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cómo el amor puede fracasar

In document El Amor Lacan (página 130-140)

Hay un modo de conocimiento, denominado por Lacan “conocimiento paranoico”, según el cual cuanto más pertinentemente se localiza una ver- dad en otro, más se desconoce esa misma verdad en uno mismo. Este llama- do de atención viene a cuento (en el momento de iniciar el estudio de la varidad del amor en el seminario La transferencia) porque al caer en un determinado pasaje de dicho texto nos preguntamos si lo que Lacan dice allí acerca de Platón puede por ventura concernirle. Aplicado a Lacan, dicho pasaje abre un abismo. ¿Qué dice? Justo al final de la sesión del 14 de diciembre de 1960 anuncia que ahora va a abordar el discurso de Aristófanes en El Banquete.

[...] les mostraré el sorprendente comienzo de lo que allí resulta, co- mienzo que queda abierto respecto a la idea que Platón podría hacer- se del amor, llego hasta allí –en lo que se refiere a la burla radical que el simple acercamiento a los problemas del amor aportaba a este or- den incorruptible, material, super-esencial, puramente ideal, participatorio eterno e increado que es el que, irónicamente tal vez, toda su obra nos descubre1.

En Platón, el amor tal como lo promueve Aristófanes torna radicalmente irrisoria tanto la obra como lo que la obra descubre. ¿Es posible aplicar el comentario a Lacan, quien al hacerlo también estaría incluido en el mismo? ¿Es que sus anotaciones sobre el amor tornarían irrisoria su obra? Más aun, ¿habrían sido incluidos allí para volver a su obra irrisoria? Alguna vez Lacan ha podido decir que él no estaba tan apegado a dicha obra –algo que gene- ralmente nos apresuramos a no tomar en serio. Estas preguntas surgen más legítimamente aquí en tanto que desde el inicio ha sido descartada cualquier idea de una teoría del amor. Hablar de antinomia entre el amor y la obra es ya un exceso, inscribe las “anotaciones” acerca del amor en un mismo registro

que el de los enunciados de la obra. Más vale hablar de un desenganche, por otra parte homólogo a aquel otro desenganche que señala Lacan cuando discute el motivo por el cual, en un momento dado del Simposio, Sócrates le cede la palabra a Diótima, la extranjera: “Si él [Sócrates] pasa la palabra a Diótima, ¿por qué no podría ser que, en lo que concierne al amor, las cosas no pudieran ir más lejos con el método propiamente socrático?2”. El discur-

so del amor pasa por otra parte, y no por las leyes –socráticas y lacanianas (primer período)– del significante. Uno se ve entonces tentado a atribuir a Lacan lo que pone en boca de Platón. En efecto, él mismo ha imaginado un desplazamiento tal. Para ilustrar lo que ocurre cuando Sócrates intenta sin- cerarse respecto de Diótima, esgrime la situación en que se encontraría su público si él le cediera la palabra a Françoise Dolto. Uno se preguntaría “¿por qué hace eso?3

Otra cosa además, en ese seminario, impide que el amor pertenezca a la obra, y hace que, potencialmente, barra con la obra. ¿De qué se trata pues? De un tono. Lacan ha focalizado su lectura del Banquete lo suficiente en los modos de enunciación característicos de cada uno de los protagonistas (una lectura de director teatral, que evoca la de Hamlet4), para que estemos auto-

rizados a (¿mal?) tratarlo de modo similar. Así como Lacan se situó como profesor para abordar el amor cortés, a propósito del Banquete lo sorpren- demos desplegando otro estilo de enunciación que resulta igualmente desfa- sado respecto de la enunciación característica de su seminario –algo que se podría designar llanamente como un modo erudito de dirigirse a colegas. Esta vez el tono no es tanto el de un seminario de textos (aun cuando la dedicación a una pormenorizada lectura del Banquete realmente parecería indicarlo) como el de... una homilía. Este estilo se transparenta por primera vez bien al inicio de la sesión del 30 de noviembre de 1960 y luego vuelve a reflotar en forma regular, como si permanentemente se tratase de recordar que sus declaraciones tienden a ese tono. Ese momento del seminario no es de orden hermenéutico, tampoco puede identificarse como un comentario del Banquete. Para empezar, una invitación en forma de anhelo: que el pro- blema del amor esté presente en el “psicoanalista como tal5”. Seguidamente

viene un desglose de la enunciación:

