Lacan había introducido el amor como don distanciándose de la pers- pectiva “de intercambio” del don; asimismo hará valer al amor como senti- miento cómico desplegando una versión inédita de lo que sería lo cómico (en forma similar, el posicionamiento del amor como sublimación también exigirá la remodelación de esta última).
¿Sobre qué base(s) entonces puso sobre el tapete lo cómico del amor? Pregunta tanto más importante por cuanto el amor considerado como sen- timiento cómico fue sostenido casi hasta el final del recorrido de Lacan. Por otra parte, no podría haber sido de otro modo en alguien que escribió, si bien es cierto que bastante más tarde: “No podría decirse nada ‘seriamente’ (sea para formar una serie límite) sin que cobre sentido del orden cómico2”.
El propio Lacan fue declarado públicamente “payaso” en vida, y no es segu- ro que la cosa le haya desagradado. Recientemente un testigo escribía que él le imprimió “a la historia del psicoanálisis en Francia, muy apagada antes de él, el aspecto algo frívolo quizás, pero sin llegar a resultar tan fastidioso como una comedia de Sacha Guitry llena de desavenencias, sorpresas y gol- pes de efecto3.” Éste, a saber Maurice Pinguet, no vacilaba en hablar de
“malos modales” (¿a la moda surrealista?), efectivamente patentes en Lacan, en tanto que están latentes en Freud4. También escribe:
“Ese hombre presto a volver todo irrisorio, ¿no veía entonces que pontificaba, que se tomaba en serio? Pero no, habría respondido que el hecho de no tomar nada en serio le impedía ser paranoico: detrás de los momentos de énfasis, de orgullo, de violencia, se dejaba oír la risa
y la parodia5.”
El saber al estilo Lacan es barroco, alegre, vivaz; se abre ampliamente a aquello que Pinguet nos recuerda de Mallarmé acerca de “ceder la iniciativa a las palabras” (“lalangue” es el concepto de esta iniciativa). Incluso cuando chapoteaba, Lacan no daba esa impresión. Quizás Lacan no sea más que eso: un tono en el psicoanálisis. Que por lo tanto el amor sea un sentimiento
2 Jacques Lacan “L’étourdit”, Scilicet, nº 4, París, le Seuil, 1973, p. 44.
3 Maurice Pinguet, “Stèle pour Jacques Lacan”, L’infini, nº 88, otoño 2004, p. 116. 4 Ver, por ejemplo, sus maneras dudosas (en el sentido de Las relaciones peligrosas) con
Ferenczi (Jean Allouch, El psicoanálisis: una erotología de pasaje. Córdoba, Cuadernos de Litoral, 1998, p. 66 y sg.).
cómico es algo que habría sido proferido por un personaje en gran medida ubicado él mismo en la vertiente cómica. ¿Qué habría pasado si lo hubiera declarado en un tono trágico? Sus palabras no habrían tenido sencillamente valor alguno.
A menudo y siempre que sea posible, resulta una buena estrategia leer a Lacan a partir de aquello que en su recorrido chocaba a sus oyentes. El 29 de enero de 1958, volviendo sobre la sesión del 18 de diciembre de 1957, y confrontado con el hecho que sus palabras no fueron “bien ingeridas”, les confía que habían sido tomadas de Hegel6. En efecto, Hegel había sido men-
cionado discretamente el 18 de diciembre, pero en forma más bien evasiva:
“¿De dónde sale la comedia? Se [¿se? Hegel, de hecho] nos dice que sale de ese banquete donde, en suma, el hombre dice sí en una especie de orgía –dejemos a esa palabra toda su vaguedad. La comida está constituida por las ofrendas a los dioses, es decir a los Inmortales del lenguaje. A fin de cuentas todo el proceso de elaboración del deseo en el lenguaje se reduce y se resume en la consumición de un banque- te. Todo este rodeo se da solamente para volver al goce, y al más
elemental. He ahí de qué modo la comedia hace su ingreso en lo que se puede considerar con Hegel como la cara estética de la religión7.
