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Una perspectiva transcultural de la reencarnación

In document El Juego Cosmico - Stanislav Grof (página 190-193)

Según la ciencia materialista occidental, nuestra vida se halla limitada al período comprendido entre nuestra concepción y nuestra muerte biológica. Este postulado es una consecuencia ló­ gica de la convicción de que somos esencialmente nuestros cuer­ pos. Puesto que el cuerpo perece y se descompone en el momen­ to de la muerte biológica, parece obvio que en este punto deja de existir. Este punto de vista se halla en conflicto con las creencias de todas las grandes religiones y sistemas espirituales de las cul­

turas antiguas y preindustriales, que han considerado siempre la muerte como un tránsito importante, en lugar de verla como el término final de cualquier forma de existencia. La mayoría de los científicos occidentales menosprecian, o incluso ridiculizan, la creencia de que nuestra existencia pueda continuar más allá de la muerte. Atribuyen esta idea a una falta de cultura, a pura supers­ tición o a un deseo primitivo de las personas que son incapaces de afrontar y aceptar la cruda realidad de la impermanencia y de la muerte.

En las sociedades preindustriales, la creencia en la vida des­ pués de la muerte no se limita a una vaga idea de que también puede haber un Más Allá. Las mitologías de muchas culturas ofrecen descripciones muy concretas de lo que sucede después de la muerte. Proporcionan complejos mapas del viaje postumo del alma y describen diversas moradas -cielos, paraísos e infier­ nos- que albergan seres desencamados. De particular interés es la creencia en la reencarnación, según la cual las unidades indi­ viduales de conciencia continúan retornando a la tierra y encade­ nándose a sucesivas existencias encarnadas. Algunos sistemas espirituales combinan la creencia en la reencarnación con la ley del karma, que sugiere que los méritos y las malas obras de las vidas anteriores determinan la cualidad de las encarnaciones su­ cesivas. Diversas formas de creencia en la reencarnación se han expandido ampliamente en el espacio geográfico y a lo largo de la historia, además de desarrollarse a menudo con total indepen­ dencia entre sí y en culturas separadas por muchos siglos y miles de kilómetros.

Los conceptos de reencarnación y karma constituyen la pie­ dra angular de muchas religiones de Asia: hinduismo, budismo, jainism o, sikhismo, zoroastrismo, vajrayána tibetano, sintoísmo japonés y taoísmo chino. Ideas similares pueden encontrarse en grupos histórica, geográfica y culturalmente tan diversos como muchas tribus africanas, indios americanos, culturas precolombi­ nas, kahunas polinesios, practicantes de la umbanda brasileña, los galeses y los druidas. En la antigua Grecia, diferentes escue­

las de pensamiento muy importantes suscribieron esta doctrina; entre otras, los pitagóricos, los órficos y los platónicos. El con­ cepto de la reencarnación fue adoptado por los esenios, los fari­ seos, los karaítas y otros grupos judíos y semijudíos. También fue una parte importante de la teología cabalística de los judíos me­ dievales. Esta lista no sería completa sin mencionar a los neopla- tónicos y a los gnósticos y, en la época contemporánea, a los teó­ sofos, a los antropósofos y a algunos espiritistas.

Aunque la creencia en la reencarnación no forma parte del cristianismo moderno, conceptos similares existieron entre los cristianos primitivos. Según san Jerónimo (340-420), a la reen­ carnación se le dio una interpretación esotérica que fue comuni­ cada a una élite selecta. Parece que la creencia en la reencarnación era parte del cristianismo gnóstico, que se conoció mejor a partir de los pergaminos descubiertos en 1945 en Nag Hammadi. En el texto gnóstico llamado Sabiduría de la fe o Pistis Sophia (1921) Jesús enseña a sus discípulos cómo las faltas de una vida se trans­ fieren a otra. Así, por ejemplo, la persona que maldice a los demás tendrá en su nueva vida «continuos problemas de corazón», mien­ tras que los arrogantes y las personas inmoderadas podrían rena­ cer en un cuerpo deforme y ser menospreciados por los demás.

El más famoso pensador cristiano que especula sobre la pree­ xistencia de las almas y los ciclos de los mundos fue Orígenes (186-253), uno de los mayores Padres de la Iglesia de todos los tiempos. En sus escritos, particularmente en el libro De principiis,

o De los primeros principios, expresó su opinión de que algunos

pasajes de las Escrituras sólo podían explicarse a la luz de la reen­ carnación. Sus enseñanzas fueron condenadas por el Segundo Concilio de Constantinopla convocado por el emperador Justinia- no en el año 553, y se convirtió en una doctrina herética. El vere­ dicto sentenciaba: «si alguien afirmara la imaginaria preexistencia de las almas y se adhiriese a la monstruosa doctrina que se deriva de ella, ¡sea anatema!». Sin embargo, algunos eruditos creen que pueden detectar huellas de estas enseñanzas en los escritos de san Agustín, san Gregorio e incluso san Francisco de Asís.

¿Cóm o explicar que tantos grupos culturales a lo largo de la historia hayan mantenido esta creencia extraordinaria y que ha­ yan form ulado complejos sistemas teóricos para describirla? ¿Cómo es posible que todos estuvieran de acuerdo sobre un tema que es ajeno a la civilización industrial occidental y que es con­ siderado completamente absurdo por la ciencia materialista occi­ dental? La explicación habitual es que estas diferencias reflejan nuestra superioridad en la comprensión científica del universo y de la naturaleza humana. Sin embargo, un examen más detallado revela que la razón real de esta diferencia es la tendencia de los científicos occidentales a adherirse a su sistema de creencias y a ignorar, censurar o distorsionar todas las observaciones que en­ tren en conflicto con él. Más concretamente, esta actitud refleja la resistencia de los psicólogos y psiquiatras occidentales a pres­ tar atención a las experiencias y observaciones procedentes de los estados holotrópicos de conciencia.

In document El Juego Cosmico - Stanislav Grof (página 190-193)