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2006: ¿CAMBIÓ LA ARGENTINA?

In document Exabruptos de Javier Finkman (página 166-172)

A medida que la Argentina se aleja de las urgencias de la crisis, los economistas comienzan a pensar en asuntos de mediano plazo a través de artículos y seminarios, las formas usuales de comuni- cación profesional. La palabra clave de esas discusiones es soste- nibilidad, aunque, a diferencia de los años noventa, no se aplica ahora a la cuestión de la deuda pública sino al contexto externo (el precio de las materias primas básicas o la liquidez global) y al contexto interno (la cuestión social, los superávit de gemelos, la infraestructura energética, el tipo de cambio real alto). Este afán de pensar el mediano plazo es una novedad saludable frente a las últimas décadas marcada por cortoplacismo y una agenda domina- da por la macroeconomía de la estabilización. Vale la pena revisar algunas de estas discusiones nacientes.

El mundo es amigo ¿por cuánto tiempo?

La sostenibilidad de las condiciones externas está, en parte, defi- nida por los excelentes términos del intercambio que enfrenta la Argentina. ¿Son un fenómeno transitorio o permanente? Una de las tradiciones del pensamiento económico originadas en la Argentina es la noción de que los términos de intercambio de los países que exportan materias primas básicas tienen una ten- dencia sistemática a empeorar. Sin embargo, hoy los economistas argentinos se preguntan cada vez más si esa hipótesis (debatida durante décadas) no sólo se refutó, sino que, por el contrario, los precios de los bienes industriales sufren una presión deflaciona- ria en términos absolutos y, por supuesto, en términos relativos a bienes primarios caros. En un estudio reciente José Antonio Ocampo entonces secretario ejecutivo de la CEPAL (el organismo multilateral que albergó a Prebisch y su tesis pesimista) concluyó que: “no hay evidencia de que exista una tendencia secular o continua al deterioro de los términos de intercambio”. El análisis de Ocampo abarca el periodo 1900-2000 pero sus conclusiones

no cambian si se agregan estos últimos cinco años, aunque, es cierto, encontró comportamientos heterogéneos para diferentes materias primas.

Por un lado, el precio de las materias primas básicas se mantie- nen valores altos y desafía todas las proyecciones bajistas de los analistas desde hace años. Se trata de la demanda que resulta de los países de altísimo crecimiento de los cuales China y la India son casos paradigmáticos. La mera extrapolación del crecimiento histórico de estos países resulta en exceso de demanda de buena parte de las materias primas básicas y, por lo tanto, en presiones alcistas sobre los precios. Hay que decir, en contra, que hay un componente especulativo en los precios actuales de las materias primas básicas como consecuencia del exceso de liquidez global que resulta en que muchos inversores han tomado posiciones largas apostando al alza en el precio estos activos y a la vez impulsando la suba. La magnitud de este componente de burbuja es difícil, sino imposible, de medir, pero es un argumento en contra de la sostenibilidad de los precios actuales.

Por el lado de las importaciones también hay buenas noticias para los términos de intercambio argentinos. Que los precios de los productos con alto valor agregado y tecnología de punta estén sujetos a una presión deflacionista y que buena parte de la cadena de producción de estos bienes se instalen en países en desarrollo de mano de obra barata relativamente bien calificada es realmente un hecho nuevo y sorprendente de estos tiempos. Un dato llamativo es que el componente importado en la inversión en maquinaria hoy en la Argentina es similar al de la convertibilidad, pero con un tipo de cambio real mucho más alto, lo que supone bienes de capital importados mucho más caros en términos relativos.

Las dudas son mayores en cuanto a la sostenibilidad de las condiciones de liquidez global aun cuando esta semana la Reser- va Federal, bajo la nueva conducción de Bernanke, haya señala- do un freno a las tasas, en la interpretación de los analistas. Es que la economía de Estados Unidos está caracterizada por fuertes

desequilibrios, fiscal y externo, o los déficits gemelos, como se los conoce (la Argentina los padeció durante los años 90) en órdenes de magnitud nunca vistos.

Aquí hay visiones para todos los gustos, aunque, con alguna excepción, los economistas argentinos no participan en el debate, sino que son “tomadores de ideas”. Hay quienes creen (Nouriel Roubini o Paul Krugman) que la salida es el aterrizaje forzoso: en algún momento, los demandantes de activos en dólares dejarán de financiar a tasas muy bajas el déficit creciente de los Esta- dos Unidos y el dólar sufrirá una crisis cambiaria al estilo de las que sufrieron en América Latina. Más aún, este escenario está a la vuelta de la esquina, sostienen los pesimistas. Hay quienes (Folkerts-Landau, Garber y Dooley, economistas asociados al Deutsche Bank), reconociendo el problema, sostienen que hay un sendero de aterrizaje suave y que puede tomar una o dos generaciones la corrección gradual de los desequilibrios. Argu- mentan que el gobierno chino tiene un enorme interés en man- tener la moneda china (el renminbí) subvaluada y que, por eso, continúa acumulando reservas y bonos en dólares impidiendo la desvalorización de la moneda de reserva. Ese interés resulta de la necesidad de absorber varias decenas de millones de trabajado- res expulsados por el sector rural y, para eso, hay que mantener costos baratos en dólares. Finalmente, hay quienes creen que no hay un problema y que, bien medido los Estados Unidos no son deudores netos sino acreedores netos ya que hay exportaciones ocultas bajo la forma de conocimiento, liquidez global y servicios de asegurador de grandes riesgos. Para orgullo local, sobre todo si tiene razón, el economista argentino Federico Sturzenegger es uno de los participantes originales en el debate.

