El mundo de los dioses y los demonios
C. G Jung y los arquetipos universales
En los estados holotrópicos descubrimos que nuestra psique tiene acceso a panteones enteros de figuras mitológicas y a las es feras que habitan. Según C. G. Jung, esas figuras son m anifesta
ciones de patrones universales primordiales que representan ele mentos constitutivos intrínsecos del inconsciente colectivo. Las figuras arquetípicas pueden ser de dos categorías totalmente de limitadas. La primera incluye a seres bienaventurados o coléricos que encarnan diversos roles y funciones universales concretos. Los más conocidos son la Gran Diosa Madre, la Terrible Diosa Madre, el Anciano Sabio, el Niño Eterno (Puer Eternus y Paella
Eterna), los Amantes, la de la Guadaña y el Tramposo. Jung tam
bién descubrió que los seres humanos albergan en su inconscien te una representación generalizada del principio femenino que él llamó Anima. Su homólogo, la representación generalizada del principio masculino en el inconsciente de las mujeres es el Ani-
mus. La representación inconsciente del aspecto oscuro y des
tructivo de la personalidad humana, en la psicología junguiana se llama la Sombra.
En los estados holotrópicos, todos estos principios pueden co brar vida como complejas apariciones proteicas que condensan de una forma holográfica innumerables ejemplos concretos de lo que representan. Utilizaré aquí como ejemplo mi propia expe riencia de un encuentro con el mundo de los arquetipos.
En la secuencia final de la sesión tuve la visión de un gran es cenario brillantemente iluminado, situado en algún lugar que esta ba más allá del tiempo y del espacio. Tenía un hermoso telón ador nado y decorado con diseños muy complejos que parecían contener toda la historia del mundo. Intuitivamente entendí que es taba visitando el Teatro de la Obra Cósmica, que representaba las fuerzas que dan forma a la historia de la humanidad. Empecé a ser testigo de un magnífico desfile de figuras misteriosas que entraban en el escenario, se presentaban y lentamente volvían a irse.
Me di cuenta de que lo que estaba viendo eran principios universales personificados, arquetipos que, a través de una com pleja interacción, creaban la ilusión de un mundo fenoménico, la obra divina que los hindúes llaman lilá. Eran personajes protei cos que reunían en sí muchas identidades, muchas funciones e
incluso muchas escenas. Mientras los contemplaba, cambiaban continuamente sus formas en una interpenetración holográfica extremadamente intrincada, siendo uno y muchos al m ism o tiempo. Yo era consciente de que tenían muchas y diversas face tas, niveles y dim ensiones de significado, pero no era capaz de centrarme en ninguna en particular. Cada una de aquellas figuras parecía representar simultáneamente la esencia de su función, así com o las m anifestaciones concretas del principio que repre sentaban.
Estaba M áyá, la figura mágica y etérea que sim boliza el mundo de la ilusión, Anim a, que encam a lo Femenino Eterno, el Guerrero, una personificación de la guerra y de la agresión pare cida a Marte, los Amantes, que representan todos los dramas se xuales y aventuras románticas a lo largo de los siglos, la figura real del Gobernante o Emperador, el Eremita retirado, el Tram poso burlador y elusivo, y muchos más. A medida que atravesa ban el escenario, saludaban dirigiéndose a mí, com o si esperaran ser apreciados por su representación estelar en la obra divina del universo.
Las figuras arquetípicas de la segunda categoría están repre sentadas por diversas deidades y demonios relacionadas con cul turas, zonas geográficas y períodos históricos concretos. Por ejemplo, en lugar de la imagen generalizada y universal de la Gran Diosa Madre, podemos tener la visión de una de sus formas culturales concretas, como la Virgen María, las diosas hindúes Lakshmi y Parvati, la egipcia Isis, la griega Hera y otras muchas. Igualmente, ejemplos concretos de la Diosa Madre Terrible po dría ser, además de la diosa malekulana con forma de cerdo ya descrita, la diosa hindú Kali, la precolombina con cabeza de ser piente Coatlicue, o la egipcia Sekhmet con cabeza de león. Es importante recalcar que estas imágenes no tienen por qué estar li mitadas a nuestra herencia racial y cultural. Pueden salir de la mitología de cualquier grupo humano, incluido alguno del que nunca hemos oído hablar.
