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Conocer, trascender diferencias

2.3. Subjetividad como un hacia afuera en el conocer

2.3.3. Conocer, trascender diferencias

Anteriormente, hemos hablado, con mucho detalle, de cómo el ser humano conoce el mundo y lo que hay en el mundo. Nos hemos dado cuenta de que no se puede hablar del conocimiento sin la presencia de dos protagonistas imprescindibles: sujeto y objeto. También, no nos cansaremos de repetir que el hecho de estar en el mundo da al hombre la oportunidad, no sólo de conocer el mundo en el cual vive, sino también de conocer a otros habitantes que hay en su mismo mundo. El mundo suyo es el mundo de otros entes. Es un mundo compartido. Si conoce el mundo y lo que hay en el mundo, si es uno de los entes que puebla ese mundo, ¿podríamos decir que puede conocerse también? Esta es la pregunta maestra que, en seguida, va a guiar nuestras investigaciones. Pero lo que nos interesa ahora no es el tipo de conocimiento que tiene de él, porque podría ir variando según individuos. Lo que nos interesa es ver cómo el hombre, sujeto del conocimiento, se conoce y se reconoce como hombre.

Desde los principios de la filosofía, como disciplina dedicada a buscar la verdad del hombre y la de las cosas, la necesidad del hombre para conocerse fue una base importante para una buena filosofía. Recordamos la reacción de Sócrates y su invitación para luchar contra los engaños de los sofistas. Su objetivo era llegar a la verdad. Pero su punto de partida era el lema que estaba a la entrada del templo de Delfos: «conócete a ti mismo». Este lema lo usó como base y método de toda su filosofía para llevar a las personas a liberarse de mentiras y a seguir la verdad. ¿No sería lo que los fenomenólogos, entre otros, Mikel Dufrenne, rehabilitaron con su reducción fenomenológica?

Nos interesa lo que une a estos dos filósofos: Sócrates y Mikel Dufrenne. Por ejemplo, nos consta que, para ellos, la verdad no es fruto de nadie. Pero su manifestación es fruto del encuentro relacional entre sujeto y objeto. El sujeto encuentra la verdad en lo más profundo de las cosas, en el interior de un mundo. No hay que quedarse en lo superficial, en lo exterior, sino que hay que ir más allá de lo exterior, de lo que me ofrecen mis sentidos corporales. Ellos son puentes que permiten darse cuenta de la manifestación de la verdad de lo que hay del mundo y en el mundo. Lo verdadero de las cosas tiene que ser descubierto por el sujeto. Tiene que manifestarse al sujeto como testigo de la realidad.

Tiene que ser expresado por el sujeto. De ahí podríamos afirmar, como Michel Henry que hay verdades expresadas de las cosas y la «verdad originaria» que las posibilita180.

De todas maneras, Mikel Dufrenne da un paso más. Para Sócrates y sus seguidores, se habría privilegiado más lo interior que lo exterior, que lo exterior era engañoso, que habría que ir más al interior para encontrar la verdad181. Desde mi punto de vista, esto sería olvidar la unidad que hay entre lo exterior y lo interior. La existencia del uno se justifica por la existencia del otro. Y además de esto, si hay que buscar la verdad en lo interior de las cosas, hay que aceptar el papel que juega lo exterior en esta búsqueda de la verdad: es la puerta de entrada para lo que hay en el interior (toda puerta forma parte también de la realidad verdadera de la casa)182. Lo exterior permite que sea posible ese proceso que lleva a la plena luz de la verdad. Con esto, encontramos maravillosamente la definición que nos da Michel Henry sobre el método fenomenológico: «en la fenomenología, el método es un modo de elucidación que pone mientes en sacar progresivamente a plena luz»183.

