He aquí pues la siguiente afirmación sobre el don (16 de enero de 1957):
A esta dama, ella en efecto la trata con un estilo fuertemente ela-
borado de las relaciones caballerescas y propiamente masculinas, con
una pasión servida sin exigencia, deseo, ni siquiera esperanza de retri- bución, con el carácter de un don, al proyectarse el amante más allá incluso de todo tipo de manifestación de la amada11.
Usando su esquema L, Lacan va a escribir las dos posiciones subjetivas de la Joven homosexual, la que precede al amor a la dama, y luego la de este amor realizado:
11 J. Lacan. La relación de objeto, p. 124.
PRIMERA CONFIGURACIÓN
MADREIMAGINARIA S a’ HIJOREAL
PENEIMAGINARIO a A PADRESIMBÓLICO
SEGUNDA CONFIGURACIÓN
HIJO S a’ DAMAREAL
PADREIMAGINARIO a A PENESIMBÓLICO
Alcanzaría con accionar el esquema L como un buen viejo metro de carpintero al que desplegaríamos aun más para que aparezca, vista desde S, la función del más allá: A más allá de a (completamente desplegada, tendría- mos sucesivamente S, a’, a, A):
HIJO S a’ DAMAREAL
PADREIMAGINARIO a A PENESIMBÓLICO
Según esta segunda configuración del esquema L, la dama, en a’, reem- plaza al niño como objeto de amor. En a, el padre imaginario, con el cual se identifica la Joven homosexual (devenida tal al efectuar, si osamos decirlo, ese segundo esquema), amando a la dama según un männliches Typus (Freud, citado por Lacan). Ahora bien, el comentario de ese esquema dará lugar a la cuarta e importante aseveración anunciada:
Si la dama es amada, es precisamente en tanto que no tiene el pene
simbólico, si bien cuenta con todo para tenerlo, puesto que [el énfasis
es mío] ella es el objeto elegido de todas las adoraciones del sujeto12.
El asombroso “puesto que” podría ser desarrollado del siguiente modo: “Yo te ofrezco eso que al acogerlo me muestras que eso te falta”. ¡Quema! Lacan todavía no ha pronunciado su fórmula del amor, al menos aquella que se hará célebre y que recién será producida en la siguiente sesión. Por el momento están en juego dos “no tiene”: el sujeto amante ama aquello que
no tiene; y la mujer amada es amada porque ella no tiene (el falo). Aun no se ha construido el engarce que va a ensamblar a esos dos “no tiene”. Por el momento amar es dar al amado lo que él no tiene, es dar lo que no se tiene
a alguien que no lo tiene. Aun así, “eso nos coloca justamente en el corazón
de la relación amorosa y del don13”.
No se trata solamente del amor sino del “enamorarse”. El amor reconfigura una cierta cantidad de datos presentes antes de su aparición. No nace de la nada –ya El Banquete de Platón hacía de él un hijo de Poros y Penia. La batería de términos es diferente aquí, mientras que el empleo del esquema L ofrece otra lección, mostrando que el amor no es un asunto puramente dual. Pero la marca más sensible de esta relativa complejidad de los elementos en juego en el amor se encuentra en el hecho de que el pene, ciertamente no como simbólico sino como instrumento de la satisfacción erótica, permanece fuera del amor de la Joven homosexual por su dama (ese rasgo fue confirmado por lo que hemos sabido acerca de lo que ocurrió luego en su vida). Queda en el padre, señala Lacan; del mismo modo que esta ubicación del pene fuera del amor referido a la dama forma parte de ese amor.
Así pues, ya se han adelantado una serie de proposiciones aun antes de la sesión del 23 de enero de 1957, donde el amor aparece por primera vez como don de lo que no se tiene: 1) el amor como institución de la falta en la relación de objeto; 2) el amor por el falo más allá del amado; 3) el amor como don; 4) el amor como don al amado de lo que él no tiene. Una quinta proposición va a apoyarse en el caso de Dora, confrontado con el de la Joven homosexual. ¿Qué aporta Dora a Lacan que el caso de la Joven homosexual ya no le hubiera aportado y que, luego de haber abordado el amor en los términos que acabamos de recordar, le permitiría culminar su recorrido con la afirmación del amor como don de lo que no se tiene? Respuesta: la impotencia del padre. Dora se siente frustrada por no recibir simbólicamente del padre el “objeto faltante14”. Curiosamente, esas declaraciones introducen una fórmula en las
antípodas de la futura definición del amor, fórmula donde Lacan declara: “he aquí ahora el padre, que está hecho para ser el que da simbólicamente este objeto faltante. Aquí, en el caso de Dora, no lo da porque no lo tiene”. ¿Se daría entonces sólo lo que se tiene? Lacan deberá reubicar al don, de manera especial en relación con Marcel Mauss y Claude Lévi-Strauss, con el fin de hacer entender que no. En ese sentido, va a tener que diferenciar amor y deseo. Dicho de otro modo, la nueva definición del don es a la vez isomorfa y corre- lativa a su distinción del amor y el deseo:
13 J. Lacan. La relación de objeto, p. 134. 14 Ibid., p. 142.
¿Qué es dar? ¿No hay allí otra dimensión que se introduce en la relación de objeto en la medida que es llevada al grado simbólico por el hecho que el objeto puede ser dado o no? En otros términos, ¿es alguna vez el objeto lo que se da?
