COMPORTAMIENTO POLÍTICO
2) MEDIOS DE COMUNICACIÓN Y SISTEMAS DE MEDIOS
En puridad de las cosas, podemos hablar de medios de comunica- ción siempre que nos encontremos con una realidad, un vehículo semiótico que transmita un significado concebido por alguien (el emisor) y que ha de llegar a otro u otros (los receptores). En este sentido, toda imagen que incorpora un significado puede conside- rarse metafóricamente como un medio de comunicación, desde las pinturas rupestres de las cuevas de Altamira a una gran superpro- ducción de Hollywood. Se diferencian en la cantidad de personas que componen la audiencia, pero no en la calidad ni el contenido de la relación comunicativa.
Las imágenes que las distintas culturas han ido produciendo a lo largo de la historia son un buen ejemplo. Las esculturas de Cal- dea, Asiria y Babilonia, transmiten mensajes respecto a las glorias de sus respectivos reyes. Las imágenes que los egipcios han dejado tras de sí a miles en paredes de tumbas y papiros cuentan a su vez miles de historias de todo tipo, desde leyendas mitológicas a acti- vidades cotidianas.
De los tres pueblos del libro, el hebreo, el agareno y el cristia- no, los dos primeros han profesado una iconoclasia más o me- nos estricta y, en consecuencia no han legado a las generaciones posteriores muchas imágenes y, en algunos casos, cuando las han dejado —precisamente las caldeas y asirias— son destruidas por el fanatismo de los integristas. Esas medidas destructivas tienen más que nada, una función ejemplificadora entre los propios sectarios ya que, en la época d la reproducción mecánica de las obras de arte (Benjamin, 1966), de todas ellas hay abundantes testimonios gráfi- cos que probablemente se conservarán hasta el fin de los tiempos. La imaginería cristiana sí viene aquí a cuento. Ya en los tiempos de la alta Edad Media, el estilo gótico, fuertemente influido por Bizancio, desarrollaba un programa iconográfico con un mensaje que se quería igual para toda la cristiandad. De aquí que el nom- bre de dicho estilo sea el de gótico internacional. La religión se expresa mediante imágenes a sus seguidores, en su mayoría analfa-
betos. Posteriormente, con la reforma, el cristianismo protestante, especialmente el puritanismo, retornó a una especie de austeridad casi iconoclasta y la imaginería quedó en gran medida reducida al ámbito católico.
El programa iconográfico católico se estableció en el Concilio de Trento, como lo estuvo toda la adaptación de los mensajes de la mitología en el conjunto de las artes, la música, la arquitectura, el drama, la literatura, a través, por ejemplo, de los “Ovidios mo- ralizados”. Trento constituye el momento decisivo de la reacción contrarreformista. En él se sella la confrontación europea entre protestantes y católicos que llega hasta nuestros días y condiciona decisivamente el destino de España. De todas las causas que suelen aducirse para explicar la razón de la decadencia española, una de las que más arraigo y difusión conocen es la de que la decadencia empezó cuando España se convirtió en abanderada de la contra- rreforma tridentina, una razón tanto más obvia cuanto que el na- cionalcatolicismo español siempre ha identificado el catolicismo con la esencia nacional española.
Mucha de la imaginería que empezó a producirse a partir de entonces se empleó con fines propagandísticos. Aquí se establecie- ron las pautas, se fijó el contenido de las imágenes y sus atributos y todo con el fin de difundir por el mundo el mensaje evangélico de acuerdo con el particular punto de vista de los papistas: la figura del Dios padre como anciano venerable, la del Cristo en sus di- versas manifestaciones, como Pantocrator, crucificado, etc.; la del Espíritu Santo en forma de lengua de fuego o de paloma, la de los mártires con sus atributos, los evangelistas, los santos dando razón de sus leyendas.
Fue la Iglesia católica la que inventó el término de propaganda El término mismo nace en el mundo católico, en 1622, cuando Gregorio VII instituyó la Sacra Congregatio de Propaganda Fide, o “Sagrada Congregación para la propagación de la fe” hoy rebauti- zada como “Congregación para la Evangelización de los Pueblos”. La finalidad de estos dicasterios se cosifica y lexicaliza y hoy, la propaganda tiene el valor y significado que tiene a partir de su uso en la Iglesia de Roma.
No obstante, toda esta exposición es metafórica. En tanto no aparece la imprenta, como hemos señalado, y, más tarde, los pri- meros periódicos, no cabe hablar de medios de comunicación en el sentido moderno. Analizamos aquí con mayor detalle algunos de los aspectos que apuntamos en el Capítulo III, epígrafe 3.
Los periódicos son del siglo XVIII y están vinculados, como se ve por sus títulos y nombres, en donde no son extraños términos como “el comercio”, “Mercurio”, “el Progreso”, etc., a las activi- dades burguesas, comerciales e industriales. Los medios de comu- nicación son básicamente un instrumento burgués, el instrumento de una clase que está acostumbrada a tomar decisiones a partir de datos, informaciones concretas y no sobre la base de narraciones fantásticas.