En mi trabajo han sido particularmente frecuentes los encuen tros o incluso la identificación con diversas deidades pertene cientes a diferentes culturas que otros dioses mataban o que se sacrificaban a sí mismas y después volvían a la vida. Estas figu ras que representan la muerte y la resurrección tienden a emerger espontáneamente cuando el proceso de autoexploración interna alcanza el nivel perinatal y adopta la forma de un renacimiento psicoespiritual. En este punto, muchas personas tienen por ejem plo visiones de crucifixión o experimentan una identificación con la agonía de Jesucristo en la cruz. La emergencia de este tema en personas con un pasado euroamericano parece tener sen tido, a causa del importante papel que el cristianismo ha desem peñado en la cultura occidental a lo largo de muchos siglos.
Sin embargo también hemos visto muchas experiencias inten sas de identificación con Jesús durante nuestros seminarios de respiración holotrópica realizados en el Japón y en la India. Su cedían en personas cuya cultura era budista, sintoísta o hindú. A la inversa, muchos anglosajones, eslavos y judíos se han identifi cado durante sus sesiones psicodélicas o de respiración holotró pica con Shiva o Buda, el dios resucitado Osiris, la diosa sume- ria Inanna, o las deidades griegas Perséfone, Dionisos, Atis y Adonis. Identificaciones ocasionales con la deidad azteca de la muerte y del renacimiento, Quetzalcoatl, la Serpiente Em plum a da, o uno de los Héroes Gemelos del Popol Vuh maya, eran in cluso más sorprendentes, puesto que estas divinidades aparecen en mitologías que en general no son conocidas en Occidente. Los encuentros con estas figuras arquetípicas fueron muy impresio nantes y a menudo aportaron una información nueva y detallada que no tenía nada que ver con el pasado racial, cultural y educa tivo, ni con el previo conocimiento intelectual de las respectivas mitologías. Dependiendo de la naturaleza de los dioses y diosas en cuestión, estas experiencias fueron acompañadas por em ocio nes extremadamente intensas que iban desde el arrebato extático al terror metafísico paralizante. Las personas que tuvieron la ex periencia de estos encuentros normalmente vieron estas figuras
arquetípicas con gran sobrecogimiento y respeto, como seres que pertenecían a un orden superior, estaban dotados de extraordina rias energías y poder y tenían la capacidad de moldear los acon tecimientos de nuestro mundo material. Así pues, estos sujetos compartieron la actitud de muchas culturas preindustriales que habían creído en la existencia de dioses y demonios.
Sin embargo, ninguna de estas personas percibieron que sus experiencias de figuras arquetípicas fueran encuentros con el principio supremo del universo, ni pretendieron haber obtenido una comprensión definitiva de la existencia. Experimentaron a estas divinidades como creaciones de un poder superior que les trascendía. Esta comprensión profunda resuena con la idea de Jo- seph Campbell de que los dioses deben ser “transparentes a lo trascendente”. Deben funcionar como puente con la fuente divi na, pero no confundirse con ella. Cuando estamos involucrados en una autoexploración sistemática o en una práctica espiritual, es importante evitar el escollo de volver opaca a una divinidad concreta y verla como la fuerza cósmica definitiva, en lugar de considerarla como una ventana abierta a lo Absoluto.
Confundir una imagen arquetípica concreta con la fuente esencial de la creación conduce a la idolatría, un error peligroso y divisor muy extendido en la historia de las religiones y de las culturas. Puede que una a las personas que comparten la misma creencia, pero sitúa a este grupo contra todos los demás que ha yan escogido una representación diferente de lo divino. Entonces podrían intentar convertirles o conquistarles y eliminarles. Por el contrario, la auténtica religión es universal, onmiabarcante y lo incluye todo. Tiene que trascender las imágenes arquetípicas aso ciadas con una cultura y centrarse en la fuente esencial de todas las formas. La cuestión más importante del mundo de la religión es así la naturaleza del principio supremo del universo. En el pró ximo capítulo examinaremos las comprensiones profundas sobre este tema que se tienen en los estados holotrópicos de conciencia.
CREADOR
¡Oh vacío sin tierra!, ¡oh vacío sin cielo!, ¡oh espacio nebuloso y sin propósito!, ¡conviértete en el mundo!, ¡extiéndete, eterno e intemporal!
Relato tahitiano de la creación
Lo que carece de sonido, de tacto, de forma y es imperecedero; lo que, por tanto, no tiene gusto ni olor, es constante,
sin principio ni fin, superior a lo más grande y estable:
cuando se percibe Eso, uno se libera de las fauces de la Muerte.
Katha Upanishad