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LA FERIA DEL COLOR MORADO

In document Los Milenarios El Vaticano Contra Dios (página 145-148)

Cuando os inviten a una boda, no ocupéis los primeros lugares. Una norma de humildad bíblico-evangélica: «No me siento con hombres falsos ni visito a los hipócritas.» En cambio, muchísimos prelados del Vaticano se consideran por encima de esta norma evangélica por un privilegio divino que agradecen profundamente al Señor.

Cuando te inviten, bueno, mejor dicho, cuando decidas invitarte a las ceremonias pontificias, procura sobre todo colocarte en el lugar más cercano a los magnates de aquella asamblea. En el transcurso de estas citas, en las que se sabe que los peces más gordos de la corte pontificia formarán parte del séquito del Papa, se produce un frenético hormigueo y un trasiego de jóvenes esperanzas que, cual atareadas hormigas rojas, se acercan rápidamente unas a otras, se husmean y se apartan, se inclinan o se ignoran, se prestan ayuda o se devoran entre sí.

Como es natural, allí todos los que pintan algo en la «Rey de

Coppa y C.» suelen obtener información a través del teléfono-amigo

que no deja huellas, pero sus burlonas decisiones vaya si las toman, ¡y con cuánta dureza, por cierto! Para ellos, la ley evangélica es un silogismo al revés: se establece previamente la conclusión —a éste lo aprobamos, a éste lo suspendemos— y, sobre su base, se adoptan las premisas.

No es fácil escribir acerca de la vanidad de los hombres de Iglesia con respecto a ciertos títulos honoríficos o de prestigio y acerca de su búsqueda de los cargos de máximo rango que ambicionan, pretenden y obtienen. Es un testimonio de fe demasiado interesado eso de situarse delante para tapar a los demás hermanos más merecedores que ellos de alcanzarlos, aunque esté escrito: «No busque ninguno de vosotros su propio interés sino más bien el de los demás.»

En la Iglesia de Roma se corre el peligro de caer en un nuevo fariseísmo ni siquiera excesivamente disimulado. Ciertos juegos de poder entre eclesiásticos no se diferencian de las luchas tribales, de

las brujerías fetichistas y de complicidades mafio-masónicas. Es la feria del color rojo lo más llamativo posible. Para ponerse un poco de color rojo encima, pierden la costumbre de tenerlo en la cara. Es el escaparate de los exhibicionistas acicalados con las solemnes vestiduras, bajo las cuales ocultan sus hipócritas sueños. Las funciones litúrgicas pontificias acaban por parecerse a un desfile de prelados que se pavonean por una variopinta pasarela de modelos. Las capillas papales son una muestra de lienzos rojos, encajes, sombreros y fulgurantes cruces colgadas sobre el pecho; y los ufanos prelados parecen participar en un pase de modelos bajo las estrellas en Trinità dei Monti.

Los peces gordos de mayor calibre tienen tantas ganas de que los saluden como los de pequeño calibre de venerarlos. El revestido de mayor dignidad contempla a hurtadillas los movimientos del inferior distraído, sobre el cual concentra su enojo por no haberlo saludado, con lo mucho que él se lo merece. Profusión de zalamerías y anchas sonrisas de satisfacción de los arribistas. En la sala la asamblea alaba y es alabada, se alegran los corazones y todos se deshacen en elogios y parabienes.

Qué placer experimentan los prelados envueltos en un mal disimulado narcisismo, antes, durante y después de estos encuentros de alto nivel pontificio, por más que Ghika haya escrito que Narciso está más lejos de Dios que Caín. Si la alegría es el goce consciente de un bien seguro, cuando los bienes son frágiles, las alegrías también lo son. En cambio, cuando los bienes son graníticos, las alegrías son sólidas. Sin embargo, el granito es muy duro y le podría romper la cabeza a más de uno.

Los monseñores revestidos de pompa y majestad, todos ataviados con sotanas prelaticias, rápidos y dominados por el frenesí, serenos o sonrientes según convenga, engalanados y resplandecientes, se sienten obligados a tributar homenaje a los cardenales y prelados de los asientos reservados de la primera y la segunda fila, por humilde devoción y no por otra cosa, naturalmente. Pero todos saben lo que es esta «otra cosa». Jesús sentenció: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. No los imitéis en sus obras, pues dicen, pero no hacen. Todas las obras las hacen para que los vean los hombres; ensanchan las filacterias y alargan los flecos; gustan de ocupar los primeros asientos en los banquetes y las primeras sillas en las sinagogas y de los saludos en las plazas. Que el más grande entre vosotros sea vuestro siervo.»

En caso de que quede todavía una silla vacía en la primera fila, alguno de los que están detrás busca un pretexto para saludar cordialmente al prelado de aquella fila y se sienta tan campante a su lado: «Sedere cum viris vanitatis», «sentarse con los hombres ilustres es vanidad»; pero, de esta manera, consigue desbancar a los demás para poder estar una fila más cerca del Papa, ¡por veneración, claro! Después aprenderá a hacer lo mismo en la vida, poniendo la

zancadilla a los demás que no son tan hábiles como él. «Ay de vosotros, fariseos, que amáis los primeros asientos en las sinagogas y los saludos en las plazas.»

