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Las vicisitudes del papado: finales del siglo IX y siglo

El primer milenio: el don de la inerrancia

D. EL FINAL DEL PRIMER MILENIO Y OCCIDENTE

2. Las vicisitudes del papado: finales del siglo IX y siglo

El siglo IX conoció algunos papas de reconocida valía, como Nicolás I (858-867) y Adriano II (867-872). Ahora bien, no es posible concluir el estudio del primer milenio sin recordar el miserable estado en que se encontraba el papado a finales del siglo IX y a lo largo del X, tras la caída del Imperio romano y en la génesis todavía bárbara de las naciones europeas. Cito un estremecedor pasaje de Dom Paul De Vooght:

«Desde la muerte de Juan VIII en el año 882 hasta la llegada de Sergio III en el 904, fueron once los papas que ocuparon la sede de san Pedro. Lo cual significa una media de un año y medio, aproximadamente, por pontificado. Los más breves fueron los de Formoso (tan solo algunas semanas) y Teodosio II (veinte días). Dos de estos papas murieron de muerte violenta: Juan VIII fue asesinado en 882, y Esteban VI fue hecho prisionero, depuesto, torturado y estrangulado en 897. Cuatro accedieron al cargo supremo por medio de un movimiento revolucionario violento. Esteban VI fue derribado por Teodosio II. Juan IX únicamente pudo ejercer su pontificado tras haber conseguido expulsar de Roma a Sergio, apoyado por otra facción. Benedicto IV fue derribado por Cristóbal, y este por Sergio III, el mismo que ya se había opuesto a Juan IX. Lo más extraordinario durante este período fue la suerte de Formoso, al mismo tiempo apuesta y elemento revelador de las facciones y de sus querellas, durante su vida y tras su muerte. Obispo de Porto desde el 864, fue condenado por dos sínodos sucesivos en Roma en 876, y por un tercer sínodo, presidido por Juan VIII en Troyes, en 878. Formoso, acusado de haber pretendido apoderarse de la sede apostólica, fue excomulgado, degradado, reducido al estado laical y condenado al exilio perpetuo. Cuando el papa Marino sucedió a Juan VIII en 882, se apresuró a rehabilitar a Formoso y a devolverle su diócesis de Porto. A Marino le sucedieron Adriano III y, en 891, el propio Formoso, el cual murió algunas semanas más tarde. Su segundo sucesor, Esteban VI, reemprendió el proceso de Formoso, ahora difunto. Hizo que lo exhumaran, y su cadáver, revestido con las insignias de su cargo, fue instalado en un trono ante un tribunal por el que fue condenado. Todos sus actos fueron anulados. Fue declarado privado de la dignidad papal. Le arrancaron los ornamentos pontificios para revestirlo con una vestidura laica. El verdugo le cortó

varios dedos de la mano derecha, y a continuación su cuerpo, mutilado y deshonrado, fue arrastrado fuera de San Pedro y arrojado al Tíber. Pero Esteban VI, el papa que presidió el lúgubre proceso, fue víctima, a su vez, de una revolución, y tras unos cuantos meses de pontificado de un papa llamado Romano, el sucesor de este, Teodosio II, rehabilitó a Formoso. Juan IX, que sucedió a Teodosio, hizo confirmar la rehabilitación por un concilio el año 900. Condenó, por el contrario, a Bonifacio VI, del que fue cuarto sucesor, como papa ilegítimo. Sin embargo, el segundo sucesor de Juan IX, Sergio III, el mismo que había sido expulsado de Roma por Juan IX, pero que se consideraba como papa legítimo desde su primera elección (897), reemprende una vez más el proceso de Formoso [...] condenado por tercera vez. Sergio III llegó incluso a exigir a los clérigos ordenados por Formoso que se hicieran reordenar»56.