La religión estética (Kunstreligion) interviene bien al final de la
Fenomenología del espíritu, justo antes del saber absoluto. A diferencia de
Kant, que reducía la religión a una fe puramente moral, Hegel realza su valor
especulativo. En su explicación del texto, Jean Hyppolite escribe que, en Hegel,
la religión “ya [el énfasis es mío] es la presentación de la verdad especulativa pero en un elemento particular, el de la representación (Vorstellung8)”. En el
movimiento de realización de la conciencia de sí, Hegel distingue tres modali- dades sucesivas de la religión: religión natural, religión estética y religión ma- nifiesta (o revelada). Ahora bien, en ese mismo movimiento lo trágico precede a lo cómico, en el seno de la religión estética. Lo cómico es entonces superior, particularmente porque allí se disuelve la eficacia del terror. Tal como lo su- braya Foucault en su curso Seguridad, territorio, población, el terror no es alguien que aterroriza a algún otro, sino el hecho que el que aterroriza está él mismo aterrorizado. La comedia, y así finalizan las páginas referidas a la
6 J. Lacan, Las formaciones del inconsciente, Barcelona, Paidós, 1999, p. 219. De aquí en
más, Las formaciones...
7 Ibid., p. 138.
8 Jean Hyppolite, Genèse et structure de la Phénoménologie de l’esprit de Hegel, París,
Aubier Montaigne, coll. “Philosophie de l’esprit”, 1946, p. 511.
religión estética, “es el retorno de todo lo que es universal en la certeza de sí mismo, y esta certeza es consecuentemente la ausencia completa de terror, la ausencia completa de esencia de todo lo que es extranjero, un bienestar y distensión de la conciencia tal como ya no se puede encontrar fuera de dicha comedia9”. Palabras que no habría que leer como psicólogo. El pasaje al cual
se remite Lacan, sin citarlo, dice lo siguiente:
En lo que concierne al elemento natural, la conciencia de sí real se mues- tra en el empleo de este mismo elemento como su ornamento, su morada, etc., y en la ofrenda de su festín, como el destino al cual se devela el secreto de la esencialidad autónoma de la naturaleza; en el misterio del pan y el vino, ella se los apropia, con la significación de la esencia interior y en la comedia ella es consciente en general de la ironía de tal significación10.
Lacan se apoya pues en Hegel usando, como quien dice, el argumento de autoridad –un gesto no siempre merecedor del desprecio que habitualmente se le dispensa. No obstante, retoma las formulaciones hegelianas en sus propios términos. En efecto, define a la comedia como instauradora de una cierta relación de sí con el lenguaje (posiblemente lo que Hegel denominaba “la esencialidad autónoma de la naturaleza”). Cierto, “ese sí mismo sólo puede asirse más allá de toda la elaboración del deseo en la red del lengua- je11”; ello no impide que “vehicule y conserve la existencia primigenia de la
tendencia”. Lacan lee una suerte de “retorno de la necesidad en su forma más elemental” en la manera en que Aristófanes ridiculiza a Sócrates en Las
nubes: un viejo que se vale de toda una serie de artimañas para satisfacer sus
necesidades, escapar de sus acreedores, lograr que le den dinero, etc. “Eso llega muy lejos”, dice él12. Lo cómico consistiría en ese repliegue del deseo
sobre la tendencia, algo que ocurre por más que uno se encuentre “compro- metido del modo más fascinado y más obstinado por cualquier objeto metonímico13”. Definición:
El principio de la comedia consiste en plantearlas [se trata de las pasiones] como tales, es decir centrar la atención sobre un ello [el
9 Hegel, La fenomenología del espíritu, trad. De Wenceslao Roces, México, Fondo de
Cultura Económica, 1966, p. 433.
