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Desigualdad y crecimiento, estructura económica y comercio

Hasta la fecha, la exploración sistemática del impacto que tienen las participaciones entre grupos sobre la desigualdad total no ha sido un tema mayor de la investigación empírica. Un interrogante de más vieja data en economía ha sido cómo evoluciona la desigualdad con el desa- rrollo económico en general. El trabajo pionero de Kuznets en la década de 1950 lanzó una enorme cantidad de trabajo empírico sobre esta cues- tión, lo cual estimuló mucho debate. Todavía no hay consenso sobre una

relación sistemática entre los procesos de crecimiento de la industriali- zación y la urbanización a largo plazo, y la desigualdad general (recua- dro 2.6).

Estudios entre países también han analizado la relación entre desi- gualdad y estructura económica. Bourguignon y Morrison (1990), por ejemplo, sostienen que “los países en desarrollo que están comparati- vamente dotados de recursos minerales y tierra (clima), tienden a ser menos igualitarios que los otros, aunque la distribución de la tierra pue- de contrarrestar el efecto de la ventaja agrícola comparativa”. Ellos en- cuentran que la diferencia de productividad de la fuerza laboral entre la agricultura y el resto de la economía es un poderoso factor explicativo de diferencias en la desigualdad de ingresos en una cantidad de países en desarrollo entre los años setenta y ochenta.12

Un gran cuerpo de literatura también ha explorado la relación entre apertura comercial y desigualdad, pero no ha llegado a un consenso. Por ejemplo, Dollar y Kraay (2002 y 2004), no encuentran ningún efecto de la apertura comercial sobre la desigualdad, mientras que Lundberg y Squire (2003) sí lo hallan. Ravallion (2001) y Milanovic (2002) repor- tan que a bajos niveles de ingresos la apertura puede incrementar la desigualdad, pero que este efecto se revierte a altos niveles de ingresos.

Tendencias

La discusión anterior destaca los muchos mecanismos para plantear hi- pótesis sobre la forma en que el crecimiento económico agregado y la evolución de diferentes sectores de la economía pueden influir en la de- sigualdad económica. Las líneas populares de argumentación han enfatizado procesos del tipo Lewis-Kuznets, la competencia entre oferta y demanda relativas de destrezas al tiempo con ajustes de los hogares a la participación, la educación y la fertilidad; las transiciones de sistemas económicos controlados a sistemas orientados por el mercado; y diver- sas formas de poder y visiones del mundo relacionadas con el poder de negociación. Al final, es difícil identificar una explicación única que lo cubra todo. Hasta hace poco, esto no parecía importar mucho porque existía la percepción general de que la desigualdad no variaba notable- mente en períodos cortos.13 En estudios anteriores, unos cuantos países

que tienen datos sobre desigualdad a lo largo de múltiples períodos, indicaron cambios agudos.

Por países y regiones.La investigación empírica de la forma en que evo- luciona la desigualdad en un país es tema de preocupaciones similares a las relativas a comparaciones de niveles (ver recuadro 2.5). Pero hay una creciente sensación de que la impresión de desigualdad estable e inva- riable de ingresos bien puede ser desorientadora. Unos cuantos ejem- plos recientes de desigualdad cambiante merecen mencionarse. En primer lugar, un cuidadoso trabajo de Atkinson (2003) documentó la evolución de la desigualdad en los países de la OCDE durante la se- gunda mitad del siglo XX. Dicho autor encuentra que en Estados Unidos la desigualdad ha estado aumentando sostenidamente desde prin- cipios de la década de 1970 (después de experimentar muy poco cambio, y posiblemente cierto descenso en las décadas anteriores) y que se ha ele- vado asombrosamente en el Reino Unido desde 1980. Entre 1984 y 1990, el coeficiente Gini en el Reino Unido se aumentó en 10 puntos porcen- tuales (pero luego no subió más) –incremento sin precedentes para un período tan corto. En todos los demás países de la OCDE, los cambios en la desigualdad han sido menos marcados. Pero en la medida en que las primeras décadas y las de mediados del siglo XX estuvieron asociadas con una desigualdad descendente en estos países, esa tendencia parece haber- se detenido para las últimas décadas del siglo.