El lector tendrá que perdonarnos la extensión de esta edificante cita, sobre la que es inútil emitir juicios de valor. La Iglesia, sociedad histórica, que había compartido las vicisitudes de la historia durante los «siglos de hierro», estaba profundamente sumida en las luchas políticas y religiosas de su tiempo. El pontificado se había convertido en objeto de una verdadera batalla campal. Estos papas eran unos curiosos personajes: varios de ellos se habían hecho elegir por simonía, es decir, pagando a sus electores, algo que era considerado como un acto de herejía. Vemos también toda la distancia que podía haber entre el principio proclamado –prima sedes a nemine judicatur– y la facilidad con que, un emperador, un competidor o el pueblo encolerizado podían destituir y degradar a un papa. Y hay cosas más graves a los ojos del historiador: la legitimidad de la sucesión pontificia está en tela de juicio –como lo estará durante el Gran Cisma de Occidente en el curso de los siglos XIV-XV–. La lista de los papas establecida en el Denzinger lo reconoce57. «Entre estos papas, concluye P. De Vooght, no hay ni uno solo que dudara de su legitimidad y que no condenara y excomulgara a su predecesor o a su rival como ilegítimo, cismático o impostor»58. Se planteará aún, en debates jurídicos indefinidos, la cuestión de saber si existe en la Iglesia una instancia capaz de deponer a un papa culpable de herejía. Esta cuestión había sido resuelta con excesiva facilidad, en la práctica, como simples conflictos de poder. La ambición de estos papas sucesivos con respecto al honor y el poder ligados a la función pontificia parece haber desempeñado un papel más importante que su sentido de la responsabilidad ante la Iglesia.

* * *

El balance que podemos extraer del primer milenio sobre la inerrancia de la Iglesia se presenta, a la vez, firme y matizado. Si bien el empleo del vocabulario infallibilis,

infallibilitas es despreciable, puesto que, en el campo propiamente teológico, está

reservado a Dios y a los datos de la cosmología, la convicción de la inerrancia de la Iglesia, por el contrario, está muy presente: esta, simbolizada por su centro, la Iglesia de Roma, «no se ha equivocado nunca», es decir, que nunca ha prevaricado o «desfallecido» en su misión de transmitir la fe. Esta convicción se presenta siempre como un carisma, un don que procede de la asistencia de Cristo y del Espíritu. Este don se afirma siempre a la luz del pasado: la Iglesia, en particular la Iglesia de Roma, no se ha equivocado nunca. Es este pasado el que fundamenta la certeza del presente y del futuro: el carisma de la rectitud en la fe no podría faltar. Ahora bien, esta certeza nunca ha sido reivindicada como un derecho. Esa es la razón por la que el titular concreto de este carisma de la inerrancia en la fe queda siempre en una zona borrosa. Dicho de otro

modo, el primer milenio permaneció ajeno a toda idea de infalibilidad ligada jurídicamente a la persona del papa o a la instancia conciliar.

Este primer milenio contempló el despliegue progresivo de los diferentes órganos que pertenecen a la estructura de la Iglesia. Está, en primer lugar, el papel y la autoridad de la Iglesia de Roma, cuyo origen se funda sobre los apóstoles Pedro y Pablo (la

potentior principalitas). El obispo de Roma desempeña cada vez más un papel de

referencia en la fe, papel reforzado e ilustrado por grandes figuras como León Magno o Gregorio Magno. Esta misma época contempla el nacimiento y desarrollo de los sínodos, después de los concilios ecuménicos encargados de expresar la fe en las situaciones de crisis, y en una medida más limitada la Pentarquía. Estos órganos están al servicio de la inerrancia de toda la Iglesia y son inseparables de ella, lugar primero de la vitalidad de la «fe sana».

La Iglesia, con ocasión del concilio de Nicea, fue tomando conciencia, poco a poco, de que podía tomar decisiones irreformables en su perspectiva esencial. Ese es el adjetivo que parece más apropiado. Irreformable no se refiere, evidentemente, a la letra de las expresiones empleadas, sino al sentido que se ha garantizado a través de esas palabras. Esta convicción ha motivado el desarrollo de la teología del concilio: Nicea no pudo errar, puesto que este concilio representaba a la Iglesia universal. Era el «magno y santo concilio», el acontecimiento de un nuevo Pentecostés, una «piedra miliar» en el camino histórico de la fe. Nicea fue recibido, por tanto, como irreformable, sin ser considerado por ello como infalible. La apuesta decisiva era la de la divinidad del Hijo a través de un lenguaje que seguía en proceso de elaboración.

Con todo, queda en suspenso un punto de gran importancia: entre la del papa y la del concilio, ¿cuál es la autoridad primera, aquella ante la que debe inclinarse la otra? A pesar de las pretensiones romanas en la materia, Oriente ve la cuestión de un modo completamente distinto, y esta disensión se mostrará decisiva en los acontecimientos que conducirán a la ruptura histórica entre Oriente y Occidente. La ruptura de 1054 suprimirá el problema de manera provisional. Pero volverá a surgir en Occidente con la crisis conciliarista. La cuestión de la infalibilidad en la Iglesia se planteará, a la vez, a propósito del concilio y del papa.