10 Ibid., p. 431.
11 J. Lacan, Las formaciones del inconsciente, estenotipia, sesión del 18 de diciembre de
1957. Pronto se verá por qué no hago referencia aquí a la versión Seuil.
12 Ibid., p. 139. 13 Ibid., p. 139-140.
énfasis es mío] que cree totalmente en su objeto metonímico. Cree en él, eso no quiere decir que esté ligado al mismo, dado que una carac- terística de la comedia es también que el ello [el énfasis es mío] del sujeto cómico sea quien sea siempre salga de allí intacto14”.
Tal como se nos presenta en la transcripción Seuil (Paidós), esta defini- ción de la comedia señala un problema de modo silencioso y oportuno, y ello precisamente en la medida que la misma es defectuosa. Remitámonos a la estenotipia: Lacan no había hablado de un ello sino de un sí, y no cabe sorprenderse tanto, considerando que Hegel funciona aquí en sordina. ¿Por qué haber dirigido hacia Freud una formulación sostenida por Hegel? ¿Por- que ese sí, a diferencia del ello, no es digno de ser considerado una categoría psicoanalítica? ¿Porque Lacan no era partidario del self? ¿Se permite este tipo de corrección en tanto se trata de necesidad o aun de goce elemental? Pero, justamente, esa necesidad elemental no es, como lo sugiere el uso del término “ello”, del orden de la pulsión que, ella sí, es un montaje complejo (fuente, objeto, meta, impulso). Precisamente, y con toda justicia, no se trata nunca de la pulsión en todo este pasaje. La comedia revela la necesidad en tanto que lo que allí responde es el puro consumo, el goce “más elemen- tal”. ¿Cómo entonces interviene allí el amor? Lacan: “en tanto instrumento de la satisfacción”. Ahí hay otra emboscada que debemos sortear: se trata de la satisfacción a la vez que de la demanda terca y rígida; de la necesidad, no de la satisfacción del deseo.
Algo ha sustituido a la irrupción del sexo, y es el amor –el amor nombrado como tal, el amor que llamaremos el amor naïf, el amor ingenuo, el amor que une a dos jóvenes generalmente bastante insulsos15.
Por primerísima vez aparece aquí en Lacan un juego entre amor y sexo
(una sustitución), un juego llamado a tener años más tarde, un futuro signi- ficativo, aunque provisorio...
De los análisis que ahora se proponen, particularmente el de La escuela
de las mujeres, solamente vamos a retener un punto, el de la declaración de
amor. ¿De dónde sale esta declaración? Habitado por la pasión de no ser cornudo, Arnoldo le ha echado el ojo a una niña de cuatro años, un ángel, al que está decidido a convertir en su mujer. La idiotez de Agnés le viene de
14 J. Lacan, Las formaciones... p. 140. 15 Ibid.
maravillas: podrá ser su preceptor. Pero, señala Lacan, al mismo tiempo divertido y serio, Agnés habla, y su ingenuidad vuelve su palabra mucho más peligrosa que si se tratara de una niña sagaz. La mocosa razona, hasta llegar a cuestionar al viejo, su preceptor, al punto que, habiendo basculado las cosas, es él, Arnoldo, quien termina siendo el ingenuo. Y es precisamente en el momento en que él se encuentra a su merced, aceptando incluso que ella frecuente al joven Horacio (el “insulso” de la cita anterior), cuando llega a aceptar convertirse en cornudo, que él le declara su amor. Una decla- ración que cualquiera siente como la de un cómico consumado.