Sea lo que pase con la liquidez global, una novedad de la situa- ción argentina actual es la enorme fortaleza de la economía frente a posibles shocks externos negativos. Durante los años noventa, cuando el mundo se resfriaba, la Argentina padecía una neumo- nía. Ahora, es posible que unas líneas de fiebre sean todo el daño.

Invulnerable

Es que hay factores que son absolutamente nuevos como caracte- rísticas (¿permanentes?) de la economía. Uno de ellos es la solidez fiscal y financiera del sector público. Otro, la alta y sostenida tasa de ahorro nacional. Por las razones equivocadas (la cesación de pagos), la Argentina reestructuró una parte importante de su deuda externa en condiciones muy favorables, extendiendo plazos a tasas sumamente bajas y, en buena parte, fijas. Pablo Gerchunoff compa- ra la relación entre los intereses de la deuda pública y privada, y las exportaciones para los últimos 35 años y encuentra que hoy no llega al 17%. Las comparaciones son impresionantes: al inaugurarse la democracia en 1983 esta relación era casi del 70%, fue superior al 30% durante buena parte de los años noventa y fue el 45% del 2001, el año en el que se desencadenó la crisis. En términos de Gerchunoff, esto significa que un actor ha desaparecido de la puja distributiva: el acreedor externo privado. El pago anticipado de la deuda al FMI también sacó de la disputa al principal acreedor externo multilateral.

La posición fiscal también muestra la novedad de la solvencia. Ya hace tres años que no sólo el superávit primario es fuertemente positivo, sino que, además, la Argentina goza de superávit fiscal global. Se cuestiona la sostenibilidad de la posición fiscal por la naturaleza extorsiva de los impuestos que dan cuenta de todo el superávit primario, el impuesto a las transacciones financieras y las retenciones a las exportaciones. El primero, es cierto, incentiva la economía informal. El segundo, es más que compensado por las ventajas de una moneda local muy subvaluada. Lo realmente novedoso es que la solvencia fiscal no empeora cuando se acelera la tasa de inflación: merced a la estructura de la deuda ajustada por CER (que capitaliza la inflación a muchos años, pero casi no se paga en los intereses), a la prohibición de ajustar estados contables por inflación (que confisca patrimonio) y al rezago en el ajuste de los salarios públicos. Tal vez eso explica porqué no hay dilema

entre inflación y crecimiento: la tasa de inflación se triplicó, pero la economía sigue creciendo al 9%. ¡Hay derecho a la sorpresa sobre todo si uno vivió las décadas de los setenta y los ochenta!

La crisis tuvo el resultado razonable de una suba en la tasa de ahorro privado como consecuencia de la incertidumbre. Sin embar- go, a la salida de la crisis y, a pesar de la mejora en las condiciones macroeconómicas, la tasa de ahorro nacional (privado y público) no sólo no cayó como solió ocurrir en todas las recuperaciones si no que se sostuvo y hasta aumentó marginalmente. Hoy el nivel oscila en alrededor del 25%, algo que pocos economistas vieron durante varios años y en crecimiento en su vida en Argentina. Hoy el ahorro nacional alcanza para financiar toda la inversión privada y sobra para cancelar pasivos externos. La inversión extranjera, en todo caso, sólo es necesaria como señal o eventualmente por transferencia asociada de tecnología, no así desde el punto de vista del financiamiento. Un contraste notable con los años noventa, cuando había que completar el decaído ahorro interno con entrada de capitales y deuda externa.

Tan dramática es la percepción del cambio, aunque con dudas acerca de su sostenibilidad, que los economistas argentinos se ani- man a plantear la posibilidad de que la historia de stop and go o de la fuerte volatilidad macroeconómica se haya acabado. Pablo Gerchunoff está entre los que piensa con mayor profundidad sobre esta posibilidad. La moneda local barata tenía –y tiene– en la base un problema distributivo porque “aumenta el precio de los bienes de consumo de las clases populares”. A esto hay que agregar la escasez de divisas resultante de un sector de la economía poco dinámico y con orientación casi exclusiva al mercado interno que no podía aprovechar las ventajas de la devaluación. Hoy la indus- tria, y cada vez más, es un sector proveedor de divisas. Es que hay una diferencia sustancial entre la sustitución de importaciones de entonces y el tipo de cambio real alto. Antes, la protección altísima de la economía internacional era mucho mayor que la promoción de exportaciones y entonces la rentabilidad relativa del mercado

interno era mayor que la de exportar. El tipo de cambio real alto iguala (dependiendo de las retenciones) la protección interna y el subsidio a la exportación favoreciendo el desarrollo de industria competitiva con fuerte creación de empleo.

La sostenibilidad de las condiciones actuales virtuosas en el mediano plazo es un asunto en debate que aquí sólo empezamos a esbozar. La esperanza reside en que, más allá del optimismo y pesimismo relativo sobre este asunto, los economistas sostienen que el mundo y las condiciones locales ofrecen hoy una oportu- nidad para la Argentina de transitar un sendero de condiciones macroeconómicas sólidas y estables.

FESTIVAL DE IDEAS: EL REGRESO

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