• No se han encontrado resultados

LA CRISIS FRANCISCANA SOBRE LA POBREZA Y LA AUTORIDAD DOCTRINAL DEL PAPA

La primera crisis de la infalibilidad: Olivi, Terrena, Ockham

A. LA CRISIS FRANCISCANA SOBRE LA POBREZA Y LA AUTORIDAD DOCTRINAL DEL PAPA

La orden franciscana atravesó una gran crisis en el tema de la pobreza durante los siglos XIII y XIV, crisis que será la causa de diversas intervenciones pontificias, con contenidos cambiantes, a propósito de las cuales se planteará el problema de la

irreformabilidad de las primeras. Vamos a intentar, pues, revivir los principales

momentos de este conflicto.

Francisco de Asís († 1228) había fundado su orden sobre la base de la mística de una pobreza «absoluta» que debía vivirse en la vida diaria. Esta pobreza, que obligaba a renunciar a toda propiedad, «tanto personal como común», era considerada como un elemento de la vía perfecta que Cristo había enseñado a sus apóstoles. Los franciscanos exigían una reinterpretación radical de numerosos pasajes del Nuevo Testamento. Algunos llegaban incluso a afirmar que, desde los tiempos de los primeros apóstoles, nadie había comprendido correctamente la Escritura antes de Francisco. Nadie más que los franciscanos vivía la perfección evangélica. Planteada en estos términos, la pobreza ya no era una cuestión de disciplina para una orden religiosa, sino que se convertía, a sus ojos, en una grave cuestión de fe, puesto que estaba en juego un consejo evangélico de primer orden. Por eso los franciscanos intentarán siempre situar este debate en el plano de la doctrina de la fe. Por otra parte, la irradiación espiritual de Francisco era tal que, desde una perspectiva heredada de Joaquín de Fiore, muchos estimaban que Francisco era el ángel del sexto sello del Apocalipsis2, encargado de traer una nueva revelación a la Iglesia para iniciar una fase más espiritual de su existencia.

La estructura de la orden franciscana era nueva con respecto a las órdenes antiguas, todas ellas administradas en función de la estabilidad del monasterio. Los franciscanos eran monjes itinerantes, encargados de predicar el evangelio de lugar en lugar. Y esto únicamente podían hacerlo sobre la base de la autoridad pontificia, que les hacía exentos respecto de la autoridad de los obispos. También oían confesiones. Los papas, que veían con gran simpatía el impulso espiritual y pastoral que les animaba, les confirieron privilegios considerables al respecto. Estos privilegios desagradaron a los sacerdotes diocesanos y a los curas de parroquia, porque les parecía que ponía en tela de juicio la estructura tradicional misma de la Iglesia, que descansa en la jerarquía del papa, de los obispos y de los sacerdotes, de acuerdo con unos territorios jurídicamente establecidos y que todos respetaban hasta entonces. Además, con el giro de la orden propiciado por Buenaventura, algunos franciscanos eran auténticos teólogos que, al igual que los dominicos, competían con los teólogos seculares, adoptando opciones eclesiológicas muy diferentes. Unos y otros constituyeron un factor de la centralización pontificia y del paso de la Iglesia a una forma de Estado, cada vez más dependiente de su jefe. La doctrina de la pobreza y la exención de la autoridad episcopal eran los dos puntos en litigio más graves.

Una serie de bulas papales concernientes a los franciscanos y su pobreza atraviesa todo el siglo XIII. Dichas bulas se muestran más o menos generosas en lo referente a los privilegios otorgados y a las tesis mantenidas en relación con la pobreza, según la personalidad de los papas (algunos de los cuales fueron franciscanos) y su benevolencia personal para con la orden:

–– Tras la primera aprobación de la Regla franciscana por Honorio III, la bula de Gregorio IX (1227-1241), Quo elongati, de 1230, constituye un documento capital para la vida futura de la orden, porque puso fin a graves vacilaciones. ¿Debía seguir siendo fiel la orden al modelo de vida evangélica exigido por el Testamento de Francisco, extremadamente riguroso con respecto al «hombre carnal», o bien debía integrarse más en las instituciones de la Iglesia para poder llevar a cabo una acción apostólica? El papa, que prefiere alinear a la orden franciscana con la orden dominicana, estima que el Testamento de Francisco no tiene valor vinculante para sus sucesores, en virtud del principio de que «el igual no tiene poder sobre su igual», y los franciscanos no están obligados a obedecer más que a la regla aprobada. En particular, la subsistencia cotidiana se podría garantizar mendigando, y no únicamente gracias al trabajo de los hermanos. Gregorio IX dice claramente que no pueden tener ninguna propiedad, «ni en particular ni en común». Sin embargo, introduce la distinción entre

propiedad y uso. Los hermanos se pueden servir de libros, de utensilios y de los

bienes que les están permitidos, y pueden tener amigos espirituales que posean en su lugar.

–– En otra bula, la Nimis iniqua (posterior a 1230), el mismo Gregorio IX, así como su sucesor Inocencio IV (1243-1254), conceden a los hermanos franciscanos el privilegio de la exención episcopal y les permite construir iglesias, predicar, oír confesiones sin el consentimiento de los obispos y sacerdotes locales.