Supongamos entonces el intercambio tal como lo empleaban Marcel Mauss para analizar el potlach y Claude Lévi-Strauss para las estructuras elementales del parentesco: circulan objetos, o mujeres tomadas como obje- tos. La ley del intercambio es la reciprocidad (incluso cuando entra en juego una lógica del suplemento, como en el potlach). Ella se formula como: “No se tiene nada por nada”. Lacan va a tomar esta fórmula al pie de la letra, y así la hará resonar de otro modo: no se tiene nada, pero también es por nada. La fórmula viene de este modo a enunciar “la pura gratuidad15”, o sea, una nueva dimensión del don. Lo que puede ser enun-
ciado aun de otra manera, nunca se da tanto un objeto como un signo. De allí la primera aparición en los seminarios del amor como don de lo que no se tiene:
Lo que interviene en la relación de amor, lo que se demanda como signo de amor, no es más que algo que sólo vale como signo. O para ir aun más lejos, no hay mayor don posible, signo mayor de amor, que el don de lo que no se tiene. Pero observemos bien que la dimensión del don sólo existe con la introducción de la ley. Como nos lo afirma toda meditación sociológica, el don es algo que circula, el don que ustedes hacen es siempre el don que ustedes han recibido. Pero cuando se trata del don entre dos sujetos, el ciclo de los dones viene todavía de otra parte, puesto que lo que establece la relación de amor es el hecho de que el don es dado, si se puede decir, por nada.
Se ha sorteado el cuello de botella. Lacan puede enterrar el clavo y alojar sus aserciones previas en ese don de lo que no se tiene: “Dicho de otro modo, lo que hace el don, es que un sujeto da algo en forma gratuita, en la medida que detrás de lo que da está todo lo que le falta, es eso que el sujeto sacrifica más allá de lo que tiene”. Luego, un poco más adelante: “Lo que es amado en un ser está más allá de lo que es, a saber, a fin de cuentas, lo que le falta”. Hay cuatro apariciones del verbo “ser” en esta frase. ¡La estenotipia consigna siete!
Ese momento del recorrido de Lacan es anterior a la definición del significante en tanto que diferente del signo, el primero representando al sujeto ante otro significante, el segundo representando algo para alguien. Observaremos, sin embargo, que ya aquí el lenguaje del amor está hecho de signos y no de significantes. Hemos leído bien: “No hay mayor don posible, mayor signo de amor, que el don de lo que no se tiene”. Estilísticamente, hay allí redundancia: el mayor don es el mayor signo; el tenor del don es el del signo. Una vez producida, la definición del signo se aplicará perfectamente a dicho propósito. El mayor signo/don del amor representa algo para alguien. ¿Qué?
El falo, él mismo tomado como un signo. Se desea con el significante, se
ama con signos. Todo enamorado lo practica. El amor se fabrica como un
lenguaje de signos. Tal parece ser, por ejemplo, el estatuto de la cancionci- lla que habrá presidido el encuentro amoroso, al igual que el de los dones de amor que, justamente, no valen tanto como objetos sino como signos de amor: yo te expreso nuevamente mi amor poniéndome hoy el vestido que me has regalado, ofreciendo a tu mirada, en este, nuestro presente, ese signo de mi y de tu amor. Lengua de signos, la lengua del amor es un
lenguaje de sordomudos; también de ciegos, como habitualmente se dice
que lo es. Lacan no inventa esta connivencia entre el amor y el signo. En una divertida página de Amores de Ovidio encontramos al marido, la amante y el amante participando en una comida junto con otros comensa- les. ¿Qué propone, qué enseña el amante a su amante en una carta que le hace llegar justo antes de las celebraciones? Nada menos que el código de su lenguaje privado:
Cuando se te presente en el recuerdo el desenfreno de nuestros placeres, tócate la mejilla sonrosada con tu tierno pulgar. Si algunas quejas guardas de mí en tu pensamiento silencioso, que tu mano sua- ve suba al lóbulo de tu oreja. Mas cuando te complazca lo que yo haga, luz mía, o lo que diga, gire y gire el anillo entre tus dedos. Toca la mesa con la mano, igual que tocan los que hacen una súplica, cuan- do quieras desear a tu marido los numerosos males que merece16.
El amor está hecho de signos, el don de amor es don de signos, don de un signo (pero dejamos a Ovidio para encontrarnos nuevamente con Lacan) que no se tiene, del falo.
16 Ovidio. Amores, op.cit., p. 150.