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El amor de transferencia, finalmente

In document El Amor Lacan (página 140-144)

¿Una vía?

El 16 de noviembre de 1960 Lacan está por cumplir sesenta años. Luego de haber publicado su tesis y numerosos artículos, había abierto el semina- rio, en su casa, desde 1951. Dicen que a partir de determinada edad uno empieza a interrogarse más y más a fondo sobre el amor. Ahora bien, tenien- do en cuenta ese pasado ya fructífero y esa edad, he aquí, sin embargo, que algo se inaugura precisamente ese día: por primerísima vez Lacan liga la

cuestión del amor a la de la transferencia. Es consciente de la novedad; y la

dice en términos que vuelven a poner el acento sobre el tema de Alcibíades en su lectura del Banquete1. Luego de haber recordado cómo el análisis es

posicionado por Freud, al inicio con un sujeto que “no sabe lo que tiene” y que finaliza con la puesta al día de una falta (castración o Penisneid), el 30 de noviembre de 1960 explicita en qué es inaugural dicho seminario tanto en su progresión como respecto a la manera en que el amor nunca ha sido problematizado por nadie: ello se debe a la puesta en juego de los términos “erastés, el amante o aun erón, el que ama, y eromenós, el que es amado2”.

El 1º de marzo de 1961, luego de recorrer paso a paso los momentos sucesi- vos del Banquete, y reivindicar la originalidad de su comentario que “hace época”, repite la novedad de su propio aporte, subrayando haber abordado la transferencia tomando un sesgo que no es ni “la pendiente clásica” y “ni tampoco aquel por el cual había abordado hasta ahora ante ustedes, este asunto de la transferencia”. Lo que está en cuestión todo a lo largo de ese seminario fue entonces anunciado desde su primera sesión:

[...] parto del extremo de lo que supongo: ¿aislarse con otro para enseñarle qué? ¡Lo que le falta! Situación aun más temible si pensa- mos justamente que por la propia naturaleza de la transferencia ese “lo que le falta” lo va a aprender en tanto que amante.

1 J. Lacan, La transferencia..., sesión del 23 de noviembre de 1960. 2 Ibid., sesión del 30 de noviembre de 1960.

Nos sentiremos aun más exasperados al no encontrar a continuación

ninguna respuesta a la pregunta acerca del “cómo”, que este anuncio sin embargo plantea. ¿Cómo puede el amor de transferencia ser la vía por la cual, llegado al término de su análisis, el analizante (aun no nombrado como tal) encontraría lo que le falta, dicho de otro modo, su deseo? A decir ver- dad, es necesario llegar hasta las últimas líneas de ese texto para poder encontrar lo que sería una respuesta explícita a ese “cómo”. Todo ocurre como si Lacan solamente hubiera escupido sus palabras forzado por el ca- lendario, porque no podía decidirse después de tantos y tantos anuncios y promesas, pero también aplazamientos y desvíos –su lectura del Banquete luego de la trilogía de Claudel, su presentación del esquema óptico, su críti- ca de la contra-transferencia. No cabe duda de que cada uno de esos rodeos aporta su grano de arena a lo que vendrá al final de todo. El 24 de mayo de 1961, siete meses después de su primera sesión, Lacan constata que “ya no nos queda mucho tiempo ahora para formular lo que tenemos que decir acerca de la transferencia”, lo cual es de todos modos el colmo de la exage- ración “¡Que no lo haya hecho usted antes!”. El 7 de junio, otra vez: “Va- mos a continuar con nuestro propósito a fin de formular nuestro objetivo, tal vez osado, de este año, formular lo que el analista debe ser en verdad para responder a la transferencia [...]”. Y, no obstante, justo antes de soltar su última palabra ese año, otro suspenso más, este final: “Pero hay otra cosa que, al llegar aquí al término de mi discurso, no puedo más que indicar y que concierne a la función del petit a [...]3”. Dicho de otro modo, esa última

palabra en realidad no será tal. ¿Qué pasa para que permanentemente pos- tergue decir lo que ha anunciado explícitamente? Lacan conduce a sus oyen- tes “de la mano4”.

Wladimir Granoff da testimonio de ello5: el amor estaba allí, activo,

cuando Lacan conducía a sus oyentes de ese modo. Pero hay otra mano al mismo tiempo presente, una supuesta mano tendida desde la última escena del Banquete, de la que Lacan se apropia6. ¿No resulta inocentemente infan-

til esta cadena enunciativa, Lacan tomado de la mano de Sócrates (de un

3 J. Lacan, La transferencia..., sesión del 28 de junio de 1961. 4 Ibid., sesión del 14 de junio de 1961.

5 Vladimir Granoff, Le désir d’analyse, París, Aubier, 2004, p.140: “Había algo que cir-

culaba de Lacan a nosotros y de nosotros a Lacan y entre nosotros, decir algo del orden del afecto es probablemente un understatement. Había una suerte de amor. En el mo- mento que la negociación con la Internacional llegó a un punto crítico, Lacan comenzó

a volverse diferente”. Dicho de otro modo, el rechazo de la Internacional también señaló el final de ese mano a mano, (N. del T.: en castellano en el original) de ese amor entre

Lacan y sus alumnos. A partir de ese momento Lacan ya no tuvo más colegas.

