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EL DESARROLLO SOSTENIBLE

In document Exabruptos de Javier Finkman (página 62-66)

Es de desear que la atención que en estos días los medios de comu- nicación brindan a la problemática ambiental no se acabe con la cumbre de Río. Sin embargo, y aunque así fuese, el encuentro tuvo el mérito de poner en primera plana una serie de debates muy importantes. Una polémica que tuvo lugar en las páginas de The

Economist bien vale la pena comentarse.

Muchas veces se ha cuestionado a los economistas su visión estrecha de los asuntos humanos. En algunas ocasiones la crítica ha tenido razón. En estos días se escucha hablar con frecuencia del “desarrollo sostenible”. Y aunque nadie ha dado, hasta ahora, una definición precisa de un concepto que parece aplicarse a todo lo que tenga que ver con el medio ambiente, esta visión parece constituirse en una forma de aproximarse a los problemas ecoló- gicos alternativos a los de la economía.

Según algunos estudiosos, la práctica del análisis costo-beneficio –tan cara a los economistas– es inadecuada para la toma decisio- nes en cuestiones del medio ambiente. Por lo pronto, no existe un mercado en el cual coticen los bienes “ambientales”. Un río no contaminado, aire sin polución o una hermosa vista no figuran en ninguna lista de precios ni alteran en forma sensible, el producto bruto una nación.

Aun cuando los economistas realicen enormes esfuerzos intelec- tuales por justipreciar estos “productos”, los beneficios de actuar en forma ecológicamente eficiente no son inmediatos, sino que, por el contrario, devengarían hoy, pero se percibirían recién dentro de muchas décadas, e incluso siglos, hacia adelante. Y la economía, reza el argumento, no está bien equipada para manejarse con la incertidumbre que resulta de horizontes temporales tan largos.

La economía se apoya en el concepto de “descuento”. Un peso hoy vale más que uno de mañana. ¿Cuánto más?, depende de la tasa de descuento. Si la tasa de interés es del 14% anual, el equi- valente de hoy a un peso del año que viene son 87 centavos. Una

inversión, por lo tanto, debería tener un retorno superior de forma tal de compensar al inversor el interés que deja de percibir (el costo

de oportunidad). Muchos de los proyectos “ambientalistas”, dicen los verdes, no calificarían como rentables en la visión estrecha del economista.

Por eso lo que se propone, en cambio, es el concepto de “susten- tabilidad” en lo que a decisiones ambientales compete. Es posible que plantar árboles pueda no ser rentable, pero sí contribuye a la sustentación de la calidad de vida. Se cuestiona el que el análisis eco-

nómico procede sobre el supuesto de que la generación presente tiene

completo derecho a decidir sobre los recursos naturales y, por lo tanto, el medio ambiente. No es el análisis económico sino la moral, dice el argumento, el basamento sobre el cual debe edificarse la decisión acerca de los derechos de las futuras generaciones a gozar de, por lo menos, un medio ambiente no más contaminado que la actual.

Todo tiene su precio

Lawrence Summers decidió responder a los argumentos de quie- nes descalificaban la forma de aproximarse de la economía a los problemas del medio ambiente. Según su visión “el argumento de que una obligación moral con las futuras generaciones demanda una atención especial para las inversiones ambientales es falso. Podemos ayudar a nuestros descendientes tanto mejorando nuestra infraestructura, como preservando nuestros bosques, educando a nuestros hijos como dejando el petróleo bajo la tierra, aumentando nuestro conocimiento científico como reduciendo las emisiones de carbono. Ya sea que las generaciones actuales valoren a las siguien- tes mucho o poco, existen buenas razones para emprender aquellas inversiones que tienen las tasas de retorno más altas”. Teniendo en cuenta los beneficios y costos monetarios, cada emprendimiento –ambiental o no– debe someterse a la prueba del costo de opor- tunidad del uso alternativo de los recursos.

El economista jefe del Banco Mundial cuestiona la premisa que dice que la primera prioridad son nuestros descendientes. Claro

que es relevante, acuerda, que nuestros nietos vivan mucho mejor que nosotros. Pero, se pregunta ¿acaso nuestros abuelos reduje- ron su nivel de vida, cuando sin duda las condiciones eran más desagradables y brutales que ahora, para dejarnos más recursos naturales en la tierra? Más aún, continúa Summers, sería mucho mejor preocuparnos más por los pobres del mundo hoy que por una posteridad que seguramente será mucho más rica que noso- tros. “Yo, para el caso, siento que es mayor el reclamo de los mil millones de personas que subsisten con menos de un dólar diario que la presión de las generaciones por venir”.

Además, cualquier inversión que realmente hiciese una gran diferencia en el nivel de vida de la población seguramente pasaría un análisis costo-beneficio. La razón por la cual muchos proyectos que promueven los “verdes” no prosperan es que su efecto en el nivel de vida no es muy grande.

Debate abierto

Seguro que ambas partes tienen algo de razón. Los proyectos que hacen a la preservación del medio ambiente merecen una conside- ración especial. Pero esta puede hacerse en el marco del análisis de costo-beneficio que tanto gusta a los economistas. Después de todo, si los beneficios percibidos por un emprendimiento para mejorar el ambiente son muy grandes, aunque estos no sean monetarios, pueden “contabilizarse” de forma tal de que esta inversión sea la más “rentable”. Todo depende de quien “valorice” el proyecto.

Desde ya que cualquier proyecto que ayude a evitar una catás- trofe ecológica tendría beneficios sumamente altos, infinitos, y por lo tanto calificaría para hacer emprendido, cualquiera sea la forma en la que se lo evalúe.

Dos cosas deben aceptarse: en primer lugar, el problema ambien- tal es lo suficientemente complejo como para que sea monopoli- zado por una única profesión o enfoque. De hecho, las disciplinas involucradas en la cuestión del “calentamiento global”, por ejem- plo, son muy numerosas y variadas. Se necesita de la demografía,

la economía, la biología y la tecnología para entender la cuestión de las emisiones. La química atmosférica, la oceanografía, la bio- logía y la meteorología son imprescindibles para traducir estas emisiones en cambios climáticos. Y, luego, se requiere la biología, la agronomía, las ciencias médicas, la economía y la sociología para identificar y evaluar los impactos de estos cambios en las sociedades y los ecosistemas.

Un segundo punto, y no menos importante, es que los modelos en los cuales los economistas se apoyan para evaluar la proble- mática ambiental sólo permiten cambios graduales, excluyendo las discontinuidades. Sin embargo, muchos de estos fenómenos bien podrían producir cambios drásticos que no son lo suficientemente conocidos o probables como para incorporar en los modelos de evaluación. Habría que ponderarlos en forma especial, dada la irreversibilidad de una buena parte del daño ambiental.

Con todas estas advertencias en mente, los economistas pueden quedarse tranquilos, en tanto todavía les queda trabajo para hacer. Y uno muy importante, sin duda.

LECTURAS ECONÓMICAS

In document Exabruptos de Javier Finkman (página 62-66)