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EL LARGO BRAZO DE LA ECONOMÍA

In document Exabruptos de Javier Finkman (página 138-144)

La economía de lo insólito, de Sebastián Campanario.

Si se le preguntara a la gente su opinión sobre la economía, la res- puestas no serían entusiastas. Es comprensible: la mayor parte el contacto cotidiano con los economistas pasa por la decodificación del ministro Economía de turno y la búsqueda (a veces desespera- da) de cursos de acción frente a los problemas macroeconómicos usuales como la inflación, desempleo, ahorro, etc. Muchas perso- nas se sorprenderían al saber que la ciencia económica se ocupa de un aspecto de la conducta humana que rivaliza importancia con cualquier otro. Y que un número creciente de economistas se encuentran empeñados en explicar cada vez más otros aspectos del comportamiento (incluyendo sexual) desde la mirada economista.

En La economía de lo insólito, el periodista Sebastián Campana- rio se ocupa justamente de las fronteras en movimiento constante de la ciencia económica. Casi más importante es que Campanario lo hace más desde el periodismo que desde la economía: es decir, busca divulgar, que lo entiendan. La buena divulgación de ideas complejas es un desafío enorme (un ejemplo soberbio es Carl Sagan y su divulgación de la astrofísica moderna en Cosmos) que Cam- panario sortea con éxito.

El libro empieza contando una de las grandes divisorias de aguas entre economistas: la postura frente al problema de la racio- nalidad de las empresas y las personas. La corriente principal en economía parte de un principio que hoy se denomina racionalidad limitada: la gente entiende el mundo que lo rodea y puede actuar en consecuencia tomando las decisiones correctas. La gente común tiene derecho enojarse con tamaño supuesto a la luz de la cantidad de problemas económicos (y los problemas sociales derivados) que a veces hacen pensar que todo el tiempo pasado fue mejor.

Campanario contrasta esta visión con aquellas que propone “la economía del comportamiento”, una rama que a veces parece tener más de psicología que de economía. Estos economistas piensan

que en muchas circunstancias los seres humanos pueden ser “muy neuróticos, egocéntricos y malos planificadores”. Es que las deci- siones económicas no siempre son sencillas: es fácil comprarse un paquete de galletitas, pero es difícil comprarse un auto. Cuando las decisiones involucran una parte importante de nuestro ingreso o, más aún, de nuestra riqueza, la tranquilidad en el sueño nocturno puede quedar comprometida.

Esta rama de la economía surgió a partir del descubrimiento de una serie de anomalías en el comportamiento que no podían ser racionalizadas fácilmente por la economía neoclásica. Una ano- malía es el “exceso de confianza en uno mismo” que puede dar lugar a que “la gente le de mayor importancia a aquellos datos que confirman lo que sea que pensaban previamente e ignoren aquella nueva información que contradice sus creencias anteriores”. No vaya a creerse que estas anomalías sólo dan lugar a “errores tri- viales”; también pueden terminar en desastres macroeconómicos. Por ejemplo, el exceso de confianza puede dar lugar a la persis- tencia del error financiero. Si sabremos los argentinos de burbuja financieras o de tipo de cambio sistemáticamente sobrevaluados.

Otra anomalía es la “ilusión de control” que hace que la gente pague más por un número de lotería que puede elegir frente a uno asignado al azar o, más importante, a rotar sus portafolios de inversión mucho más de lo aconsejable haciendo las delicias de sus brokers por las comisiones cobradas.

Los mercados financieros están plagados de anomalías: los lunes son malos días para la Bolsa mientras que los de enero son buenos; el clima influye en los traders que suelen estar más eufóricos en días soleados que en días lluviosos; y la gente es víctima de pérdidas financieras por seguir a la “manada” más frecuentemente que lo que a los neoclásicos le gustaría admitir (o podrían explicar).

En su recorrida por la insólito Campanario se ocupa de algunas tendencias que tienen menos que ver con la economía del com- portamiento y más con la aplicación de técnicas econométricas a cuestiones no tradicionalmente económicas como la felicidad.

