La investigación demuestra que el comportamiento antisocial tiene asociacio- nes con diversas variables, que incluyen el género, el origen familiar, la vivienda, las escuelas y el barrio, y los grupos de iguales antisociales. Es importante adver- tir aquí una distinción entre un análisis de los factores de riesgo y uno sobre las causas del comportamiento antisocial. En la actualidad, estamos todavía muy lejos de conocer con claridad las razones exactas que se encuentran tras ese tipo de comportamiento y, en efecto, como se indica en los párrafos anteriores, puede ser que tipos diferentes de comportamiento antisocial resulten tener causas com- pletamente distintas. Por tanto, por el momento, pisaremos un terreno más segu- ro si evitamos un análisis de las causas y examinamos más bien los factores de riesgo asociados con el comportamiento antisocial. Consideraremos cada uno de ellos sucesivamente.
Las tendencias reflejadas en la Figura 10.2 muestran dos rasgos importantes del comportamiento antisocial. No sólo la edad es un factor obvio que influye en el predominio de este comportamiento, sino que, además, los delitos los cometen
Infancia (0-14) 1. Delincuente 2. Delincuente 3. Delincuente 4. Delincuente 5. No delincuente 6. No delincuente 7. No delincuente 8. No delincuente P(c)b= 11,4 % Adolescencia (15-20) Delincuente Delincuente No delincuente No delincuente Delincuente Delincuente No delincuente No delincuente P (c) = 25,0 % Principios de la edad adulta (21-29) Delincuente No delincuente Delincuente No delincuente Delincuente No delincuente Delincuente No delincuente P (c) = 21,3 % N obtenido 138 (t)a 1117a(t) 118a(t) 118 (at) 141a(t) 181 (at) 164 (at) 442 (t)a Porcentaje de sujetos 15,4 12,4 11,1 12,5 15,8 11,4 19,0 62,3 N esperado 114 116 113 148 133 123 100 371
aLas pruebas de significación para las celdillas respectivas están ajustadas para el hecho de que se rea-
lizaron comparaciones múltiples.
bPorcentaje de sujetos a los que se registró por algún delito.
Nota: t = tipo, significativo al nivel de 5 %; at = antitipo, significativo al nivel de 5 %.
los hombres con mucha más frecuencia que las mujeres. En efecto, el género se considera como una de las variables clave asociadas con el comportamiento anti- social (LYON, 1997). La gran mayoría de los delitos son cometidos por varones, y esto plantea una pregunta central sobre su naturaleza. ¿Por qué el comporta- miento antisocial debería ser algo tan predominante en los varones y no en las mujeres? Se han propuesto muchas explicaciones diferentes para dar cuenta de este fenómeno. Así, por ejemplo, puede ser que los grupos de iguales de ambos sexos funcionen de manera diferente, comprometiéndose más los muchachos en comportamientos de asunción de riesgos, competitivos y claramente machistas, y facilitando de ese modo la actividad contraria a la autoridad y delictiva (MAC- COBY, 1990, 1998). Otro enfoque es el adoptado por EMLERy REICHER(1995), que proponen cuatro razones para el desequilibrio de género, centrándose específi- camente en su identidad. En primer lugar, estos autores creen que las mucha- chas tienen menos probabilidades de salir y estar en las calles donde se cometen delitos. En segundo lugar, el hecho mismo de que ellas lleven una vida menos pública reduce la necesidad de tener identidades delincuentes para protección en ambientes inseguros. En tercer lugar, las muchachas tendrán menos enfrenta- mientos con la autoridad y, así, menos necesidad de demostrar una capacidad para cuestionarla. Por último, pasan más tiempo en casa, lo que lleva a vínculos más estrechos con los padres y una mayor oportunidad de que estos conozcan a los amigos y controlen las actividades del grupo.
Una explicación por completo diferente la ofrecen los que creen que los varones son más agresivos que las mujeres, y que esta característica está estrechamente asociada con la criminalidad (para una revisión, véase SMITH, 1995). Además, como RUTTERy cols. (1998) señalan, la hiperactividad y los trastornos disociales son más comunes en los chicos, y ambas características están asociadas al menos con un tipo de comportamiento antisocial. Otros sugieren que los varones y las mujeres jóvenes reciben un tratamiento diferente de las autoridades de justicia de menores, lo que lleva a tasas más altas de condenas para los chicos. Es importante señalar que los estudios de autoinforme muestran una discrepancia menor entre los géne- ros de lo que es evidente a partir de las estadísticas oficiales (por ejemplo, JUNGER- TASy cols., 1994), de manera que es posible que las actitudes de los magistrados y la policía desempeñen algún papel en la explicación del grado de diferencia exis- tente entre los varones y las mujeres. GRAHAMy BOWLING(1995) exploraron también la discrepancia de género, concentrándose en el abandono del delito. En su opi- nión, el hecho de que sea probable que las mujeres jóvenes salgan antes del domi- cilio familiar, tengan hijos antes y hagan la transición a roles adultos a una edad anterior contribuye al hecho de que no sólo cometan menos delitos, sino que desis- tan de este comportamiento en un estadio anterior en su desarrollo.
