La devolución de la verdad: de Jesús a los discípulos
2. De Jesús a los discípulos: la devolución de la autoridad por la palabra
En el curso de su misión, Jesús, a su vez, envía a sus discípulos a anunciar la palabra y a enseñar con autoridad (Mt 10,1; cf. Mc 6,7). «Quien a vosotros os escucha a
mí me escucha» (Lc 10,16), antes de delegarles solemnemente como a apoderados, una vez resucitado, la intendencia de la exousía, de la autoridad que le ha sido dada en el cielo y en la tierra (Mt 28,19). Deben hacer discípulos, bautizar y enseñar con la asistencia de Jesús, que estará con ellos hasta el final de los tiempos (cf. Lc 24,47-48; Hch 1,8). El don del Espíritu vendrá a garantizar su competencia. Su autoridad es fundamentalmente colegial, del mismo modo que serán colegialmente los testigos de su resurrección.
En este envío hay dos mensajes dirigidos más especialmente a Pedro –un Pedro al frente de la Iglesia– que merecen una atención particular:
–– Mateo 16,18-19:
«Pues yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta Piedra construiré mi Iglesia, y las puertas del Hades no la vencerán. A ti te daré las llaves del reino de Dios: lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo; lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo».
El último versículo será recogido en Mt 18,18 en unas palabras de Jesús dirigidas al conjunto de los discípulos. Estos versículos han dado lugar a una inmensa y controvertida literatura, centrada en la idea de primado, que no afecta directamente a nuestro tema. La afirmación que nos importa aquí es la promesa de que las puertas del infierno no vencerán (katiskhusousin) a la Iglesia. La vida de la Iglesia se anuncia como un combate con las fuerzas de la muerte. En este combate, la Iglesia, sostenida por Cristo, tendrá la última palabra, conseguirá la victoria. La Iglesia, estrictamente hablando, permanecerá «indefectible»3, en el sentido global y general del término. Tiene la garantía de que no va a prevaricar en el cumplimiento de su misión salvífica. Esta misión incluye, evidentemente, la tarea de enseñar en verdad la fe en el misterio recibido de Cristo. Dicho con otras palabras, tiene las promesas de la vida eterna. Esta promesa genérica no entra en ningún detalle sobre la extensión o las modalidades de este carisma. Esta promesa de indefectibilidad concierne a toda la Iglesia, pero la Iglesia edificada y fundada sobre Pedro y sobre la fe de Pedro, la Iglesia cuya roca es Pedro. Este carisma de la indefectibilidad es un don hecho por la omnipotencia de Cristo con el fin de proteger a su Iglesia de las vicisitudes de la historia y del pecado de los hombres. Es un tesoro que la Iglesia lleva en vasos de barro. No es una cualidad intrínseca. El mismo sentido de la fórmula indica que esta promesa tiene valor escatológico, rebasa la situación presente de Jesús y de sus discípulos4.
La tradición eclesial interpretará durante mucho tiempo estos textos considerando que su destinatario es, ante todo, la Iglesia, y solo a continuación la persona de Pedro en su vínculo específico con dicha Iglesia5. Progresivamente, los comentarios proyectarán de manera más inmediata la promesa de Jesús sobre la persona de Pedro.
–– Lucas 22,32:
«Jesús, dirigiéndose a Pedro, le dijo: “Pero yo he rezado por ti para que no falle tu fe. Y tú, una vez vuelto, fortalece a tus hermanos”».
Este versículo, con sus múltiples interpretaciones, nos acompañará hasta las intervenciones pontificias más recientes. Antes de interpretar el sentido del conjunto de la
fórmula, es importante que comprobemos la traducción elegida del término griego eklipè, de ekleipein («dejar, abandonar, dejar de, desaparecer [eclipsarse», hablando del sol]), que la Vulgata traduce por deficiat. Deficere nos remite al término fallar o desfallecer, según las traducciones más corrientes en las Biblias francesas6.
Esta traducción conserva la globalidad de sentido del original. La fe de Pedro ha «fallado» en el momento de su negación. Jesús ha rezado, por tanto, para que la fe de Pedro ya no pueda fallar o desfallecer. Pedro recibe también la función de fortalecer o
confirmar a sus hermanos en la fe... cuando haya «vuelto» (epistrepsas), muy
probablemente cuando haya vuelto a la fe, es decir, «una vez convertido», puesto que el término griego indica normalmente una conversión. El contexto es el del anuncio de la pasión, que será el tiempo de la suprema tentación para la fe de los discípulos, tentación a la que sucumbirá Pedro al renegar de su maestro por tres veces. Esta promesa hecha aquí a Pedro de manera personal se inscribe en un clima de gran humildad. Es el fruto de una oración especial, una oración que Jesús ha dirigido al Padre como un abogado del pecador. Jesús ha obtenido que la fe de Pedro prevalezca, o salga vencedora, sobre la tentación. La negación no corresponde a una pérdida definitiva de la fe. Forma parte de la prueba de aquel que va a ser sacudido como en una criba. Dará lugar a un «arrepentimiento» inmediato, gracias a la mirada de Jesús, que se «vuelve» hacia Pedro7. Porque arrepentirse es también un don. Ya de entrada, se ve la gran distancia que media entre el sentido evangélico de la promesa, que subraya la fragilidad de Pedro, y el sentido de un calificativo que se atribuirá más tarde a una persona. Pero Pedro, vuelto y convertido, recibe el encargo de «fortalecer» la fe de sus hermanos. Tanto Lucas como Mateo (16,18-19) admiten su «leadership». Pedro es el garante de la solidez de la fe de la Iglesia.