Algunas regularidades son interesantes y llamativas como la relati- va “consistencia de las estadísticas” a lo largo de diferentes países. Aquí la diferencia con la economía tradicional es que el dinero no hace la felicidad y el descubrimiento de que fuertes aumentos en el ingreso de un país no resultaron en aumentos en el nivel de felicidad. Aquí me gustaría contar, ya que el trabajo de Campa- nario no es histórico, que hay pioneros, como Veblen, que hace un siglo plantearon que importa más el consumo relativo que en términos absolutos. Algunos van más lejos, cuenta Campanario, y se cruzan con los neurobiólogos y con lo físico para los cuales la felicidad puede medirse a partir del escaneo de la corteza pre- frontal izquierda del cerebro.

Ya que hablamos de la física, la invasión a la economía está más extendida en el mercado financiero. Campanario cuenta como cada vez más Wall Street contrata a un doctorado en estadística, matemática o física para monitorear e intentar predecir el compor- tamiento de los mercados: la econofísica. Entre otras, la idea del caos fue una de las favoritas de estos econofísicos: ¿cómo encontrar orden –un patrón de comportamiento que permita predecir– en un sistema aparentemente desordenado? Otros econofísicos son escép- ticos acerca de la posibilidad de predecir: hay patrones, pero eso no significa que puedan ser anticipados dice Campanario citando a Mandelbrot. Estos “patrones fractales crean pseudo ciclos que parecen predecibles para mucha gente”.

En su libro, Campanario no se ocupa sólo de lo insólito sino de la aplicación de la economía a problemas de la vida cotidia- na: “¿Cuánta lluvia hace falta para disuadir a la gente de salir a correr, o cuál es la probabilidad de que una inmobiliaria estafe a sus clientes, o cuánta discriminación hay en los programas de preguntas y respuestas de la TV, o qué puede aportar la economía para explicar comportamientos compulsivos, como la anorexia o la adicción a trabajar?”. En suma, “las cosas simples de la vida”. Aquí, lo insólito es que los economistas tengan algo inteligente que decir. Así, hay economistas que a partir de modelos de “reglas

personales” y “autoreputación” deducen que uno tendrá rachas de ejercicio físico, por ejemplo, seis meses, y que luego un par de veces en las que cancele el compromiso bastarán para gatillar una “racha de vagancia.” Nuevamente una nota al pie: un economista brillante y poco leído como Thomas Schelling estudió a fondo los problemas de autocontrol y aplicó la teoría de juegos a cuestiones no-económicas (la más famosa es su aplicación a la guerra fría) hace ya varias décadas.

Otra aplicación inusual de la economía es a las actividades delic- tivas tanto en la determinación de la eficacia de las políticas de seguridad (por ejemplo, la ubicación óptima de policías), como en el origen del crimen. Y entre los hechos ilegales se estudia también el fenómeno de la corrupción donde el hallazgo es que en América Latina hay “demasiada corrupción para sus niveles de producto

per cápita”. ¿Y el mercado del odio? También los economistas se ocupan del odio racial o religioso, un tema cada vez más en boga a la luz del aumento del terrorismo.

Campanario se ocupa también de los economistas y el sexo. ¿Por qué las mujeres fingen un orgasmo? El economista Mialon responde, a partir de un modelo de dos agentes que apropiada- mente llamó “Adán” y “Eva” que “es más probable que fingen sus orgasmos quienes están realmente enamoradas de sus parejas” y “cuanto más educada está una persona, más probable es que fija sus orgasmos”.

La economía de lo insólito es un libro que se ocupa de ramas novedosas de la economía cuya relevancia para el diseño de políti- cas es un asunto en desarrollo, pero de indudable valor analítico. En su búsqueda de lo insólito, Campanario encuentra contribuciones valiosas, pero, también, se encuentra con economistas a la búsque- da (a veces desesperada) de un tema al cual aplicar un modelo. Si alguna crítica se puede hacer del libro es que no discrimina lo suficiente entre las contribuciones más duraderas de aquellas más oportunistas. Aunque, hay que reconocerle, es difícil saber a esta altura cuáles de las ideas o aplicaciones llegaron para quedarse.

Por el contrario, el viaje por lo insólito lleva de la mano al lector por un camino de ideas nuevas u olvidadas, sugerentes y, sobre todo, que van a desafiar la manera usual en la que mira al mundo económico… y a los economistas. Todo un logro sin duda.

In document Exabruptos de Javier Finkman (página 138-144)