2 J. Lacan, La transferencia..., sesión del 18 de enero de 1961.

3 Ibid., Exceptuando el género de la persona invitada a tomar la palabra en lugar de y por

Lacan, la escena imaginada aquí habría sido realizada para la creación de la École

française de psychanalyse (EFP), de no haber sido por la negativa de François Perrier a

leer públicamente el texto escrito para dicha ocasión por Lacan (el famoso “Fundo...”).

4 Ver mi presentación de esta lectura en Erótica del duelo en el tiempo de la muerte seca,

2ª edición, Bs. As., Ediciones Literales-El cuenco de plata, 2006, estudio b.

¿Nunca les ha sorprendido en cierto momento que, en lo que uste- des dieron –a sus más allegados, me refiero– no haya algo que faltó6,

y no solamente que faltó sino que, los susodichos, los más allegados, ellos los dejan a ustedes irremediablemente en falta? ¿Y qué? Es que

justamente, esos allegados –con ellos– no hacemos más que girar en

derredor del fantasma en donde ustedes han buscado más o menos –en ellos– la satisfacción que –para ellos– ha más o menos sustituido sus imágenes o sus colores. Ese ser que podrán recordar repentina-

mente por un accidente donde es la muerte la que nos hace escuchar desde más lejos su resonancia, ese ser verdadero, en la medida que lo evoquen, ya se aleja y ya está eternamente perdido.

A los psicoanalistas que han venido a escucharlo Lacan les habla, no de sus pacientes, ni tampoco de su experiencia, sino de sus allegados más cerca- nos. Apela allí a lo que habría podido conmoverlos en relación a esos allega- dos. ¿No es extraño? ¿Qué tienen que ver esos allegados con el anfiteatro Magnan del Hospital Saint-Anne? Luego, como para subrayar aun más el gesto, el objeto convocado pasa al singular: se trata de un más allegado (cf. “ese ser”), y, considerado en una determinada situación, nada menos que la de su muerte. Si no se tratara de Lacan el payaso, el ambiente pecaría de

pathos. He aquí una cuerda de la que se vale para hacer cosquillas por y con

las intenciones más aviesas: persuadir, convencer, convertir. Una cuerda que se dirige al corazón, al estómago, a las tripas, muy poco a la razón. ¿Por qué entonces esta evocación de la muerte de un allegado? Casi no se duda que

aquí, sin realmente explicitarlo, Lacan está compartiendo una experiencia suya. Y las dudas que pudieran quedar desaparecen enseguida sólo con obser- var que el 15 de octubre de 1960 moría Alfred Lacan, padre de Jacques –Alfred Lacan, quien tuvo a Marguerite Anzieu un tiempo a su servicio, Alfred Lacan, cuya dirección postal, junto a la de Jacques, figura en la lacónica respuesta que Freud le dirigió a Lacan para acusar recibo de su tesis. Es a la muerte de ese padre que remite la declaración que se acaba de leer, expresada poco más de un mes después de dicho fallecimiento. Cuatro días después del mismo, camino al entierro de su padre, Lacan cruza un semáforo en rojo y se hace detener. Seguramente Alfred Lacan no fue incinerado, no estaba de moda ni era costumbre en su medio por esa época. No obstante, allí se establece un vínculo entre la muerte (del padre) y el fuego (feu-fuego-semá- foro), algo que vienen a reforzar otros datos: 1) el último verso del poema

