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Los gendarmes de la fe

In document Los Milenarios El Vaticano Contra Dios (página 173-176)

La simulación en el Vaticano se convierte en una segunda naturaleza que acaba por superar a la primera. Los hipócritas son alabadores y preceptores de todas las virtudes fingidas y se convierten en detractores y perseguidores de todas las verdaderas.

Fingiéndose devotos observantes y respetuosos creyentes, cultivan en su interior la soberbia, la mezquindad y la intransigencia. En cuanto alcanzan una posición de autoridad, califican las costumbres y los prejuicios de su propio yo como reflejo de la voluntad de Dios. En lugar de ser custodios de la fe, se convierten en sus gendarmes, celosos de su propia dignidad, y en unos símbolos de hipocresía religiosa cuyo comportamiento es similar al del actor que en escena, para ser sincero, tiene que ser hipócrita, en palabras de Camus.

La hipocresía viste el habitus de la mentira con un fin muy concreto, lógico y coherente: bajo los oropeles de la piedad, busca las cosas que más le interesan («Ipocrita est qui sub specie pietatis ea

quaerit quae sua sunt»). El prelado hipócrita actúa de conformidad

con el fin que pretende alcanzar, aunque de manera muy poco evangélica, cuando opta por comportarse con simulación e hipocresía, cualidades muy molestas y, a veces, nefastas. En cualquier despacho de la Curia, donde es fácil la cordialidad pero difícil la familiaridad, no se ve más que adulación vana y superficial, profusamente dada y recibida.

No ha habido ningún cambio desde la época del embajador en Roma Alvise Contarini, más tarde patriarca de Venecia en 1563, que así se expresaba en su crónica al Senado veneciano: «Aquí la

adulación se viste de honradez y el engaño de astucia. En resumen, todos los vicios se presentan enmascarados: todo es honradez, todo es honorable y necesario si conduce a lo útil, única divinidad a la que se adora. La simulación es el alma de la corte romana.» Por consiguiente, en el umbral del año 2000 nada ha cambiado desde entonces: cuando la sumisión se conjuga con la avidez, la unión se convierte en el plexo de la ficción natural.

Los aspirantes a hacer carrera, siempre en la pista de entrenamiento para la competición de fondo, corteses y escurridizos y jadeantes, arden de fiebre de vanidad y de ambiciones desmesuradas y, en caso necesario, saben adoptar las actitudes más apropiadas y pronunciar las palabras más idóneas para llevar a cabo sus galanteos y adulaciones. Como recaderos mercenarios que son, se introducen en los ganglios del sistema eclesiástico y, una vez en el vértice, encierran orgullosamente el rebaño en un recinto vallado regido por toda una serie de órdenes y prohibiciones de producción propia.

Los listillos de aquel veinte por ciento que se prepara para iniciar la escalada en el Vaticano, hábiles y delicados en el trato, recurren fácilmente al embaucamiento de los superiores, los cuales creen tenerlo todo bien amarrado, pero, en realidad, se encuentran en la esfera de la incapacidad subjetiva y objetiva. En efecto, el embaucamiento induce a una persona psicológicamente incapaz, a llevar a cabo actos jurídicos insuficientes y perjudiciales con el fin de obtener un provecho en beneficio de los interesados.

Prestaciones en simbiosis: el superior se encuentra en estado de éxtasis, es decir, fuera de su ser; y el otro, como astuto servidor, se dedica a manejar y adular debidamente al asno domado.

En el ordenamiento jurídico de la Iglesia vaticana no es punible el delito de favoritismo, sino que más bien se considera una gracia beneficiosa gratis data, otorgada con carácter gratuito.

Ya desde la alta Edad Media el privilegio del favoritismo y la protección era tenido en gran estima y aprecio. Es un punto de honor para el monseñor que desbanca a los demás en sus derechos de precedencia. En el ambiente se le considera un afortunado por haber pasado por encima de los que tenían derecho. Estar siempre del lado de la parte vencedora es el principal objetivo del arribista, siempre preparado para flotar sobre las mudables corrientes de los devotos bandos.

La simonía ya no tiene aquel rigor de las draconianas leyes del derecho canónico. La ley a este respecto está muy aguada. El término está inflacionado. Nunca se denomina «corrupción». Se prefiere el término «protección», lo cual no constituye ningún delito; al contrario, se envuelve con el manto de la benevolencia y la caridad y, por

consiguiente, es una virtud. Ningún tribunal eclesiástico la deberá perseguir jamás.

Superado por tanto el escollo del equívoco, el hecho de alcanzar dignidades y ascensos mediante los favoritismos y los donativos más extravagantes, tanto en especie como en dignidad, se presenta como algo lícito y natural. Mejor dicho, obvio. Es costumbre de la corte romana adular con tiránica vileza a los príncipes dominadores y maldecir con increíble desfachatez a los vencidos y a los muertos, anotaba en sus tiempos el historiógrafo Gerolamo Brusoni.

Como conclusión de lo arriba apuntado, reproducimos a continuación el parecer «sobre la corte de Roma» del cardenal Commendone, solicitado por el secretario de los dos papas Paulo IV (1555-1559) y Pío IV (1559-1565), Jeronimo Ragazzoni, obispo y nuncio de Francia: «Hay una desproporción —escribe— entre el lugar en el que se elige al pontífice y el grado al que éste es elevado. Porque el hecho de que salga elegido papa quien menos se espera provoca en toda la Curia una situación en la que se cree que cualquiera que sea listo puede alcanzar cualquier dignidad. Y así, junto con estas personas tan bajas y a veces hasta indignas, son elevadas otras que, como en una barca, navegan con sus amos, amigos o familiares. Y esta situación se refleja con toda claridad en la libertad que tiene cada cual de hablar y hacer las cosas a su manera y en la diligencia, con la cual los cortesanos más listos se ganan el favor de todos y los gastos de los bienes y la forma de hacerlos; todo lo cual no nace más que de las esperanzas de aquel que los hace y de aquellos que se los permiten; las cuales esperanzas no se cumplen allí donde no es posible adquirir mucho en poco tiempo y donde la suerte no puede hacer gran cosa... Que la revelación del sereno rostro del verdadero Sol que ilumina estas tinieblas permita que, más hermosa y santa que nunca, la Iglesia pueda regresar a él: «Induta

vestimentis salutis et indumento, justitiae, quasi sponsa ornata monilibus suis», «la Iglesia vestida con ropajes de salvación y de

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