Esta semana empezó con la triste noticia de la muerte de John Kenneth Galbraith. Uno de los economistas más influyentes (y no sólo un economista) del último siglo. La biografía sobre su vida, de Richard Parker, se vuelve una lectura lamentablemente oportuna, y Galbraith llegó a elogiarla. Richard Parker es un economista de la Escuela de Gobierno Kennedy de la Universidad de Harvard y un liberal (en el sentido norteamericano) que ve en Galbraith la luz que debería inspirar a los demócratas. Parker es un participante activo en el debate político y en esa dirección es cofundador de la revista (y sitio de internet) Mother Jones, bien conocido entre los medios de centroizquierda en los Estados Unidos.
Para clarificar de entrada la invención neoeconómica de JKG: pensador, profesor emérito de Harvard, embajador en la India, director de la oficina de control de precios en los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial, periodista, escritor de más de 30 libros que, estima su biógrafo, vendieron más de 7 millones de copias, asesor de John Fitzgerald Kennedy, son algunos aspectos de su vida. A mediados de agosto del 2000, el presidente Clinton le otorgó la Medalla de la Libertad, la distinción más alta que un civil puede recibir. Esta es la segunda vez que un presidente de los Estados Unidos le otorgaba la distinción excepto que cuando Truman lo hizo en 1946, Galbraith no fue a recibirla en desacuerdo con su política exterior. Sólo otra personalidad norteamericana recibió dos veces la medalla, Colin Powell, lo que hace intuir la importancia política de Galbraith.
Su primera posición de importancia fue su nombramiento al frente de la oficina de control de precios durante la Segunda Guerra Mundial. Galbraith mismo describió esta posición como “el puesto más poderoso de la economía civil” y se definió como “el zar de los precios” pero, según Parker, su experiencia no fue sencilla desde el comienzo. Galbraith escribía entonces que el poder de fijar precios sin el poder de controlar la oferta y si en el poder de racionar no
era suficiente. Es interesante la reacción nacional de JKG al ataque japonés de Pearl Harbor: sabiendo que el precio de las materias primas básicas iba aumentar apenas abrieran los mercados, JKG se ocupó de poner límites a los aumentos diarios del trigo, la soja, la manteca, los huevos y docenas de otros productos. El producto intelectual de su paso por la Oficina de Administración de Precios fue su libro pequeño pero lleno de ideas interesantes, Una Teoría del Control de Precios.
Su segunda experiencia fue su participación en una comisión investigadora sobre el efecto del bombardeo estratégico durante la guerra. Cuenta Parker que durante tres años “las fuerzas aéreas combinadas de los Estados Unidos y Gran Bretaña habían llevado adelante el bombardeo sistemático del territorio alemán donde sólo los aviones norteamericanos dejaron caer cerca de 1.4 millones de toneladas de explosivos sobre fábricas, refinerías, municiones, plantas, aeropuertos, ciudades, líneas férreas y caminos. La devas- tación había sido extraordinaria en muchos casos (…) Dresden había sido literalmente incinerada con pérdidas mayores, según algunas estimaciones, a esas que pronto iban hacer infligidas en Hiroshima o Nagasaki”.
La pregunta que debía responder el comité era si “las ingentes cantidades de hombres, dinero y material que se habían dedi- cado al bombardeo deterioraron la maquinaria de guerra nazi y acelerado el fin de la guerra”. El comité llegó a tener más de 700 civiles y 500 militares participando y Galbraith fue director de la división que tuvo a cargo evaluar los efectos económicos del bom- bardeo. El equipo de economistas que iba a liderar estaba entre lo más selecto de la época: Kaldor, Scitovsky, Baran y Dennison, entre los más notables. Galbraith y su equipo descubrieron que la producción alemana se había triplicado entre 1942 y 1944 y estimaron que “sólo el 5% del daño que causaron los aliados fue resultado de la acción de la fuerza a aérea de los Estados Unidos”. Además de examinar miles de páginas de documentos, Galbraith había entrevistado a importantísimos oficiales alemanes que le
explicaron cómo se habían relocalizado las plantas en iglesias y escuelas. Por supuesto que las presiones de la fuerza aérea para que estas conclusiones no formarán parte del mensaje principal del comité fueron enormes. Galbraith argumentó duramente que “el bombardeo estratégico no ganó la guerra (…) en el mejor de los casos facilitó la tarea de las tropas en tierra que si lo hicieron. El costo en términos de hombres, aviones y municiones utilizadas en la campaña le costaron a la economía de los Estados Unidos en términos de producción mucho más de lo que le costaron a Alemania.” Galbraith pudo imponer su visión sólo en forma débil según su biógrafo y reconoció luego que “los objetivos tanto de la Historia como de la política futura hubieran sido mejor servidos por una descripción más dramática del fracaso, ya que nos hubiese preparado mejor para la inefectividad, en términos de costos, de los bombardeos en Corea y Vietnam”.
