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“Nos levantamos de las cenizas de las masacres para buscar soluciones”

GUATEMALA, 1956

Diseñad

o p

justicia, a la salud y estamos siempre expuestas a sufrir discriminación”, añade con ojos tristes. En su largo recorrido, Rosalinda llegó a conseguir un escaño en el Parlamento por el Frente Demo- crático Nueva Guatemala, pero salió bastante desengañada: “En el Congreso no hay conciencia social ni de género. Hay muy poco compromiso por parte de los diputados”.

Aunque cree que Guatemala va encaminándose lentamente hacia el fortalecimiento de la demo- cracia, piensa que “no es fácil superar las con- secuencias de la guerra; la violencia que golpea día a día a los guatemaltecos, especialmente a las mujeres, son las secuelas y traumas que no se superan, principalmente porque los Acuerdos de Paz no lograron una nueva estructura de país, no se logró la desarticulación del ejército, y no se lograron cambios en los partidos políticos ni hubo cambios en las estructuras del Estado”. Denuncia a día de hoy “los desalojos violentos, las muertes extrajudiciales, las amenazas de muerte, la extracción de minerías en áreas que deberían ser reservas protegidas, que desplazan comunidades enteras para robar oro, plata, pe- tróleo y otros minerales”.

Con voz suave pero orgullosa habla de los ma- yas, aztecas, mexicas, aymaras, quechuas, ma- puches, vibris y otros, “que durante siglos han desarrollado una gran conexión y armonía con la madre naturaleza, respetando y desarrollando una ciencia con filosofía, arquitectura, agricultu- ra, matemática”.

“Las culturas de nuestros pueblos son una gran reserva de la humanidad aunque la cultura occi- dental no los valore ni los tome en cuenta”, aña- de con fuerza. Contraria a las guerras, el consu- mismo, la ambición o la violencia dice buscar en su vida y en la de los suyos armonía, respeto y solidaridad.

humanos. “Las peores matanzas fueron entre 1979 y 1983 y la mayoría de ellas cometidas por las Fuerzas Armadas”, recuerda Tuyuc. “Los an- tropólogos no tienen dudas de que fueron masa- crados, se encontraron cadáveres amarrados en grupos que presentaban señales de haber sido ahorcados con torniquetes”, informaba en esos días el Procurador de Derechos Humanos a la BBC de Londres.

“Vivíamos con miedo, persecución y amenazas. Y eso nos hizo más fácil organizar a las mujeres in- dígenas, además teníamos que proteger a nues- tros hijos del reclutamiento forzoso”, explica Ro- salinda. Y añade: “Para CONAVIGUA y para todos los pueblos indígenas era muy importante luchar contra el reclutamiento forzoso, fue uno de nues- tros objetivos. Pero eso no se consiguió hasta la firma de los Acuerdos de Paz”.

“Recuerdo que en esos días el párroco de mi ciu- dad me dio la oportunidad de tocar la Biblia, por- que en ese entonces las mujeres no podíamos tocarla ya que los catequistas decían que tenía- mos mucho pecado”. Para el Obispo de Guate- mala, Gerardo Flores, lo que “era una auténtica situación de pecado era que en Guatemala el 2,5% de la población sea la propietaria del 82% de las tierras cultivables, mientras que el 60% de la población vivía en la pobreza o en la pobreza extrema”.

Cada 25 de febrero, centenares de familias con- memoran el Día Nacional de las Víctimas del Con- flicto Armado. Esa fecha coincide con el día en que la Comisión para el Esclarecimiento Históri- co, Verdad y Justicia presentó su informe sobre las violaciones de derechos humanos ocurridas durante el conflicto bélico, que recogía más de 6.000 testimonios de las víctimas. Este informe fue el punto de partida en la lucha contra la im- punidad y por esto el obispo Gerardo Flores, que lideró el proceso, fue asesinado brutalmente días después. La mayoría de viudas e hijas de campe-

sinos asesinados que participan en la conmemo- ración llegan con flores rojas en la mano hasta el centro histórico de la capital. Además de exigir justicia para los responsables del genocidio, los manifestantes piden al Parlamento, año tras año, que apruebe de una vez las ayudas económicas a los familiares de las víctimas causadas por el Ejército. Y ahí está siempre, con su vestimenta indígena de vivos colores y cabello recogido en una trenza, la pequeñita gran mujer Rosalinda, junto a sus compañeras de lucha. “La mayoría de los que estamos acá no tenemos un lugar don- de depositar una flor, porque no sabemos dónde fueron enterrados, dónde fueron tirados todos los cadáveres de hombres, mujeres, ancianos y niños que fueron asesinados”.

En el informe de la Comisión para el Esclareci- miento Histórico, Verdad y Justicia se afirma que el Ejército fue el responsable del 96% de las vio- laciones y cuantificó 630 matanzas colectivas, principalmente de indígenas. Ése fue el balance: 200.000 muertos, 45.000 desaparecidos y más de 50.000 viudas y huérfanos. “Los familiares de las víctimas”, asegura Tuyuc, “nos levantamos de las cenizas de las masacres para contribuir a la búsqueda de soluciones a los problemas de la pobreza, educación, salud y desarrollo del país pero el Estado no ha cumplido con la parte que le correspondía. Así como éste invirtió mucho para luchar contra las comunidades, creo que ahora es importante invertir en la reconstrucción del te- jido social”, afirma con una suave voz pero con mucha seguridad.

Orgullosa de pertenecer a una cultura milenaria, se siente satisfecha de poder trabajar para un país de 12 millones de habitantes, de los cuales más de la mitad son indígenas. Fue candidata al Premio Nobel de la Paz 2005. “Hemos consegui- do cosas positivas para las mujeres indígenas, estamos mejor organizadas, conocemos nuestros derechos económicos, políticos o culturales pero seguimos teniendo problemas para acceder a la

ROSALlNDA TUYUC

La vida de Hanan Ashrawi ha estado repartida en- tre tres grandes pasiones, su familia, la literatura y un profundo compromiso político con su pue- blo, que la ha llevado a abanderar la lucha por los derechos humanos, la emancipación femenina y un futuro de paz para los palestinos. Desempeñó un papel clave durante las negociaciones de los noventa y hoy se mantiene en activo como dipu- tada y fundadora de varias organizaciones. Llegó al mundo en la ciudad cisjordana de Nablus en el seno de una familia cristiana y marcada por el destino. “Mi vida política comenzó el día que nací”, asegura.

“Naces, como palestino, con una responsabili- dad y un reto. Ser un palestino es algo muy con- trovertido, algo que no puedes dar por sentado,

HANAN

ASHRAWl

ANXELA IGLESIAS

algo que provoca reacciones extremas”, cuenta. Desde siempre supo que debía hablar, rebelarse y seguir los consejos de su padre, al que describe como un hombre adelantado a su tiempo. Él la impulsó a escribir desde muy pequeña y le incul- có que debía liberarse a sí misma para liberar a su país.

Era una estudiante en Beirut cuando comenzó a implicarse activamente, primero ayudando a los refugiados palestinos en Líbano y después en lo que ella llama “la revolución”. Corría 1967, el año en el que Israel ocupó Cisjordania, Gaza, Jerusa- lén Este, el Sinaí y los Altos del Golán tras la Gue- rra de los Seis Días. Continuó implicada durante su época en Estados Unidos, como delegada es- tudiantil palestina en diversos grupos, y también

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