Antes de dejar la cuestión del género, deberíamos advertir que se cree que la diferencia entre los varones y las mujeres se ha estrechado en el pasado recien- te. Se ha hablado mucho de bandas femeninas, y de que las jóvenes son más enérgicas en las calles y muestran más tendencia a implicarse en peleas y otras formas de desorden público. Es difícil obtener pruebas innegables de esto, pero las estadísticas oficiales en el Reino Unido indican un aumento en el número de mujeres jóvenes condenadas o amonestadas, en comparación con las cifras para los varones, que muestran poco cambio durante la última década. Estas cifras se reflejan en la Figura 10.3.
Dirigiéndonos ahora al papel de la familia, todos los estudios realizados sobre la cuestión del comportamiento antisocial han identificado los factores familiares como sumamente significativos. En un meta-análisis de un gran número de estu- dios británicos, norteamericanos y escandinavos, LOEBERy STOUTHAMER-LOEBER (1986) resumieron cuatro maneras en que la familia podría estar asociada con el comportamiento antisocial. En primer lugar, señalaron el papel de la negligencia, por la que los padres pasan demasiado poco tiempo con sus hijos y, por tanto, no saben lo que éstos hacen y con quién se asocian. Dos elementos de la negligen- cia pueden ser importantes aquí: los padres pueden ser negligentes no super- visando a sus hijos, o simplemente pueden estar poco implicados en la vida de estos. Por tomar algunos ejemplos, utilizando datos del estudio Cambridge- Somerville en Boston, MCCORD(1979) comunicó que la mala supervisión paren- tal era el mejor predictor de los delitos tanto violentos como contra la propiedad. ROBINS (1978), en sus estudios de seguimiento a largo plazo en San Luis, en- contró también que la mala supervisión estaba relacionada de modo uniforme con la actividad delictiva posterior.
El segundo punto sobre el que LOEBERy STOUTHAMER-LOEBERllaman la aten- ción es que el conflicto en el hogar parece ser un factor clave, bien a través de la agresión directa, la falta de armonía o la violencia, o bien a causa de una discipli- na severa, errática e incoherente. Numerosos estudios han proporcionado datos
Figura 10.3.NMujeres encontradas culpables o amonestadas por delitos procesables por 100.000 personas según el grupo de edad, 1985-1995.
para apoyar este argumento, incluidos la investigación de Cambridge de WESTy FARRINGTON(1977), el Estudio de las Mil Familias de Newcastle de KOLVINy cols. (1990), y muchos otros. La variable siguiente que hay que considerar es el com- portamiento o los valores desviados de los propios padres. Así, por ejemplo, el estudio de HAGELL y NEWBURN (1966) de delincuentes reincidentes mostró que uno de los predictores más importantes de que un joven cuente con un historial delictivo es que uno de sus padres haya sido condenado. La cuarta cuestión que hay que tener en cuenta es lo que LOEBERy STOUTHAMER-LOEBERllaman el “para- digma de la perturbación”. Con esto, quieren decir que la negligencia y el conflic- to pueden surgir en la familia a causa de la discordia matrimonial, o por la sepa- ración, la enfermedad parental o la ausencia de uno de los padres. De nuevo, hay profusión de datos que apoyan esto, aunque muchos autores hacen ver que no es el acontecimiento mismo —la separación o la enfermedad— lo que se asocia con el comportamiento antisocial. Por el contrario, son las consecuencias que se derivan del acontecimiento, como la negligencia, el estilo de educación inade- cuado o el conflicto crónico, las que son significativas aquí.
El meta-análisis mostró que, aunque los cuatro factores estaban asociados con el comportamiento antisocial en los jóvenes, fue el primero de ellos —la negligencia— el que tenía la relación más fuerte. Además, parecía haber un efec- to acumulativo, de manera que cuanto mayor era el número de desventajas fami- liares, mayor era la probabilidad de que se pusiera de manifiesto un comporta- miento antisocial. Antes de dejar este tema es interesante advertir que, igual que los factores familiares son sumamente significativos en la predicción del comien- zo de la conducta delictiva, también tienen un papel que desempeñar en la pre- dicción del abandono Así, una mejora de las relaciones parentales puede tener un efecto crítico sobre el comportamiento antisocial, y hay algunos datos en las publicaciones de que el matrimonio se asocia con una reducción en la conducta delictiva. En el estudio de Cambridge, WEST(1982) mostró que los varones jóve- nes que estaban casados a los 22 años tenían menos probabilidades de reincidir que otros en la muestra que no estaban casados a esa edad.