Sócrates redivivo) y teniendo a sus oyentes de la mano7? Ese juego suyo a

dos manos puede entonces también decirse “hasta mañana” (à demain/à

deux mains resulta homofónico) debido al aplazamiento permanente que

implica. Porque decir la última palabra, decir la palabra, sería romper la cadena. ¿Podemos por tanto concluir que al hablar de ello Lacan realiza su mito de la mano que se tiende hacia el leño de donde, milagrosamente, sale otra mano? ¿Ama Lacan a sus oyentes? Sí y no. Sí, si tenemos en cuenta el juego a dos manos, es decir un juego de a tres (dirá que se necesitan tres para amar). Y sin embargo no, dado que el entusiasmo transmitido por el mito de los encuentros manuales luego se calmará un poco con la irrupción pre- viamente mencionada, la de una cosa algo rígida, a saber, una mano, siem- pre la misma, pero que esta vez, sostiene un arma, una piedra8.

También parece apropiado emprender aquí la lectura de la lectura lacaniana del Banquete a partir de la última de todas y muy inesperada declaración a la cual ésta ha dado lugar. Ella concierne entonces al affaire Alcibíades, más exactamente al affaire de al menos tres: Alcibíades, Sócrates, Agatón. Apenas algunos datos a retener antes de volver sobre ello:

1) la disparidad del amor y de la obra, donde esta última es barrida por aquel;

2) el irremediable fracaso en alcanzar al ser del otro (debido al fan- tasma). Corolario: intentar alcanzar el ser del otro abordando a este otro en tanto que objeto;

3) la libertad del prójimo reclama este abordaje para que el prójimo pueda acceder a ella;

4) el ser del otro, al que se apunta en el deseo (o en el amor9), es el

propio ser del deseante (del amante);

5) el ser del otro está localizado... en el psicoanalista.

Este último punto será discutido con el affaire Alcibíades. Intentaremos apreciar en detalle cuáles son los desvíos respecto a lo que había sido dicho anteriormente acerca del amor. ¿Tiene la respuesta de Sócrates a Alcibíades el alcance de un amor presentado como don de lo que no se tiene? E incluso: ¿sigue estando en juego la función de un más allá del amado?

7 La cadena no comienza con Sócrates sino con Apolo, quien se inquietó por Sócrates,

quien, al inquietarse por sí mismo, es llevado a inquietarse por los otros, lo que Foucault llama “la gran cadena de los cuidados y las solicitudes” (Michel Foucault, El coraje de

la verdad, El gobierno de sí y de los otros, curso en el Collège de France, 1984, Bs. As.,

F.C.E., 2010, p. 106).

8 J. Lacan, La transferencia..., sesión del 7 de junio de 1961. 9 Encontramos las dos menciones, amor y deseo, al respecto.

Las últimas palabras proferidas al final de La transferencia pueden ser presentadas en forma de propuestas sucesivas y numeradas:

1/[...] lo que Sócrates sabe, y lo que el analista debe al menos

entrever, es que con el petit a la cuestión es completamente diferente en el fondo a la del acceso a cualquier ideal.

2/ Lo que aquí está en juego, lo que pasa en esa isla, ese campo del

ser que el amor no puede más que delimitar, eso es algo que el analista sólo puede pensar que cualquier objeto puede llenar, que nos vemos

llevados a vacilar acerca de los límites en que se plantea esta pregunta: “¿Quién eres?” ante cualquier objeto que haya entrado alguna vez en

el campo de nuestro deseo, que no hay objeto que tenga un precio mayor que otro, y he ahí el duelo en torno al cual se centra el deseo del analista.

3/ Agatón, hacia quien, al final del Banquete, se dirigirá el elogio de Sócrates, es el rey de los pelotudos. Es el más pelotudo de todos, es incluso el único pelotudo integral, es a él que se le ha diferido el decir, en una forma ridícula, lo que hay de más verdadero acerca del amor. No sabe lo que dice, se hace el tonto, pero eso no tiene la menor importancia, y no por ello deja de ser el objeto amado. Sócrates dice a

Alcibíades: todo lo que aquí me has dicho es para él10.

El punto 1/ hoy ya no presenta más dificultades, al haber sido el tema tan machacado; sí, la idealidad pudre la vida. El punto 3/ aparece en primera instancia como una ejemplificación del 2/. Si cualquier objeto que entra en el campo de nuestro deseo (“deseo” y no “amor”, como se podría sin em- bargo esperar de lo que viene inmediatamente antes e inmediatamente des- pués, a saber, dos menciones de “amor”) vale lo mismo que cualquier otro, ¿por qué no “el más pelotudo de todos”? ¿Por qué no Agatón? Agatón sólo

estaría allí para ilustrar oportunamente esta idea al preguntarle al amado “¿quién eres tú?”. O, para decirlo de otra manera, plantear, amando, la pregunta “¿quién eres tú?”. O aun, para decirlo de otra manera, plantear

con un amado la pregunta “¿quién eres tú?”, pregunta que ahora comienza

a asemejarse más en serio a un “¿quién soy yo?”. Cualquiera, cualquier amado sirve. Si entonces el punto 3/ tiene ese estatus de simple ejemplo, y si el punto 1/ puede ser dejado de lado porque se ha vuelto casi trivial, queda el punto 2/, el cual, sí, plantea ciertas dificultades.

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