Gráfico 2.12 La ubicación, la educación y los grupos sociales pueden hacer una diferencia: regresiones de la desigualdad total sobre las proporciones de desigualdad entre grupos en diferentes características de los hogares

Fuente: Cálculos de los autores a partir de datos de encuestas de hogares.

Nota: Las regresiones incluyen, como controles (X), modelos de áreas regionales y un modelo de medida de bienestar (Y/C). Las proporciones del componente de desigualdad entre géneros y entre edades de las cabezas de hogar, y entre regiones de un mismo país no fueron significativas.

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La falta de equidad dentro de los países: individuos y grupos

En segundo lugar, la desigualdad en China fue notablemente más alta al final de los años noventa que lo que había sido a principios de los ochenta. En general, las evidencias recientes en Asia Oriental sugieren que la desigualdad se ha elevado más rápidamente en la segunda ronda de economías asiáticas de alto crecimiento –como China y Vietnam– que lo que se observó en la primera ronda –Hong Kong (China), Repú- blica de Corea, Malasia, Singapur y Taiwán (China). Todavía no es claro el cuadro completo de los factores que hay detrás de este proceso. Aun- que es probable que parte de la historia esté ligada a transferencias intersectoriales, como lo enfatiza Lewis (recuadro 2.6), Ravallion y Chen (2004) indican que en China la desigualdad creció a máxima velocidad durante los períodos en que el crecimiento económico y la reducción de la pobreza fueron lentos. Ellos afirman que China no respalda verdade- ramente la visión de que con crecimiento rápido y reducción de la po- breza, la creciente desigualdad sea inevitable.

En tercer lugar, Asia Meridional generalmente ha sido percibida como una región donde la desigualdad es relativamente baja. Esto posible- mente se deba, en parte, a la medición de la desigualdad por el consu- mo. Asimismo, en esta región la visión prevaleciente ha sido que la desigualdad cambia poco con el tiempo. Pero esa percepción de de- sigualdad baja y estable en Asia Meridional también ha sido desafiada. En India, el país más grande de la región, queda cierta incertidumbre

con respecto a la forma en que ha evolucionado la desigualdad, debido a los muy publicitados problemas concernientes a la comparabilidad de los datos a lo largo del tiempo.14 Las mejores estimaciones disponibles

sugieren que en este país la desigualdad ha estado creciendo, pero sin ninguna evaluación sólida de la medida en que lo ha hecho.15

Como quiera que sea, en Bangladesh, Nepal y Sri Lanka, datos re- cientes y confiables muestran incrementos muy grandes de la desigual- dad a finales de los años ochenta y en los noventa. En Bangladesh, se ha documentado que la desigualdad de ingresos (por contraposición a la igualdad de consumo) aumentó de un Gini de 0,30 a uno de 0,41 entre 1991 y 2000.16 En Sri Lanka el incremento de la desigualdad de consu-

mo ha sido muy similar, de 0,32 a 0,40 entre 1990 y 2002.17 Y en

Nepal, la Comisión de Planeación ha producido estimaciones que sugie- ren que la desigualdad de consumo se elevó de 0,34 a 0,39 entre 1995- 96 y 2003-04.18 Solamente en Pakistán no es clara la evolución de la

desigualdad, debido a dificultades de comparabilidad de los datos. En otras regiones del mundo el cuadro reciente de las tendencias en desigualdad es más difícil de resumir. En cuanto a América Latina, De Ferranti y otros (2004) indican que la desigualdad se incrementó en casi todos los países, en un margen considerable, durante la “década perdi- da” de 1980. Pero durante los años noventa sólo continuó aumentando en cerca de la mitad de los países de la región, y lo hizo menos rápida- RECUADRO 2.6 Repaso de la hipótesis de Kuznets sobre crecimiento económico y desigualdad