Cada año, la víspera de los santos Pedro y Pablo, el Papa polaco desea reunirse con todos sus colaboradores que trabajan en los dicasterios de la Curia romana y del Vicariato. Como es lógico, la ocasión es la más indicada para exhibirse con las mejores galas, aunque sólo sea para que se airee un poco la túnica roja o ribeteada tanto tiempo guardada en el armario, con riesgo de que se apolille.

Pero hay un monseñor maleducado, de físico menudo y erguido, gran capacidad intelectual, finísima habilidad para entrar en sintonía con la convulsa realidad del ambiente y captar al vuelo los signos de los tiempos de juanista memoria, el cual se presentaba sistemáticamente a la cita con el Papa in nigris, es decir, con una sencilla sotana negra, ni siquiera recién estrenada. Aquel hecho molestó a uno de los muchos remilgados maestros de ceremonias hasta el extremo de ordenar a un vigilante que desplazara al intruso, que no iba ataviado con vestiduras nupciales, por lo menos a cuatro o cinco filas más atrás.

—Monseñor —le dijo el vigilante con gran circunspección—, usted perdone, pero tendría que dejar libre este asiento, pues ya está ocupado.

El vigilante le indicó la fila y lo acompañó.

Ya acostumbrado al trato despectivo, el reverendo dejó a sus colorados compañeros en los asientos que les habían sido asignados y, sin inmutarse lo más mínimo, retrocedió tranquilamente. Pero permaneció muy poco rato en su nuevo asiento; el mismo vigilante se acercó de nuevo a él visiblemente turbado para invitarlo a retroceder un poco más:

—Disculpe, monseñor, no depende de mí, ¡me lo han mandado! Pero el prelado sin adornos trató de tranquilizar al buen seglar, diciéndole:

—Por mí no se preocupe, estoy acostumbrado al método de san Giuseppe Cottolengo.

—¿Qué método es ése, monseñor? El siguiente:

—Cuando sus pobres hijos discapacitados, a los que sistemáticamente iban cambiando de un sitio a otro porque nadie los quería, le preguntaban la razón de aquellos desplazamientos, el santo los convencía de la siguiente manera: «Por eso no os preocupéis; debéis saber que los repollos, para que sean más sabrosos, se tienen que trasplantar varias veces.»

La sonora carcajada del vigilante llamó la atención de los prelados sentados en las primeras filas.

sonriente, le comentó:

—Monseñor, hay un sitio justo en la primera fila; si no fuera por la referencia a los repollos, lo hubiera acompañado allí delante de todos porque, además, le corresponde. Pero le juro, monseñor, que de ahora en adelante tendré mucho más cuidado antes de desplazar a los reverendos que no vayan engalanados.

Huelga decir que Dios no hace distinciones de este tipo, no es parcial y no hace selecciones. Eso lo sabe todo el mundo. Pero aquí no se trata de Dios que está en el cielo, demasiado arriba como para preocuparse por nuestras pequeñas miserias, hechas de colores, zancadillas y preferencias.

En cambio, los hombres se distinguen entre próximos y lejanos, según la manera en que consigan alcanzar sus hermanamientos. Hay que poner manos a la obra; el mismo proverbio lo confirma: «Ayúdate y Dios te ayudará.» Lo decimos desde siempre; ¿será posible que precisamente los eclesiásticos de la Iglesia romana, en especial los de la Curia, tengan que pasar por alto esta regla celestial?

Contrariamente a lo que se decía en el ventenio de dictadura italiana, tener muchos amigos en la Curia equivale a un gran honor, según los colores que se lleven encima. Todos tenemos un protector en el cielo; ¡afortunado el que también lo tiene aquí en la tierra!, le decía una madre a su hijo clérigo, quien poco después comprendió cuánta razón tenía su madre.

En toda esta feria de color rojo, a nadie le gusta recordar el reproche del Maestro a los fariseos: «¿Cómo vais a creer vosotros que recibís la gloria los unos de los otros y no buscáis la gloria que sólo viene de Dios?» A lo mejor, creen que Dios sufre daltonismo y no distingue su resplandeciente color rojo. En cualquier caso, está claro que a ellos no les ha enseñado que la grandeza no viene de abajo sino de arriba; no del color rojo sino de la integridad interior.

En estas ceremonias papales nunca falta la presencia y la reunión de religiosas de todo tipo y condición. Muy modernas ellas, hacen gala de todo su desparpajo y se presentan ataviadas con tejidos superfinos, luciendo ensortijados mechones que sobresalen descuidadamente del velo o bien sin velo y con la permanente que les ha hecho aquel mismo día el peluquero de la casa, el cual, como es lógico, también ha aprovechado para hacerles la manicura.

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