Dejando a un lado su actividad pública, hacia 1955, Galbraith se interesó por los problemas de la pobreza y el desarrollo. Parker apunta que JKG “no era un experto (…) pero en estos días tem- pranos pocos economistas tenían más experiencia” y señala a un “puñado”: Arthur Lewis, Alexander Gerschenkron y Raúl Prebisch. Aquí Parker peca de ignorancia ya que, no sólo identifica a Raúl Prebisch como brasileño, sino que, además, la lista de economistas que a mediados de los años cincuenta se ocupaban del tema era mucho más larga. Esto lo llevó a la India donde estudió los planes plurianuales de crecimiento y aunque en términos intelectuales no realizó grandes avances si sentó la semilla de la futura designación como embajador en India. En contraste, JKG empezó a pensar en las sociedades donde la pobreza había disminuido sustancialmente: ¿qué pasará si el supuesto sobre el que se basa la economía moder- na, que los recursos son escasos, no fuera cierto y la economía no fuese sólo un problema de asignación de recursos? se preguntó. En suma, cuál es la economía de las sociedades opulentas.
Era el germen de su libro más famoso, llamado a tener una influencia decisiva, en su popularidad y en el pensamiento
intelectual (curiosamente, tal vez más en el político que en el eco- nómico): “las preocupaciones antiguas en la vida económica –igual- dad, seguridad y productividad– se redujeron ahora a la preocupa- ción por la productividad y la producción”. Y de aquí se sigue una paradoja: “¿por qué es que, habiendo aumentado la producción en los tiempos modernos, la preocupación por la producción también parece haber aumentado?”. Galbraith acuñó entonces la noción de la “sabiduría convencional”, aquella narrativa de un asociado de fuerte valor ritual que aglutina la representación que esa sociedad tiene de sí misma. Y en economía, uno de los grandes pilares de la sabiduría convencional era (y es aún) el supuesto de soberanía del consumidor. JKG acuñó aquí la noción del “efecto dependencia” según el cual eran los productores quienes, a través del marketing y la publicidad, influían en las decisiones de los consumidores alimentando a su vez la demanda por mayor cantidad de bienes.
Su relación con John Fitzgerald Kennedy fue cercana. JFK lo conoció cuando estudiaba en Harvard. Y luego le pidió asesora- miento en la especialidad original de Galbraith: economía agraria. De allí en más, nunca dejó de consultarlo. Esto llevó a Galbrai- th finalmente a ser embajador plenipotenciario a la India, donde estuvo muy cerca del primer ministro Nehru. Desde allí, Galbraith trató de disuadir a JFK de proseguir la militarización de Vietnam; involucró al propio Nehru en un almuerzo privado de los dos presidentes con JKG. Galbraith escribió un memo a JFK con argu- mentos contrarios a los de sus asesores militares. Incluso el propio Kennedy lo envió a Saigón y, según Parker, los memos escritos entonces por Galbraith son “una lectura soberbia aún hoy”. Tan cercana fue la relación que luego de la crisis de los misiles cuba- nos en 1962 le ofreció a Galbraith el puesto de embajador clave de la época: Rusia. Kennedy, hasta su asesinato y bajo el consejo de Galbraith, resistió el embate para aumentar la participación militar en Vietnam.
En 1999, la London School of Economics le otorgó un título honorario y la conferencia de Galbraith se ocupó de los asuntos
incompletos del viejo siglo en el advenimiento del nuevo: la des- igualdad creciente del ingreso, la persistencia de la pobreza el exce- sivo apego a las cosas materiales, las armas nucleares, la guerra, entre otros temas favoritos de Galbraith.
En general, los economistas no fueron amables con Galbraith, al menos no los economistas ortodoxos. Hoy no es lectura obli- gada en las universidades. Esto es consecuencia seguramente de la desconfianza, y sus críticas, que sentía JKG por la economía técnica donde se construyen modelos muy sofisticados en la que supuestos increíbles están presentes y cuestiones esenciales con el poder están ausentes. También por su dedicación a la divulgación. Paul Samuelson, por ejemplo, lo definió como “el mejor economista para no economistas”.
Uno de los mejores valores de este ensayo biográfico es que la vida de Galbraith se cuenta en el contexto de la historia intelectual y la historia política del siglo XX y, aunque la prosa de Parker no tiene la eficacia de la del sujeto de estudio, el análisis es fascinante. No todas son rosas: Parker no es un experto en macroeconomía del ciclo económico (el tema keynesiano) y eso se nota. Su descripción del trabajo de otros keynesianos es pobre. Por ejemplo, para Parker, Axel Leijonhufvud en su libro clásico de 1968 había argumentado que Keynes “construyó un modelo de la economía plagado con todo tipo de comportamientos irracionales en los cuales los mer- cados no se equilibran por razones muy humanas”. Nada más lejos. No es la irracionalidad de los agentes económicos el nudo keynesiano para Leijonhufvud (un economista muy leído en la Argentina) si no los problemas de coordinación entre agentes, una cuestión muy diferente. Pero esto puede obviarse con poca pérdida de calidad para el libro que, en sí, es una fuente insustituible para conocer a Galbraith en sus múltiples facetas. Otro problema es que Parker casi no expone los aspectos del pensamiento económico de Galbraith que fueron criticados. Y no son pocos. Este aspecto de la biografía muestra a su autor a la merced del encanto de su sujeto de estudio.
Pero como dijo el propio Paul Samuelson: “Ken Galbraith va a ser recordado y leído cuando la mayoría de nosotros, premios Nobel, estemos enterrados en notas a pie de página en estantes de bibliotecas llenas de polvo”. El mejor homenaje entonces es releerlo. Esta biografía no es el mejor punto de partida, pero es, sin duda, un excelente punto de llegada.