Hoy en día tenemos un mar de información respecto a la migración desde la Península Ibérica hacia las Américas entre los siglos dieciséis y dieciocho. Bien sea en tono épico o en clave autocrítica se ha investigado hasta la saciedad ese proceso migratorio que acompañó la expansión imperial ibérica, la lla- mada conquista del nuevo mundo. Hasta cierto punto puede decirse que la empresa ibérica constituye el ápice de la identifi- cación entre imperio y misión cristiana. Conquistar e imponer el yugo español o portugués era lo mismo que evangelizar en nom- bre de Cristo. Esta identificación prosiguió luego cuando las otras naciones europeas emprendieron procesos colonizadores en las Américas, Asia y África, aunque hubo diferencias de grado debido a la progresiva secularización de Europa7. Aún quedan
rezagos de esta forma de misión ”desde arriba”, desde una posi- ción de poder y conquista, que contrasta con la misión ”desde abajo” que vemos descrita en el material histórico del Nuevo Testamento y de los siglos que preceden a la experiencia cons- tantiniana de la Iglesia. En su cuidadoso análisis del proceso de secularización el sociólogo y teólogo reformado Roger Mehl nos recuerda que hoy en día las iglesias cristianas ”se ven llamadas a volver a una situación más cercana a la de la Iglesia primitiva la importancia de una experiencia personal de la fe cristiana que
va más allá de una simple referencia identificatoria determinada por la geografía y la historia. En segundo lugar, esta visión se nutre de un alto sentido de obligación misionera que algunos, desde un punto de vista puramente sociológico, calificarían como impulso proselitista. Con dicha perspectiva nos interesa examinar los hechos y además encontrar en las fuentes de la fe cristiana ciertas notas distintivas que ayudan a entender esos hechos. Sobre la base de este examen podemos plantearnos la cuestión de cómo las iglesias en la España de hoy pueden enten- der el actual proceso de migración que afecta a la península como un desafío misionero.
Un factor importante a tomar en cuenta es que la misión cris- tiana en el siglo veintiuno se realizará dentro de una situación global diferente a la que la tradición eurocéntrica ha dado por sentado hasta aquí. La principal diferencia es lo que misionó- logos como Walter Hollenweger, Andrew Walls y Walbert Bühlman denominan ”el gran viraje del Cristianismo hacia el sur”, o el surgimiento de la ”tercera iglesia”. El Cristianismo ha perdido fuerza en Europa ante el avance del secularismo e inclusive de otras religiones como el Islam. Va perdiendo fuer- za en Norteamérica ante el avance de lo que se llama ”religión civil”, que podría describirse como un sincretismo entre nacio- nalismo estadounidense y formas populares del protestantismo, catolicismo y judaísmo. En cambio el Cristianismo, especial- mente en sus formas populares como el Pentecostalismo, ha crecido notablemente en el hemisferio sur, entre poblaciones de África, algunos países asiáticos y América Latina. Se acos- tumbraba decir que el cristianismo era una religión occidental o propia del hombre blanco, pero hoy puede decirse que está más extendido entre los pueblos de color. Andrew Walls ofre- ce cifras estimativas pero elocuentes: ”En 1900, el 83% de los
diecinueve, sociedades misioneras católicas y protestantes de Europa enviaban misioneros, literatura y dinero para salvar al Nuevo Mundo de caer en la total irreligión”10.
Esta migración masiva de católicos a los Estados Unidos, un país sin iglesia establecida, marcó al catolicismo de ese país haciéndolo muy distinto al catolicismo de otras partes del mundo, especialmente de aquellos países como España, Portugal o Italia, en los cuales había sido Iglesia oficial o esta- blecida. Se le plantearon varios desafíos de carácter misionero. Primero, fue el desafío de las necesidades sociales de personas vulnerables, desorientadas y desarraigadas, porque como en tantos otros casos era la miseria la que los había empujado a emigrar. Dice una historiadora católica: ”La mayoría de los inmigrantes católicos eran irlandeses. Aunque los irlandeses habían estado viniendo a los Estados Unidos desde la época colonial, la verdadera avalancha vino con aquellos que esca- paban de las llamadas hambrunas de la patata. En el quinque- nio entre 1846 y 1851 más de un millón de irlandeses dejaron su patria, la mayor parte de ellos jóvenes, solteros y pobres”11.
El segundo contingente después de los irlandeses fueron los alemanes y luego italianos, españoles, portugueses, austriacos, polacos y nacionales de otros países de Europa Central, y esto nos lleva al segundo problema.
