El rasgo esencial de la época contemporánea es la globalización. Hay quien sostiene que no es un fenómeno tan nuevo y que corres- pondería hablar de “globalización” en el momento en que, con el ascenso de la burguesía como clase mercantil por excelencia que
haría expandirse el comercio por todo el planeta se pondría en marcha lo que se llamaría después una “economía mundo” (Wa- llerstein, 2007). Más o menos a partir del siglo XVII. Esta “econo- mía mundo” se convertiría en una realidad más densa y compleja cuando, ya en el siglo XIX, las metrópolis europeas consolidaron sus respectivos imperios.
Pero es solamente a fines del siglo XX cuando aquella incipien- te “economía mundo” acabaría teniendo una realidad planetaria, hasta el extremo de que hoy cabe afirmar que el mundo entero pa- rece caminar hacia la formación de un mercado mundial. A esto ha ayudado considerablemente la internacionalización de las activi- dades económicas y financieras, por encima de las fronteras de los Estados nacionales. Las empresas multinacionales fueron dejando poco a poco lugar a una evolución aun más característica con las empresas transnacionales, cuya localización concreta en algún país específico en donde tengan sus sedes sociales es cada vez más pro- blemática. Resulta irónico que, mientras la predicción marxista auguraba la internacionalización de la clase obrera en contra del capital, parece que lo único que se ha internacionalizado ha sido precisamente el capital en lucha contra la clase obrera. No obstan- te, ese llamado proceso de globalización es una realidad compleja que no ofrece posibilidad de un enunciado singular. Veamos sucin- tamente los cuatro niveles en los que cabe hablar de globalización. En el orden financiero, la internacionalización o globalización del capital parece ser casi completa. El predominio de las entidades financieras sobre las políticas es cada día más evidente y un sucinto examen de sus relaciones sirve para entender las auténticas rela- ciones de poder en el mundo de hoy. A fines del decenio de 1990 y a instancias de la Organización Mundial del Comercio, comenzó a estudiarse un proyecto, llamado Acuerdo Mundial de Inversio- nes (AMI) que oficialmente trataba de resolver el problema de la muy escasa afluencia de capital privado en inversiones a los países del Tercer Mundo. Al contrario, en este campo predominaban los capitales públicos en el marco de las políticas de Ayuda Oficial al Desarrollo que, con harta frecuencia, no servían para nada sino para aumentar la corrupción en estos países y la ineficiencia de la política de ayuda al desarrollo. Ahora bien, para garantizar esa
afluencia de capital privado a países tan pobres, las organizaciones del capital exigían tales mecanismos de seguridad y contraparti- das para el caso de perjuicios que fue forzoso negociar en secreto el AMI. No obstante Le Monde, que tuvo acceso al borrador, lo publicó, lo que dejó al descubierto toda una batería de exigencias políticas de los inversores en los países del Tercer Mundo que, en realidad, convertían sus respectivos gobiernos en marionetas a las órdenes de los inversores, quienes exigían un clima de inversión diáfano de todo tipo de intervenciones y regulaciones y unas ga- rantías de recuperación tanto del principal como del lucro cesante en el caso de disturbios políticos o de cualquier otra índole, por ejemplo, un terremoto. El conocimiento público de esta intención obligó a paralizar el AMI. Pero por poco tiempo. El actual proyec- to de TTIP, esto es, el Tratado Transatlántico de Inversiones que ligaría a la Unión Europea y los Estados Unidos en un acuerdo de libre cambio entre ambas orillas del océano, en buena medida persigue idénticos fines, esto es, en lo esencial, poner los gobiernos de los países al servicio del capital privado.
En el orden comercial, la globalización también está muy avan- zada, gracias sobre todo a la ingente tarea desarrollada por la OMC, antiguo GATT, encargada de allanar el camino con el ob- jetivo último de que todo el planeta sea un mercado único. Sigue habiendo tensiones y enfrentamientos generalmente entre diversos tipos de proteccionismos y la concepción librecambista. Siguen dándose fenómenos de condiciones desiguales de intercambio en las que los países del Tercer Mundo quedaban siempre perjudica- dos frente a los desarrollados en el comercio mundial, pero ahora la situación es relativamente distinta: la ruptura de los mecanismos de dependencia, la universalización de las normas de la OMC, el auge de los países emergentes, sobre todo los del sureste asiático, verdaderas potencias comerciales y, más que nada, la expansión china, que ya es el primer país exportador del mundo, han hecho que cambien las circunstancias, algo más en beneficio de los países menos desarrollados, pero tampoco mucho.