La prensa dominó todo el siglo XVIII y el XIX. Tenía el incon- veniente de que solo llegaba a la población culta, las clases medias, que sabían leer y escribir. Pero también se difundía en círculos populares y campesinos, en los que abundaban los analfabetos, a través de las lecturas en grupo que, aparte de difundir la informa- ción, proporcionaban un sentimiento de pertenencia a una causa.
A fines de siglo, con la comunicación por ondas, apareció la radio. En un primer momento, dio la impresión de que el nuevo invento, utilizado comercialmente, sustituiría a la prensa escrita. Se trata de un vaticinio que se ha repetido más veces porque los medios de comunicación han ido sucediéndose unos a otros, to- dos con esa implícita amenaza de sustituirse recíprocamente que nunca llega a realizarse por completo: la radio iba a sustituir a los periódicos; el cine a la radio; la televisión al cine; y hoy internet a todos los demás. Nada de eso es cierto, los medios se adaptan y sobreviven. Quienes peor están pasándolo hoy son los periódicos de papel, hasta que encuentren su hueco dentro de un modelo de negocio en el que la publicidad seguirá siendo necesaria pero ten- drá manifestaciones distintas.
La radio prometía llegar a todos los rincones porque no de- pendía del alfabetismo de auditorio. Fue el instrumento ideal para la movilización permanente de sociedades enteras. Constituyó el pilar de la propaganda de los totalitarismos. Los nazis la convirtie- ron en un medio popular fabricando los famosos Volksempfänger
o “receptores populares/nacionales” para que la gente recibiera la palabra del Führer y pudiera ser adoctrinada masivamente. En Es- paña fue asimismo un arma eficacísima en la guerra civil así como en la posterior consolidación institucional de un régimen que nece- sitaba movilizar a la población como respaldo a sus políticas, muy mal recibidas por la opinión pública internacional.
La radio fue igualmente un factor esencial en el desarrollo de la guerra fría, parte importante de la cual se libró en las ondas. Se empleaban las emisiones políticas para enardecer a los partidarios propios y desmoralizar a los enemigos. Orwell trabajó para la BBC en ese contexto, el general Queipo de Llano hizo un uso masivo de la radio en su labor de propaganda a favor de los facciosos suble- vados y en contra de los republicanos. Durante la mayor parte del régimen de Franco, una emisora financiada por la Unión Soviética, Radio España Independiente, más conocida como Radio Pirenai- ca, bajo control del Partido Comunista, estuvo radiando en caste- llano para el interior de España, más o menos al modo en que la emisora del gobierno de los Estados Unidos (primero dependiente del ministerio de Asuntos Exteriores y luego de la CIA) The Voice of America los hacía para los países comunistas desde Grecia y en sus respectivas lenguas.
La radio convivió con el apogeo del cine. No suele considerarse a este como un medio de comunicación en sentido estricto quizá por su mayor complejidad tanto respecto a su forma de industria como a su naturaleza de arte y relato con complejidades narrativas de todo tipo. Pero lo es, aunque en un modo distinto a los otros. Empezó a desarrollarse su potencial en primer lugar bajo la for- ma del documental y hay documentales excelentes, muchos de los cuales forman ya parte de la historia del arte (Joris Ivens, Flaherty, etc.). Cuando estos se convierten en instrumentos de propaganda del poder político toman la forma de Noticiarios y Documenta- les (NO-DO) y son también muy importantes, pues contribuyen a mantener un clima de apoyo social a los regímenes que se valen de ellos.
Pero el cine tiene una importancia mucho mayor que un mero medio de comunicación porque narra historias que ejercen influen- cia en los procesos de socialización y aculturación de la gente y,
por supuesto, en la formación de los imaginarios colectivos. Debi- do a su gran difusión, fácil accesibilidad y comprensibilidad gene- ral, el cine es un elemento decisivo a la hora de configurar lo que podemos llamar “conciencia nacional” y el hecho de que la hege- monía en este terreno pertenezca a los anglosajones, especialmente los norteamericanos, tiene consecuencias cuyo análisis detallado incide en terrenos polémicos y hasta sensibles. Que la industria de Hollywood y, en general, la anglosajona haya sido dominante en la producción cinematográfica en el siglo XX quiere decir que, por ejemplo, las docenas de películas que directa o indirectamente han tratado el enfrentamiento entre España e Inglaterra por el control de Nuevo Mundo se ha visto de modo abrumadoramente mayo- ritario desde la perspectiva anglosajona, lo cual ha contribuido a extender lo que los españoles consideran la mencionada leyenda negra. Y eso sucede con todas las sociedades y conflictos históri- cos. El episodio del sitio de El álamo es decisivo para entender las relaciones entre los Estados Unidos (y Texas en concreto) y Mé- xico, pero las dos únicas películas que narran la historia y se ven tanto en los EEUU como en el país mexicano son norteamericanas, glorifican a los Estados Unidos y vilipendian a México.