Dicho eso, hay dos enunciados de ese 18 de diciembre de 1957 que pare- cen no congeniar mucho: “Ahora bien, el problema del Otro [“otro” en la estenotipia] y del amor está en el centro de lo cómico16”, y “El amor, es en
ese punto donde digo que se ubica la cúspide de la comedia clásica17”. Decir
que el amor está en el “centro” o es la “cúspide” de la comedia es una cosa. Decir que el amor es cómico es otra. Lacan dirá las dos cosas, pero sin jamás explicarse acerca del paso de una aseveración a otra, como si fuera evidente esta inferencia que en realidad tampoco es tal, dado que no hay ninguna razón para admitir que esas pasiones, sean cuales fueren, esas que presentifica la comedia, sean en sí mismas cómicas. ¿Diría Lacan lo mismo acerca del odio? Seguramente no. He aquí el pasaje exacto donde se autoriza dicho salto:
[...] y cuando digo pivote [el papel del amor que une a los jóvenes insulsos], es justamente porque el amor juega ese papel, no el de ser en
sí mismo cómico [el énfasis es mío] sino de ser el eje en torno al cual
gira todo lo cómico de la situación, hasta una época que se puede caracterizar claramente por la aparición del romanticismo, y que hoy dejaremos de lado.
El amor es un sentimiento cómico.
El salto es patente, realzado por la sangría del taquígrafo. Si tenemos en cuenta esta intempestiva inferencia, no resultará entonces injustificado afir- mar que si el amor en Lacan es un sentimiento cómico, eso es algo que se sostiene... por él. Es asunto suyo pensarlo, y asunto suyo también hacérselo admitir a sus oyentes, aunque no logre llegar a fundamentar con razones su posición. Y sin duda conviene escuchar su apelación a Hegel con ese defec- to lógico como trasfondo. ¿Cuáles son las consecuencias de ello? Obliga así a todos y cada uno a pronunciarse. En cierto modo se trataría de un
16 J. Lacan, Las formaciones... p. 138. 17 Ibid., p. 142.
sentimiento en el sentido que se dice que uno tiene el sentimiento de que... esto o aquello –lo cual no tiene casi valor alguno desde el punto de vista de la racionalidad, no obstante lo cual se presta a tener consecuencias. Lacan va a intentar que sus oyentes asientan respecto a su sentimiento acerca de la pasión amorosa. Para ello le será necesario hacer a un lado una pesada figura del amor, la del amor romántico.
Resulta curioso observar hasta qué punto al amor sólo lo percibimos a través de todo tipo de paredes que lo ahogan, de paredes románticas, si bien el amor es un resorte esencialmente cómico. Es precisamente por
ello que Arnolfo es un verdadero enamorado [...]. Así es, cuanto más se interpreta la obra, cuando Arnolfo se interpreta más en su papel de
Arnolfo, la gente más se conmueve y se dice: Ese Molière tan noble y
profundo, uno no acaba de reírse y ya debería estar llorando. Invertida, esta última propuesta dice de qué se ocupa Lacan. Es precisa- mente allí donde ustedes lloran, sugiere a sus oyentes psicoanalistas y otros, a saber, por la desgracia del pequeño Edipo de cinco años, o aun por el niño golpeado, que tendrían que reír. Nos viene a la memoria Fin de partida de Beckett: “nada tan divertido como la desgracia”.
Las últimas palabras de esta sesión condensan el conjunto de declaracio- nes, una vez más con el problema ello/sí. Por otra parte, y como ocurre con bastante frecuencia en la transcripción de los seminarios, aflora una dificul- tad referida a la escritura de “otre”. Escribirlo así permitirá no tener que decidir entre “Otro” y “otro” cuando sea difícil dilucidarlo. Partiendo de la versión mecanografiada propondría:
El sí mismo está, por su propia naturaleza, más allá de la captura del deseo en el lenguaje. La relación con el otre es esencial en la medi-
da que el camino del deseo pasa necesariamente por él, no en tanto que el otro sería el objeto único, sino en tanto que el Otro es el garante del lenguaje, y de por sí lo somete a toda su dialéctica.
