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TEORÍA DEL CONFLICTO

In document Introduccion a La Política (página 84-94)

La política como “Ciencia del Poder” (cratología) tiene una rama práctica que, en realidad la invade entera, que es la lucha por el poder. Siendo el conflicto tan inherente a la naturaleza humana que hasta se da en el fuero del individuo, de él nace el poder. Si no hubiera conflicto, no habría poder. Pero una de las legitimaciones del poder es que sirve para eliminar conflictos, con la misma lógica de la máxima romana de “si quieres la paz, prepara la guerra”, si vis pacem para bellum, lo que, muy apropiadamente, ha dado nombre a una famosa marca de pistolas.

El conflicto es el universal y lógicamente previo. Porque la ac- ción humana es producto del conflicto. Las ideas sobre sociedades armónicas, carentes de enfrentamientos pertenecen al ámbito de lo utópico retrospectivo de las edades de oro o al prospectivo de las utopías, bien productos de la especulación filosófica (Moro), de

la iluminación religiosa (los cátaros) o de la ideología (Bakunin, 1973). La sociedad es conflicto. Puede ser latente o manifiesto.

El conflicto manifiesto no precisa mayor comentario. Sí hay que recordar que el latente también es conflicto potencial y jus- tificación del poder porque si algo es el poder es, precisamente, potencia. La preparación de la contingencia. Un ejemplo claro es el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, que ejerce un grado elevado de autonomía en el estado de Chiapas, habiendo comen- zado en 1993 con una 1ª Declaración de la Selva Lacandona en la que prácticamente declaraba la guerra al Estado mexicano. La última declaración, la Sexta, de 2005, habla otro lenguaje más ins- titucional, pero mantiene el conflicto latente, ampliándolo a todo México y el mundo entero, al proclamar su solidaridad con los gobiernos revolucionarios de América Latina.

Los conflictos pueden resolverse de dos modos: a) por la victo- ria de un parte sobre otra o b) por una negociación. Utilizamos de necesidad terminología militar por lo dicho de Foucault y porque es la más clara: victoria total de una parte sobre otra o negociación y acuerdo. La realidad se encuentra en la multiplicidad de formas intermedias.

La victoria total puede ser por destrucción del enemigo, arra- samiento de su hábitat, exterminio o expulsión de sus habitantes, como en el caso de la guerra judía que narró Flavio Josefo (Josefo, 1989). También puede ser mediante la rendición incondicional de los vencidos para que luego el vencedor haga lo que quiera con los vencidos.

La historia está llena de ejemplos intermedios en los que una rendición incondicional se disfraza de muchas cosas. Por ejemplo, la rendición de España ante los Estados Unidos fue incondicional y las drásticas condiciones de la capitulación consagradas en el Tra- tado de París de 1898, por el que el país dejaba de ser un imperio. O de lo que quedaba de él. En realidad un tratado impuesto. Como hicieron los EEUU con México en la guerra de 1846-1848 en el de Guadalupe-Hidalgo. Estos tratados, así concebidos, pueden pasar por contratos si bien, al ser dictados por una de la partes bajo amenaza de mayor violencia y exterminio, civilmente serían nulos.

Según sea el equilibrio de fuerzas posterior al conflicto, se darán las denominaciones. En el extremo, puede llegar a llamarse victo- ria a algo tan cercano a una derrota que, en ciertos aspectos, puede serlo. El ejemplo típico es la victoria pírrica, que trae cuenta de las de Pirro, Rey de Epiro, contra los romanos en Heraclea y Auscu- lum, con las que no hizo otra cosa que perder la guerra de Italia.

Allende la victoria pírrica se da la negociación. Un terreno en el que vuelve a entrar la política. Los estadistas sustituyen a los mi- litares y, aunque a veces sean las mismas personas, se supone que actúan con motivaciones diferentes. La historia abunda también en casos en que los militares objetan a las negociaciones de los políticos por considerarlas traición.

El ejemplo histórico más típico es la famosa teoría de la puña- lada por la espalda muy generalizada en los círculos militaristas y revanchistas alemanes de la primera posguerra. Mientras los mili- tares daban la vida por la Patria y el Kaiser, los políticos negocia- ban traicioneras capitulaciones y se aprestaban a firmar tratados como el de Versalles, cuyo repudio fue la base del movimiento ul- tranacionalista alemán, en el que se alimentó el nazismo.

