El lado espiritual
LA ZONA DE PELIGRO
Así como el Principio de la Maxi-Mente puede ser usado de manera positiva para favorecer la evolución espiritual de una persona, también se puede emplear de una manera que se puede llamar demoníaca.
Piense el lector en las técnicas usadas en varios cultos que durante las últimas décadas han sido objeto de amplia publicidad. Se trata de grupos que hacen que sus adeptos mediten o realicen alguna repetitiva, que puede ser una salmodia incesante o un movimiento de danza simple y rítmica. En muchos casos, a los nuevos miembros se les da poco tiempo para reflexionar sobre lo que está sucediéndoles. Por lo común, a las personas a quienes se está introduciendo en el culto se las hace acompañar por uno de los guías o instructores, que las bombardean con informaciones y conceptos destinados a cambiar sus creencias y a crearles nuevos compromisos.
Los que se ven expuestos a la influencia de un medio así durante un período prolongado empiezan a cambiar. Las actividades repetitivas y las meditaciones los preparan para el cambio mediante la práctica de la Relajación, que los introduce en la Fase Uno del Principio de la Maxi- Mente.
Después, mediante la influencia de los directores del culto e inundándolos con información especialmente seleccionada, logran en ellos la alteración mental necesaria para imprimirles las pautas seleccionadas por los líderes del culto. En pocas palabras: en la estructura fisiológica del cerebro de las gentes que han sido sometidas a períodos largos e intensos de este tipo de adoctrinamiento se producen realmente cambios.
Muchas personas se han asombrado de que hayan sido tantos los que se dejaron arrastrar a la práctica del culto de Jonestown, la comuna fundada por el reverendo Jim Jones, en Guyana hace casi diez años. Como se recordará el 18 de noviembre de 1978 el senador estadounidense Leo Ryan y otros cuatro investigadores fueron muertos a balazos en la pista de aterrizaje de emergencia de Jonestown, y 911 fieles seguidores del reverendo Jones murieron en la selva, algunos de ellos bebiendo, a instancias de Jones, una bebida adicionada con cianuro, y los que se resistieron cayeron también bajo las balas de sus compañeros.
Los seguidores de Jim Jones no fueron realmente engañados; al menos no lo fueron durante la última y trágica fase de su experiencia en
Jonestown. Lo que sucedió fue más bien que, apartados de otros puntos de vistas más responsables y aisladas en las selvas de la Guyana, sufrieron al parecer una transformación grupal de sus procesos de pensamiento como resultado de una aplicación tremenda y demoníaca del Principio de la Maxi-Mente. Sus compromisos espirituales, sus creencias y sus pautas de pensamiento cambiaron así a tal punto que se encaminaron por una senda que los llevó en última instancia a la autodestrucción.
En el mundo de los negocios se han introducido otras aplicaciones, mucho menos extremas pero igualmente cuestionables, del Principio de la Maxi-Mente. Considérese este informe publicado en el New York Times del 17 de abril de 1987: “En su empeño por llegar a ser más competitivos, los empresarios norteamericanos recurren a gurús motivacionales que dicen ser capaces de cambiar la forma de pensar de los empleados”. Las técnicas usadas por los empresarios incluían la meditación, la relajación y diversas visualizaciones, que evidentemente son aplicaciones del Principio de la Maxi-Mente.
Creo que es esencial que técnicas tan poderosas estén controladas por el individuo bajo la dirección del guía mental máximo que él – o ella - haya escogido. Además, el individuo ha de sentirse a gusto con la ideología del programa ya antes de iniciarse en su práctica.
Es obvio que estamos manejando un instrumento poderoso. Hasta el momento he insistido en los usos positivos del Principio de la Maxi-Mente, y sigo creyendo que todos debemos entenderlo y utilizarlo, tanto en el ámbito espiritual como en otros aspectos de nuestra vida. Al mismo tiempo, debemos tener siempre presente que es potencialmente peligroso.
Por esta razón debo insistir en lo absolutamente esencial que es, especialmente cuando empieza uno a enfrentarse con cuestiones tocantes a la realidad fundamental y a la espiritualidad, encontrar un guía responsable que lo oriente en el transcurso de las transformaciones interiores que sin duda experimentará. Los cultos son especialmente peligrosos porque no han pasado por la prueba del tiempo ni han demostrado que son benéficos para sus seguidores. Por esta razón soy inflexible en lo que se refiere a la importancia de buscar apoyo en una fe antigua cuya seguridad haya sido demostrada, y que lleve siglos, e incluso milenios, difundiendo enseñanzas altruistas.
Otra preocupación, relacionada con el problema de los cultos, es la forma en que puede generarse un sentimiento de misión entre aquellos que han experimentado este tipo de transformaciones personales. El cambio
producido puede ser tan profundo y conmoverlo a uno a tal punto que se sienta obligado a compartirlo con sus semejantes. Esa actitud, per se, no tiene nada de malo. Es más, tiene mucho de bueno.
Algunos de los movimientos más importantes y benéficos de la historia humana han sido iniciados por creyentes fervorosos que estaban totalmente comprometidos con su causa o su fe.
Pero en esto hay también un peligro. Cuando uno ha pasado por una intensa transformación interior, es natural que dé por sentado que ha encontrado el único camino verdadero. También esta creencia puede ser no solo algo positivo, sino también una parte esencial de un impulso y de una motivación que por primera vez emergen desde nuestro interior. Pero lo que puede empezar a causar problemas es el paso siguiente. La intensidad de su experiencia puede hacer que uno se ciegue al hecho de que también otras personas, provenientes de otras tradiciones o sistemas de creencias, pueden haber pasado por experiencias similares e igualmente conmovedoras, a las cuales se les ha de otorgar el mismo respeto que espera uno para la suya. Y esas personas pueden estar tan convencidas como usted del valor único de sus intuiciones y vivencias.
De manera que si como resultado de su transformación personal se genera en usted un sentimiento misionero, disfrute de él libremente. Al mismo tiempo, procure ver su experiencia desde la perspectiva de la comunidad. Sobre todo, sea comprensivo y tolerante con otros que también hayan experimentado cambios inefables, que han alterado la dimensión de su vida, pero cuya experiencia ha tomado una forma diferente de la suya.
Finalmente, una palabra sobre los medios de comunicación modernos, es decir, la televisión, la radio y la publicidad: con más frecuencia de lo que nos damos cuenta, nuestros valores morales y espirituales (y los de nuestra familia) están influidos por lo que vemos y oímos en la televisión y en diversos anuncios. En este campo, el peligro va en aumento si uno se expone a la influencia de estos medios inmediatamente después de haberse abierto mentalmente mediante la práctica de la Relajación.
Supongamos que acaba usted de practicar una sesión satisfactoria de meditación o de plegaria. Si en ese momento en que está relativamente más abierto a otras influencias encendiera la televisión, podría ser más susceptible que lo normal al programa o a la publicidad, es decir, que correría el riesgo de experimentar cambios indeseables en sus ideas. Tras haber terminado su sesión de Relajación, puede usted pasar su tiempo disfrutando de la compañía de su familia, leyendo algo que considere
provechoso o concentrándose de alguna otra manera en temas positivos y edificantes.
Claro que en última instancia le corresponde a usted, en su condición de individuo independiente, seleccionar de su personal sistema de creencias el material que considere más adecuado a sus propias necesidades. Pero quizá sea prudente, además, que usted mismo identifique y analice las zonas de peligro que existen en nuestra cultura antes de tomar alguna decisión definitiva. Entender cuáles son las trampas puede ser un primer paso en la elección del sendero espiritual más benéfico.