El sistema de autoayuda fundamental
CÓMO JULIA LLEGO A SER MAS OPTIMISTA
¿Cómo logra uno tener una actitud optimista, especialmente cuando pasa la mayor parte del tiempo cavilando sobre las cosas negativas que le pasan? O, para decirlo con los términos que hemos venido empleando en este libro, ¿cómo puede uno empezar a “reinstalar” sus conexiones cerebrales de modo tal que el pensamiento positivo empiece a hacerse más fácil y más automático?
Una mujer de negocios llamada Julia pasó hace algunos años por una época increíblemente difícil. Se quedó sin trabajo, se divorció, perdió a su madre y a su hermano menor en un accidente de coche. Julia siempre había tenido la tendencia a ver el lado negativo de las cosas más bien que el positivo, y aquella serie de desdichas la volvió aún más pesimista.
Su predisposición naturalmente negativa se combinó con esta serie de crisis personales para producir un ciclo de pensamiento negativo del cual parecía incapaz de evadirse. Mediante el uso repetitivo de pautas de pensamiento negativo, esas vías o “instalaciones” en su cerebro quedaron relativamente “fijadas” en direcciones improductivas”. El hemisferio izquierdo de su cerebro empezó a hacer un exceso de deducciones inútiles
acerca de la falta de posibilidades en su vida. Julia simplemente no podía liberarse de aquella disposición de ánimo.
Tal como se podía esperar, esa manera de pensar negativa, se manifestaba de diversas maneras, tanto emocionales como físicas. Julia empezó a creer que no valía nada y por ese motivo tuvo grandes dificultades para encontrar un buen trabajo. En las pocas ocasiones que la contrataron, sólo duró unos pocos meses en el cargo y luego la despedían. El problema no estaba en sus capacidades, sino más bien en que empezaba con la expectativa de que la despedirían, y sus actitudes no tardaban mucho en convertirse en profecías que se cumplían.
Además, sus relaciones personales se resintieron. Al retraerse cada vez más dentro de sí misma, fue cortando sus conexiones con sus amigos y amigas. No era que los amigos y los seres queridos querían interrumpir el contacto, sino más bien que la propia Julia perdía el interés en los demás y sentía que ella tenía muy poco para ofrecerles. Estaba avergonzada por sus fracasos en la vida, y simplemente no quería tener que enfrentarse con otras personas que le traían a la memoria la vida más feliz que antes había llegado.
Empezó, además a tener varias dolencias corporales. Primero fue un malestar general, una sensación de no sentirse bien por las mañanas o de sufrir, durante el día, diversas molestias y dolores imprecisos. Más adelante la situación empeoró. Le apareció una dolencia crónica en la espalda, sin que los médicos pudieran localizar ninguna fuente del dolor e incomodidad.
En suma, que su vida daba la impresión de ir irremediablemente cuesta abajo. Parecía como si nada que ella ni nadie pudiera hacer o decir fuera capaz de devolverla a un apacible equilibrio en su vida y en sus relaciones personales.
Una cosa a la que había conseguido aferrarse durante aquella mala época era la semilla de una fe que le habían inculcado desde pequeña. Aunque se había apartado de la compañía de las personas que podrían haberla estimulado y animado, es probable que fuera su propio aislamiento lo que finalmente terminó por ayudarle.
Mientras se pasaba largas horas sola, empezó a confiar cada vez más en la oración. Antes, cuando su vida estaba llena de las preocupaciones de la familia y el trabajo, se había dedicado muy poco a la plegaria o a la meditación. Sencillamente no tenía tiempo. Ahora, sin poder volver a otra cosa que a su religión, empezó a pasar largos períodos, a veces de una hora
o más, orando o en meditación. En ocasiones las plegarias y las ideas que ofrendaba a Dios eran tan negativas como el resto de sus actitudes, pero empezó a encontrar cada vez más placer en esos momentos de comunicación espiritual.
Por cierto que su vida espiritual empezó a tomar direcciones más productivas durante este período, y al mismo tiempo era evidente que en su cerebro se estaban produciendo cambios importantes. Tal como vimos, los períodos de meditación que duran más de diez o veinte minutos cambian la forma en que se comunican entre sí ambos hemisferios cerebrales. Además, este aumento de la coherencia entre el hemisferio derecho y el izquierdo tiende a hacer que la persona se abra al cambio. Parece que en esos momentos somos capaces de procesar información nueva.
En el caso de Julia, esa mayor apertura podría haber tomado la dirección opuesta, según a que tipo de influencia se hubiera sometido inmediatamente después de los momentos de meditación. Si se hubiera quedado pensando qué terrible era su vida, las vías negativas en su cerebro se habrían ido fijando cada vez más.
Por ello siguió un camino más constructivo. Un día mientras recorría distraídamente una librería, escogió sin pensarlo un libro de autoayuda que se ocupaba del pensamiento positivo. El hecho es significativo, porque en realidad Julia no era muy lectora, de modo que ese libro era prácticamente el único que tenía en casa. Aparte, de eso lo único que leía con regularidad era la Biblia.
Como resultado, durante largos momentos del día su cerebro estuvo más expuesto a la influencia de ese pequeño volumen de autoayuda que a la de ningún otro libro, revista o periódico. Algunos pasajes le parecían tan fascinantes que tendía a quedarse mirándolos fijamente y a releerlos una y otra vez.
Sin darse ni remotamente cuenta de lo que estaba haciendo, empezó así a reprogramar su manera de pensar siguiendo líneas más positivas y productivas. A medida que alternaba sus oraciones con el libro de autoayuda y de la Biblia, empezó a encontrar que su visión de la vida se iluminaba considerablemente. Después tuvo una de esas vivencias que no se dan más que una vez en la vida: mientras se encontraba sentada en una mecedora, meditando después de un período de oración y lectura, experimentó lo que sólo se puede describir como una especie de conversión religiosa.
Tuvo nítidamente la sensación –que no tardó en convertirse en sólida convicción- de que su vida podía cambiar totalmente, y junto a esa sensación, se sintió abrumada por el sentimiento de la presencia de Dios. Ya no se sentía sola. Por primera vez en meses descubrió que quería salir, restablecer los viejos vínculos, iniciar otros nuevos y volver a poner en marcha su carrera.
Inmediatamente empezó a incluir en su agenda nota sobre las llamadas que necesitaba hacer, y sobre la búsqueda de trabajo que quería reiniciar. Después notó algo más, algo sensacional: ya no le dolía la espalda. Se apretó varios puntos que solía tener muy sensibles, pero no sintió ninguna molestia. En su próxima visita al médico, éste le dijo que su afección se había aliviado mucho.
Julia necesitó un tiempo considerable para una recuperación emocional completa. Tuvieron que pasar varios meses antes de que lograra volver al mercado laboral y también necesitó tiempo para restablecer sus diversos contactos personales. Había personas que no podían creer que en su personalidad se hubiera operado un cambio tan espectacular. Era otra vez la “vieja” Julia que habían conocido antes. En todo caso, era indudable que en su vida había sucedido algo importante cuando se sumergió profundamente en la plegaria y en la meditación.