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EL PENSAMIENTO UTÓPICO

In document Introduccion a La Política (página 172-177)

Incluir una consideración del pensamiento utópico en un capítulo sobre las ideologías políticas requiere algún tipo de explicación previa. ¿Qué relación puede tener la utopía con las ideologías po- líticas? Estas son discursos programáticos, muchas veces en tex- tos teóricos y filosóficos y aunque, a veces, haya que extraerlos de otros tipos de relatos literarios, por ejemplo o dramáticos, su cuerpo se encuentra algunos textos de tipo especulativo práctico, cuando no en informes oficiales o manifiestos.

La utopía en cambio, es el punto de engarce entre el pensamien- to político y otra actividad creadora del espíritu humano como es la literatura. Prácticamente todas las utopías son novelas. Excep- ción hecha de la República de Platón, las demás propuestas utópi- cas son narraciones ficticias. Desde la que da nombre, al género, la Utopía (More, 2004) hasta las últimas y más recientes, como las de Callenbach, por ejemplo, Ecotopia (Callenbach, 1975). Ficcio- nes literarias de límites imprecisos con otros subgéneros, como la ciencia ficción, la literatura fantástica o los libros de viajes más o menos fabulosos. Una cantidad considerable de utopías toman co- mo pretexto viajes extraños, como los de Gulliver o los de Cyrano de Bergerac a la luna y al sol (Bergerac, 2014) que, en realidad, prolongan una antiquísima tradición que se remonta a Luciano de Samosata quien escribió un viaje a la luna en el siglo II a.d.C. Esto explica por qué el auge del género utópico se da a partir de los siglos XVI y XVII, los de los grandes descubrimientos. En este conjunto abigarrado de influencias mutuas se dan algunos de los rasgos básicos políticos que forman el sustrato de las ideas polí- ticas como los vimos en el epígrafe primero de este capítulo. En Utopía prevalece el elemento colectivista mientras que en el caso de Robinson Crusoe, que no es una utopía, pero comparte elemen-

tos con ellas, lo hace el individualista. En Mundo feliz se impone la mentalidad progresiva, innovadora, avanzada, mientras que en Erewhon, de Samuel Butler, lo hace la tradicional y hasta regresiva, hasta el extremo de que en ella se narra un episodio de destrucción de máquinas con el fin de conseguir que una colectividad no siga avanzando por el camino del progreso del maquinismo (Butler, 2012).

La vinculación del utopismo con la literatura no se limita a los viajes en el espacio, esto es, a los desplazamientos físicos sino que incluye también un género nuevo, el viaje en el tiempo, que da lugar a una familia propia dentro del género utópico, el de las ucronías. La primera obra de este cariz es El año 2440, de Louis Sébastien Mercier, un ilustrado francés que despierta de un largo sueño unos 670 años más tarde (Mercier, 2015). Posteriormente, el género haría fortuna y se escribieron otras obras ucrónicas, con desplazamientos hacia el futuro. El caso más conocido, aunque sin elementos utópicos, es el de Rip van Winkle, de Washington Irving (1961) y La máquina del tiempo, de H. G. Wells (Wells, 2009), pero lo más vinculados a las utopías por serlo ellas mismas son Mirando atrás, de Edward Bellamy (que dio origen a un curioso movimiento político-ideológico que se llamó nacionalismo, aun- que no tenía nada que ver con los nacionalismos considerados en el epígrafe anterior) (Bellamy, 2014) y El talón de hierro, de Jack London, en la que se prevé el nacimiento del fascismo en Europa (London, 2011).

Lo habitual en el pensamiento utópico es que las utopías re- cuperen una relación con las ideologías políticas en la medida en que la realidad que fabulan suele estar organizada de acuerdo con los postulados de alguna de ellas previa, como el comunismo, por ejemplo, la más frecuente, pero también el libre cambio o el anar- quismo. El pensamiento utópico viene a ser así una especie de ban- co de pruebas de las ideologías políticas, esto es, la forma en que quienes las inventan suponen que van a funcionar.

El primer socialismo fue calificado de “utópico” por los mar- xistas y de aquí arranca una consideración filosófica del utopismo que tiene su interés. El marxismo, impregnado del positivismo del siglo XIX quiso extraer el socialismo del ámbito del pensamiento

político normativo en cuanto teoría del deber ser para convertirlo en una ciencia, basada en una concepción a su vez científica de la historia, el materialismo histórico. El empeño lo resumió muy bien Friedrich Engels cuando, ante la tumba de su amigo de toda la vida, Karl Marx resumió el sentido de la obra de este diciendo que había hecho por la filosofía y la historia lo mismo que Darwin por la biología: convertirlas en ciencia (Engels, 1974).

