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INFLUENCIA DE LOS ECONOMISTAS EN LA POLÍTICA

In document Exabruptos de Javier Finkman (página 150-154)

Para una argentina contemporánea, la idea de que los economistas tienen una enorme influencia en la política no es una novedad ni un hecho llamativo. Para bien o para mal, es parte de la vida cotidiana en la que una historia marcada por crisis económicas llevó a los economistas a participar activamente de la discusión y la formulación de políticas. No siempre fue así, aquí ni, sobre todo, en la comunidad de economistas más importante: la de los Estados Unidos.

En 1902, el gran economista Irving Fisher se quejaba de que “los economistas tienen muy poca influencia; están demasiado silenciosos en asuntos públicos y, cuando hablan, sus opiniones no reciben el respeto que merecen”. Y en A Perilous Progress, Ber- nstein, historiador y economista, se ocupa justamente del proceso de ascenso y, argumenta, posterior caída de la influencia de los economistas en los Estados Unidos. Por decisión del autor, se trata de una historia “externa” de la profesionalización de la economía. Esto quiere decir que, en principio, poca atención se presta al con- tenido del conocimiento económico y a cómo este se desarrolla por sí mismo (aunque su propia ideología lleve a Bernstein a quebrar su intención).

En el primer capítulo, Bernstein se ocupa de cómo “se da forma a una comunidad organizada” y cuenta el proceso de consolidación de la American Economic Association, hoy la mayor organización de economistas del mundo, y su principal revista académica, la de más prestigio entre los economistas, el American Economist Review. Las discusiones de entonces son de interés para los economistas profesionales. Sobre todo, la introducción del sistema de revisión y comentarios de los artículos entre pares, junto a la posibilidad de rechazarlos, para que la revista tuviera los máximos estándares de calidad. No todos estaban de acuerdo y hubo economistas que se quejaron porque esto implicaba comportarse en forma poco

competitiva, o amenazaba el libre pensamiento y la apertura, o simplemente porque limitaría los temas que se publicaran y deja- ría afuera mucho trabajo en proceso, pero igualmente interesante. Entre las guerras estuvo la Gran Depresión y lo curioso es que la influencia de los economistas fue baja (seguramente por falta de recetas y soluciones para los problemas acuciantes). Sin embargo, la crisis sí tuvo el efecto de “estimular todo tipo de introspección pro- fesional, controversia intelectual, y experimentación institucional que ayudó a preparar el escenario para los triunfos de la disciplina en los años 40 y posteriores. El fantasma mundial de mercados de capitales moribundos y hordas de desempleados revitalizó la heterodoxia analítica de la escuela institucionalista norteamericana, provocando nuevas interpretaciones de la tendencia al crecimien- to lento de las así llamadas economías maduras y, por supuesto, alentaron las especulaciones iconoclastas del propio Keynes”.

La baja influencia no quiere decir que los economistas hayan estado lejos de Washington. De hecho, las dependencias guberna- mentales del New Deal de Roosevelt “reclutaron una extraordi- naria colección de talento económico” entre los que vale la pena mencionar a Viner, Berle, Galbraith, Salant, Clark, Hansen, por ejemplo, para tener una idea del nivel. Pero, “la visibilidad y can- tidad no necesariamente se traducía en influencia y autoridad” ya que los economistas “competían por la atención del presidente”. Y, tal vez más importante, porque “Roosevelt, estratega consumado, evaluaba las propuestas de política económica primero con refe- rencia a las implicancias de electorales y políticas y mucho menos con relación a la coherencia lógica o a la estructura intelectual (ni hablar profesional) del argumento” (el lector no tiene entonces que esperar: ocurre en todas partes).

Fue la Segunda Guerra Mundial lo que despertó el interés de Washington en los economistas dándoles un lugar privilegiado: “sobre todo, estaba en las cuestiones de asignación de los recursos que las presiones económicas de la Gran Guerra hacían sentir en forma dramática” escribe Bernstein o “la última guerra fue la del

químico (…) esta es la del físico (…) y puede decirse igualmente que esta es la guerra del economista” escribió Paul Samuelson en 1944. El surgimiento una década antes de las cuentas nacionales, y de la aplicación de la programación lineal y el análisis de ope- raciones, impresionaron a la mentalidad estratégico militar que dominó la época generando un enorme interés sobre la profesión y, a la vez, condicionando el desarrollo futuro en la dirección de problemas de asignación de recursos escasos.

Luego vino el triunfo de la macroeconomía: “en 1965, los econo- mistas norteamericanos tenían mucho que festejar. El crecimiento sostenido por cinco años había aumentado el producto nacional real en un tercio; el desempleo, debido a la creación de 6.8 millones más había bajado casi el 5%; el nivel de precios había subido a nada más que el 2% anual. La estrategia innovadora de recorte de impuestos tan agresivamente seguida por el presidente Kennedy” había sido un gran éxito, tanto es así que el gran Arthur Okun sostuvo que “los economistas estaban más arriba de la cresta en estima y respeto que nunca”.

Pero llegó el “fiasco fiscal de Vietnam”. No fue una derrota de la macroeconomía, según Tobin, porque todo fue como previs- to… mal. El problema estaba en la política: era más difícil subir impuestos que bajarlos. Los gastos militares crecientes y el estado de bienestar en aumento dieron lugar a cada vez mayores déficits del gobierno federal. La inflación comenzó a acelerarse. Y llegó la crisis del petróleo.

La crisis económica se tradujo, una vez más, en cambios en la ortodoxia económica. Empezó a reinar el concepto de tasa natural de desempleo, un nivel de desocupación más abajo del cual no se podía ir sin generar una inflación que, a su turno, iba a obligar a desacelerar la economía. Para Bernstein, sin embargo, la nueva ortodoxia estaba equivocada y la culpa no era de los policías keynesianos, sino del gasto militar, del cartel petrolero y de los bajos rendimientos agrícolas. Es decir, de cuestiones exógenas. De ahí, la tesis final del libro que es una crítica fuerte

a la profesión: la pérdida de influencia de los economistas hoy se debe al abrazo de ideas conservadores o irrelevantes (por el exceso de tecnicismo) y a perder de vista la interrelación entre teoría y realidad.

Tan opuesto es a la silla ortodoxa que Bernstein se ensaña con Arthur Laffer y su economía de la oferta. Y en esto comete un pecado académico: eligió un rival teóricamente débil. Discutir con el Friedman monetarista o con el teórico de la oferta Feldstein hubiera sido mucho más difícil y, a la vez, enriquecedor. De hecho, esta debilidad llama la atención en un libro de este alcance.

A Perilous Progress es un trabajo de investigación monumental. Sus notas y su bibliografía deben ocupar la misma cantidad de letras que el cuerpo principal del libro. El estilo es algo declamativo para un trabajo académico, pero, como se dijo, hay un trasfondo ideológico fuerte. El hecho de que sea una historia completamente externa lo hace menos interesante para aprender economía, pero, en todo caso, realza las relaciones de la profesión económica con el mundo que la rodea.

In document Exabruptos de Javier Finkman (página 150-154)