6 Otra versión dice: “que les faltó” (nota de Stécriture).

Hiatus irrationalis: después de haber mencionado dos veces la forja (el fue-

go) y la sangre (también la del parentesco), Lacan, dirigiéndose a las cosas, concluye: “Es el fuego el que me hace vuestro inmortal amante”. 2) El sueño freudiano “Padre, ¿no ves que ardo?”, que tanto ha ocupado a Lacan. 3) Pero también el mito de la mano que, desde el fuego, se tiende hacia la mano que se tiende hacia el fuego. “Fuego” (feu), cuya forma antigua, “fou” o “foc” (del latín focus, foyer, hogar) sirve para expresar el ardor de los senti- mientos: los “fuegos del amor”, o “de la cólera” (muy corriente en el siglo XVII). Los latinos asocian focus con la raíz indoeuropea de donde vendría (dado que esas “raíces” son construcciones7) el sánscrito dáhati: “arde”,

que, teniendo en cuenta el rito de la muerte en la India, claramente remite a la cremación. En la expresión “(feu)* X” que marca la muerte reciente de X, el adjetivo “feu, feue” viene del latín fatatus: “que ha cumplido su destino”. Con un origen diferente, ambos términos son homofónicos. 4) Al igual que la insistencia con la cual Lacan se referirá al carácter húmedo del amor (lo húmedo es el “a fuego lento”) bien al final del seminario de La transferencia (en esta misma sesión hablará de “la profunda relación del uro, ardo, con la

urina, la orina: le meo encima8”).

Estos elementos resultan suficientes para extraer de ellos dos conclusio- nes. Primero, ese pasaje de Lacan debe leerse como una confesión apenas velada del amor por su padre, confesión, más exactamente, del fracaso de dicho amor, en la medida que la muerte de dicho padre le habría mostrado a Jacques el verdadero ser de ese padre, ese ser al cual no habría tenido acceso mientras éste vivió. Una segunda conclusión sirve de interpretación del mito de la mano tendida, soporte del amor, mito por otra parte formula- do (el 7 de diciembre de 1960) justo después de recordar la declaración acerca del fallarle al otro: esa mano, imaginariamente surgida del fuego, es la de un muerto. Dicho en otras palabras, una aparición metonímica. Y podemos apreciar, al menos parcialmente, el camino subjetivo recorrido por Jacques Lacan durante los pocos meses que siguieron a la muerte de su padre (mes en el que aborda la trilogía de Claudel, con su padre humillado) al confrontar el primer enunciado de su mito con este otro, del 28 de junio de 1961, en el que esa mano tendida desde el fuego “es la imagen totalmente ideal, es un fenómeno soñado al igual que el del amor”. ¿Qué dice ese sue- ño? No dice: “Padre, ¿no ves que ardo?” sino: “Hijo, ¿no ves que, más allá

7 Ver Daniel Heller-Roazen, Écholalies. Essai sur l’oubli des langues, traducido del inglés

por Justine Landau, París, Le Seuil, 2007, p. 99-112.

* feu, antes de un nombre, significa “difunto”, homofónico con feu (fuego). [N de T].

8 J. Lacan, La transferencia..., sesión del 28 de junio de 1961. Stécriture da la referencia

en Freud: Sigmund Freud, Malestar en la cultura, Bs. As., Amorrortu Ed., T. XXI, 1976, p. 83 n. 3.

de mi muerte, te tiendo la mano?”. “Quemar” en el juego tan conocido, es acercarse mucho, sin por ello alcanzar. El encuentro del hijo con esta mano ilustra, muy exactamente, la figura de un amor que se obtiene al no obtenerlo. Al señalar que Lacan “no hizo ninguna alusión a la muerte de su padre9

