• No se han encontrado resultados

REINVENTAR LA CLASE MEDIA

In document Exabruptos de Javier Finkman (página 184-190)

Paul Krugman, un economista académico encerrado en la torre de marfil, se convirtió en uno de los principales comentaristas políticos y críticos del gobierno de Bush. En su último libro, “The conscience of a liberal”, Krugman brinda su interpretación de cómo el Partido Republicano fue dominado por un conservadurismo extremo que “probó ser capaz de ganar elecciones” y cuyas políticas resultaron en un aumento de la desigualdad y un estancamiento en el ingreso real de los estadounidenses.

¿Cómo inventar una clase media, por diseño político, en menos de una década y destruirla en menos de tres décadas, también por diseño político y con votos? Esa es buena parte de la historia de La consciencia de un liberal (en el sentido norteamericano; progresista, para nosotros). Pasen y vean.

En una década, aproximadamente entre 1935 y 1945, tuvo lugar en Estados Unidos “la gran compresión” en las diferencias entre los ingresos de los estadounidenses. A mediados de los años 50, la mediana (véase la posdata técnica al final) del ingreso real familiar se había aproximadamente duplicado en relación con 1929. Los más ricos eran literalmente más pobres, y no sólo en términos relativos. Y, además, había más cobertura social.

Había nacido la clase media. ¿Fue un proceso evolutivo como sugiere la historia que está detrás de la curva de Kuznets (y que, dicho sea de paso, se usó en Argentina para justificar el aumento de la desigualdad)? No, argumenta Krugman. Se trató de un dise- ño político explícito que, en buena medida, “se explica por una sola palabra: impuestos”. La Nueva Concertación (New Deal) de Roosevelt aumentó la tasa del impuesto a las ganancias para los más ricos de 35% a 63% durante su primer gobierno y a 79% en el segundo.

No hay duda de que la Gran Depresión abrió el camino político para la intervención en gran escala. Pero Krugman es cuidadoso en mencionar que la expansión del sector público sólo se legitima

con un imperativo político: la honestidad en su ejecución. “La honestidad del New Deal –enfatiza Krugman– no fue un accidente (…) era una necesidad para mantener la credibilidad de la misión”.

Pero el proceso de disminución de la desigualdad se revirtió. Krugman plantea que hoy los economistas debaten si la media- na del ingreso del estadounidense subió o bajó desde principios de los años setenta. ¡Pero la economía estadounidense es mucho más rica que 35 años atrás! El valor que un trabajador promedio produce por hora, inclusive ajustado por inflación, aumentó casi 50% desde 1973. Así que “sólo el hecho de tener este debate es revelador”, apunta Krugman.

¿Qué ocurrió? ¿La U de Kusnetz es en realidad una W? Una explicación posible, la sabiduría convencional, es que el aumento de la desigualdad «está principalmente causado por el aumento en la demanda de trabajo calificado que, a su vez, es consecuencia del cambio tecnológico». Esta es una explicación «atractiva» porque «es el tipo de hipótesis con la cual los economistas nos sentimos cómodos: es sólo oferta y demanda sin necesidad de incorporar (…) en los modelos cosas como instituciones, normas y poder político”, argumenta Krugman.

El problema es que a esta interpretación la refutan los hechos: “las grandes ganancias en ingresos no fueron a un grupo amplio de trabajadores [más calificados] bien pagos sino a un grupo chi- co de gente extremadamente bien pagada”. No se trata de que los doctorados en informática o matemática ganan ahora sumas astronómicas (aunque les va mejor que antes) sino que gerentes con maestrías en negocios llegan a encabezar las listas de mejores pagos. La sociedad estadounidense aumentó su tolerancia a las grandes recompensas a los CEOs de las grandes compañías: en los años setenta, los CEOs de las 102 mayores empresas cobraban en promedio 1,2 millones de dólares de hoy, “sólo” 40 veces más que el empleado promedio. Unos años atrás, el salario promedio de un CEO era 9 millones de dólares, 367 veces la paga del traba- jador promedio.

Otra refutación es igualmente simple: en Europa o en Japón la tecnología se desarrolló a la par, pero, sin embargo, la desigualdad no aumentó como si lo hizo en los Estados Unidos y, en menor medida, Inglaterra. La explicación son los cambios en las “normas y las instituciones”: la fuerte disminución en la sindicalización que no ocurrió, por ejemplo, en Europa. En Estados Unidos, dice Krug- man, “los sindicatos fueron un factor limitante de la desigualdad”. Y no cualquier sindicalista… sindicalistas de la talla de Walther Reuther, del sector automotriz, que incluso sujeto a las presiones de investigaciones por supuesta corrupción empujadas por los sena- dores republicanos no tuvo una mancha: “a pesar de los esfuerzos de los investigadores no pudieron encontrar ninguna evidencia de mala conducta de Reuther que era tan cuidadoso que hasta pagaba de su bolsillo el lavado de su ropa cuando viajaba representando al sindicato”. Una vez más Krugman enfatiza que las formas de activismo progresista se legitiman con la honestidad en la acción.

