Lacan se dedicó a situar al amor en relación con el ternario necesidad/ demanda/deseo, en un cierto lugar, con una cierta función y no sin ciertas consecuencias, dado que la práctica analítica se halla aquí francamente im- plicada. No nos estamos manejando aquí con una oposición binaria amor deseo, como fuera el caso en otras numerosas formulaciones. Nada de dos, pero al mismo tiempo un más allá de tres, puesto que el amor intervendría de alguna manera a título de otro elemento en el ternario necesidad/deman- da/deseo. No nos concederemos por lo tanto la pseudo-facilidad que sugiere el borromeo, a saber, hacer de ese cuarto elemento un redondel de hilo y así ofrecerle el mismo estatuto que a los otros tres. Elegiremos, por el contrario, la dificultad mayor (lectio dificilior), teniendo en cuenta que si al final hay realmente un ternario y no una pequeña máquina de cuatro elementos, es porque el cuarto debe situarse en otro lado y no allí donde los tres son tomados en conjunto; por otra parte, tiene un estatuto diferente –el propio amor pertenece a otro ternario, aquel de las pasiones del ser: amor, odio, ignorancia, donde el terreno común está explicitado, se trata de la pasión.
¿Cómo llegó Lacan a la idea de que el amor, que la demanda de amor, estaba en el fondo de toda demanda? Tal apreciación no tiene nada de evi- dente. ¡Quienes todos los días formulan cientos de demandas no sienten sin embargo que se trate cada vez de una demanda de amor! Imaginemos por un momento que si cualquier hijo de vecino a quien se dirigen dichas de- mandas se comportara como un psicoanalista y no respondiera a las mis- mas, la vida en sociedad se volvería imposible: el verdulero ya no vendería lechuga, el peluquero ya no cortaría el pelo, ya no se pagarían los impues- tos, manejaríamos en la carretera por la senda izquierda, los bebés ya no
mamarían como les gusta, etc. Por ello, dudamos que corresponda precisar que toda demanda no trivial dirigida a un psicoanalista es en el fondo una demanda de amor –al punto de admitir que la cosa interviene ocasional- mente en otras situaciones además del consultorio analítico. Pregunta: ¿toda demanda enunciada desde el diván está dirigida al psicoanalista? Alcanza con pronunciar la palabra “transferencia” para sospechar que no es tan sencillo. O incluso no descuidar la inserción social del psicoanálisis, como alguna vez le ocurrió a Lacan al entregarle un certificado de análisis a un fulano que seguía blandiéndolo públicamente treinta años después. Queda igualmente la demanda de análisis, que el psicoanalista generalmente no trata como las demandas que intervienen en el análisis. ¿Qué pasaría si respondiera allí rehusando satisfacerla en nombre de lo que esta demanda es en el fondo, no una demanda de análisis sino una demanda de amor? Una situación que por otra parte está lejos de poder ser desechada. ¿De dónde viene pues la idea de que toda demanda es una demanda de amor? Y hemos leído (p. 107-108) a propósito de la comedia como el amor podía convertir- se en una solución para la insatisfacción llamada “esencial” de la demanda. Esta “solución” parece situarse en un registro bien diferente al de la deman- da. El sujeto “resuelve” la insatisfacción propia de la demanda ingeniándo- sela, allí de otro modo, amando, contando con “otro todo para sí”. Sin embargo, ese 18 de diciembre de 1957 todavía no aparece en Lacan esta concepción de un doble fondo de la demanda según el cual tras cada deman- da, corre, insiste, está obrando una demanda de amor. Apenas seis meses más tarde afirmará claramente que la demanda de amor subyace a toda demanda, por más trivial, crucial o vital que ésta sea:
La demanda, por el solo hecho de articularse como demanda, plan- tea expresamente, incluso si no lo demanda, al Otro como ausente o presente, y como dando o no dicha presencia. Es decir que la deman- da es en el fondo demanda de amor –demanda de lo que no es nada, ninguna satisfacción particular: demanda de lo que el sujeto aporta por su respuesta pura y simple a la demanda23.
Está la respuesta a la demanda, y también está, y es algo diferente, el hecho que el otre responda a eso, algo que él puede o no hacer, y, por lo tanto, un cuestionamiento planteado a su poder, ese poder que el neurótico evita lo más que puede al punto de impedirse demandar (allí tenemos sin duda una feliz definición de la neurosis, pero también de la astucia de la
23 J. Lacan, Las formaciones... p. 389-390, sesión del 7 de mayo de 1958.
pulsión, que es una demanda no articulada como tal:
S
D del “grafo del deseo”). Demandar es demandar algo y, por ende cierta satisfacción: pero es también ipso facto demandar esta presencia del otre y demandar así el don de su presencia. Si él responde a una demanda, el analista ciertamente res- pondería “presente”, pero al modo de una madre dando el pecho o una cachetada, o de un verdulero deslizando su lechuga en el canasto del ama de casa. Al no responder así se hace presente de otro modo. ¿Cómo manifiesta su presencia? ¡Ésta también tiene su doble fondo! Él ahora se hace presente en su negativa a satisfacer la demanda, y de esta manera se posiciona como dando o no su presencia. Así deporta la demanda que se le dirige hasta llegar al fondo; la revela, hasta incluso hacerla mudar en algo quizás diferente a lo que era al comienzo (¿cómo podría saberse?), en una potencial demanda de amor. No escamotea el doble fondo de la demanda. Al no responder a eso permite advenir la demanda subyacente a la demanda, hace que advenga eso que demanda la demanda, hace advenir la demanda de amor. Incluso en su abstención, le plantea al analizante, y en acto, la pregunta acerca de su propia presencia, la del analista; torna así manifiesto que toda demanda es demanda de esta presencia, de su ser-ahí, y por eso, demanda de amor. El sesgo de una presencia tal, que suscita una interrogación acerca de su natu- raleza, parece ser de la misma factura que el amor Lacan, un amor que se obtiene como no obteniéndose; evoca À une passante de Baudelaire.La demanda de amor apunta al ser del otre, “a obtener del Otro esa presentificación esencial –que el Otro dé lo que está más allá de toda satis- facción posible, su ser incluso, que es justamente a lo que apunta el amor24”.