Esta conclusión viene a cuento para introducir lo que será desplegado en el seminario siguiente, específicamente, el lugar del amor en el ternario nece- sidad/demanda/deseo. Repelido por el “no” que le precede, el “en tanto que el otro sería el objeto único” vuelve a remitir al amor. Por otra parte, Lacan había anunciado cómo interviene el amor en relación al deseo mientras se aprestaba a introducir al amor como sentimiento cómico, al amor en tanto instrumento de la satisfacción de la necesidad, del sí:
Ahora bien, si hemos encontrado subyacente al chiste esa estruc- tura esencial de la demanda según la cual, en tanto que es retomada por el Otro, debe ser esencialmente insatisfecha, hay de todos modos una solución, la solución fundamental, aquella que buscan todos los seres humanos desde el principio de sus vidas hasta el final de su exis- tencia. Puesto que todo depende del Otro, la solución consiste en te-
ner Otro por entero para sí. Es lo que se denomina el amor18.
Se escribirá más bien; “Puesto que todo depende del otre, la solución, es tener un otro por entero para sí. Es lo que se denomina el amor.”
En sus dos primeros seminarios, Lacan despegaba el amor del imagina- rio (sin por ello desprenderlo totalmente del mismo) para llevarlo hacia el simbólico. Ahora bien, con el reconocimiento del amor como sentimiento cómico, se dedica, a la inversa, a devolver el amor hacia el imaginario. Por el hecho que el yo (moi) en tanto imagen narcisista, encuentra su unidad fuera de sí mismo resulta que ese mismo yo (moi) tiene una función de defensa. Y agrega que es en el campo de este ser en tanto que ser narcisista que debe situarse el fenómeno de la risa: liberada, la imagen no constriñe más y se va a pasear solita19. El amor como sentimiento cómico rebaja (una palabra de
Freud) al Otro que muta de “garante del lenguaje” a “objeto único”. Como sentimiento cómico, el amor sirve a la necesidad y estafa al deseo. La formu- lación admite la recíproca: el amor es cómico precisamente por servir a la necesidad, y descuidar al deseo.
No se puede dudar que la práctica psicoanalítica esté en juego. Quizás sea para mostrar lo que tres meses más tarde Lacan invoca al grito de horror emitido por André Gide cuando se entera que su mujer y querida prima, a quien ama con un amor “supremo” y no desea, quema sus cartas al enterarse de que éste había partido a Londres con el efebo Marc Allégret20. Un drama
total para un autor que consideraba que hasta las cuentas de la lavandería formaban parte de sus obras. ¿Cómo escucha Lacan ese grito que da cuenta del acto de “una verdadera mujer”? Lo identifica con el de Harpagón: “¡Mi cofrecillo! ¡Mi querido cofrecillo!”, que invariablemente mueve a la risa. Di- cho de otro modo: lo que para Gide es una pérdida irremediablemente trági- ca, evidencia lo cómico, es cómico. Así contaríamos con una indicación de que lo que es del orden de lo trágico se comete desde lo cómico. Lo cómico se comete allí, se compromete allí, se refugia en lo trágico, un registro que no
18 J. Lacan, Las formaciones... p.137. Aquí, sin embargo no resultaba posible reemplazar
el ello por el sí mismo.
19 Ibid., p. 136.
necesariamente habría de frecuentar. Lo trágico es lo cómico echado a per- der. Reencontrar, tornar sensible lo cómico de lo trágico, de eso se trataría el ejercicio analítico. Tal parece ser la lección clínica a extraer de la traslación del grito trágico de André Gide al plano cómico del de Harpagón.
Ahora bien, Lacan va a repetir esta misma operación haciendo valer nuevamente y dos veces lo cómico bajo la vivencia trágica, y ello no sólo a propósito del complejo de Edipo, lo cual no es excesivamente sorprendente siendo que se trata del amor entre el hijo, la mamá y el papá, sino también, algo que puede asombrar mucho más, en el lugar del fantasma “pegan a un niño” al que también lee como un asunto de amor, por otra parte de confor- midad con el análisis realizado por Freud.
El complejo de Edipo es un asunto de tironeo amoroso. Saca a relucir lo