El punto de partida de la literatura que vincula el desarrollo económico y la desigualdad de ingresos se remonta a los conocidos trabajos de dos premios Nobel, W. Arthur Lewis (1954) y Simon Kuznets (1955). Lewis, en su artículo clásico “Economic Development with Unlimited Supplies of Labor” (Desarrollo económico con provisiones ilimitadas de mano de obra) de 1954, desarrolló un modelo teórico según el cual, en una economía dual, el crecimiento y la acumulación se iniciarían en el sector industrial moderno, donde los capitalistas contratarían a un salario dado y reinvertirían una parte de sus utilidades. El número de trabajadores agrícolas tradicionales dispuestos a pasarse a este sector de alta productividad y altos salarios se asume que habría de ser ilimitado. En este proceso de desarrollo, y hasta tanto prevalecieran estas asunciones, la desigualdad en la distribución del ingreso se habría de incrementar a medida que se elevaran los ingresos promedio. Habría un momento decisivo a raíz del cual la desigualdad descendería de nuevo a medida que fuera terminando el superávit de fuerza de trabajo y la economía dualista se convirtiera en una economía de un sector único, íntegramente industrializada.

Aunque Kuznets no modeló explícitamente los cambios intersectoriales de la población como parte del proceso de desarrollo, sí se basó en ellos para articular su idea básica de una relación de U invertida entre crecimiento económico y desigualdad de ingresos (“curva de Kuznets”). En su discurso presidencial en la Asamblea Anual de la Asociación Económica Americana en 1954, expresó la hipótesis de que en el proceso de crecimiento e

industrialización la desigualdad crecería primero, debido al cambio de la agricultura y el campo a la industria y la ciudad, y luego decrecería a medida que

se igualaran los retornos entre sectores. Los datos que Kuznets utilizó para hacer esta afirmación provenían de una larga serie de indicadores de desigualdad para Inglaterra, Alemania y Estados Unidos, y de una única observación oportuna sobre tres países en desarrollo: India, Ceilán (hoy Sri Lanka) y Puerto Rico. Estos eran los datos disponibles en esa época, y Kuznets estaba bien consciente de las limitaciones del respaldo empírico a su argumento; en sus propias palabras, “5% de información empírica y 95% de especulación, parte de ésta posiblemente matizada de deseos intelectuales”.

Kuznets basó su especulación primordialmente en datos longitudinales y pidió que se hicieran estudios profundos de caso del crecimiento económico de las naciones. Pero muchos estudios subsiguientes simplemente utilizaron datos agregados entre países (a menudo no de calidad especialmente alta) y modelos de formato reducido para explorar y respaldar la hipótesis de un inevitable trueque entre desarrollo e igualdad. La curva de Kuznets se convirtió en uno de los factores de moda más citados del estudio de la distribución de ingresos durante casi cuatro décadas. Los datos transnacionales pueden ser desorientadores para los procesos dinámicos Con el desarrollo de bases de datos mucho más grandes, como la de Deininger y Squire (1996) sobre desigualdad internacional (siguiendo a Fields, 1989), se llevaron a cabo “pruebas” empíricas de la curva de Kuznets. Pero finalmente se entendió que el uso de datos transnacionales para analizar lo que son esencialmente procesos dinámicos, puede resultar muy desorientador. Es más, numerosos estudios han mostrado que las evidencias en favor de la curva de Kuznets no son muy sólidas frente a especificaciones

econométricas, composición de las muestras y período de observación. Ver, entre otros, Bourguignon y Morrisson (1989), Fields y Jakubson (1994), Deininger y Squire (1998), y Bruno, Ravallion y Squire (1998). Bruno, Ravallion y Squire (1998), a la vez que se basaron parcialmente en datos transnacionales, analizaron también un país –India– sobre el que ya se disponía de datos de series cronológicas relativamente largas, y tampoco encontraron ningún signo de que el crecimiento incrementara la desigualdad.