Dicho esto, ¿cómo llega el hombre a la plena luz de lo que el mismo es? Para saberlo, hay que seguir los pasos de la filosofía del hombre que nos propuso Mikel Dufrenne en su libro Pour l’homme. En este libro, Mikel Dufrenne hizo ver la primera de las verdades del hombre: el ser humano es el único ente en el mundo capaz de reconocer a otro hombre fuera de sí mismo. A propósito, Mikel Dufrenne destacó que «el hombre

180 Cf. Michel HENRY, (2001), Encarnación. Una filosofía de la carne, op.cit., p. 37.

181 Aquí nos referimos al método de Sócrates y a lo que era y hacía como filósofo: «Sócrates se comparaba voluntariamente con su madre, que era partera: él no enseña nada, sino que se contenta con asistir al parto de los espíritus, ayudar a sacar a la luz lo que sus interlocutores llevan ya dentro de sí mismos. Tal era el espíritu de la ‘mayéutica socrática’». V.a, (2007), Historia de los filósofos ilustrada por los textos, Segunda edición, Editorial Tecnos, Madrid, p, 28.

182 Aquí, sería nuestra manera de interpretar este principio de los fenomenólogos: «tanto aparecer, tanto ser». Cf. Michel HENRY, (2001), Encarnación. Una filosofía de la carne, op.cit., p. 45.

183 Michel HENRY, (2001), Encarnación. Una filosofía de la carne, op.cit., p. 44 [«Dans la phénoménologie, la méthode est un procédé d’élucidation qui vise à amener progresivemente en pleine lumiere». Michel HENRY, (2000), Incarnation. Une philosophie de la chair, op.cit, p. 45-46].

no ha conocido siempre la gravitación o la electricidad, pero siempre ha reconocido al hombre»184.

El hombre percibe el mundo. El mundo y lo que contiene marcan su presencia en la presencia del hombre. Lo que descubre del mundo y en el mundo, es fruto de una experiencia de vida, de una cierta vivencia, de un encuentro relacional entre el hombre y el mundo. Por eso, haciendo nuestras las ideas de Mikel Dufrenne podríamos afirmar que, antes de conocer el mundo, el mundo se conoce ya en la realidad vital del sujeto que se pone a conocerlo185. Este sujeto es un ente especial. Porque delante de él, otros entes salen a la luz186. Su presencia podría ser considerada como recepción de la luz de la verdad que revela cada objeto presente en su realidad, o como luz misma que alumbra al mundo y todo lo que hay en él. Su presencia, enchufada a la toma de luz del mundo, revela la presencia de todos los entes que se ponen en relación con él. Su lugar parece insustituible en el proceso epistemológico que define el hombre mismo.

Todo fenómeno de conocimiento nos confirma la multiplicidad de entes que componen el mundo conocido. El hombre no está solo en el mundo. Su vivir es un vivir con. Su realidad es una relación con otros entes del mundo. Su acto de conocer es una pura apertura, «un poder que nos pone en el mundo»187. Es esta apertura la que permite

relaciones entre dos elementos diferentes. Hablamos de la diferencia, porque siempre en la realidad del sujeto cognoscente, el otro se revelará como diferente, como un ente que salta a algunas normas comunes para otros entes en el mundo. Se trata del fenómeno de la diferencia que despierta al sujeto, de esa diferencia que fundamenta todo diálogo.

Esta realidad de la diferencia posibilita la realidad de los entes. El hombre ha sido capaz de identificarla o de experimentarla en su propia presencia (aunque es muy pronto hablar de la presencia del hombre, ahora despertado por la realidad de la

184 « L’homme n’a pas toujours connu la gravitation ou l’électricité, il a toujours reconnu l’homme ». Mikel DUFRENNE, (1968), Pour l’homme, op.cit., p. 145.

185 Cf. Mikel DUFRENNE, (1968), Pour l’homme, op.cit., p. 146. 186 Cf. Mikel DUFRENNE, (1968), Pour l’homme, op.cit., p. 146.

187 Cf. Gilbert LASCAULT, « L’oeil et le soleil », en Maryvonne SAISON (dir.), (1998), Mikel Dufrenne et

diferencia). Darse cuenta de su presencia, es decir, de su propia realidad, sería una etapa más en su experimentación. En todo caso, si el hombre hubiera sido incapaz de sentir la presencia del mundo en su propia «carne»188, toda su investigación se hubiera reducido en vano. Su primer talento era saber usar sus propios sentidos corporales y saber usar útilmente todas las informaciones (interiorizándolas) que le ofrecen estos sentidos suyos. Lo importante no es solamente la cabeza, sino también el corazón189. Los sentimientos fundamentan y guían todo pensamiento que el ser humano podría tener.