Sin embargo, no podemos olvidar las graves vicisitudes por las que pasó la Iglesia, siempre solidaria con los avatares de la historia y de las culturas. Si bien hubo en ella grandes papas, hubo también personajes no solo mediocres, sino incluso codiciosos, crueles y ambiciosos, que convirtieron a la Iglesia de Roma en la apuesta de combates políticos, violentos, miserables y sectarios. No obstante, la Iglesia ha mantenido y desarrollado su implantación, ha asumido numerosas funciones, sustituyendo a ciertos poderes humanos vacilantes. Ha anunciado siempre el Evangelio. La institución en cuanto tal no se ha hundido, aun cuando la legitimidad de las sucesiones haya podido estar sometida a caución. A pesar de todo, estos papas tan poco gloriosos se tomaban a pecho el cumplimiento de las funciones propias de su cargo. No podemos buscar aquí

una respuesta puramente jurídica a muchas de las disfunciones. La famosa expresión

Ecclesia supplet, que será elaborada más tarde en la teología de los sacramentos, ha sido

verificada en el plano más general. La fidelidad del don de Cristo y del Espíritu a la Iglesia ha sido más fuerte que todas las contradicciones. La Iglesia ha ido viviendo de estas certezas y de esta experiencia durante un milenio, y eso le ha bastado.

1. Las raras referencias al empleo del término infallibilis en la Patrologia latina de Migne para el primer milenio (Library of Latin Texts – Series A, Brepols Publishers, Turnhout 2009) son las siguientes: BEDAEL VENERABLE (673-735) en obras «dubia et spuria»: «Natura dirigitur ab agente infallibili» (Comentario XII a la Metafísica de Aristóteles). El autor comenta: se trata de la natura naturans, es decir, de Dios (PL 90, col. 1017). –– JOSEPH ISAEUS BLANCANUS CAESENAT IS (probablemente un erudito del siglo XVI o del XVII), en sus notas sobre las Instituciones divinas de Lactancio, habla de «praedictione infallibili» a propósito de los eclipses (PL 6, 427), o aun del «infallibli arcano» por el que Dios reprueba a algunos (PL 6, 996).

2. CLEMENT E DE ROMA, Lettre aux Corinthiens, 42,1-4; SC 167, 168-171; (trad. esp.: Carta a los Corintios, Ciudad Nueva, Madrid 1994).

3. Ireneo, CH, IV, 26,4 y 26,5; trad. A. Rousseau, Cerf, Paris 1984, 492; (trad. esp.: Contra los herejes, edición preparada por el padre Carlos Ignacio González, SJ, en: http://mercaba.files.wordpress.com/2007/10/contra-

los-herejes.pdf). 4. IRENEO, CH, IV, 26,2; 492 5. Ibid., IV, 26,4; 494. 6. Ibid., IV, 26,5; 495. 7. Ibid., IV, 33,8; 519. 8. Ibid., III, 3,2; 279. 9. Ibid., III, 3,3; 281.

10. La tradición ortodoxa, que ignora la problemática de la infalibilidad, se ha quedado siempre en la cuestión fundamental de la verdad.

11. B. REYNDERS, «Premières réactions de l’Église devant les falsifications du dépôt apostolique: Saint Irénée», en

L’infaillibilité de l’Église. Journées œcuméniques de Chevetogne, 1961, Chevetogne 1963, 51; (trad. esp.: La infalibilidad de la Iglesia, Estela, Barcelona 1964).

12. Klaus SCHAT Z, La primauté du pape. Son histoire des origines à nos jours, Cerf, Paris 1992, 1; (trad. esp.: El

primado del Papa: su historia desde los orígenes hasta nuestros días, Sal Terrae, Maliaño 1996, 18).

13. Ibid., 19-27.

14. Ibid., 26.

15. EUSEBIO, Historia eclesiástica, V, 24,13, que cuenta todo el asunto con detalle.

16. Cf. H. MAROT, «Conciles anténicéens et conciles oecuméniques», en Le concile et les conciles. Contribution

à l’histoire de la vie conciliaire de l’Église, Cerf, Paris 1960, 19-43.

17. H. J. SIEBEN, Die Konzilsidee der Alten Kirche, F. Schöningh, München 1979. Véase también W. DE VRIES,

Orient et Occident, Les structures ecclésiales vues dans l’histoire des sept premiers conciles oecuméniques,

Cerf, Paris 1974.

