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Del amor muerto

In document El Amor Lacan (página 79-88)

Al tratar de las psicosis a lo largo de todo un seminario, Lacan no podía dejar de lado la afirmación de Freud según la cual el psicótico ama su delirio como se ama a sí mismo. ¿Cómo tratará esta afirmación? Puede que en esa época no contara con los medios ni los instrumentos que le permitieran extraer todo el jugo de esta anotación tan justa. Particularmente porque en 1956-1957 no se plantea aun la pregunta acerca de la articulación del amor con el saber, de lo que el amor debe en su surgimiento incluso a un cierto posicionamiento del saber. Claro que haber elegido “Aimée” como significante de su transferencia hacia Marguerite Anzieu8, y luego haber 7 Es verdad que ya ha sido cuestión de un “más allá” en la última sesión del seminario Los

escritos técnicos. Pero Lacan enseguida precisaba que ese “más allá” era “un cierto desarrollo [el énfasis es mío] del otro”. No hay “más allá” en Lacan más que cuando es

claramente diferente de aquello en relación a lo cual está “más allá”. Este es el caso.

8 J. Allouch, Marguerite, o la Aimée de Lacan. Bs. As., Ediciones literales-El cuenco de

cometido el error “técnico” de haber tomado a Didier Anzieu en análisis, no resultaban muy susceptibles de esclarecerlo acerca del estatuto del amor en las psicosis. Pero, ¿qué dice él al respecto ese año, aun cuando dichas decla- raciones quedaran en eso9?

El comentario de Freud da lugar a la aparición del amor cortés en los seminarios. Lacan dice poca cosa al respecto al considerarlo, más bien de lejos, como un “arte de amar” (guiño a Ovidio) que reinó durante un cierto período antes de prolongarse, pero siempre de manera degradada, hasta en el amor romántico. Cabe cuestionar su idea acerca de la “degradación” según la cual los “patrones amorosos”, como los llama irónicamente, se han tornado “cada vez más inciertos”. En la foja de esta “degradación” incluire- mos de todos modos al valentinaje, que fuera puesto en práctica muy tem- pranamente en Inglaterra poco después del fin’amor (en el siglo XIV el texto de referencia era The Parliament of Birds de Chaucer) y dos siglos más tarde importado a Francia por Carlos de Orleáns, poeta dos veces viudo y hecho prisionero en la batalla de Azincourt, quien volvió a pisar su tierra natal luego de veinticinco años de cautiverio en Inglaterra. En su balada LXXVI leemos los siguientes versos:

[...] Que marquen el san Valentín este año Ellos y ellas de la partida amorosa: Solo, me mantendré viudo de consuelo, Sobre el mal lecho del pensamiento apenado10.

Francisco de Sales intentará en vano recuperar el valentinaje para benefi- cio de la Iglesia. La resistencia de los valentines y valentinas (más amplia- mente, de las poblaciones) a no ser dejados de lado en beneficio de los san- tos y santas no fue un mérito menor. El universo del valentinaje es mágico y supersticioso, no religioso. Al igual que las aves durante la primavera, los valentines y valentinas cantan al amor a partir del 14 de febrero, confiando en que amar es estar bien (“Valentín: de valere, estar bien). Allí realmente

9 De todos modos una observación en las “conferencias y entrevistas en las universidades

norteamericanas” según la cual: “La psicosis es una suerte de fracaso en lo que se refiere al cumplimiento de lo que se denomina “amor” (Scilicet 6/7, París, Le Seuil, 1975, p. 16). Mucho antes, se había dicho que los escritos de Aimée expresaban “una aspiración amorosa, cuya expresión verbal es tanto más tensa cuanto que es en realidad más discordante con la vida, más condenada al fracaso” (De la psicosis paranoica en sus

relaciones con la personalidad. Bs. As., Siglo XXI, 1976, p. 164).

10 Texto en francés contemporáneo de Daniel Ménager, en Anthologie de la poésie française

du Moyen Age au IV siècle (París, Gallimard, coll. “Bibliotèque de la Pléiade”. 2000)

citado por Pierre Canavaggio.

parece haber habido una degradación desde el divertimento aristocrático que tomó el relevo del fin’amor parodiando la publicación de los bandos de matrimonio, pasando luego por el ritual de la elección de valentinas, e inclu- so en el siglo pasado, el mercado de doncellas de Camblain-Chatèlain (Pas- de-Calais) y hasta los pequeños anuncios gratuitos de Libération el día del aniversario de la muerte del santo. Pero no es nuestro propósito aquí escri- bir una historia del sentimiento amoroso. Veamos los de Lacan, el 31 de mayo de 1956:

Tomemos como punto de referencia la técnica, ya que lo era, o el arte de amar, digamos la práctica de la relación de amor que reinó durante un cierto tiempo del lado de nuestra Provenza o de nuestro Languedoc. Hay toda una tradición que ha continuado con la novela árcade del tipo Astrea, y con el amor romántico, y donde se observa una degradación de los patrones amorosos, devenidos cada vez más inciertos. [...] El tono ha descendido, la cosa ha caído en lo irrisorio. Indudablemente jugamos con ese proceso alienado y alienante, pero de manera cada vez más exterior, sostenida por un espejismo cada vez más difuso [...]. Esta dimensión va en el sentido de la locura del puro espejismo, en la medida que se ha perdido el énfasis original de la relación amorosa. [...] Era una técnica espiritual, que tenía sus modos y sus registros [...]11.

Vuelve aquí el espejismo de la discusión con Pontalis. Sin embargo, a la primera oportunidad Lacan parece indicar que a la degradación del patrón amoroso corresponde un espejismo “cada vez más difuso”; dicho de otro modo, que no llegará ya ni siquiera a serlo, y la carencia de espejismo propenderá a la degradación. Ahora bien, la segunda ocasión donde se trata de “la locura del puro espejismo” parece por el contrario indicar que, al devenir puro, el espejismo sería más activo desde el momento en que esa degradación ha producido sus efectos. No es algo evidente que aquí pueda haber una contradicción. Pero lo importante ahora es el paralelo que se intenta trazar allí entre el hecho sociocultural de la llamada degradación del amor (de su punto de culminación) y el estatuto del amor en las psicosis:

El carácter de degradación alienante, de locura, que connotan los desechos de esta práctica, perdidos en el plano sociológico, nos pre- senta la analogía de lo que pasa en el psicótico, y da su sentido a la

frase de Freud [...] que el psicótico ama a su delirio como a sí mismo. El psicótico no puede asir al Otro más que en la relación con el significante, no se detiene más que con una cáscara, con una envoltu- ra, una sombra, la forma de la palabra. Allí donde la palabra está ausente, allí se sitúa el Eros del psicoseado, es allí que encuentra su amor supremo.

No se trata en modo alguno de declarar que el psicoseado (aceptemos esa palabra, asonante con “gaseado”) no ama, es incapaz de amar, que su enfer- medad es una “neurosis narcisista” (Freud), que ella lo torna entonces, pero solamente para quien lo haya designado así, incapaz de transferencia; se trata más bien de decir de qué modo ama. Y así, de indicar indirectamente el lugar al que deberá ceñirse su psicoanalista en la transferencia psicótica, cuando se diera el caso que el psicoanalista hubiera sido elegido. Esta presentación del amor del psicoseado debe entenderse entonces teniendo en cuenta el hecho de que Lacan piensa el amor en referencia a la palabra plena. Se trata pues de un contraste, y de los más acentuados, ya que se dice que el amor del psicoseado sucede, por el contrario, “allí donde la palabra está ausente”.

No obstante, queda fuera de lugar arriesgar que el delirio corresponde a una ausencia radical de palabra; si tal fuera el caso, no se puede ver por qué Lacan se habría tomado todo ese trabajo para descifrar la configuración compleja de los delirios sistematizados de Marguerite Anzieu o habría con- sagrado tantas reflexiones a Schreber. No sostiene que el psicótico ama a su delirio como a sí mismo sino que anuncia algo más sutil: dada esta relación al significante, particularmente fácil de detectar en el delirio (pero también en la alucinación y en el fenómeno elemental), y dado que el psicótico está sólo apegado a la forma de la palabra, al significante “como tal”, el psicótico no puede amar más que en otra parte, amar en otro lugar. ¿Cuál es su objeto? ¿Qué es pues lo que ama el psicótico, y qué sería (si seguimos a Freud, incluso corrigiéndolo con Lacan) nada menos que ese “él mismo”? Respuesta: el Otro absoluto. A decir verdad, todo ese desarrollo fue hecho para dar cuerpo a una afirmación previa pero que retoma menos abrupta y más accesible. ¿Qué expresa? Lacan está abocado a defender una vez más su distinción del pequeño otro y del gran Otro. Osa decir entonces que ese gran Otro es aquello que vislumbraba Freud cuando hablaba de la no existencia de ningún Otro en el origen (prestando sus propios conceptos a Freud, quien no puede hacer nada al respecto, pero):

[...] ese Otro está todo en sí, dice Freud, pero al mismo tiempo entera- mente fuera de sí.

