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CAVALLO, EL HACEDOR

In document Exabruptos de Javier Finkman (página 88-92)

El Hacedor: Una Biografía política de Domingo Cavallo, de Daniel Santoro.

“No juega al tenis, no le gustan las mujeres y es aburrido”, es la frase que en El Hacedor se pone en boca de Miguel Angel Vic- co y que explicaba porque Cavallo “no podía llegar a nada” con Menem. Nunca más equivocado el amigo del presidente. Nadie desconoce la enorme importancia del ministro Cavallo y el hecho de que su carótida sea, junto a la de Menem, una de las dos arte- rias más importantes por donde pasa la política argentina. Por eso, esta contundente biografía política de Domingo Cavallo está plenamente justificada. No es mucho lo que hay escrito sobre uno de los hombres fuertes del gobierno de Menem.

De la academia a la política, podría titularse cualquier libro sobre la vida del ministro de economía. Y la primera impresión que se tiene es la del tecnócrata. Educado en Harvard y criado en el laboratorio de investigación, nada hacía pensar que Cavallo tuviera condiciones para saltar de la teoría a la práctica. Al comen- zar su investigación, Daniel Santoro pensaba que Cavallo “era un excelente profesional de la economía” pero “se manejaba con medio criterio en asuntos políticos”. Al finalizar su tarea, acepta- ba que, aunque “comete grandes errores en aspectos cotidianos (podríamos decir instrumentales) de la política, tiene una visión estratégica de la marcha de la sociedad argentina en el contexto internacional de un rigor poco frecuente”. Así que, salvo por esas cuestiones “instrumentales”, Cavallo no estaría lejos del estadista, lo cual legitimaría sus ambiciones presidenciales.

Seguramente los lectores quedarán más impresionados con los relatos de las intrigas políticas que rodean a los cambios de gabi- nete, a las corridas y a las relaciones entre los dos partidos mayo- ritarios, antes que con la infancia y juventud de Cavallo. Pero la enorme capacidad intelectual y de trabajo del ministro, así como otros rasgos de su personalidad, se entienden mejor a partir de la mirada a sus años jóvenes y aquí el trabajo de reconstrucción de Santoro es muy bueno.

El Hacedor abunda en anécdotas e historias, con diálogos dra- matizados, al estilo del nuevo periodismo. Algunos entretelones que cuenta Santoro, no por conocidos, pierden interés en la efi- caz redacción del periodista; por ejemplo, la pelea de Cavallo con Handley (del Citi) por la paridad a la que los bancos recibían los títulos del Plan Bónex. O la curiosidad de que el ministro de Eco- nomía pudiera anotarse en Harvard –cuando habían vencidos los plazos– debido a una gestión de Sourrouille. Pero pueden no ser una novedad para el lector.

Otras historias, que no eran conocidas previamente al libro, no siempre están bien documentadas. Por citar un caso, Santoro afirma que cuando se discutía la sucesión de Rodolfo Díaz en el Ministerio de Trabajo, Cavallo habría impulsado a Juan Carlos de Pablo para la cartera laboral. En tanto no se mencionan las fuentes ni la racionalidad de la intención, el lector tiene derecho a la duda. Finalmente, otras anécdotas resultan altamente improbables. Por ejemplo, la historia de que Guillermo Carracedo –titular de Bun- ge & Born de la Argentina– habría advertido a Sourrouille que como consecuencia de la devaluación del austral cuando fracasó el Plan Primavera, “Bunge y Born puede perder 40 o 50 millones de dólares, pero usted no trabajará más de nada”. O la idea de que Cavallo tenía un “modelo econométrico” de la Convertibilidad.

Así, desfilan por el libro innumerables historias que tienen como protagonista directo o indirecto a Cavallo. Su reiterada afirmación de que la Argentina necesita un tipo de cambio real alto, en todos y cada uno de los artículos y libros de su carrera. El proyecto de ser “cría del proceso”, en el sentido de ser la descendencia polí- tica del gobierno militar. La génesis del Cavallazo (aunque no es muy eficaz la descripción de la economía de las medidas adopta- das); Santoro libera a Cavallo de parte de la responsabilidad en la estatización de la deuda mediante el mecanismo de seguros de cambio. La propensión por interrumpir las reuniones o emisiones radiales o televisivas donde se cuestionaban sus gestiones pasa- das o presentes. Sus enfrentamientos con Erman González y con

Archibaldo Lanús (que dificultaron, al comienzo, las gestiones de Cavallo en la cancillería). Su “indiferencia” desde el exterior frente a la política represiva del Proceso, que Santoro adjudica a la dedi- cación del ministro a su “monomaníaco proyecto individual”. La corrida cambiaria apenas asumido que atribuyó a las filtraciones de Saúl Bouer a Miguel Angel Broda (sic). La sugerencia de Julio Ramos de que Menem dejara hacer a Cavallo y enviara a negociar el ingreso al Brady a Erman González para luego reponer en su lugar al “contador riojano” asesorado por varios economistas de Ámbito Financiero. Y así siguen las anécdotas.

El problema, ya explicado, es que no todas estas historias están bien documentadas. La estructura de la lógica del relato puede ser literariamente atractiva, conferir aires de veracidad, pero no necesariamente rigurosa. Al menos, siempre que el libro se pre- tenda como una investigación periodística antes que como una novela histórica.

Además, es evidente que Santoro, que es un gran redactor polí- tico, no se siente demasiado cómodo cuando de economía se trata. Es cierto, se trata de una biografía política. Es el propio Santoro quien insiste en imputar a Cavallo con una influencia “neoclásica”, “ortodoxa” y, hasta, “monetarista”. Cualquier economista sabe que estos tres términos no son sinónimos, a menos que uno tenga una pretensión de simplificación excesiva. Además, la descripción que Santoro hace de la economía neoclásica (tomada literalmen- te de un diccionario de economía) es, por lo menos, pueril. Mal puede etiquetarse a Cavallo como monetarista cuando su tesis doctoral estudia –justamente– los efectos recesivos inflacionarios de las políticas monetaristas. Tampoco puede sostenerse que en sus escritos o, más importante, en su política económica, Cavallo sea simplemente un ortodoxo. El propio Santoro reconoce el prag-

matismo del ministro.

Nadie puede dudar que sus libros rescatan al mercado como el organizador ideal de la vida económica, pero lejos está del dog- matismo de los libérales autóctonos. Su defensa de las economías

regionales o su proteccionismo –no muy bien implementado– así lo atestiguan. En cuanto a neoclásico, el ministro, como teórico, sigue los principios metodológicos de la mainstream en economía (su último libro es una prueba). Pero buena parte de los economis- tas que Santoro etiqueta como neoclásicos son bien favorables a la intervención estatal en la economía (Samuelson o Modigliani, por caso). En general, las referencias e interpretaciones económicas de Santoro son imprecisas.

A pesar de esto, El Hacedor es un muy buen trabajo de inves- tigación periodística en una línea muy explotada en los últimos tiempos. Más allá de que las fuentes de información muchas veces no sean reveladas o sean otros libros de investigación periodística, se debe suspender el escepticismo durante la lectura y disfrutar de un trabajo bien escrito. A partir de ahí, quien quiera confirmar todas y cada una de las historias y relatos de esta biografía tiene una tarea por delante que El Hacedor no facilita.

In document Exabruptos de Javier Finkman (página 88-92)