¿Cómo fue posible el cambio en las normas e instituciones? Otra vez, por la política. Krugman cuenta la historia de cómo el Partido Republicano fue «tomado» por un sector minoritario de «derecha» y que lo llevó a alejarse, en sus propuestas, del Partido Demócrata. Y, más sorprendente aún, como una economía que fomentaba la desigualdad se abrió camino por el voto popular.

La primera parte queda para los lectores del libro. La segunda pregunta es fascinante: “¿cómo puede ser que quienes proponen un estado del bienestar más chico y políticas impositivas regresivas sean capaces de ganar elecciones?” La respuesta está en uno de los capítulos más especulativos y, a la vez, más típicos de la prosa corrosiva del Krugman político: “Armas de Distracción Masiva”: el comunismo, la guerra fría, el 11 de septiembre, Irak, son los caballos de batalla del conservadurismo para, a través del mie- do a la inseguridad, conseguir el voto. Ronald Reagan triunfó sobre la efervescencia social de los sesenta que era percibida, por muchos, como inseguridad. Pero ¿y antes? Muy simple, argumenta Krugman: “los republicanos fueron capaces de ganar elecciones

presidenciales y eventualmente el control del Congreso porque fueron capaces de explotar la cuestión racial para conseguir el domino político del Sur”.

De nuevo, es la parte más especulativa –y conspirativa– del libro, pero el dilema que plantea es muy interesante: ¿por qué políticas económicas impopulares tienen votos? Queda la tarea para el lector leer el argumento en pleno y ver si lo convence.

Este estado de desigualdad es, para Krugman, una oportunidad política que el Partido Demócrata no debería desaprovechar. Aquí se plantea una de las posibles objeciones a la historia que cuenta Krugman y es el rol de los demócratas en la historia. Krugman los presenta como víctimas de su mesura y su racionalidad en cues- tiones de seguridad nacional pero tal vez se trate de un enorme fracaso comunicacional.

Es cierto que el pensamiento conservador tiene más financia- miento que el pensamiento progresista bajo la forma de think tanks y medios de comunicación, como apunta Krugman. Y que la caí- da en la sindicalización puede haber minado la base del Partido Demócrata. Pero ¿por qué un partido que fracasó en oponerse a la revolución conservadora podría ahora tener éxito? Es la eco- nomía, estúpido, imagino que diría Krugman convencido de que ahora los estadounidenses estarán tan mal que no habrá seguri- dad nacional que valga. Aun así, hay algo que no me convence plenamente: como economista, me resisto a explicaciones donde se engaña a tantos durante tanto tiempo.8 Pero, insiste Krugman, hoy “los demócratas se convirtieron en el partido de las ideas (…) mientras que los candidatos presidenciales demócratas dis- cuten planes de cobertura universal de salud, nuevos enfoques a la pobreza, opciones para ayudar a los propietarios en problemas, y más, sus competidores republicanos (…) parecen competir en quien suena más como Ronald Reagan y quien es más entusiasta acerca de la tortura”.

8 “Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo.” – Abraham Lincoln. Cita de página web: Sabidurias.

Krugman es un gran economista que se reveló, en los últimos años, como un analista político capaz e influyente y que ahora nos presenta su cosmovisión de la historia de los Estados Unidos plasmada en forma brillante en LA CONSCIENCIA DE UN LIBE- RAL (progresista, sería la traducción acertada), con la disidencia apuntada. Ya no se trata de artículos recopilados u opiniones aquí y allá. Ahora hay una interpretación completa de la economía política de las últimas décadas de los Estados Unidos. Aún para disputarla (lo que no es fácil), hay que conocerla.

(Una posdata técnica. Los economistas no miramos el ingre- so promedio sino la mediana del ingreso.9 Krugman explica la intuición así: si Bill Gates entra en un bar, la riqueza promedio de la clientela del bar sube sustancialmente, pero la mediana de la riqueza sube mucho menos. Es que la mediana mide el ingreso de aquel que es más rico que la mitad de la población y más pobre que la otra mitad).

1 de enero de 2008

In document Exabruptos de Javier Finkman (página 184-190)