Toda negociación presupone que las dos partes están interesa- das en ella y ninguna en aplicar la alternativa de la violencia. Y dura lo que dure esta circunstancia de equilibrio que puede llegar hasta feliz conclusión o fracasar antes. Si el equilibrio se rompe, el resultado depende de una serie de factores que se irán ponderando y pueden dar resultados muy distintos, según cuál acabe siendo la relación de fuerzas. La política y la historia están hechas en buena medida de sucesivas negociaciones. Aquella identificación militar entre negociaciones y traiciones suele argumentar que las negocia- ciones son conjuras, conspiraciones. Se plantea aquí le polémica sobre la validez de la llamada “teoría conspirativa de la historia”. Pero esta crítica suele no especificar su punto débil: la conspiración no aspira a ser teoría por cuanto no existe una teoría única de la historia. Pero nada hay más común en la política y la historia que las conjuras y las conspiraciones.

Los acuerdos y negociaciones son más plausibles en conflictos domésticos, civiles, internos. Y, en consonancia con ello, también es más fácil recurrir a mecanismos de mediación y arbitraje, aunque

estos no sean desconocidos en el ámbito internacional. La cesación de conflictos por vía negociada es cuestión puramente política, in- cluso aunque haya de conseguir una suerte de validación militar. La política termina en guerra y la guerra termina en política, como muestra de un modo patente la situación de Colombia en los últi- mos cuarenta años y como está empezando a suceder en amplias partes de México en los últimos tiempos. Y no precisamente en Chiapas.

Con ánimo de establecer una posición intermedia entre la gue- rra y la política, un poco echando mano, no muy convincentemen- te, de la tradición pírrica, durante la guerra fría se quiso establecer una tercera fórmula que fue la teoría de la destrucción mutua ase- gurada como mecanismo disuasorio para consagrar la situación de no-guerra y no-paz. La situación de “paz armada” o de guerra fría, que es el término que al final se impuso. Una situación extraordi- nariamente favorable al desarrollo de los estudios de polemología o irenología, que ambos nombres recibe esta rama de la ciencia política dedicada al estudio de la guerra y la paz. Unos progresos que llevaron a la polemología a planteamientos críticos con doctri- nas tradicionales, como la idea de que la paz no sea sino “ausencia de guerra”. A partir de ahora, la paz se considerará como aquel estado de desarrollo, progreso y emancipación humana que hagan impensable la guerra (Galtung, 1982).

Algo de esto tomaba ya en cuenta la doctrina de la destruc- ción mutua asegurada puesto que las que iban a destruirse eran las sociedades más avanzadas del planeta, las más desarrolladas y con mayor dominio tecnológico. Una guerra sin vencedores, todos vencidos. No era una forma de resolver el conflicto sino de perpe- tuarlo por miedo, una especie de alucinación colectiva retratada sarcásticamente en las siglas inglesas de MAD (Mutual Assured Destruction). Pero, precisamente de ahí, de ese equilibrio del mie- do o el terror, paradójicamente surge una de las justificaciones de la democracia en cuanto a su peculiar forma de resolver los con- flictos.

Porque en la mayoría de los casos, la democracia no resuelve los conflictos, sino que los institucionaliza. Normaliza y civiliza sus cauces y procedimientos. Pero no los zanja porque no es su

misión hacerlo. La democracia tiene un significado profundo, pero es también procedimiento. Su misión es que los distintos intereses y convicciones convivan pacíficamente, se toleren cuando menos. La mejor aportación hasta la fecha a esta teoría de la democracia es la de Isaiah Berlin para quien esta forma de gobierno implica convivencia de valores distintos (Berlin, 1996). De esa concepción de la democracia como tolerancia, cuyo padre es Locke, se llega luego a la de la democracia como pluralismo (Locke, 1998). Cier- tamente, la institucionalización de los conflictos es también una forma de perpetuarlos, civilizada, tolerante y, conveniente. No es buena práctica tratar de exterminar al adversario. Lo antagoniza. Lo convierte en enemigo. Se rompen las reglas, se amenaza la ins- titucionalización.

El peligro obvio de la institucionalización es la esclerosis. Toda institucionalización, en cuanto articulación, tiene rutinas, rigide- ces, inadaptaciones. Si no hay capacidad de adaptación a las no- vedades y flexibilidad surgirán las crisis. La democracia es un régi- men político exigible en el ámbito público. Pero no en el privado, aunque cada vez haya más voces que exijan llevar los procedimien- tos democráticos a la sociedad civil, por ejemplo, las empresas o los medios de comunicación que también son empresas pero con una explícita proyección pública. O a los mismos partidos políti- cos que, considerándose puntales de la democracia, son reticentes a aceptarla en su funcionamiento interno. Sea cual sea el resultado de estas propuestas, sigue siendo cierto que la sociedad civil es el ámbito de libertad y que de él surgen las innovaciones que obligan a las instituciones a adaptarse quieran o no. La democracia vive en una crisis permanente y en perpetuo cambio. En eso también se distingue de las dictaduras, mucho más rígidas.

