LOS GALOS SAQUEAN ROMA

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EL DERROCAMIENTO DEL DECEMVIRATE

LOS GALOS SAQUEAN ROMA

El estado romano nació de la guerra, y estaba en un estado casi permanente de guerra con las tribus vecinas. La lucha contra tribus como los Volsci, los Aequi y los Sabinos eran una cuestión de supervivencia nacional para Roma. Las guerras contra estos pueblos dieron el ejército de los ciudadanos romanos una enorme cantidad de experiencia. Perfeccionaron sus tácticas. Un nuevo espíritu se engendraba en el pueblo romano, un espíritu endurecido por las pruebas y dificultades propias de la guerra. Consideradas como virtudes romanas tradicionales: el valor, la disciplina y la sumisión al Estado, reflejaban las condiciones reales en las que se forjó Roma.

Desde los primeros conflictos con las tribus latinas más atrasadas, Roma se iba preparando para aventuras mayores. Las guerras posteriores se libraron contra naciones más avanzadas, como la colonia etrusca de Veii. Fue en esta guerra que Camillus, obligó por primera vez a los romanos a aceptar el servicio militar permanente. Anteriormente, los soldados campesinos habían sido autorizados a interrumpir el servicio militar para la cosecha. Desde entonces Camillus terminó esta tradición, sustituyéndola por un salario. La campaña fue un éxito, y marcó un punto de inflexión. Por primera vez, los soldados de Roma habían conquistado una gran ciudad-estado etrusca.

Estas conquistas prepararon el camino para la expansión inexorable de Roma. La derrota de Veii elimina un obstáculo importante en el camino de esta expansión, que casi se duplicó el territorio de Roma. La tierra de los territorios recién conquistados, unidos por la excelente red de carreteras etrusca, podía ahora entregarse al ciudadano romano agricultor y soldado como asignaciones individuales. Este sistema de ocupación de territorios mediante la conquista fue un elemento muy importante en la historia de la República romana, pero la pregunta más importante de todas fue: quien se quedaría con el control de este territorio conquistado. Se demostró que esa era la cuestión central de toda la historia de la República.

Sin embargo, en el año 387 a.C el avance aparentemente inexorable de las armas romanas recibió un repentino e impactante revés. Este fue un período de grandes migraciones de los pueblos, principalmente los pueblos celtas y germánicos, moviéndose inexorablemente de este a oeste en busca de nuevas tierras para establecerse. Estas migraciones masivas, que transformaron la faz de Europa para siempre, sólo se detuvieron en los siglos posteriores a la caída del Imperio Romano en Occidente. Por los siglos VIII y VII a.C, la migración de los pueblos de célticos estaba en su apogeo. Se movían en grandes números hacia las afueras de Europa central hasta lugares tan lejanos para la época, como España y Gran Bretaña. Así ocuparon lo que hoy es Francia y le dieron su nombre: la Galia.

Desde entonces y durante todo el siglo V a.C, se extienden poco a poco a través de los Alpes y expulsaron a los etruscos que se asentaban allí. A partir de este momento en el norte de Italia se llamó “la Galia de este lado de los Alpes” (Galia Cisalpina). Los galos que ocuparon el valle del Po habían desarrollado el arte de la guerra hasta el punto en que poseían una formidable maquinaria militar. Fueron los primeros que utilizaron las herraduras de hierro

en su caballería a mismo tiempo que su infantería se convirtió en experta en el uso de espadas anchas, finamente templadas. Pocos eran los que lograban resistir la embestida masiva de estos feroces guerreros, de cuerpos pintados y tatuados, que decoraban sus caballos con los cráneos de sus enemigos caídos, para hacer su ataque más aterrador, y que acompañaban las cargas de sus ejércitos con una cacofonía ensordecedora de trompetas y gritos de guerra, que sembraban el terror en los corazones de los soldados romanos más endurecidos.

Hacia el fin del siglo IV a.C, un grupo de galos se dirigió hacia el sur desde el valle del Po en la península italiana en dirección de Roma. A una distancia de sólo once millas de la ciudad, se encontraron con un ejército de entre diez a quince por mil romanos –la fuerza más grande de Roma o cualquier otro pueblo de Europa hubiera puesto en el campo de batalla hasta esa fecha. Lo que siguió fue la mayor catástrofe en la historia romana. La falange romana de soldados fuertemente armados con lanzas, se vio sin embargo abrumada por el rápido movimiento de la caballería y la infantería gala, que se precipitó sobre ellos con un impulso imparable, lanzando sus terribles gritos de guerra. Las filas romanas fueron totalmente destruidas y su ejército en conjunto fue derrotado. La mayoría de sus soldados fueron empujados hacia un río cercano, y en un intento desesperado por salvarse a sí mismos, se ahogaron. Roma había quedado sin defensas frente al enemigo.

Los galos entraron en la ciudad y acamparon en las calles de Roma y sin encontrar oposición, asesinaron, robaron y quemaron, aun cuando carecían de las armas de asedio para tomar el Capitolio. Incluso hasta hoy en día pueden encontrarse en las afueras del Foro sobre una capa de arcilla, escombros quemados, azulejos rotos y madera carbonizada, como huellas de esa devastación. Los Galos finalmente se cansaron de sitiar el Capitolio, y fueron finalmente persuadidos con sobornos, a salir de la ciudad en ruinas, en la que, en cualquier caso, no tenían ningún interés. Durante muchos siglos esos acontecimientos y el recuerdo de aquella terrible experiencia, permaneció entre los romanos en esa zona brumosa de la conciencia donde la memoria histórica se mezcla con el mito y la leyenda,

Los historiadores romanos nos han dejado en sus relatos, testimonios que señalan que los romanos aterrorizados vaciaron sus templos de oro para pagar a los galos para que abandonaran la ciudad. El oro fue llevado al lugar señalado por los galos, y cuando las pesas demostraron no ser igual a la cantidad que los romanos habían acordado con ellos, el jefe galo Brennus arrojó su espada sobre el otro plato de la balanza, pronunciando palabras amenazantes diciendo: “Vae Victis” - (¡Ay de los vencidos!). Esta historia que puede basarse o no en hechos reales, dejó una fuerte huella en la psicología nacional de los romanos para siempre, y en particular sirve como muestra de su actitud hacia el pueblo de la Galia, que más tarde aprendieron el verdadero horror que les acechaba detrás de las palabras que los romanos atribuyeron a la leyenda a Brennus.

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