encomendarán, qué problemas heredará, qué obras deberá continuar, qué programas deberá cumplir, qué bienes tendrá que administrar, qué dificultades deberá superar, qué obstáculos habrá de afrontar, qué cualidades y virtudes deberá ejercer y qué entuertos tendrá que enderezar. Y cualquier otra contingencia que pueda haber.
En la actualidad, cuando llega el nuevo obispo, éste, de una manera consciente o inconsciente, para que se note su presencia, empieza a cambiar las cosas y a hacer justo lo contrario que su predecesor. «Ecce nova facio omnia», «mirad, lo cambio todo», aunque no lo manifieste abiertamente.
Un obispo todavía en activo tenía la manía de destruir para poder reedificarlo todo desde los cimientos; y, puesto que siempre lo destinaban a zonas de tradición autoritaria, ejercía presión sobre el clero y los fieles para sacarles dinero. En la bula episcopal alguien le escribió: «Llegué, vi, rompí.»
Que se nos diga, por favor, qué empresa seria cambia de sistema cada vez que llega un nuevo director en menoscabo de válidas actuaciones anteriores. Si semejante proceder no está autorizado en cualquier empresa que se respete, ¿no parece igualmente razonable que obre de la misma manera la empresa-diócesis que se propone la salvación de las almas y que, al mismo tiempo, encierra en sí muchos y complejos problemas a veces muy graves?
En la era de los viajes incluso siderales no queda espacio para la improvisación y todo se confía a la inculturación y la programación calculada para el futuro. El Espíritu Santo no se encarga de sustituir al elegido en todas aquellas imperdonables deficiencias, que hubieran tenido que desaconsejar su designación. Un psicópata, un desequilibrado, un arribista, un ambicioso o, peor todavía, un indigno sin escrúpulos, puede estar tranquilo, pues el Paráclito Divino jamás lo forzará hasta el extremo de obligarlo a cambiar de la noche a la mañana en contra de su voluntad. Una escuela adecuada y el pueblo que conoce al candidato sí podrían hacerlo: o lo transforman o lo
suspenden.
Hoy más que nunca la Iglesia se traga los obispos elegidos con un método que a lo largo de dos mil años ha demostrado ser extremadamente estúpido, por su carácter de recomendación, siguiendo las interesadas indicaciones de personajes que se ocultan detrás del llamado secreto pontificio, que siempre es un secreto a voces.
El obispo improvisado de hoy para mañana se las arregla como puede, navegando entre dos orillas: o bien está convencido de que se encuentra a la altura de las circunstancias y desarrolla su creatividad o bien es consciente de su incapacidad y se encomienda al primer secretario emprendedor que encuentra, el cual lo manejará a su antojo, en detrimento de otros mejores que se apartarán a un lado.
Estos riesgos y estos excesos que se registran desde hace muchos siglos tanto en la Iglesia central como en las locales, se tienen que erradicar del todo, o por lo menos en parte, con este o con otro planteamiento, ahora que la Iglesia se dispone a cruzar el umbral del tercer milenio. Ya no es tiempo de vendarse los ojos y afirmar que no existen problemas por el simple hecho de no poder verlos en toda su gravedad. ¿De qué sirve enterrar las verdades, sabiendo que tarde o temprano éstas volverán a aflorar a la superficie con más vehemencia y urgencia?
La Iglesia de Cristo tiene que adquirir agilidad y perder el lastre que la ata a los retorcidos enredos del vaticanismo. Los papas del próximo milenio no podrán por menos que afrontar y resolver estos urgentísimos interrogantes que llegan hasta el mismo corazón de la Iglesia. Hay que frenar a los presuntuosos que, a pesar de sus diferencias de carácter y costumbres, comparten un afán tan morboso de carrera y poder que ya ni siquiera consiguen disimularlo.
El Dios infinito que derramó su sangre en el Calvario para la salvación de toda la humanidad no puede en modo alguno permitir que su obra más grande, la Iglesia universal, esté condicionada por la actuación de las distintas camarillas y sometida a un puñado de embaucadores, hoy de Brisighella, ayer de Piacenza y mañana de otros conspiradores vestidos de escarlata. Aquella preciosísima Sangre de valor infinito se mancilla y se marchita cuando está en unas manos interesadas y sectarias.
¡Ha llegado la hora de liberar a la Iglesia de Dios de las ataduras de un sistema que la aprisiona!