El intento de asimilar a los inmigrantes tropezó con la reali- dad de las diferencias nacionales y culturales entre ellos y McGlone señala que las rivalidades de tipo nacionalista hacían correr el riesgo de que la Iglesia estallara en fragmentos. Una discordia notoria fue la que se dio entre los alemanes y los irlandeses. Aunque éstos eran más pobres, para establecerse en la nueva situación contaban con su dominio de la lengua ingle- sa12. Un motivo de resentimiento de los alemanes, por ejemplo,
era que la mayoría del clero católico eran de origen irlandés.
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que a la de la Iglesia de la Edad Media: el corpus Christi deja de confundirse con el corpus christianum, la Iglesia se diferencia socialmente del resto del cuerpo social. Dispone de la facilidad para recuperar su especificidad”8.
Mirando hacia lo que viene del siglo veintiuno, me pare- ce que la misión cristiana volverá a sus características pre-cons- tantinianas. Por ello propongo que encontremos algunos refe- rentes históricos más cercanos y apropiados para nuestra reflexión, como ciertas experiencias de los siglos diecinueve y veinte.
Catolicismo y migración europea
Consideremos como caso ilustrativo, por ejemplo, la experien- cia católica dentro del proceso migratorio europeo de ese perío- do. Su marco más amplio es la emigración europea. Entre 1846 y 1932 marcharon a ultramar 54 millones de europeos, de los cuales 34200000 fueron a Estados Unidos, 7000000 a Argentina, 5200000 a Canadá, 4400000 a Brasil9. Dentro de este
desplazamiento masivo se puede ubicar el notable crecimiento del Catolicismo en los Estados Unidos. El historiador estadouni- dense Franklin Littel nos ofrece las siguientes cifras a las que agregamos entre paréntesis el cálculo porcentual. En el momen- to de la independencia de ese país había 20000 católicos dentro de una población de tres millones y medio (0,6%). Para 1815 ya había 90000, en 1860 habían llegado a ser 3 millones (casi 10% en una población de 31 millones), en 1920 eran 20 millones (20% en una población de 100 millones) y en 1960, eran 40 millones (22% en una población de 180 millones). Comentando estos hechos, y la visión de muchos cristianos europeos de comienzos del siglo diecinueve, Littell afirma que ¨la nueva nación era una nación pagana – uno de los campos misioneros más necesitados del mundo. Durante la mayor parte del siglo
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importante en algunos de los cambios notables que se dieron en el Concilio Vaticano II, como el relativo al reconocimiento, por lo menos en teoría, del derecho de los seres humanos a la libertad religiosa, y el respeto a las minorías.
Pese a todo lo dicho hasta aquí, la Iglesia Católica ha tenido dificultades para enfrentar la llegada masiva de latinoamericanos a los Estados Unidos en años recientes. Pese a su realidad numé- rica y su prestigio, pareciera que los recursos humanos y misio- nales de los católicos han resultado desbordados por esta nueva ola inmigratoria. De esta manera puede interpretarse las voces de alerta de algunos estudiosos católicos como el sociólogo Andrew Greeley frente a la deserción significativa de latinoame- ricanos que al llegar a Estados Unidos migran hacia otras igle- sias, y en especial a las iglesias evangélicas de carácter popular. En artículos que tuvieron resonancia, Greeley llamaba a un ejer- cicio de autocrítica y corrección14. Frente a estos hechos, algu-
nos obispos y pastoralistas cargan la nota de acusación de pro- selitismo a las iglesias evangélicas. Otros en cambio reconocen que la deserción de los católicos puede deberse a fallas pastora- les serias y falta de sentido de misión en las parroquias católicas que son a veces unidades homogéneas de irlandeses, polacos o italianos cerradas por el etnocentrismo. Otra razón es la falta de clero y la incapacidad de movilizar a los laicos, en contraste con las iglesias evangélicas donde el laicado tiene una participación activa en el liderazgo de la iglesia15.
Protestantismo evangélico y migración europea
Paso a referirme a algunos casos ilustrativos de la relación entre migración y misión en la experiencia evangélica del siglo veinte, tomando en cuenta la migración europea hacia países de inmigración como Argentina adonde se dirigieron contingentes importantes de españoles e italianos. Los estu- No se pudo evitar que, en diferentes regiones, distintas nacio-
nalidades vieran a su iglesia local o regional como el ámbito en el cual se guardaban los valores y símbolos de su cultura e identidad nacional.