en su seminario, Elizabeth Roudinesco habrá pasado por alto el pasaje cita- do anteriormente. Y se leerá lo que dirá Lacan el 10 de mayo de 1961 al evocar la muerte de Maurice Merleau-Ponty (quien, dos días antes de su muerte había estado recogiendo jazmines en Guitrancourt, donde Lacan tenía su casa de campo) no tanto como un desplazamiento (como sugiere Roudinesco) sino como una reiteración. Esta muerte (dice él), “nos ha gol- peado en medio del pecho”. Y el lamento está también allí presente: “Nos faltó tiempo, debido a esa fatalidad mortal, para acercar más nuestras fór- mulas y nuestros enunciados10”. La muerte hace que el fracaso se torne

manifiesto e irrevocable; un tiempo, se cree, nos habrá faltado. Ella se pre- senta como la experiencia privilegiada de un recordatorio del “ser verdade- ro” de ese allegado, de ahora en más inalcanzable; su alejamiento mismo propiciaría la idea de haberle “faltado de modo irremediable”. Además se precisa lo que, retrospectivamente y demasiado tarde, demuestra ser res- ponsable de dicho fracaso, a saber, el fantasma. El análisis de “pegan a un niño” había considerado al fantasma desde el punto de vista del amor. Aquí, éste le hace obstáculo. Prueba, por si faltara, de que aparte de su condición de obstáculo para el amor, el fantasma no tiene nada que ver con el amor, ni el amor con el fantasma. Un conmovedor lamento entonces, pero igualmen- te llamativo por su tenor. No que no se haya dado nada a ese ser, de ahora en más perdido, sino que habría faltado algo a ese don, mediando lo cual ocu- rre que a ese allegado cercano no se le habrá faltado menos. Se habrá inten- tado satisfacer un fantasma con ese allegado: se lo habrá vestido con las imágenes y los colores de un fantasma. Y su muerte (¿sólo su muerte?) valdrá como un recordatorio (y llamado) de aquello de lo que no obstante se trataba y a lo cual el fantasma servía de pantalla, a saber, un recordatorio del ser y al ser de ese allegado. Apenas velada, una confesión tal resulta conmovedora. Vibra y hace vibrar. Compromete a salir a manifestarse ante quien así se libró a la misma simpatía que reclama. Porque el fracaso del don de amor no es menos irremediable que la pérdida misma. Lacan pro- nuncia en su seminario el discurso que habrá sostenido (¿silenciosamente?) durante el entierro de su padre. Ahora bien, ese tono, esta “personación” del decir, no es un hápax. Durante la misma sesión Lacan volverá sobre ello

9 Élisabeth Roudinesco, Jacques Lacan. Esbozo de una vida, historia de un sistema de

pensamiento. Bs. As., F.C.E., 1994, p. 141.

10 J. Lacan, La transferencia..., sesión del 10 de mayo de 1961.

hablando de “la diferencia que hay entre el objeto de nuestro amor en tanto que recubre nuestros fantasmas, y lo que el amor se interroga sobre sí mis- mo para saber si puede alcanzar a ese ser del otro11”. E incluso, apenas al

comienzo de la sesión siguiente:

Es por ello que la última vez inicié mi discurso con esas palabras

sobre el objeto, sobre ese ser del objeto al que siempre podremos de- cirnos [...] que le fallamos, quiero decir, haberle faltado. Sobre ese

perjuicio que convendría investigar mientras estamos a tiempo, ese ser del otro, volveré sobre eso [...]12.

Luego, casi al final del comentario del Banquete, una última y breve cita donde sigue resonando la homilía: “Para decirlo todo, si ese objeto les [el énfasis es mío] apasiona, es porque allí dentro, escondido en él está el objeto de deseo, agalma [...]13” Dirigiéndose así a cada uno, Lacan sin

embargo no descuida lo que puede resultar para la práctica analítica. La primera cita en ese tono prosigue efectivamente con una frase dirigida tanto al sujeto como al psicoanalista. La juzgaremos decisiva, ya que da un salto para nada evidente, un salto que cabe imaginar requeriría un número considerable de horas de meditación de un metafísico para admi- tir o refutar su legitimidad, un salto que Lacan logra dar gracias a un simple adverbio, “solamente”.

