AFGANISTÁN, 1968
Diseñad
o p
como una prioridad en tiempo de guerra, ellas forman parte del programa de reconstrucción im- pulsado por el Gobierno. El Parlamento nacional cuenta con 64 mujeres (28% de los escaños), hay una mujer gobernadora en la provincia de Bam- yan y muchas mujeres son policías ahora. Tam- bién escuelas para niñas están en construcción y se fomenta la formación de profesoras.
Queda mucho por hacer. Las mentalidades tie- nen que cambiar y eso lleva tiempo. “¡No se pue- de imponer una liberalización de las costumbres! Las mujeres no van a los restaurantes, no eligen a sus maridos, no trabajan. Estamos lejos de la igualdad de género”, dice Palwasha.
Hoy, el mayor reto y sueño de Palwasha es cam- biar las mentalidades. Quiere que se cambie la vi- sión que los hombres tienen de las mujeres pero también piensa que es importante que cambien las mentalidades de las mujeres para que sean libres de decidir sobre sus propias vidas.
las mujeres, partidaria de meter las manos en la masa y no quedarse inmóvil en una oficina. “Yo soy una activista, no encuentro la felicidad en- cerrada en este despacho. Estoy en prisión. ¡Ni siquiera puedo salir de esta casa!”. A Palwasha no le queda otra opción. Ha recibido varias ame- nazas de muerte por parte de los talibanes y de los ex “señores de la guerra”, quienes se oponen a su labor. Palwasha vive con miedo.
Remontamos en el tiempo. Su infancia y juventud estuvieron marcadas por una familia muy unida donde nadie se resignaba a la presión de afiliar- se al partido comunista (Partido Democrático Popular Afgano, PDPA) aunque fuese necesario para trabajar (práctica habitual desde la ocupa- ción rusa en 1979). Así Palwasha vio a su padre en prisión cuando era todavía una niña pequeña. Algunos años más tarde, cuando le ofrecieron su primer puesto de trabajo en la radio y televisión de Kabul condicionándolo a su inscripción al par- tido, ella tuvo que renunciar a cumplir con su sue- ño de entonces.
Palwasha creció en Jalalabad, ciudad colindante con la frontera con Pakistán donde regresó tras sus estudios en Kabul para ser directora de un colegio. Lo dejará dos años después para involu- crarse en UNICEF. Como educadora para la salud en los pueblos vecinos de la región, se ocupaba de mujeres embarazadas y madres y les propor- cionaba consejos sobre la lactancia. Pero la tarea le pareció insuficiente. La meta de Palwasha era poder estar más cerca de esas mujeres, oír sus necesidades y deseos con el objetivo de que las ONG puedan ofrecerles los programas más ade- cuados transmitiéndoles que ellas también son potentes agentes de cambio de su sociedad. La llegada de los talibanes a Jalalabad forzará a Palwasha a dejar su acción que será retomada, a pesar del riesgo, algunos meses más tarde con UNICEF: bajo un supuesto programa de inmuniza- ción, vuelve a contactar con mujeres formándolas
para que sean profesoras y monten escuelas en casas. De nuevo, su actividad sufrirá amenazas y se verá obligada a quedarse en su casa.
El año 2001 supone la caída del poder de los talibanes. Entre las muchas organizaciones que florecen, nace la Comisión Independiente Afgana de los Derechos Humanos (AIHRC) donde Palwas- ha fue responsable de los derechos de la mujer. Su tarea consistía en escuchar y tomar nota de los testimonios de las numerosas mujeres que acudían a su despacho con relatos trágicos de abusos y maltratos. Palwasha se entregó en cuer- po y alma a su nueva tarea. Cuando una mujer seguía estando en riesgo o era objeto de abusos, Palwasha no dudaba en confrontarse físicamen- te a esos hombres, que usaban su fuerza para intimidarla.
En 2006, pasa a ser nombrada Responsable Re- gional dentro de AIHRC, lo cual amplió su campo de acción a los derechos humanos en general. Palwasha acepta el puesto aun sabiendo que las mujeres en puestos de decisión y de influencia seguían corriendo mucho peligro. Y es así como un año más tarde acepta otro reto, el de Ministra Diputada de los Asuntos Femeninos del Gobierno de Hamid Karzai, y admite que si es ahora minis- tra es, en parte, por razones de seguridad: “Estoy nerviosa ahora, todo me da miedo, es demasiado peligroso. Es también por eso que he vuelto a Ka- bul. Es más seguro trabajar en el Ministerio”. El país sigue en guerra y toda una parte de la población, la que vive fuera de Kabul, no existe para las ONG. “Las ONG no van donde las cosas van mal, se quedan solo en Kabul, donde hay seguridad. Hoy en día nadie trabaja en el Sur, donde nos necesitan. Pero nuestro Ministerio no tiene presupuesto y no tiene ideas. Las mujeres afganas saben que existe este Ministerio pero se preguntan de qué sirve”. Aunque los derechos de las mujeres no son considerados muchas veces
PALWASHA KAKAR
Estudió Relaciones Internacionales en Washing- ton y un Master en Ciencias Políticas e Integra- ción Europea, en la Universidad de Ámsterdam. Fue funcionaria de la Comunidad Económica Eu- ropea, perteneció al Partido Socialista Alemán (SPD) hasta la creación de Die Grünen (Los Ver- des), el partido ecologista alemán que ella contri- buyó a fundar en 1979. Fue parlamentaria verde desde 1982 hasta 1987. Ecologista, pacifista y feminista, trabajó intensamente contra las armas nucleares. Se implicó también en la lucha por el respeto a los derechos humanos en el Tíbet y la mejora de las vidas de los niños y niñas con cáncer. Defendía la no-violencia y la ternura en la política, una política a la que ella pensaba que había que añadir esperanza y corazón.