No obstante, el proteccionismo —que siempre tiene mejor prensa con el poder político que el librecambismo— continúa ali- mentándose con algunos factores propios de la competencia inter-
nacional pero que siguen provocando conflictos y políticas a veces confusas. El primero de todos es el llamado dumping social. Los países emergentes son muy competitivos en los mercados inter- nacionales porque sus sistemas de protección social, así como las condiciones laborales, salariales, etc., de la población trabajadora son ínfimas en comparación con las de Occidente. Los bajos costes laborales y la inexistencia práctica de obligaciones fiscales de las empresas en relación con las externalidades y el medio ambiente hacen que los productos originados en estos países arrasen las po- sibilidades productivas de los países importadores que tienen altos sistemas de protección social y obligan a las empresas a afrontar gastos laborales, sociales y ecológicos muy elevados. Esta situación provoca tensiones en los países desarrollados importadores y ex- plica que se replanteen políticas proteccionistas.
Igualmente suele recurrirse al argumentario proteccionista cuando se plantean algunos problemas específicos del comercio internacional. Sabido es que Francia es abanderada en la Unión Europea de una política que tenga en cuenta la llamada exception culturelle en relación con los productos de carácter ideológico, ar- tístico, cultural. El punto de vista de Francia es que los bienes y servicios que se dan en este campo, sobre todo productos televisi- vos y cinematográficos, pero también todos los demás de este tipo, deben tener un tratamiento especial, no se pueden tratar como otras mercancías, como tornillos o coles, ya que son esenciales en los procesos de socialización de la gente y en la articulación de las mentalidades. Por el contrario, desde el punto de vista estadouni- dense, que es quien más perjudicado resulta por la política de la excepción cultural, el comercio de películas o programas de tele- visión es un comercio normal y sus mercancías también, por muy ideológicas que sean.
En el orden político —el más puramente suyo— la globaliza- ción es un concepto insatisfactorio. En teoría supone que los Es- tados se mantienen como sujetos de derecho internacional cada uno dentro de sus fronteras pero, aparte de que, en muchos casos, estas se han hecho porosas, el mundo se nos aparece cada vez más cohesionado a través de todo tipo de organizaciones internaciona-
les, coronadas por la familia de las Naciones Unidas en las que los Estados participan activamente.
El principio de soberanía en el orden interno aparece inaltera- do pero en el orden externo se presenta como muy entremezclado de forma que, a raíz de los muchos compromisos en los que in- curren voluntariamente los Estados muchos hablan de soberanía limitada. Lo que sucede es que esta situación está lejos de poder predicarse de todos los Estados por igual. El muy distinto poder de influencia de unos Estados en relación con otros sobre las organi- zaciones internacionales ya es un indicador suficiente de lo insatis- factorio de la teoría. Los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas tienen poder de veto y ese poder desnaturaliza toda posible teoría política de la globaliza- ción. Al margen de esto, las ingentes diferencias de poderío militar de los Estados que, aunque en alianzas internacionales, disponen del mando propio sobre sus fuerzas, hace igualmente que sea pre- maturo hablar de una globalización en sentido político. Conexa con este insuficiencia de la globalización política se da la jurídica, mucho más retrasada e insatisfactoria. El mero hecho de que una concepción tan convincente y conveniente como la justicia penal internacional no solo no sea una realidad sino que no tenga visos de serlo, prueba lo que aquí está diciéndose
Política y jurídicamente hablando, la globalización supone un retorno al cosmopolitismo kantiano. La teoría de la democracia ha aceptado este reto y hoy, los sectores más avanzados están formu- lando la teoría de la democracia cosmopolita (Held, 1997; 2010) o cómo hacer posible un gobierno universal por consentimiento que tenga una estructura política y moral al mismo tiempo. Es el último terreno en el que se da la controversia entre los partidarios del cosmopolitismo democrático (Keane, 2009), inevitablemente normativos y los autores que defienden una posición realista, se- gún la cual toda perspectiva normativa es una pérdida de tiempo y que los Estados ahora como siempre solo atienden a la razón de Estado y sus intereses estratégicos (Walzer, 1977).
Es cierto que el ideal de la democracia kantiana solo puede rea- lizarse en la cosmópolis, con una ciudadanía universal. Pero esto es más o menos posible a la vista de las relaciones y correlaciones
de fuerza y de la situación real. En último término, la democracia debe convivir con la paradoja de defender en teoría unos derechos que niega en la práctica. Un asunto este con insospechadas varian- tes en el derecho de autodeterminación de los pueblos.