El que la curva de Kuznets no se sostenga en la práctica probablemente tenga que ver con el hecho de que los países en desarrollo generalmente no satisfacen las asunciones sobre procesos de migración y desarrollo sectorial subyacentes a la hipótesis. Para explicar las diferencias internacionales en desigualdad de ingresos, es importante analizar más

cuidadosamente el vínculo entre desigualdades económicas y otros factores, como dualismo económico, tierra, educación y diferencias regionales. Ninguna relación directa entre ingresos y desigualdad

Para concluir, hoy existe una serie de consenso acerca de que no puede establecerse ninguna relación directa entre ingresos y desigualdad. Como afirma Kanbur (2000) en su exhaustiva revisión de la literatura sobre la curva de Kuznets, en el Manual de distribución de ingresos: “Nos parece mucho mejor concentrarnos directamente en las políticas o la combinación de políticas que hayan de generar crecimiento sin efectos distributivos adversos, en vez de basarnos en la existencia o inexistencia de relación de forma reducida, agregativa, entre ingreso per cápita y desigualdad”.

mente. Los autores observan que, en Argentina, la desigualdad aumen- tó agudamente durante el período de crecimiento y durante los años de crisis. En Brasil y México, la década de 1990 vio pequeños descensos. En Europa oriental y Asia central, los cambios en la desigualdad a prin- cipios de los noventa, asociados con la transición a la economía de mer- cados, han sido difíciles de documentar sistemáticamente, de acuerdo con el Banco Mundial (2000c), debido a problemas de datos. Entre 1998 y 2003, la desigualdad de consumo bajó en los países de la antigua Unión Soviética (a excepción de Georgia y Tayikistán), mientras que en los países del este y del sur europeos no hubo ninguna tendencia clara (Banco Mundial, 2005a). En África y el Medio Oriente es difícil señalar tendencias generales, en gran medida debido a problemas con la comparabilidad de los datos a lo largo del tiempo.

¿Hasta qué punto nuestro examen de niveles y tendencias en de- sigualdad de ingresos es relevante para los temas de este informe? Al informe le interesan muchísimo los cambios en las desigualdades en ingresos y en otros aspectos específicos, siempre que éstos aspectos estén asociados con cambios en las desigualdades subyacentes de oportunidades. Por ejemplo, una desigualdad de ingresos ascendente en Rusia durante los años noventa, es de interés precisamente debido a su fuerte asociación con una influencia política y una captura del Estado crecientes.

Pero este no es inevitablemente el caso. Un estudio reciente de Bourguignon, Ferreira y Lustig (2005) sobre la dinámica de distribu- ción de los ingresos en seis países de Asia oriental y América Latina, descompone la dinámica de distribución de ingresos en las fuerzas motrices subyacentes. Los autores muestran que interacciones comple- jas y específicas por país, entre poderosos fenómenos sociales y económi- cos subyacentes, significan que las experiencias distributivas tengan que evaluarse país por país. Por ejemplo, las mejoras en educación (para igua- lar oportunidades) pueden estar asociadas en un caso con una descen- dente desigualdad de ingresos –Brasil o Taiwán, China– y en otro con desigualdad ascendente –Indonesia o México. Nuestra evaluación de las implicaciones que los cambios en la desigualdad de ingresos tienen para la equidad, diferirá entonces de un país a otro.

Entre generaciones. Nuestra evaluación también dependerá del grado en que las desigualdades se transmitan entre generaciones. El estudio de transmisión intergeneracional del bienestar no es simple, debido a la escasez de bases de datos que contengan información sobre varias gene- raciones de adultos de la misma familia. Son raros los datos de largos períodos y en las encuestas no siempre se hacen preguntas acerca de los antecedentes familiares de los individuos (los datos de Brasil descritos en el recuadro 2.1 son una excepción). Con relativa facilidad puede cap- tarse información sobre la educación u ocupación de varias generacio- nes, en cuestionarios sobre el pasado. Pero para los individuos, la información acerca de otros aspectos, como los ingresos, las entradas por trabajo e incluso la clase de salud de generaciones anteriores, no es fácil de recordar (cuánto más, si se tiene en cuenta que esa información cambia a lo largo de una vida). La escasez de datos intergeneracionales es particularmente desconcertante en los países en desarrollo. Aun cuando suele pensarse que la persistencia de desigualdades por generaciones es mucho más aguda en los países en desarrollo, los estudios sobre movili- dad intergeneracional en el mundo en desarrollo siguen siendo pocos y muy distanciados uno de otro.