Haciendo don de su ser, el otre ciertamente daría lo que no tiene. Ahora bien, la cosa cambia cuando se trata del deseo. Y allí, al menos en ese semi- nario, Lacan no tiene pelos en la lengua. Sus palabras claramente tienen un acento, no sádico, sino sadiano. El deseo “logra abolir la dimensión del Otro” (su “condición absoluta”); el otre solamente es deseado en la medida que deviene “totalmente objeto25”, el deseo “comporta la destrucción del
otre”, “niega el elemento de alteridad que está incluido en la demanda de
amor26”, y otras expresiones del mismo tenor. Lacan también dice lo que lo
habita cuando sitúa la demanda en su relación con el ternario necesidad/ demanda/deseo. Ni más ni menos que una náusea:
Pero existe discordancia entre lo que hay de absoluto en la subje- tividad del Otro que da o no da el amor, y el hecho que para acceder
24 Ibid., p. 414, sesión del 21 de mayo de 1958.
25 Ibid., Las formaciones... p. 392, sesión del 7 de mayo de 1958. 26 Ibid., p. 409, sesión del 14 de mayo de 1958.
al mismo como objeto de deseo es necesario que se vuelva totalmente
objeto. Es en esa separación vertiginosa, nauseabunda para llamarla por su nombre, que se sitúa la dificultad de acceso en el abordaje del deseo sexual27.
Allí donde Freud habla de un amor sexual, Lacan ahora hace valer una separación irreductible entre desear y amar, separación que le provoca náu- seas. ¿Invadido por la náusea? Queda fuera de discusión colocar el desear y el amar juntos, ya que desear es dirigirse al otre como objeto, en tanto que amar es apelar al otre en su ser. Bien al inicio del seminario siguiente, El
deseo y su interpretación, pondrá nuevamente los puntos sobre las íes:
[...] [si] en lugar de hablar de libido o de objeto genital, hablamos de deseo genital, quizás nos resultará inmediatamente mucho más difícil considerar como de suyo que el deseo genital y su maduración impli- quen por sí solos este tipo de posibilidad, o de apertura, o de plenitud de realización respecto al amor del cual parece haberse vuelto así un
asunto doctrinal según un cierto punto de vista acerca de la madura- ción de la libido [...] que fuera precisamente la primera no sólo en poner de relieve, sino incluso en dar cuenta de lo que Freud ha clasifi-
cado bajo el título de Sobre la más generalizada degradación de la
vida amorosa28. [...] si, en efecto, el deseo parece traer consigo un
cierto quantum en efecto de amor, es [...] a menudo de un amor que se
presenta ante la personalidad como conflictivo, de un amor que no se confiesa, de un amor que se rehúsa incluso a confesarse29.
¿Dónde entonces ubicar al amor en relación con el ternario necesidad/ demanda/deseo? Un término viene a nombrar dicho lugar, que vuelve muchas veces en ese seminario (dieciocho veces exactamente30): horizonte. Inalcanzable, 27 Ibid., p. 393, sesión del 7 de mayo de 1958.
28 Sigmund Freud (1912) “Über die allgemeinste Erniedrigung des Liebeslebens”, in Beiträge
zur Psychologie des Liebeslebens, segunda parte, G.W., VIII, p. 78-91. “Sobre la más
generalizada degradación de la vida amorosa”, Bs. As., Amorrortu, O.C., T. XI, p. 173- 183. La noción de un amor “rebajado” va al unísono con la de un amor idealizado (en
Freud: que conjugaría la expresión “corriente tierna” y “corriente sensual”). Freud pen-
saba que una mujer que acepta la cama se rebajaba. Era creer en la Santa Virgen. En Lacan, donde se buscará en vano tal prejuicio, la creencia estaría más bien en la santa verga (ver, más adelante, las coordenadas de su invención de F).
29 Jacques Lacan, El deseo y su interpretación, sesión del 12 de noviembre de 1958, ver-
sión Afi. De ahora en más: El deseo...
30 En las páginas 231(dos veces), 232, 234, 236, 238 (4 veces), 239, 243, 258, 259, 268,
269, 271, 273, 276.
cierto, como todo horizonte, un lugar no-lugar. Ese 12 de noviembre de 1958 Lacan volverá a hablar de este horizonte de la demanda:
Es entre los avatares de su demanda [la del sujeto] y lo que sus avatares la han hecho devenir, y por otra parte esa exigencia de reco- nocimiento por el Otro, que se puede denominar exigencia de amor en los casos donde se sitúa un horizonte de ser para el sujeto, donde se trata de saber si el sujeto, sí o no, puede alcanzarlo31.
He aquí nuevamente el amor que no se obtiene. Por otra parte no nos damos cuenta de qué otro modo podría dibujarse mejor esta figura del amor que no fuera la de situarlo como “horizonte de ser”. La pregunta que acaba- mos de leer es retórica. Si en el análisis se trata de la constitución del sujeto, no en el amor sino en su deseo (lo que subraya el propio título del seminario: El
deseo y su interpretación), resulta más que bienvenido que el amor permanez-
ca a la vez en el horizonte y siga siendo un horizonte. Ubicado de este modo, el amor abre un espacio, el espacio entre demanda y demanda de amor, de reconocimiento del ser, y es en este mismo espacio donde se constituiría el deseo.