18. W. DE VRIES, ibid., 17-18.

19. Ibid., 18.

20. I. ORT IZ DE URBINA, Nicée et Constantinople I, Orante, Paris 1963, 88; (trad. esp.: Nicea y Constantinopla, Eset, Vitoria 1969). Sin embargo, a mi modo de ver, el autor comete el error de hacer intervenir aquí la noción moderna de infalibilidad: «Resumiendo, el Símbolo de Nicea, primera definición dogmática de la Iglesia, constituye un monumento pleno de autoridad a su magisterio infalible» (91). Este empleo retroactivo de los dos términos magisterio e infalibilidad carga el texto conciliar con diversos armónicos que no están presentes en él.

22. H. J. SIEBEN, op. cit., 385; citado por DE VRIES, op. cit., 27.

23. ATANASIO, Carta a los Africanos, PG 26, 1032 A, 1048 A, 1032 C.

24. Cf. los cánones de recurso de Sárdica (343), Ch. TURNER, Ecclesiae occidentalis monumenta juris

antiquissima. Canonum et conciliorum graecorum interpraetationes latinae, t. I, fasc. II, pars III, 455, 8-462,

27.

25. «¿Cómo es posible, pregunta K. Schatz, que, en la práctica, Roma tenga siempre razón desde el principio, aun cuando no cuente con los mejores teólogos ni con la mejor teología?» (K. SCHAT Z, op. cit., 36; trad. esp.: 41). Tal vez se trate de una cuestión de sentido común práctico. El autor cita la reflexión más tardía de Anselmo de Havelberg: el que «Roma, a diferencia de las Iglesias de Oriente, se haya visto libre de herejías, es atribuido por el autor griego Nicetas a la falta de actividad intelectual y a una insuficiente conciencia de los problemas (nimia

negligentia investigandae fidei), mientras que las numerosas herejías de Oriente constituyen el reverso de una

actitud investigadora y de búsqueda intelectual» (K. SCHAT Z, op. cit., 37; trad. esp. 41).

26. Ibid., 59; (trad. esp.: 60).

27. Ibid., 76; (trad. esp.: 76).

28. Ibid., 77; (trad. esp.: 77).

29. L. LUDWIG ha llegado a escribir incluso que «el dogma del primado romano alcanzó su punto culminante, no en 1870, sino ya en el año 450»: Die Primatworte Mt 16,18-19 in der altkirchliche Exegese, Münster 1952, 94, 138.

30. JERÓNIMO, Lettre 15 à Damase, Lettres, t. 1, 47,1, ed. J. Labourt, Les Belles Lettres, Paris 1949; (trad. esp.:

Cartas de San Jerónimo, BAC, Madrid 1962).

31. JERÓNIMO, In Mt 16, 22-23; PL 26,120 B. cf. Y. BODIN, Saint Jérôme et l’Église, Beauchesne, Paris 1966, 142-143.

32. TEODORETODE CIRO, Lettre 116, Correspondance III, SC 111, 70-71.

33. PL 38, 734. Cf. la puesta al día de K. SCHAT Z sobre esta fórmula, op. cit., 62.

34. DzH 363-365.

35. K. SCHAT Z, op. cit. , 181; (trad. esp.: 181-182).

36. La pretensión de Constantinopla de ser la segunda sede después de Roma, y por delante de Alejandría y Antioquía, fue objeto de una larga controversia desde que León rechazó el canon 28 de Calcedonia.

37. K. SCHAT Z, op. cit., 82; (trad. esp.: 82), citando el testimonio de Teodoro Estudita.

38. Ibid., 83-84. Dejo al autor el empleo del término infalibilidad, en lugares donde sería preferible emplear el término inerrancia.

39. Ibid., 98; (trad. esp.: 97).

40. Ibid., 116-117.

41. DzH 347.

42. Carta XIII, PL 59, 63 y 66.

43. Sobre todo este asunto, cf. HEFELE-LECLERCQ, Histoire des conciles, t. III, 1. Letouzey et Ané, Paris 1909, 1- 140.

44. F. X. MURPHY – P. SHERWOOD, Constantinople II et Constantinople III, Orante, Paris 1974, 91.

45. Y que hace firmar por 16 obispos occidentales.

46. HEFELE-LECLERCQ, op. cit., III/1, 101.

47. W. DE VRIES, Orient et Occident, op. cit., 161.

48. Ibid., 105.

49. Cf. la obra citada precedentemente, donde W. de Vries debate en particular con E. Amann, J. Ortiz de Urbina y Ch. Moeller.