La pretensión cientificista no es muy convincente, sobre todo cuando se trata de un material tan contingente como el histórico. Pero no es óbice para que siga buscándose algún tipo de justifica- ción del saber histórico-político que permita predecir y orientar la acción de los seres humanos de algún modo. El filósofo judío marxista Ernst Bloch considera que la utopía materializa su “prin- cipio esperanza” (Bloch, 2007), que viene a ser como el nous de Parménides de Elea y esta idea de que todo pensamiento político debe tener un elemento utópico si quiere ser positivo y creador se encuentra en otras propuestas, como la de Marcuse de el fin de la utopía. (Marcuse, 1968)

La utopía viene a llenar el vacío que las ciencias sociales en ge- neral y la ciencia política en particular muestran en su incapacidad predictiva. Si no podemos predecir el futuro, como las ciencias ex- perimentales, nos lo inventamos. Ahora bien, esas invenciones, en cuanto propuestas teóricas, tienen una relación especial de retroali- mentación con los sistemas políticos reales y presentes. Nadie puede configurar un discurso que vaya más allá del horizonte conceptual de su tiempo y hasta en las más fantásticas fabulaciones de otros mundos laten los elementos conceptuales (ideológicos) del presente. El caso más evidente es el destino de la famosa novela de Orwell, 1984 que, publicada en 1948, no ha dejado de incidir de las más variadas formas en todo tipo de debates y controversias de carác- ter social y político de los siglos XX y XXI y, sobre todo en lo que se refiere a la relación entre política y medios de comunicación de masas. Orwell vivió en la época de mayor desarrollo de la propa- ganda como arma ideológica y eso se echa de ver en su descripción del mundo que le tocó vivir y en el que abundan conceptos que si- guen empleándose en las controversias actuales, como “neohabla”, el “pensamiento doble” o el “ministerio de la verdad”.

Comparte estos rasgos con otras utopías contemporáneas tam- bién muy famosas, como son Nosotros (Zamiatyn, 1952), Mun- do feliz (Huxley, 1969) o Fahrenheit 451 (Bradbury, 1953). Todas ellas tienen un elemento en común: son distopias. Las sospechas de que las distopias tienen mayor incidencia sobre la realidad hu- mana que las utopías, sobre todo que las eutopías probablemente tendrá algún tipo de explicación que no parece venir avalado por la experiencia empírica. Al contrario. El verso manriqueano, con- vertido en saber convencional de que “cualquier tiempo pasado fue mejor” ha sido abundantemente desmentido por la realidad material y, aunque pretende conservar su fuerza de convicción se- ñalando que se trata de una experiencia subjetiva que todos com- partimos referente al modo en que consideramos nuestro pasado, ni ese hecho podemos dar por válido razonablemente. Al contra- rio, lo que todos los indicadores parecen señalar es que valorando la experiencia humana en su conjunto, cualquier tiempo pasado fue peor y no para unos u otros sectores sociales sino para el con- junto de la especie. El progreso es una realidad filogenética.

Dado que el valor de la literatura utópica viene siempre dado por el hecho de que contenga una crítica a la circunstancia pre- sente, esa preferencia por las distopias refleja un grado elevado de animadversión hacia ese presente. Los escritores políticos suelen tratar de protegerse cuando con sus críticas incurren en el despla- cer de los poderosos. Comprensible por lo demás, pues el compor- tamiento de tiranos y déspotas no es enteramente previsible y no es plato de gusto depender del capricho de la arbitrariedad. De ahí que, a la hora de formular sus críticas, admoniciones y agravios, recurran a artificios literarios. Uno de los más socorridos, en parte relacionado con la literatura de viajes, aunque estos sean imagi- narios, es el de fabular unos diálogos una correspondencia entre amigos en muy lueñes tierras. Las Cartas persas, de Montesquieu, inauguran el género y a él se sumaría luego don José Cadalso con sus Cartas marruecas (Cadalso, 1967). Son obras críticas con la realidad política del momento pero de cuya posible y negativa con- secuencia represiva el autor trata de librarse mediante el artificio literario de simular una situación imaginaria.

Otro interesante factor del género utópico que apenas se subra- ya aunque sin duda debe tener su explicación y seguramente sus consecuencias es el hecho de que el género utópico sea abruma- doramente francés y anglosajón. No hay utopías en alemán (fuera de la Imágenes del futuro, de Richter, 2007), en italiano (fuera de La ciudad del sol (Campanella, 1953) o en español (fuera de la de Sinapia, atribuida con carácter póstumo a un espíritu ilustrado como Campomanes) y esa carencia de un género tan popular en el resto del continente europeo seguramente tendrá una explicación que deberá darse en el campo de la Sociología del conocimiento.

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