Las crisis toman formas diversas y los cambios no se ajustan a pautas. Las democracias son sistemas vivos, en permanente in- teracción con el medio y en permanente transformación. Siendo cambios autopoiéticos, la labor del politológo es muy compleja porque no dispone de medios ni información suficientes para pre- decirlos. De ahí que sus modelos deban siempre predecir escena- rios alternativos, según cuáles sean en cada momento las relacio- nes entre las variables que actúan, pero también reaccionan a las

actuaciones y en contextos de información deficiente, errónea o simplemente falsa o falseada. Tampoco puede pronosticar cuando acude a los últimos adelantos del cálculo con plétora de datos (big data). Es posible que estos análisis en el futuro puedan predecir comportamientos como los resultados electorales con cierta segu- ridad. De momento, no tienen más que el azar.

Tipos de cambios hay muchos, desde las modificaciones legales de ciertas prácticas políticas, como las circunscripciones electo- rales o la forma de escrutinio electoral, hasta alteraciones insti- tucionales sustanciales que afecten a la misma forma del Estado. La democracia puede tratar de resolver un conflicto étnico dentro de sus fronteras proponiendo una redistribución de distritos o cir- cunscripciones electorales, sin necesidad de cambiar el sistema. O asignando cupos de representación parlamentaria por razones de confesión o cultura. En su límite, así debe entenderse la reciente reivindicación de obligar por ley a la representación paritaria y de cremallera en todas las instituciones del Estado.

Aunque, viendo la resistencia que se opone a la implantación de una medida feminista de cupos de género igualitarios, universales, por ley, casi pareciera que nos encontráramos ya en un terreno de alteraciones institucionales de calado (en este caso de mentalida- des, que son las manifestaciones que más se anquilosan), esto es, ya abiertamente en el terreno de las revoluciones.

10) LA REVOLUCIÓN

El concepto de revolución procede de una ciencia exacta o cuasi exacta, como la física y tiene un sentido neto: es la trayectoria de un punto girando en torno a un eje. Por eso aparece en el famoso tratado de Copérnico, cuya importancia se trasluce en la expresión giro copernicano, con que Kant alude a su cambio de perspectiva en filosofía, análogo al de Copérnico en la astronomía (Copérnico, 1982) Con independencia de si ese “giro” radical debe conside- rarse “revolución” o no en el sentido moderno, está claro que la

idea es entender las revoluciones como resultado de las leyes del universo.

El término pasa luego al ámbito político y se hace polisémi- co. Seguramente el primero en aplicar el término a la Revolución francesa iba por el significado antiguo: la revolución es el resta- blecimiento de la ley universal quebrantada por el despotismo de los Capetos. Pero el uso se asoció por contagio inmediato con el hecho físico de la alteración del orden y fenómenos concomitantes. Era el propio acto de retornar a la ley universal el que la alteraba a través del recurso a lo único, excepcional, el tumulto, la violencia, el crimen y, en último término, el terror.

Tal fue desde el principio la visión de los conservadores cuyo adelantado en la denuncia de las falacias del derecho natural y los excesos de la Revolución como algo contrario al desarrollo orgá- nico de los pueblos y a sus libertades fue Edmund Burke en sus Reflexiones sobre la Revolución francesa (Burke, 1978). Más éxito y difusión que Burke tuvo el novelista Charles Dickens quien, en su Historia de dos ciudades, obra publicada por entregas y muy aclamada, fijó los estereotipos de la visión conservadora de la Re- volución y los años del terror (Dickens, 1989).

La visión procedente del espíritu liberal y revolucionario es otra. Desde una concepción resignada pero positiva en la obra de Alexis de Tocqueville (El antiguo régimen y la revolución) (Toc- queville, 2004), hasta la defensa de un Jules Michelet (Historia de la Revolución francesa), hay una valoración creciente como hito histórico de la humanidad a cargo de la civilización francesa y como punto de arranque de un concepto de nación que luego se ha extendido por el mundo entero, como una nación liberal, distinta del concepto étnico y romántico del nacionalismo alemán (Miche- let, 1995). En la sedimentación del siglo XIX, la revolución apa- reció legitimada como la expresión de la nación francesa, en cuyo sendero había de caminar el pueblo unido. El éxito ideológico fue muy grande y, al finalizar ese siglo, aunque el país había ensayado tres repúblicas (y aun le quedarían otras dos en el XX) la forma republicana de gobierno quedó sólidamente enraizada y gozó y goza de una aceptación generalizada de forma que los únicos que se oponen a ella son grupos minoritarios y no significativos de

monárquicos que suelen refugiarse bajo el concepto-paraguas de legitimistas, aunque la legitimidad de la que hablan tiene matices diversos, según qué derechos dinásticos defiendan.