Ahora bien, es de todos modos a ese ser justamente que ustedes intentan unirse por los caminos de su deseo. Solamente [el énfasis es

mío] que ese ser allí es el de ustedes y esto como analistas ustedes

saben bien que es de alguna manera, por no haberlo querido que

también ustedes lo han perdido más o menos. Pero al menos aquí

están al tanto de la dimensión de su falta y de su fracaso14.

El ser verdadero de ese allegado irremediablemente perdido no sería ni más ni menos que mi ser. Se trataría de mi ser, que intentaría unirse al cami- no de mi deseo cuando mi deseo se dirige hacia el ser de un allegado. No cabe duda de que la cuestión de esta identificación del ser del otro con mi ser no puede ser abordada frontalmente, en eso al menos estaremos de acuerdo.

11 J. Lacan, La transferencia..., sesión del 30 de noviembre de 1960. “En tanto recubre

nuestros fantasmas”, ¿no es más bien lo contrario lo que Lacan quiso decir?

12 Ibid., sesión del 7 de diciembre de 1960. 13 Ibid., sesión del 1 de febrero de 1961.

Escogeremos más bien delinear las consecuencias en el análisis –y esto será un modo de discutirlo. ¿Qué sabría el psicoanalista al respecto? La respues- ta mantiene el mismo tono de homilía de lo antedicho. Es, a saber, que en ese lugar puede haber falta. Falta en los dos sentidos de la palabra, y por tanto también (¿primero?) falta en el sentido de una carencia de voluntad suficien- te. Una falta entonces (pero eso no está dicho) en relación al padre –incluso si Lacan vuelve aquí a su plural inicial.

Y esos otros de quienes se han ocupado tan mal, ¿será por haberlos convertido, como suele decirse, tan solo en sus objetos? Ruego al cielo que los hubieran tratado como objetos15 de los que sí apreciamos el

peso, el gusto y la sustancia, hoy estarían menos perturbados por su recuerdo, les habrían hecho justicia, rendido homenaje, brindado amor,

ustedes los habrían amado al menos como a ustedes mismos, salvo

que se aman mal a ustedes mismos [...] sin duda habrían hecho de

ellos, como se dice, sujetos como si ese fuera el fin del respeto que se

merecen, respeto como se dice a su dignidad, el respeto debido a nues-

tros semejantes. Temo que ese empleo neutralizado del término nues- tros semejantes sea algo muy diferente de lo que se trata en la cuestión

del amor y que el respeto que les tuvieron a dichos semejantes pase demasiado rápido al respeto al parecido, a la remisión a sus caprichos de resistencia, a sus tercas ideas, a su estupidez de nacimiento, a sus

cosas íntimas, que... ¡que se las arreglen! Tal es en verdad, creo, el

fondo de esa detención ante su libertad, que a menudo rige la conduc- ta de ustedes, libertad de indiferencia, digamos, pero no la suya, sino más bien la de ustedes.

La falta en cuestión toma cuerpo con estas declaraciones que parecen más bien propias de la teología moral (cf. el “se aman mal a ustedes mis- mos” o también el “ruego al cielo”). Ella se efectúa como detención ante la libertad del prójimo, de un prójimo degradado de semejante (semblable) a parecido (ressemblant) –el respeto hacia el semejante no tendría otra forma posible de encarnarse que no fuera el respeto al parecido. No se trata, asesta Lacan, de otra cosa más que de nuestra propia indiferencia hacia el prójimo. Si bien formulado con un tono liviano, el hecho sigue siendo patente: Lacan

15 La cosa será dicha nuevamente el 7 de diciembre de 1960: “El otro propiamente, en

tanto aquel al que apunta en el deseo, apuntado, he dicho, como objeto amado. ¿Qué quiere decir? Que lo que podemos decirnos que hemos perdido de aquel que ya está

demasiado lejos para que volvamos sobre nuestro desfallecimiento, es precisamente su

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