• No se han encontrado resultados

Uno en muchos, muchos en Uno

In document El Juego Cosmico - Stanislav Grof (página 149-152)

Cualquier intento de aplicar valores éticos al proceso de la creación cósmica debe tomar en consideración un hecho impor­ tante. Según las comprensiones profundas presentadas en este li­ bro, todas las fronteras que percibimos ordinariamente en el uni­ verso son arbitrarias y, en última instancia, ilusorias. El cosmos entero, en su naturaleza más profunda, es una sola entidad de di­ mensiones inimaginables, es Conciencia Absoluta. Como ya vi­ mos en el hermoso poema de Tich Nhat Hahn, todos los papeles del drama cósmico tienen en definitiva sólo un protagonista. En todas las situaciones en las que se halla presente el elemento del mal, como el odio, la crueldad, la violencia, la infelicidad y el su­ frimiento, el principio creador está jugando un complicado juego consigo mismo. El agresor es el mismo que el agredido, el dicta­ dor es el oprimido, el violador la persona violada y el asesino su víctima. El paciente infectado no es diferente de las bacterias que le han invadido y producido la enfermedad, o del médico que in­ yecta el antibiótico para detener la infección.

El siguiente pasaje de una sesión de Christopher Bache, el profesor de filosofía de la religión cuya descripción de la expe­ riencia del Vacío cité anteriormente, es un ejemplo vivido de la demoledora toma de conciencia de que poseemos la m ism a iden­ tidad esencial que el principio creador:

Como tema central apareció directamente la relación sexual. Al principio, ésta surgió en su forma agradable com o deleite re­ cíproco y satisfacción erótica, pero m uy rápidamente cam bió a su forma violenta, com o ataque, asalto, herida y daño. Las fuer­ zas del asalto sexual también surgían del entramado de la huma­ nidad. Yo me enfrentaba a aquellas fuerzas brutales y detrás de m í había una niña. Intentaba protegerla de ellas, manteniéndola detrás e im pidiendo que la alcanzasen. El horror se intensificó cuando vi que la niña era mi preciosa hija de tres años. Yo era ella y, a la vez, todos los niños del mundo.

Continué intentando protegerla, repeler el ataque que ya me estaba haciendo retroceder, pero sabía a ciencia cierta que iba a fracasar. Cuanto más mantenía en jaque a aquellas fuerzas, más poderosas se volvían. El “yo” en aquella situación no era sim ple­ mente el “yo” personal, sino cientos de m iles de personas. El ho­ rror iba mucho más allá de todo lo que pueda describir. Echando una ojeada por encim a de mi hombro pude percibir el aura de inocencia aterrorizada, pero en aquel momento se había añadido otro elemento: una presión de abrazo místico. Superpuesta a la niña se hallaba la Mujer Primordial, la misma Diosa Madre. Me rogó que la abrazase y supe instintivamente que no había ningu­ na dulzura mayor que la que encontraba en sus brazos.

Al protegerme del violento asalto sexual me estaba prote­ giendo del abrazo m ístico de la D iosa, pero no podía dejarme violar y que mataran a mi hija por dulce que fuera la promesa de redención. El frenesí siguió aumentando hasta que em pezó a transformarse. Conteniendo todavía el terrible ataque asesino, me hallaba entonces dando la cara a mi víctima y siendo desga­ rrado por las fuerzas de la pasión, por un lado, y las fuerzas de protección por otro. Mi víctima era al m ism o tiempo mi hija frá­ gil, inocente e indefensa, y la Mujer Primordial, que m e invitaba a un abrazo sexual de proporciones cósm icas.

Tras un largo período de batalla agónica contra el terrorífico asalto de impulsos violentos, Chris pudo rendirse a ellos poco a

poco y dejar que se expresaran. La resolución de esta torturante situación llegó cuando fue capaz de descubrir que, detrás de los protagonistas separados de aquellas escenas violentas, había úni­ camente una sola entidad: él mismo como principio creador.

Por muy arduamente que luchara contra lo que estaba su ce­ diendo, estaba siendo arrastrado a desencadenar la furia. Lleno de horror y sed ciega estaba em pezando yo a atacar, a violar, a matar, pero seguía luchando con todas m is fuerzas contra lo que estaba sucediendo. La lucha me llevó a niveles de intensidad cada vez más profundos hasta que de repente algo se rompió to­ talmente y llegué a la demoledora toma de conciencia de que e s ­ taba encaminándome a violarme y matarme a mí m ism o. Este salto adelante era multidimensional y m e produjo una gran con ­ fusión. La intensidad de mi lucha m e condujo más allá de un punto crucial en el que de repente m e vi enfrentado a la realidad de que yo era al m ism o tiempo el violador asesino y la víctima. Vivencialm ente supe que éramos la m ism a persona. A l mirar a los ojos de mi víctima, descubrí que estaba mirando mi propio rostro. Entonces sollocé sin poder contenerme: «me estoy ha­ ciendo esto a m í m ism o».

N o se trataba de una inversión kármica, una entrada en una vida anterior en la que víctima y verdugo cambian de lugar. Por el contrario, era un salto cuántico a un nivel existencial que di­ solvía todas las dualidades en un solo flujo que lo abarcaba todo. El “yo” que con ozco no era en m odo alguno personal, sino una unidad subyacente que abarcaba a todas las personas. Era co le c ­ tivo en el sentido de incluir toda la experiencia humana, pero esencialmente era sim ple e indiviso. Yo era uno. Era el agresor y la víctima. Era el violador y la violada. Era el asesino y la per­ sona asesinada. Yo m e lo estaba haciendo a m í mismo. A lo lar­ go de toda la historia me lo he estado haciendo a m í m ism o.

El dolor de la historia humana era mi dolor. N o había vícti­ mas. Nada fuera de m í que me estuviera haciendo eso. Yo era responsable de todo lo que estaba viviendo, de todo lo que siem ­

pre había sucedido. Estaba mirando el rostro de mi creación. Yo lo hacía. Yo estoy haciendo esto. Yo decido que todo esto suce­ da. D ecido crear todos estos mundos horribles, horribles.

In document El Juego Cosmico - Stanislav Grof (página 149-152)