De forma que la Revolución francesa, que fue mejor recibida en Alemania que en Inglaterra, al menos en las élites intelectua- les y académicas, prolongó una doble consideración del fenómeno revolucionario, en un sentido negativo (en el espíritu legitimista y reaccionario) y otro positivo (en el republicano, progresista).

El comunismo alemán de mediados del siglo XIX, que se re- conocía en la Revolución, glorificaba esta y hasta el nombre. La revolución era la forma natural, histórica, en la que la burguesía asaltaba el poder. Lo había hecho en varias etapas: 1789, 1830, 1848, por ceñirnos a Francia, pero con fechas señaladas en otros lugares: la guerra de secesión estadounidense, la revolución de- mocrática española de 1869, el proceso de unificación italiano. Todo apuntaba en el sentido de llevar a la burguesía finalmente a conquistar el poder político y convertirse en la clase dominante. A partir de entonces, siempre según el comunismo, la nueva clase dominada, el proletariado, tomaba posiciones e iniciaba el relevo con la revolución obrera: 1871.

El comunismo europeo del siglo XX se articula en torno a la creencia de que la revolución bolchevique de 1917 es heredera de la francesa del 89 y albacea de la Comuna de París de 1871. E inaugura una concepción progresiva, lineal, de la historia como algo que evoluciona a golpe de revoluciones. No gradualmente sino a saltos y siempre en el sentido de acercarnos a una sociedad emancipada.

Sin duda, el concepto negativo de la revolución como aquella situación de anarquía, violencia y terror etc. sigue funcionando. Pero la hegemonía de la visión positiva se ha hecho tan completa que el término se ha extendido a acciones políticas que reúnen es- casos requisitos para acceder a la condición revolucionaria, como por ejemplo, la revolución de 1968, la llamada revolución de los Panteras Negras, la de los claveles en Portugal o la de Terciopelo en Checoslovaquia. Y si en el campo político el concepto revolu- ción se ha expandido, el toque definitivo del triunfo de la visión positiva lo da que haya desbordado al ámbito comercial en donde

raro es el producto que no se presenta como “revolucionario”. El concepto de “revolución” se ha fetichizado en la misma medida en que los objetos cuya producción retrata, las mercancías, también están sometidos a ese vicio del fetichismo (Marx).

En ese maremágnum es difícil acordar unos puntos comunes susceptibles de soportar teoría alguna. Hay bastante doctrina for- mulada, tanto de carácter filosófico (Arendt, 1998) como histórico (Tilly, 1992) o más descriptivo, empírico (Brinton, 1965) pero son pocos los consensos. A la larga poco más puede hacerse que levan- tar constancia de que una revolución es, en efecto, un giro coper- nicano o, en términos jurídico-políticos un cambio de legitimidad, no de mera legalidad. En sí mismas pueden considerarse como ac- tos del poder constituyente, que es originario, quebranta la lega- lidad e impone un principio de legitimidad contrario al existente. No existen leyes de las revoluciones y los fenómenos de violencia que suelen acompañarlas son meros efectos, pero no causa de ellas.

Cuatro revoluciones hay que destacan en los últimos 350 años por su repercusión en el mundo entero: la inglesa del siglo XVII, la americana y francesa del XVIII y la rusa del XX. Las cuatro promulgaron declaraciones de derechos, el Bill of Rights británico de 1689, la Declaración de Virginia y de Independencia norteame- ricana de 1776 y la de derechos de 1789, la Declaración francesa de 1789 y la de Declaración de Derechos del Pueblo Trabajador y Explotado soviética de 1918. Pero ninguna de esas revoluciones tuvo nada que ver con las otras en otro sentido que en el del ejem- plo que pudieran darse.

El mundo ha vivido después muchos ejemplos de revolución con cambios radicales de legitimidad (monarquías por repúblicas, por ejemplo o repúblicas en dictaduras o a la inversa), sobre todo en el siglo XX. La revolución china de 1949, la cubana de 1959, la iraní de 1979, la sandinista del mismo año, entre otras. Ha vivi- do asimismo revoluciones pacíficas, como la portuguesa de 1974 (aunque no sin presencia armada), la de Berlín de 1989 u otras en que la violencia solo fue unilateral, como la independencia de la India en 1948 o que empezaron sin violencia pero siguieron con ella, incluso con guerras civiles, como la llamada “primavera ára- be” de 2011.

Al estudiar las revoluciones es frecuente no considerar sino las triunfantes, con independencia del plazo que haya sobrevivido. Sin embargo quizá más abundantes sean y tan interesantes desde el punto de vista del análisis político, las fracasadas. La derrota de la revolución de 1848 en varios países europeos, tuvo una gran repercusión en la acción política posterior, con la radicalización de los movimientos e incluso el retorno a las actividades terroristas. El fracaso de la revolución de 1869 en España, plasmado en la des-

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