Desde mi punto de vista, la realidad de la diferencia parece la primera verdad que se impone al hombre cuando se relaciona con el mundo. Incluso está en juego este espíritu de la diferencia cuando «el hombre reconoce al hombre en plena y humilde percepción»190 como su semejanza. Este reconocimiento refuerza, no sólo la idea de la realidad de la diferencia, sino que también muestra la importancia que tiene el otro en el proceso de conocerse. El otro deviene como un espejo que le permite verse tal como es. El «conócete a ti mismo» del templo de Delfos y reiterado varias veces por Sócrates encontraría su aplicación. Para el hombre sujeto del conocimiento, el otro hombre sería como su oportunidad para salir afuera. Pero sería también la puerta de entrada para ir conociendo lo que su naturaleza le permite conocer de su vida personal. La mirada puesta sobre el otro, su semejante, es como si fuera un reflejo de luz sobre la realidad misma de la persona descubridora de la realidad del otro hombre presente en su presencia. Es una

188 Se usa este término «carne» en vez del de «cuerpo» para subrayar, una vez más, no sólo la diferencia que Michel Henry destaca entre los dos, sino también para insistir sobre el tema de la vida (o vivencias) y su implicación en lo que el hombre podría hacer y experimentar. Además de esto, para Mikel Dufrenne, «el hombre es ya ese ser de carne ávido y vulnerable, que es afectado por la necesidad, herido por el dolor, divertido por el placer, agitado por las pasiones» [« l’homme est déjà cet être de chair avide et vulnérable, que le besoin transit, que la douleur blesse, que le plaisir épanouit, que les passions agitent ». Mikel DUFRENNE, (1968), Pour l’homme, op.cit., p. 147.

189 Nos referimos a estas palabras de Blaise Pascal, filósofo francés: «Conocemos la verdad, no solamente por la razón, sino también por el corazón» {110 – 282}. Blaise PASCAL, (2012), Las provinciales,

opúsculos, cartas, pensamientos, obras matemáticas, vida de Monsieur Pascal, op.cit., p. 375. O bien estas:

«El corazón tiene sus razones que la razón no conoce» {423 – 277}. Blaise PASCAL, (2012), Las

provinciales, opúsculos, cartas, pensamientos, obras matemáticas, vida de Monsieur Pascal, op.cit., p. 478.

190 «L’homme reconnaît l’homme au sein de la plus humble perception». Frédéric JACQUET, (2014), Naître

manera de transcender las diferencias para poder poner la ecuación de igualdad. Soy en muchas cosas lo que el otro, mi semejante, revela a mis ojos: soy «el otro del otro»191. ¿Quién es el otro? ¿Quién es semejante al hombre (otro del otro) que le revela lo que es de verdad?

El otro hombre es un ente peculiar en sui generis. Es una obra bien hecha de derecho. Tiene tendencia de mostrar su verdad, su interior. Tiene tendencia a salir de su indiferencia para mostrarse al exterior. Tiene tendencia a salir de sus fronteras para poder comunicar con el mundo y lo que hay en el mundo192. Tiene un mundo que es común para todo lo que se acerca a él. Pero su presencia no se cansa de abrir nuevos horizontes. No se encierra en su mundo. Levanta un mundo lleno de provocaciones y preguntas que, a veces, les faltan todavía respuestas. El otro hombre es un ser que, no sólo se sirve de su cuerpo como primera palabra que ofrece al exterior de sí mismo, sino que también se sirve de él para poder expresarse delante de quien tiene capacidad de atenderle. Todo lo que hay en su mundo tiene algo que ver con el mundo de todo lo que se relaciona con él. Está siempre en el campo de relación que define y caracteriza a otros entes a su lado.

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