Pablo VI, que no ocultaba la asfixia del humo satánico en el centro de la Iglesia, se vio obligado a principios de 1974 a crear una restringida comisión oficialmente encargada de estudiar la reorganización administrativa de la Curia romana; en realidad, le confió la secreta misión de averiguar la podredumbre que hervía en la olla.
Se eligió como presidente de la misma a un prelado canadiense tan cabal como recto y sincero, el arzobispo Edouard Gagnon, quien eligió como secretario, o más bien se lo endilgaron, al monseñor alemán Istvan Mester, jefe de la Congregación para el Clero. Ambos pasaron por casi todos los departamentos de la Curia, invitando a los funcionarios a manifestar libremente sus opiniones acerca de sus superiores y de la marcha del despacho.
En cuanto se sintieron a sus anchas, fueron muchos los funcionarios que se atrevieron a denunciar las irregularidades y los delitos que conocían. El material reunido era interesante, casi revolucionario. El presidente de la comisión monseñor Gagnon se pasó tres meses redactando el voluminoso informe que a la masonería vaticana le pareció de inmediato tremendamente grave y peligroso: se mencionaban los nombres y las actividades secretas de ciertos personajes de la Curia. Tenían que inventarse algo para que la relación inquisitorial no llegara al papa Montini, que ya no andaba
muy bien de salud. Todo se tenía que hacer con la máxima reserva. Forjaron el plan y lo pusieron en práctica: «Nessun dorma!», «¡que nadie duerma!».
Monseñor Gagnon, una vez terminado en todos sus distintos aspectos el duro trabajo de conjunto acerca del resultado conclusivo de la investigación, pidió, a través de la Secretaría de Estado, ser recibido por Pablo VI para exponerle personalmente y de palabra sus reflexiones acerca de ciertos desvíos en el interior del Vaticano. Pasaban los días y la respuesta no llegaba. Al final le comunicaron que, dado el carácter extremadamente reservado del asunto, convenía que entregara todo el dossier del informe a la Congregación para el Clero, donde el secretario monseñor Istvan Mester se encargaría de guardarlo todo en un sólido arcón de doble cerradura del despacho. El valeroso arzobispo no comprendió la razón, pero obedeció la orden.
La mañana del lunes 2 de junio de 1974 monseñor Mester abrió la puerta y de inmediato comprendió que algo había ocurrido en la estancia: papeles esparcidos por el suelo, libros fuera de su sitio, legajos cambiados. Después observó que el gran arcón situado al lado del escritorio tenía las cerraduras desencajadas: en el estante faltaban los expedientes relativos a la investigación llevada a cabo por Gagnon. Dos días a disposición de los ladrones, la tarde del sábado 31 de mayo y el domingo 1 de junio, suficientes para trabajar con calma y discreción en el robo de los documentos.
Para empezar, se impone a todo el mundo el secreto pontificio acerca de lo ocurrido; nadie tiene que hablar. A continuación, son debidamente informados la Secretaría de Estado y el presidente Gagnon, quien, sin sorprenderse en absoluto, promete estar en condiciones de redactar en muy poco tiempo una copia del informe ya redactado. Por toda respuesta, lo dispensan de la tarea y le dicen que, en caso necesario, se lo pedirán enseguida. El mismo jefe de la oficina de vigilancia Camillo Cibin recibe el encargo de llevar a cabo la inspección, haciendo constar en acta el resultado de la misma y enviándolo todo a la Secretaría de Estado. Se informa al Papa del grave robo y de la desaparición del expediente. Entretanto, se haría caer el más absoluto silencio sobre lo ocurrido.
Pero la noticia del robo empieza a circular a primera hora de la tarde del martes 3 de junio: al parecer, unos ladrones habían forzado una caja de seguridad, se insinúa la desaparición de unos documentos redactados por encargo. Los periodistas reciben con escepticismo el desmentido del portavoz de la sala de prensa vaticana, doctor Federico Alessandrini. Los enterados saben que allí, cuando se apresuran a declarar que no saben nada acerca de lo que se dice, significa que hay algo oculto de lo que están al corriente, aunque lo desmientan. Es lo que se llama reserva mental sobre una verdad distinta. No siendo mentira, tampoco es un pecadillo.
de que el Osservatore Romano, el órgano de prensa casi oficial de la
Santa Sede,* es invitado a facilitar una información acomodaticia: «Se
ha tratado de un auténtico y vergonzoso robo. Unos ladrones desconocidos han penetrado en el despacho de un prelado y han robado unos expedientes guardados en un sólido arcón de doble cerradura. Un auténtico escándalo.» La logia masónica conoce a los mandados y a los mandantes, que no eran del todo desconocidos para muchos.
La situación de la Curia romana era por aquel entonces muy tensa y la comisión de monseñor Gagnon no contribuyó precisamente a tranquilizar el ambiente. El jefe de un dicasterio extranjero puso de patitas en la calle a cinco miembros de dicha comisión mientras otro cardenal declaró no estar dispuesto a permitir semejante investigación sobre el personal de su dicasterio. Lo cual significa que el dossier debía de contener opiniones y apreciaciones sobre el personal, los superiores y la marcha de toda la Curia. El robo había sido, por tanto, selectivo.
A pesar de que no se lo pidieron, el prelado Gagnon preparó otro informe similar al anterior; pidió ser recibido en audiencia privada por el Papa y una vez más no le fue concedida. Entonces rogó a la Secretaría de Estado que hiciera llegar en secreto el expediente a Pablo VI, pero el paquete tampoco llegó a su destino, pues le habían dicho al Pontífice que los documentos robados ya eran ilocalizables. La conspiración palaciega había decidido mantener al Papa al margen de los trapicheos de la Curia. Monseñor Gagnon, al verse engañado, consideró terminada su misión de permanencia en Roma, pidió el parecer de personas prudentes y rectas y tomó la radical decisión de regresar a Canadá, donde ya tenía pensada su jubilación. Volvió a su país considerándose un jubilado a todos los efectos. Sin embargo, el papa Wojtyla, enterado de la rectitud del personaje, lo mandó llamar de nuevo a Roma y lo nombró cardenal para poder servirse de sus consejos acerca de la limpieza del ambiente vaticano, desgraciadamente impregnado de dioxina satánica.
«Con lágrimas en los ojos os lo digo: muchos entre vosotros se comportan como enemigos de la cruz de Cristo.»
* El Osservatore Romano nace en julio de 1861 por voluntad de Pío IX, con la participación de ilustres seglares católicos. Se considera desde siempre al servicio del pensamiento del Papa y de los dicasterios de la Curia romana. Se lee en todo el mundo por lo que dice y sobre todo por lo que calla.