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es el miedo, y lo llevamos dentro”

BOLIVIA, 1937

Diseñad

o p

enfrentaron a la represión con unidad y huelga; cuatro mujeres y una veintena de niños comen- zaron una huelga de hambre a la que se unirían posteriormente miles de personas en muchas ciudades y pueblos de Bolivia. La dictadura de Hugo Banzer cayó pero en 1980 otra dictadura, la de García Meza, condujo a Domitila al exilio a Suecia y a México, país donde había estado cinco años antes invitada por Naciones Unidas a par- ticipar en la Tribuna del Año internacional de la Mujer. Para Domitila fue una experiencia de vida donde comprendió que su sabiduría procedía de su pueblo y de su lucha milenaria. Su discurso no coincidía con aquellas nuevas corrientes feminis- tas occidentales: “No veían cómo nuestros com- pañeros están arrojando sus pulmones trozo más trozo en charcos de sangre. No sabían lo que es levantarse a las cuatro de la mañana y acostarse a las 12 de la noche solamente para dar cuenta del quehacer domestico, debido a la falta de con- diciones”.

Doña Domi, como la llaman algunos, volvió a Bo- livia y ha seguido enfrentándose a los que han querido acabar con el movimiento minero, como los que aprobaron el decreto 21060 que puso en la calle, sin casa y sin trabajo, a todos los habi- tantes de Siglo XX.

Domitila Barrios de Chungara reflexiona a los 72 años y piensa que se ha conseguido poco o nada después de más de un siglo de pelear contra los patronos nacionales y extranjeros, pero al mismo tiempo espera que la injusticia no sea eterna. bajo en comparación con otros países de América

Latina?”.

Su activismo y su compromiso le dieron la res- puesta: “Bolivia se halla sometida a las empre- sas transnacionales que controlan la economía de mi país. A pesar de que somos tan poquitos habitantes, esta riqueza no nos pertenece, hay muchos que se han vuelto ricos pero invierten toda su plata en el extranjero”.

En Siglo XX, el campamento minero donde vivió Domitila, no había agua corriente y sólo disponían de electricidad algunas horas. En una sola habi- tación de cuatro o cinco metros cuadrados vivían nueve personas, sin baño, sin ducha, sin una vida digna de seres humanos. Los niños podían morir aplastados en las colas para conseguir un poco de carne, escasa en los campamentos mineros y utilizada como medida de presión para hacer claudicar a los mineros cuando planteaban rei- vindicaciones. Las mujeres trabajaban jornadas de 20 horas diarias para cuidar de toda la familia además de emplearse en otras actividades para aumentar la escasa paga minera: “La primera ba- talla a ganar es dejar participar a la compañera, al compañero y a los hijos en la lucha de la clase trabajadora para que este hogar se convierta en una trinchera infranqueable para el enemigo”. El Comité de Amas de Casa Siglo XX, del que Do- mitila fue parte activa y representante, estaba organizado igual que el Sindicato de Mineros y formaba parte de la Federación de Trabajadores Mineros y de la Central Obrera Boliviana. La par- ticipación de las mujeres en la realidad de la co- munidad minera y en la política era para Domitila parte de un todo: “Si la mujer está politizada, si ya tiene formación, desde la cuna educa a sus hijos con otras ideas y los hijos serán otra cosa”. Domitila representa a mujeres anónimas, silen- ciadas casi siempre (algunos maridos las pega- ban al volver de una reunión del Comité) que han

defendido los derechos de los trabajadores y que han pedido medicinas y comida para no morir de hambre de frío y de enfermedades evitables. La propia Domitila tuvo una hermana que murió porque hambrienta comió restos que se encontró en una basura que contenía ceniza de carburo. Mientras, “los señores del estaño” continuaban enriqueciéndose: “la burguesía siempre ha sido brutal, mentirosa y ladrona”.

En junio del año 1967 sonó la sirena en Siglo XX: “Bien-bien fuerte. Dicen que era de un barco”… “¡Cuántas cosas vimos esa noche!”. El dictador René Barrientos envío a las comunidades mine- ras de Catavi y Llallagua unidades militares para reprimir las reivindicaciones de los trabajadores, era la noche de San Juan: “El ejército planificó todo. Entraron como civiles. Bajaron, metieron bala a todos los que encontraron en su camino. ¡Fue algo terrible, terrible!”.

Miles de personas murieron, entre ellas muchos niños y niñas. Domitila no perdió la palabra y de- nunció: “No es justo lo que han hecho con noso- tros. Si el Gobierno mismo nos ha quitado nues- tro salario y lo único que pedimos, es lo que en justicia nos corresponde…Y que nos maten así, no es justo. ¡Cobardes!”:

Dos días después se la llevaron junto a su hija de dos años y la metieron en una cárcel de La Paz. En esta ocasión salió ilesa pero meses más tarde fue de nuevo detenida. Las torturas se llevaron parte de sus dientes y la vida de un hijo al que su cuerpo no pudo contener en su interior y decidió nacer entre palizas y golpes. La acusaron de ser enlace de la guerrilla del Che que en esos años actuaba en Bolivia.

El Gobierno de Hugo Banzer primero intentó la extorsión pero Domitila una vez más eligió seguir luchando con su comunidad y por ella. Era el año 1978, Banzer prohibió los partidos políticos y los sindicatos. Los trabajadores protestaron y se

DOMlTlLA BARRlOS

Eileen Kampakuta Brown es una mujer aborigen de Australia. Es una de las fundadoras de la Kupa Piti Kungka Tjuta, el Consejo de Ancianas Aborí- genes de Coober Pedy en la Australia Meridional que lucharon a partir del año 1995 contra el pro- yecto del Gobierno australiano de crear un verte- dero nuclear en el desierto australiano, tierras de las comunidades aborígenes.

Eileen Kampakuta Brown no sabe exactamente cuántos años tiene. Dice que alrededor de 70. La llaman “anciana”. Cuando el Gobierno australia- no anunció su plan de creación de un vertedero nuclear en las tierras desérticas de Australia, Ei- leen se enfadó. No podía permitir que se repitiera la historia. Se acordó de la catástrofe que afectó a su comunidad y a su familia hace más de 50

ElLEEN

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