La llegada de la televisión fue una verdadera revolución. En un principio pareció que acabaría con el cine, pero al final este ha conseguido sobrevivir al predominio televisivo abriendo nuevas formas de producción (grandes espectáculos, altos presupuestos, etc.) y formas de explotación que fueran competitivas con el ne- gocio televisivo. De hecho, el cine ha sobrevivido mucho mejor al dominio de la televisión que el teatro al del cine. Los teatros están hoy vacíos. Y hay una ósmosis entre la televisión y el cine. En realidad, la televisión es un extraordinario circuito de difusión de productos cinematográficos sin que sus propios productos hayan conseguido rivalizar seriamente con los del cine. El único terreno en el que la televisión ha competido con éxito y tiene una posición segura es en la fabricación de series y la tendencia de las compa- ñías cinematográficas de contratar a las estrellas de las series tele- visivas también habla de esta mutua adaptación.
Por último, internet parece amenazar casi por igual a todos los medios de comunicación. En primer lugar, por su naturaleza, están
en peligro todos los periódicos, específicamente los de papel. Las grandes cabeceras se encuentran en proceso de adaptación sin que hasta la fecha lo hayan conseguido. Es todo el papel el que sufre, Los libros también. Ya veremos cómo queda el mundo cuando el oleaje de internet se aquiete. El cine se ha mimetizado con internet y la interrelación es completa. Hay películas hechas íntegramen- te con ordenador. Lo mismo pasa con la televisión. El resultado de todo ello es el predominio indiscutible de la televisión. Puede observarse en el cuadro del Estudio General de Medios, corres- pondiente a la tercera oleada de 2014 (febrero a noviembre) que, además, trae una secuencia histórica, desde 1997 al mencionado año. En él cabe ver que todos los medios convencionales arrastran una existencia lánguida, cuando no muestran claro declive (como sucede con las revistas) y, en menor medida, con la prensa de papel que, de 1997 a 2014, casi ha perdido diez puntos porcentuales, situándose actualmente en un escuálido 29,8%. El cine sobrevive a duras penas, habiendo bajado en estos casi veinte años del 8,8% al 3,8%, mientras que la televisión mantiene su reino incuestiona- do como el medio de mayor penetración, con un 86,6%. El único medio que promete hacerle competencia es internet que, en estos veinte años, ha crecido de modo exponencial, del 0,9% al 60,7% (habiéndose multiplicado por 60) y sigue creciendo.
La televisión domina. Es un dominio absoluto. Según el mismo EGM, el tiempo medio que los españoles dedican a ver la televi- sión es de 238 minutos por persona y día. Es decir, los españoles pasan de media unas cuatro horas viendo la televisión, la sexta parte del día. Sobre todo mirando entretenimiento, ya que apenas hay información. En información resiste la radio y resisten los pe- riódicos. Pero, sobre todo, se abre un campo nuevo en la informa- ción digital que tiene consecuencias en la acción política y en las cuestiones de información.
124 Los medios de comunicación viven en un vendaval. Pero forman también estructuras relativamente fijas que pueden estudiarse. Así Hallin y Mancini consideran que hay “sistemas de medios”, igual que hay sistemas de partidos y sistemas políticos.
Los medios de comunicación viven en un vendaval. Pero forman también estructuras relativamente fijas que pueden estudiarse. Así Hallin y Mancini consideran que hay “sistemas de medios”, igual que hay sistemas de partidos y sistemas políticos. Y de esta for-
ma, dicen, se establecen culturas políticas. Aunque los diferentes modelos tienden a mezclarse, los autores establecen una tipología de sistemas de medios dividida en tres clases que se correspon- den con otros tantos tipos de sistemas políticos. Así, el sistema de medios denominado mediterráneo o pluralista polarizado (que comprende España, Francia, Grecia, Italia y Portugal) el modelo de Europa septentrional y central o corporatista democrático (Alema- nia, Austria, Bélgica, Dinamarca, Finlandia, Noruega, Países Bajos, Suecia y Suiza) y el modelo del Atlántico Norte o liberal (Canadá, Estados Unidos, Irlanda, Reino Unido). Cada uno de estos mode- los se cruza con cuatro variables, a saber: 1ª) el tipo de industria (o empresa) de los medios; 2ª) el contexto político; 3ª) la profesiona- lización de los periodistas; y 4ª) la función que cumple el Estado en relación con el sistema de medios. (Hallin y Mancini, 2008).
A su vez, los tres tipos de sistemas políticos se cruzan con otras cinco variables: 1ª) la historia política del país y sus pautas de conflicto o consenso; 2ª) la tradición del gobierno mayoritario o de coalición; 3ª) el pluralismo individualista u organizado; 4ª) la función del Estado; 5ª) el ordenamiento jurídico.
Con todas las precauciones, los autores sugieren que hay algún tipo de correlación entre los casos que se siguen de los distintos cruces y trazan una visión razonablemente explicativa de las rela- ciones entre los distintos sistemas de medios y los políticos en las democracias occidentales que ahora están proyectando hacia los sistemas políticos no occidentales.