La relación extática con el Otro es una cuestión que no data de ayer. [...] En la Edad Media se distinguía entre lo que se denominaba la teoría física y la teoría extática del amor. Así se planteaba la pregunta acerca de la relación del sujeto con el Otro absoluto. Digamos que para comprender las psicosis, debemos hacer que se recubra en nues- tro pequeño esquema de la relación amorosa con el Otro en tanto radicalmente Otro, con la situación en espejo, de todo lo que es del orden de lo imaginario, del animus y el anima, que se sitúa en un lugar u otro según el sexo.

[...] para el psicótico es posible una relación amorosa que lo anula como sujeto, en la medida que ella admite una heterogeneidad radical del Otro. Pero ese amor es también un amor muerto.12

Antes que nada una precisión: bajo la pluma de Rousselot (a quien Lacan no menciona aquí, pero al que le debe la distinción de las dos formas de amor, físico y extático), “amor físico” no quiere decir en modo alguno lo que entendemos espontáneamente hoy en día como tal. Rousselot lo aclara ya desde su introducción:

[...] en la Edad Media los espíritus se reparten entre dos concepciones del amor; podemos hablar de la concepción física y la concepción

extática. Física, eso va de suyo, no significa aquí corporal: los partida-

rios más decididos de esta manera de ver no consideran al amor sensi- ble más que como un reflejo, una débil imagen del amor espiritual.

Física significa natural, y sirve aquí para designar la doctrina de los que

fundan a todos los amores reales y posibles sobre la necesaria propen- sión que tienen los seres de la naturaleza a buscar su propio bien13.

Confrontada con la versión taquigráfica14, la transcripción Seuil repro-

ducida más arriba resulta defectuosa en un cierto número de puntos, al extremo de atribuir a Lacan una posición diferente de la que ha sostenido. 1) Desaparece la indicación según la cual el verdadero amor sería el amor extático15. 2) Se evacúa la indicación corolario según la cual este amor 12 J. Lacan, Las psicosis, op. cit., p. 363.

13 P. Rousselot, Pour l’histoire du problème de l’amour au Moyen Age, op. cit., p. 8. 14 Hoy fácilmente accesible en el sitio de la École lacanienne de psychanalyse.

15 En la cita referida anteriormente, justo después de “Otro absoluto”, buscaremos en

vano la siguiente proposición, separada por una simple coma de “Otro absoluto”: “Respecto al cual es posible situar en la teoría extática el verdadero amor, la verdadera existencia del Otro [...].”

tendría que ver con la verdadera existencia del Otro. ¿Se habría reculado ante la afirmación, tan cruda aquí, de una existencia del Otro? ¿Se habría querido borrar lo que se designa como un posible misticismo en este “amor verdadero”? 3) Al leer esta transcripción habría que admitir que el amor en las psicosis hace que la relación imaginaria y la relación simbólica se recubran. Precisamente eso es lo que no hace el psicótico, en su amor extático. Si hubiera alguna duda respecto a la lectura de este pasaje de la estenotipia, ésta se verá disipada con lo que sigue, cuando, luego de haber hablado de la degradación del amor, Lacan concluye: “El psicótico no puede asir al Otro más que en la relación con el significante, no se detiene más que con una cáscara, con una envoltura, una sombra, la forma de la palabra”. El contra- sentido también atañe al amor extático. Al igual que el amor psicótico, el amor extático plantea la existencia de un Otro radicalmente Otro, pero al precio de la abolición del sujeto. 4) Se lee: “Pero este amor es también un amor muerto”. Lacan ciertamente no ha dicho que el amor extático del psicótico por el Otro absoluto es un amor muerto. Por el contrario, habla claramente al respecto acerca de una “posibilidad de la relación amorosa” referida, además, a un objeto bien definido, la “radical heterogeneidad del Otro”. Dicho de otro modo, el psicótico ama al Otro en tanto que Otro. Este amor está vivo. La secuencia “en la medida que este amor está también muerto” quiere decir, de acuerdo con el análisis de Rousselot, que este amor vivo, precisamente en la medida que se realiza, implica, exige la desapari- ción del sujeto, que es de orden sacrificial. Habrá bastado con hacer saltar el “también” para fabricar la tesis según la cual el amor del psicótico es un amor muerto. Por otra parte, como converge con la tesis freudiana que le imputa al psicótico una supuesta incapacidad de amar (y consecuentemen- te, de transferencia), esta tesis de actualidad reciente tendrá un futuro pro- metedor por delante, y muy recientemente también16.

