Una de las cuestiones más importantes que continúan sur giendo en los estados holotrópicos de conciencia en múltiples formas y a diferentes niveles es el problema de la ética. En el mo mento en que nuestras experiencias internas se centran en temas biográficos, las cuestiones éticas suelen adoptar la form a de una fuerte necesidad de examinar nuestra vida, desde la infancia has ta el momento actual, para evaluarla desde una perspectiva mo ral. Esto tiende a estar íntimamente unido a cuestiones que con ciernen a la autoimagen y la autoestima. Cuando revisamos la historia de nuestra vida podemos sentir una necesidad urgente de
indagar si nuestra personalidad y nuestra conducta están a la al tura de nuestros valores morales: los nuestros, los de nuestra fa milia y los de nuestra sociedad. Los criterios para hacer esta eva luación son habitualmente muy relativos e idiosincrásicos, puesto que implican necesariamente un fuerte sesgo personal, familiar y cultural. Fundamentalmente juzgamos nuestro comportamiento en función de los valores que se nos han impuesto desde fuera. Existe otra forma de autojuzgarse en la que evaluamos nuestro ca rácter y conducta, no conforme a los criterios cotidianos ordina rios, sino en comparación con el contenido de la ley universal y del orden cósmico. Experiencias de este tipo pueden producirse en los estados holotrópicos de varias formas, pero son particular mente frecuentes como parte de la revisión de vida en las situa ciones cercanas a la muerte. Muchas personas que han estado cerca de la muerte hablan de sus encuentros con un Ser de Luz y describen que en su presencia sometieron sus vidas a un juicio implacable. Esta fuerte propensión de la psique humana a la au- toevaluación moral se refleja en las escenas del juicio divino en las mitologías escatológicas de muchas culturas.
A medida que profundizamos en el proceso de introspección, podemos descubrir dentro de nosotros emociones e impulsos muy problemáticos de los que anteriormente éramos totalmente inconscientes: aspectos oscuros y destructivos de nuestra psique inconsciente que C. G. Jung llamó la Sombra. Este descubri miento puede ser terrorífico y perturbador. Algunos de estos ele mentos oscuros representan nuestras reacciones a aspectos dolo rosos de nuestra historia, en especial traumas de la primera y la segunda infancia. Además, el nivel perinatal de nuestra psique, que es la esfera relacionada con el traum a del nacimiento, parece conllevar un poderoso potencial destructivo. Las horas de expe riencias dolorosas y que parecen amenazar la vida que están liga das al paso a través del canal del nacimiento provocan natural mente una consecuente respuesta violenta del feto. Ello tiene como consecuencia la formación de un depósito de tendencias agresivas que albergamos en nuestro inconsciente por el resto de
nuestra vida, a menos que hagamos un esfuerzo especial para afrontarlas y transformarlas con algún tipo de autoexploración vivencial.
A la vista de estos hallazgos, se hace evidente que los dobles amenazantes de obras como las de R. L. Stevenson, E l extraño
caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde, Oscar Wilde, El retrato de Do- rian Gray, o Edgar Alian Poe, “W illiam Wilson” no representan
personajes literarios de ficción, sino aspectos de la sombra de la personalidad humana ordinaria. Las personas que han sido capa ces de mirar profundamente en el interior de su psique describen frecuentemente que descubrieron dentro de sí un potencial des tructivo de la misma intensidad que personajes malignos de la ca tegoría de Gengis-Kan, Hitler o Stalin. A la vista de estas dem o ledoras comprensiones profundas, es normal tener torturantes recelos sobre nuestra propia naturaleza y encontrarse con gran des dificultades para aceptarla.
Cuando la introspección alcanza un nivel transpersonal, es tí pico que surjan graves dudas éticas sobre la humanidad como conjunto, sobre toda la especie del Homo sapiens. Las experien cias transpersonales conllevan frecuentemente escenas históricas dramáticas o incluso brindan una amplia revisión panorámica de la historia. Estas secuencias aportan pruebas muy convincentes de que la violencia desencadenada y la codicia insaciable han sido siempre fuerzas impulsivas de la vida humana. Esto suscita la cuestión de la naturaleza de los seres humanos y de la propor ción de bien y mal que hay en la especie humana.
¿Son los seres humanos en el núcleo de su ser sólo “monos desnudos” y se halla instalada la violencia en el sistema básico del cerebro humano? ¿Y cómo explicamos el aspecto de la con ducta humana que el psicoanalista Erich Fromm (1973) llamó “agresión maligna”, la maldad y destructividad que sobrepasa cualquier cosa conocida en el reino animal? ¿Cómo podemos ex plicar las carnicerías insensatas de las innumerables guerras, los asesinatos masivos de la Inquisición, el holocausto, el archipiéla go Gulag de Stalin o las masacres de la antigua Yugoslavia o de
Ruanda? ¡Sin ninguna duda, sería difícil encontrar paralelismos a estas conductas en cualquier especie anim al! La actual crisis glo bal no ofrece ciertamente una imagen inspiradora y alentadora de la humanidad contemporánea. La violencia en forma de guerras, revueltas, terrorismo, tortura y crimen parece ir en aumento, y las armas modernas han alcanzado una eficacia apocalíptica. Miles de millones de dólares son desperdiciados en la locura de la ca rrera armamentista en todo el mundo, mientras millones de per sonas viven en la pobreza y mueren de hambre, o mueren por en fermedades para las que se conocen remedios a muy bajo coste. Diversas situaciones catastróficas, todas ellas creadas por la mano humana, amenazan con destruir nuestra especie y toda for ma de vida en nuestro planeta. En la medida en la que el Homo
sapiens es el culmen de la evolución natural, como nos gusta cre
er, ¿acaso no está viciada esencialmente tanto la humanidad como todo el fenómeno de la vida? En los estados holotrópicos, estas cuestiones pueden surgir con una urgencia e intensidad abrumadoras.