Dedicaremos aquí relativamente poco espacio al grupo de iguales, ya que se trata de un asunto que consideramos con algún detalle en el Capítulo VIII. Por el momento, es importante señalar que, para muchos autores, la asociación con un grupo de iguales antisociales es un factor significativo en la explicación del com- portamiento delictivo. Sin embargo, el cuadro no está del todo claro, puesto que no podemos estar seguros de que los jóvenes se estimulen mutuamente, o si sim- plemente es más probable que los delitos se cometan en grupo que en solitario. De hecho, puede haber un tercera explicación, a saber: que los jóvenes con acti- tudes desviadas se agrupen, de manera que los que tienen propensiones e inte- reses similares se unan, sin que ninguno ejerza una influencia antisocial sobre cualquiera de los demás. Dicho esto, parece haber poca duda de que existe una estrecha relación entre las actividades delincuentes de un joven y las de sus ami- gos. En el American National Youth Survey (Estudio Nacional de la Juventud Nor- teamericana) (ELLIOTTy cols., 1985) se mostró que la presencia de iguales delin- cuentes era el mejor predictor independiente de los autoinformes de conducta delictiva. Del mismo modo, AGNEW (1991), inspirándose en los mismos datos, concluyó que esta relación era más fuerte para los jóvenes que estaban más ape- gados a sus iguales, y que sentían más su presión. Sin embargo, como FARRING-
TON(1995) hace notar, todavía hay un problema de interpretación. Si la conducta delictiva es una actividad de grupo, los delincuentes tendrán inevitablemente ami- gos delincuentes. Esto no significa que el grupo de iguales lleve necesariamente a otros a delinquir; es más prudente concluir que tener amigos delincuentes es un indicador de delincuencia, más que una causa de ella.
Pasaremos ahora a las relaciones entre los factores sociales y ambientales y el comportamiento antisocial. Aunque solía ser un supuesto común que la clase social y la delincuencia estaban relacionadas, hoy en día es más probable que los comentaristas señalen otros factores asociados con la vida en circunstancias de desventaja. Así, por ejemplo, es probable que la pobreza, más que la clase social, afecte de manera crítica al comportamiento y las experiencias de los jóvenes. En
primer lugar, cuando las familias viven en barrios empobrecidos, la efectividad de
los padres al proporcionar apoyo y control de la conducta de sus hijos es menor (SAMPSONy LAMB, 1994). En segundo lugar, la pobreza debilita el tejido social de un barrio, haciendo más difícil que los adultos proporcionen modelos de rol, acti- vidades de ocio y caminos para que los jóvenes entren en la edad adulta (BOLGER y cols, 1995). En tercer lugar, la pobreza y el desempleo están estrechamente relacionados, y el desempleo hace más difícil que los varones jóvenes encuen- tren roles apropiados, y estimula además el comportamiento agresivo como una señal alternativa de posición social y poder en la comunidad (FERGUSSONy cols., 1997). Por último, existe una elevada incidencia de violencia en las áreas de gran pobreza, y la exposición a ella, sea en casa o en el barrio, tiene un efecto sobre el comportamiento de los jóvenes.
Aunque parecen existir pocas dudas de que la desventaja social se asocia con el comportamiento antisocial en los jóvenes, las investigaciones durante la última década, poco más o menos, han proporcionado una perspectiva sobre cómo funcionan estas asociaciones. CONGER y colaboradores (1994) realizaron un estudio longitudinal en 378 familias en el área rural de Iowa, en los EE.UU., examinando el efecto de la presión económica sobre los padres y sus hijos ado- lescentes. Los resultados muestran que la presión económica tiene un efecto, pero es indirecto, y está mediado por la depresión de los padres, el conflicto matrimonial y la hostilidad. En un estudio adicional en Oregón, CONGER y cols. (1995) examinaron el estrés familiar (indicado por un descenso en los ingresos o enfermedad o lesión grave), y mostraron de nuevo que la influencia del estrés estaba mediada por la depresión y la mala disciplina parental. Los resultados de este estudio aparecen en la Figura 10.4. Por tanto, al considerar la desventaja social, parece probable que los factores internos de la familia sean tan importan- tes como el efecto del barrio y el medio social en las comunidades empobrecidas.
Estrés agudo Depresión parental Mala disciplina parental Desviación del muchacho 0,46 (0,40) 0,40 (0,42) 0,84 (0,79)
Figura 10.4.NCoeficientes para el estrés familiar y factores relacionados.
Nota: Los coeficientes para las medidas del padre están encima de los coeficientes para las medidas
de la madre (entre paréntesis).