50. Última anomalía: el concilio será confirmado por los papas en lo relacionado con el asunto de los Tres

Capítulos, que no había caído en el olvido, pero será recibido como interpretación auténtica del concilio de

Calcedonia en lo tocante a sus cánones cristológicos, algo en lo que no había sido confirmado.

51. Vaticano II, LG 12.

53. El Cardenal Baronius elaboró diversas hipótesis en el siglo XVI para negar el valor histórico de las actas que nos han llegado de Constantinopla III. Cf. HEFELE, ibid., 524-538, que le responde metódicamente y con numerosos argumentos. Otros historiadores se han introducido por este camino, hoy completamente abandonado.

54. K. SCHAT Z, La primauté du pape, op. cit., 90; (trad. esp. 90).

55. K. SCHAT Z, ibid. 101; (trad. esp.: 100).

56. Paul DE VOOGHT, «Les dimensions réelles de l’infaillibilité papale», en L’Infaillibilité, op. cit., 134-136. Se refiere como fuente a H. ZIMMERMANN, Pastabsetzungen des Mittelalters, Graz, 1968, 49-64. El autor prosigue así su relato hasta finales del siglo X: «Lo mínimo que se puede decir es que Roma fue entonces presa de las facciones, y la sede romana se vio sometida a una gran inestabilidad. No fueron mejor las cosas medio siglo más tarde, cuando la lucha por el papado oponía regularmente a los emperadores de la dinastía de los Otones, protectora habitual de la Santa Sede, a la cristiandad de Roma, electora natural de su pastor. Juan XII, papa desde el 955, se vio obligado en el 963 a huir de Roma, que había sido tomada al asalto por el emperador Otón I. Un sínodo, reunido bajo la presidencia del vencedor, depuso a Juan XII, declarado apóstata, y una nueva elección puso a la cabeza de la Iglesia al papa León VIII. Cuatro semanas más tarde, el 3 de enero de 964, estalla en Roma la revolución contra el papa y el emperador. Otón consiguió aplastarla, pero, cuando poco después se volvió a Alemania, recomenzaron los disturbios, y León VIII se vio obligado a huir. Al quedar libre la plaza, volvió Juan XII a la cabeza de un ejército. Hizo una entrada triunfal en Roma y retomó la posesión de la Santa Sede. Convocó un concilio en febrero. Se declaró ilegítimo el sínodo de enero. León VIII fue depuesto y excomulgado. Juan XII muere en mayo del 964. Aunque León VIII vivía aún [...], fue un cardenal italiano el que resultó elegido y adoptó el nombre de Benedicto V. Sin embargo, Otón se niega a reconocer esta elección. Toma de nuevo Roma al asalto una vez más, aunque no será la última. Se reúne el sínodo bajo la presidencia del emperador y de León VIII, a quien el emperador ha devuelto a la superficie. Benedicto V da muestras de la mayor humildad. [...]. Fue sometido a la degradación y condenado al destierro perpetuo. Murió poco después en Hamburgo, adonde se había retirado, el mismo año que León VIII a Roma. Para la elección de su sucesor, en el otoño de 965, se pusieron de acuerdo el emperador y la nobleza romana. El elegido, Juan XIII, no reinó, sin embargo, mucho tiempo. Tres meses después de su elección, se levanta una revuelta popular. El papa es detenido, maltratado, encarcelado y, por último, desterrado. Pero reconquista su capital un año más tarde. ¡Y así una y otra vez! Benedicto VI fue asesinado en 974, Juan XIV en 984, Gregorio V en 1001 ó en 1002. Bonifacio VII fue obligado a huir por la revolución en 974, Benedicto VII en 980, Gregorio V en 996; Juan XVI, instalado por el dictador de Roma, Crescentius Momentanus, en 997, fue hecho prisionero por las tropas del emperador, depuesto, torturado, degradado, condenado.

57. La lista de los papas está escindida «a causa de la deposición de Juan XII [4 de diciembre de 963] y de Benedicto V [23 de junio de 964]. Dado que existe controversia a la hora de determinar quién es el papa legítimo en cada ocasión, se indican los dos». DzH, Cerf, Paris 199637, 249. También Benedicto IX (1034-

1048) fue depuesto y volvió a su sede en dos ocasiones, antes de ser depuesto una vez más. En cada una de estas ocasiones fue reemplazado por otro papa.

C

APÍTULO

4.

La entrada en escena

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