Incluso si existen datos, diferencias de metodología y de los datos averiguados suelen limitar el campo para comparaciones entre países. La medida más generalizada de movilidad intergeneracional en la lite- ratura económica es la elasticidad intergeneracional de los ingresos de

trabajo, o la elasticidad de los ingresos de trabajo de los hijos con los ingresos de trabajo de sus padres. Esta medida generalmente se saca de una regresión logarítmica lineal de las entradas de trabajo de los hijos (aunque podría ser también ingresos o años de escolaridad) sobre los ingresos de trabajo observados de los padres (o su valor predecible utili- zando esa otra información, que es educación u ocupación). Mientras más se acerque a cero la elasticidad, más móvil se supone que es la sociedad. Esta elasticidad ha sido ampliamente utilizada en la literatura estadounidense, donde los datos longitudinales son relativamente abun- dantes. Y para efectos de comparabilidad, también se ha calculado en la mayoría de los últimos estudios de otros países.19

Hasta hace poco se pensaba que las estimaciones de la elasticidad intergeneracional de los ingresos de trabajo era de alrededor de 0,4 en Estados Unidos, lo que sugería una sociedad razonablemente móvil en términos de ingresos.20 Pero más recientemente, Mazumder (2005) uti-

liza nuevos datos y técnicas econométricas modernas para corregir fluc- tuaciones transitorias en los ingresos por trabajo –muestra que las estimaciones de elasticidad intergeneracional antes estaban inclinadas hacia abajo en alrededor del 30%. Él sostiene que para Estados Unidos la estimación verdadera está en algún punto alrededor de 0,6.

Una elasticidad intergeneracional de 0,6 en comparación con 0,4, pinta un cuadro de movilidad radicalmente distinto en la sociedad norteamericana. Por ejemplo, significa que una familia cuyas entradas de trabajo sean la mitad del promedio nacional, necesitaría cinco generaciones en vez de tres para poder cerrar sustancialmente la brecha. Obviamente, una diferencia de dos generaciones, o alrededor de cincuenta años, es verdaderamente sustancial y sugiere la necesidad de examinar políticas que fomenten mayor movilidad.21

En análisis paralelos, estimaciones de movilidad intergeneracional en Canadá, Finlandia o Suecia, entre otros, han tendido a reportar elas- ticidades cercanas a 0,2 o inferiores, lo que sugiere que estas sociedades son considerablemente más móviles que Estados Unidos. Un estudio relativamente temprano de la movilidad en el Reino Unido (Atkinson, Maynard y Trinder 1983) reporta una elasticidad de 0,43, mientras que uno más reciente, de Dearden, Machin y Reed (1997) estima una elasti- cidad de 0,57. Estos estudios indican que en el Reino Unido la gente tiene más o menos la misma movilidad que en Estados Unidos. Debido a las limitaciones de datos, sobre los países menos desarrollados apenas se han llevado a cabo unos pocos estudios excepcionales sobre elastici- dades intergeneracionales de entradas de trabajo. Éstos proveen eviden- cias de una movilidad relativamente baja.22

En otra revisión de literatura sobre diferencias entre países en movi- lidad intergeneracional de ingresos de trabajo, Solon (2002) se pregun- ta si hay algún vínculo entre la desigualdad de corte transversal dentro de una generación y la transmisión intergeneracional de la desigualdad. Aunque en Estados Unidos y el Reino Unido la desigualdad de corte transversal es mayor que en Suecia o Finlandia; Canadá también tiene una desigualdad relativamente alta. Las evidencias necesarias para pro- porcionar una respuesta clara a esta pregunta son todavía fragmenta-

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