En la sociedad actual, el consumo de alcohol entre los adolescentes es común. Los datos de GODDARD(1996) muestran que, en Inglaterra, casi el 45% de los muchachos y aproximadamente el 35% de las muchachas ingieren sema- nalmente al menos una bebida alcohólica a los 15 años de edad. Estos hallaz- gos se reflejan en la Figura 7.2. Las publicaciones sobre la adicción a la bebida en los jóvenes describen este comportamiento como parte del proceso de socia- lización del niño en adulto (por ejemplo, SHARPy LOWE, 1989). En Inglaterra y Gales, la mayoría de los adolescentes (el 82% de los chicos y el 77% de las chi- cas) ya ha consumido su primera bebida “propiamente dicha” a los 13 años de edad. En Escocia, los escolares comienzan un poco después, pero alcanzan a sus iguales ingleses y galeses a la edad de 15 años (MARSHy cols., 1986). Sin embargo, es preciso señalar que la mayoría de los adolescentes beben alcohol tan sólo algunas veces al año y, para la mayoría de ellos, las primeras consumi- ciones se hacen en casa con los padres. Sólo cuando los adolescentes se hacen mayores, el contexto de la bebida se extiende a las fiestas o a las calles (HENDRY y cols., 1998), luego a los clubes y las discotecas y, por último, a los bares (TUR- TLEy cols., 1997). De nuevo, se pueden encontrar comparaciones internaciona- les en HEAVEN(1996) y SEIFFGE-KRENKE(1998).
Aunque las consecuencias a largo plazo para la salud de ingerir regularmen- te grandes cantidades de alcohol se comprenden bien, a corto plazo hay también efectos para la salud y sociales derivados de la bebida infrecuente pero muy abundante. Por consiguiente, parte de los datos sobre “ebriedad” pueden ser en realidad más interesantes . En el estudio realizado por MARSHy cols. (1986), alre- dedor del 30% de los chicos más pequeños y el 23% de las chicas más pequeñas que bebían en Escocia admitían haberse “emborrachado mucho” una vez o más. Es importante advertir que estas cifras no incluyen a los jóvenes que no eran bebedores. Teniendo presente la advertencia de que estas medidas son muy sub- jetivas, parece que este comportamiento alcanza el máximo para los chicos y las chicas a los 15 años de edad, pero después disminuye más rápidamente para las chicas.
Los adolescentes pueden obtener alcohol con facilidad adquiriéndolo directa- mente. BALDING (1997) indica que aproximadamente una cuarta parte de los alumnos de 15 años comunicaba haberlo comprado en un supermercado o esta- blecimiento de venta de bebidas alcohólicas para consumo externo la semana anterior, y un 10% lo había adquirido en un bar. Un estudio a mediados de la década de 1980 mostró que la mayor parte del consumo de alcohol de los jóve- nes se hacía los fines de semana y, en relación con las cantidades, las chicas bebían menos que los chicos en todos los grupos de edad (MARSHy cols., 1986). El consumo de los varones aumenta con la edad, alcanzándose algunos niveles muy altos a los 17 años, mientras que el de las chicas alcanza el máximo en el último año de escolarización obligatoria (es decir, a los 16 años de edad). Las visitas al bar parecían alcanzar el máximo en la adolescencia avanzada y des- pués disminuía a principios de la edad adulta. La mayoría de los adolescentes asocian la bebida con reacciones positivas, pero MARSHy cols. (1986) señalaron que con estos brotes específicos de ebriedad no se asociaban sólo los síntomas físicos inevitables, sino también problemas relacionados con la bebida, como el vandalismo y la atracción de la atención de la policía.
En el estudio de HENDRYy cols. (1998) de la juventud rural, los participantes hablaban mucho sobre la bebida y el papel que el alcohol desempeñaba al con- templar las preocupaciones de salud. Los jóvenes lo hacían por diversas razones, incluida la disponibilidad y la aceptabilidad de la bebida dentro del medio cultural general. Como los adultos, estos jóvenes comentaban que bebían para relajarse, para aumentar su sociabilidad y por los cambios sensoriales y cognitivos que pro-
Figura 7.2.NPorcentaje de chicos y chicas que beben alcohol al menos una vez por sema- na en Inglaterra, según la edad, en 1994.
ducía. Para algunos, el alcohol había proporcionado una experiencia de “transfor- mación” que les permitía trascender su ámbito perceptivo normal; para otros representaba un escape. Había algún indicio de que podían existir estadios en la manera de pensar de los jóvenes sobre la bebida: desde el consumo excesivo a una temprana edad, con pérdida de control, a los patrones “sensatos”, y la bebi- da según los propios “límites”. En ocasiones, los hermanos mayores o los ami- gos actuaban como consejeros, diciendo cómo debían beber o vigilando a los adolescentes menores en las fiestas. Las resacas y otros efectos molestos se aceptaban como parte del proceso de aprendizaje. Como un varón joven lo ex- presaba:
“Yo solía beber un fin de semana sí y otro no. Cuando comencé a hacerlo por pri- mera vez, bebía todos los fines de semana. Este año no he salido mucho realmente. Lo he dejado. Estoy intentando tomar sólo un par de copas, e incluso eso es dema- siado a veces. (¿Cómo descubres cuál es tu límite?) Es saber beber…
Sí, creo que sólo por experiencia. ¡Me emborraché unas cuantas veces! Pero aho- ra tomo sólo algunas copas, y no bebo demasiado, porque no me gusta emborrachar- me. (¿Cómo descubres tus límites?) Eso debes hacerlo, tienes que intentarlo. Debes hacerlo porque, si vas a beber, es esencial. Es parte del crecimiento”.
(Citado en HENDRYy cols., 1998.) Para los jóvenes, beber es un medio de introducirse en un mundo de sen- saciones más intensas. Sus razones para consumir alcohol —sociabilidad, des- canso, compañía, excitación, etc.— son las mismas que las de los adultos, y los jóvenes perciben esta conducta como su aceptación cada vez mayor en la “sociedad que bebe”. Lo que está claro es que la educación para la salud dirigi- da a los jóvenes sobre la cuestión del consumo de alcohol tiene que luchar con- tra los significados conferidos a estas actividades y los cambios fundamentales identificados tanto en los patrones de bebida como en sus razones para la embriaguez.