–– En 1245, Inocencio IV modifica el estatuto de pobreza mediante la bula Ordinem

vestrum, por la que decreta que todos los bienes de los hermanos son propiedad de la

Iglesia romana, que se convierte en su «amigo espiritual». Esta decisión representa una grave derogación del ideal de Francisco. «A partir de este momento, la pobreza franciscana se convierte, según Br. Tierney, en una ficción legal»3. En las controversias de 1250, los oponentes franciscanos, es decir, los «espirituales», atacan la doctrina oficial de la pobreza por dos razones. Los textos de la Escritura muestran que Cristo y los apóstoles vivieron la pobreza en acto. Además, la distinción entre propiedad y uso no se puede aplicar a los artículos de consumo. ¿Acaso no posee un hermano la manzana que se come? Ahí es donde interviene Buenaventura, a quien se consideró como el segundo fundador de la orden, organizando esta sobre unas bases jurídicas más vigorosas e insistiendo más en la formación teológica. Abandonó la mendicidad y el trabajo manual como modo normal de subsistencia, multiplicó las «decisiones legales» y aportó la teoría de la «condescendencia». Cuando Cristo asume la propiedad de ciertos bienes, condesciende con la debilidad humana. Al final de su vida, Inocencio IV redujo fuertemente los privilegios de los franciscanos. Sin embargo, su sucesor, Alejandro IV (1254-1261), los renovó mediante la bula Nec insolitum

(1254).

El desarrollo de las órdenes mendicantes y de sus privilegios ocasiona cada vez más conflictos con el clero secular. La obra del franciscano Gerardo de Borgo San Donnino, en su Introducción al Evangelio eterno, de 1254, seguía manteniendo que Francisco de Asís era el ángel del sexto sello del Apocalipsis, que proclamaba un nuevo Evangelio y conducía a la Iglesia a la tercera edad de su vida, la edad espiritual; afirmaba asimismo que los mendicantes serían llamados a reemplazar al clero secular, que se había vuelto indigno de la Iglesia espiritual del futuro. Estas extremistas consideraciones fueron condenadas. Sin embargo, tal identificación sedujo a muchos doctores franciscanos y fue ampliamente aceptada en la orden.

Un maestro de la universidad de París, Guillermo de Saint-Amour, le responde en 1255 atacando de manera virulenta a las nuevas órdenes con toda una serie de reproches, tanto contra su doctrina como contra su modo de vida. Guillermo de Saint-Amour era un conservador considerado como bastante «corto de luces». Para él, toda novedad constituía pecado. Atacaba sobre todo a la nueva tradición de la pobreza perfecta según Francisco, la renuncia a toda posesión «en particular o en común». Estas pretendidas tradiciones son, según él, meras supersticiones: no vienen ni de Cristo, ni de los apóstoles, ni de los concilios, ni de los santos antiguos, ni de los escritos de doctores canonizados. Tomás de Aquino y Buenaventura le replicaron, y los franciscanos mostraron el fundamento bíblico y patrístico de la pobreza, aunque reconociendo la novedad de la vocación de Francisco para la Iglesia. Esa era su gloria.

Algunos hermanos estimaron entonces que tenían necesidad de la teoría de la inerrancia papal para completar su doctrina. Buenaventura ya había hecho una primera sugerencia en este sentido. Desde una perspectiva joaquinita, distinguía tres tiempos de la Iglesia: el primero, el de los apóstoles, hombres poderosos en milagros contra la idolatría; el segundo, el de los Padres, perspicaces en la lectura de las Escrituras contra las herejías; y el tercero, el de los tiempos actuales, el de los mendicantes y los pobres, adversarios de la avaricia. Buenaventura tiene ya el concepto de Edad Media como

medio tempore.

–– Nicolás III (1277-1280), que no ocultaba su entusiasmo con respecto a la orden franciscana, adopta la terminología de Buenaventura en la bula Exiit qui seminat (1279) y confirma las interpretaciones del doctor seráfico. La Iglesia se hará cargo del

dominium de los bienes franciscanos y dejará a los hermanos el simple uso de hecho

(simplex usus facti), es decir, la disposición material de las cosas4. Con todo, sigue el conflicto entre aquellos franciscanos que desean atenerse a la Regla de 1223, la única aprobada por la Santa Sede, y aquellos otros que quieren interpretar la regla a la luz del

Testamento. Esta bula es la que los espirituales franciscanos proclamarán irreformable

cuando Juan XXII pretenda modificar seriamente sus términos.

–– En 1281, el papa Martín IV (1281-1285) promulga la bula Ad fructus uberes, en la que confirma la serie de privilegios y exime a los hermanos de todo control por parte del episcopado local. Está claro que estas decisiones, totalmente nuevas con respecto

al sistema diocesano, contrariaron vivamente a los diocesanos y a sus teólogos. De ahí las primeras controversias y las reacciones de Pierre de Jean Olivi.

Una primera crisis estalló en 1290, cuando el papa franciscano Nicolás IV (1288- 1292) envió a dos cardenales legados a presidir un concilio de los obispos franceses. Uno de los legados era el cardenal Benedetto Caetani, el futuro Bonifacio VIII (1294-1303). Los legados mantuvieron los privilegios de los hermanos. Caetani prefirió disolver la universidad de París antes que revocarlos. Una vez papa, promulgará un compromiso como solución práctica al problema de los privilegios. El debate en la Sorbona versaba sobre la estructura de la Iglesia: según los teólogos seculares, el papa sucede a Pedro, los obispos a los apóstoles, y los sacerdotes a los discípulos. En consecuencia, el papa cambiaba la estructura de la Iglesia cuando transfería a los hermanos la tarea de los obispos y de los sacerdotes. La respuesta de los franciscanos consistía en decir que una acción del papa no podía ser perjudicial para las otras acciones del mismo papa.

La crisis no solo no había acabado, sino que se endurecerá aún más en el siglo XIV, en que seguirán promulgándose bulas papales5. Pero ya es el momento de introducir aquí a una personalidad que va a desempeñar un papel decisivo en la aparición de la infalibilidad pontificia, siempre en el seno del debate sobre la pobreza franciscana: Pierre de Jean Olivi.

B. LA PRIMERA TESIS EN FAVOR DE LA INERRANCIA6 PONTIFICIA: PIERRE

Outline

Documento similar