¿Es posible iluminar aun más esta preferencia acordada por Lacan al amor extático? Tres razones correlacionadas apuntalan esta preferencia. Primera razón: el amor físico ha sido teorizado desde tiempos muy lejanos, sobre todo por Santo Tomás. Partiendo de la idea que amar es buscar el propio bien o felicidad, que “el amor de sí es la medida de todos los otros amores y los supera a todos17”, Tomás no escatima los recursos teóricos

para hacer compatible esta idea del amor con el amor de un Dios, a quien se debe amar “más que a uno mismo”. Su demostración de esta compatibilidad

16 Un testimonio de la obra colectiva El amor en las psicosis, dirigida por Jacques-Alain

Miller, París, Le Seuil, 2007.

17 P. Rousselot, Pour l’histoire du problème de l’amour au Moyen Age, op. cit., p. 9. HACIAUNAMOREXTÁTICO

es sutil, brillante, apasionante. Si la cosa no es amada “más que en tanto es una con el sujeto amante18” será posible, mediando notables reconsideraciones

referidas a la unidad, amarse a sí mismo y amar a Dios de manera altruista. Este amor físico es un amor de unidad; se opone al amor extático que es de

dualidad, de persona a persona. El amor extático distingue al amante del

amado, y no cabe duda que este rasgo le sirve a Lacan. Segunda razón de su elección: hay don en el amor extático, mientras que planea una sospecha sobre el carácter gratuito del don en el amor físico, en la medida que el sujeto busca su propio bien hasta en su amor altruista hacia Dios. Tercera razón, el amor extático, al rechazar al sujeto fuera de sí-mismo, está hecho de violencia y se presenta como irracional (ausencia de teoría). ¿Qué resta de la persona amante en tanto que persona, si se encuentra despojada de todo lo que hace a su ser, incluso por amor? De allí la ocurrencia puesta en boca de Agustín: “Dios mío, si yo fuera Dios, y vos fueseis Agustín, preferi- ría infinitamente que vos fueseis Dios, y yo Agustín19”. De haber sido pensa-

do, este amor extático terminaría apareciendo como incapaz de distinguir a las personas en juego, las mismas personas de las cuales no podría sin em- bargo prescindir. Se trata de un amor destructor del sujeto, sacrificial, loco. ¿Cómo podría Lacan no haber reencontrado a sus vástagos, él que ya ha ligado amor y odio, y hallado un discreto apoyo en el amor loco surrealista20?

Restan dos problemas. ¿Puede Lacan sostener su preferencia por el amor extático e identificar a este amor como siendo el del psicótico al mismo

tiempo? ¿No habría otro amor verdadero más que el del psicótico? O bien,

¿habría que decir que el psicótico interpreta este amor extático de una cierta manera, a distinguir de otra, que concerniría a cualquiera? Otro problema no abordado: el carácter narcisista del amor, que no podría ser desestimado con un pase de manos. Ese narcisismo encuentra su lugar al lado del amor físico, y solamente allí. Es por eso que no podríamos hablar más que de una preferencia acordada por Lacan al amor extático, y no pura y simplemente de una elección.

La indicación del “recubrimiento” es interesante por otro motivo. En efec- to, allí encontramos nuevamente la presencia discreta de la función del más allá, que había hecho su primera aparición un año antes. Ya era explícita

18 Ibid., p. 11. 19 Ibid., p. 78.

20 Con el fin de darle algo de carnadura a ese amor extático psicótico se podrá consultar el

poema que Paul Éluard hizo llegar a Joë Bousquet en una carta fechada el 7 de diciembre de 1928 y que Bousquet publicó en Chantiers, nº 7, noviembre de 1929. Éluard había pescado ese soneto, escrito en la tesis de “un triste imbécil”, cuya lectura no obstante aconseja a Bousquet “como una enormidad”.

en Tomás, entonces en el amor físico a propósito del cual Rousselot escribe: “S. Tomás enseña, en efecto, que todo ser de la creación y cada uno de sus apetitos, desea a Dios más profundamente que el objeto particular al cual aspira21”. El recubrimiento, característico del amor físico, sería tal que esta-

ría dirigido, más allá del amado como pequeño otro, al gran Otro, el Otro absoluto, de allí en más planteado, también aquí, como existente (pero abor- dado de otro modo). La preferencia acordada por Lacan al amor extático no podría tener tampoco aquí un valor absoluto. Descontando que no pue- de estar satisfecho con la distinción de dos figuras del amor –verdadero monstruo fabuloso en los seminarios. Lo importante aquí es que esta fun- ción del más allá luego va a consolidarse de alguna forma, y de este modo participar en la construcción del hilván del amor.

21 P. Rousselot, Pour l’histoire du problème de l’amour au Moyen Age, op. cit., p. 15. HACIAUNAMOREXTÁTICO

Capítulo III

In document El Amor Lacan (página 79-88)