El tercer problema se debía a la diferencia entre el talante católico y el protestante, ya que aunque no había iglesia esta- blecida los protestantes que eran mayoría no vieron con bue- nos ojos la llegada masiva de católicos. Dice McGlone: ”En un país que valorizaba la libertad y que estaba luchando para for- jar una identidad nacional, el uso que hacían los católicos del latín para su culto, su obediencia a Roma y su adaptación, aun- que a regañadientes, a una multitud de nacionalidades en sus filas, parecía una peligrosa negación de lo americano (un- American). Los protestantes compartían un ideal religioso de ‘voluntarismo’, una creencia de que la comunidad de fe nunca debiera ser intimidada por ninguna fuerza externa en cuestio- nes de creencia. Este principio parecía contradecir casi cada aspecto de la disciplina católica”13.
Como resultado de este proceso, en primer lugar los católicos estadounidenses adquirieron una experiencia y conocimiento de las realidades de la migración no igualado por ninguna de las iglesias protestantes. Esto los hizo uno de los grupos reli- giosos más influyentes en cuestiones migratorias, de manera que hasta hoy los documentos de los obispos católicos esta- dounidenses y su capacidad de acción coordinada tienen mucho más posibilidades de influir sobre la legislación. En segundo lugar, McGlone señala que la experiencia de respon- der a las realidades misioneras planteadas por la migración masiva hizo que los católicos estadounidenses descubrieran su verdadera ”catolicidad” y tomaran plena conciencia de ella. En tercer lugar, por su talante forjado en las mencionadas circuns- tancias, los católicos estadounidenses han jugado un papel
para muchas personas el encuentro con Cristo se da precisa- mente cuando una situación de crisis los hace sensibles y abier- tos a la Palabra de Dios que los llama a reconciliarse con Él. Quienes evangelizan y hacen trabajo misionero saben que las crisis colocan a las personas en una actitud de mayor apertura al llamado de Dios. Además, dentro de la experiencia vital de las personas de cultura hispana, aun en aquellos cuyo catolicismo ha sido sólo cultural o nominal, quedan todavía rezagos de una memoria de Jesús, quizás oscura, que les llevan a buscar la igle- sia en horas de crisis. Por otra parte, las situaciones críticas ponen a prueba la apertura y la disposición de las iglesias a cum- plir con su cometido de anunciar las buenas nuevas y de servir a los humanos en el nombre de Jesucristo.
En varios países latinoamericanos existen también dentro del Protestantismo las llamadas ”Iglesias del Trasplante” o ”Protestantismo de Inmigración” como los luteranos, anglica- nos, valdenses, menonitas, que vinieron de Europa durante los siglos diecinueve y veinte a países de inmigración como Brasil, México, Argentina, Paraguay, Venezuela y Chile. En muchos casos eran parte de movimientos migratorios, que respondían a ”políticas inmigratorias generales, cuando no a invitaciones expresas de las mismas élites modernizadoras que abren las puertas a las misiones”19. Es posible establecer una analogía
entre este protestantismo de inmigración en América Latina y el catolicismo de inmigración en Estados Unidos al cual hici- mos referencia antes. Sin embargo, es importante señalar que la analogía no es exacta con el caso del catolicismo latinoa- mericano procedente de la conquista del siglo dieciséis. Así lo señala Míguez Bonino: ”la Iglesia Católica española es trasla- dada a América e impuesta a una población autóctona; las iglesias de inmigración son trasladadas con la población origi- nal en la que nacieron”20.
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diosos del Protestantismo en este país han observado que en el surgimiento de varias denominaciones evangélicas jugaron un papel clave personas y familias españolas e italianas que se convirtieron a la fe evangélica desde un catolicismo nominal o activo, precisamente al emigrar. Fue la peripecia del exilio la que facilitó su adopción voluntaria de la fe evangélica de la cual llegaron a ser militantes activos. Usando como ejemplo el de su propia familia, el teólogo argentino José Miguez Bonino nos recuerda que en una tierra nueva, sin las estrechas ataduras sociales de sus pueblos y aldeas, y sin el control mental y social ejercido por el clero católico, estos españoles e italianos se convirtieron al Evangelio y se constituyeron en columnas de sus iglesias16. En este caso, el desarraigo de la
migración se convirtió en situación de libertad que permitía una opción religiosa distinta.
La fundación de iglesias y denominaciones evangélicas en algunos países del mundo de habla hispana se debió al trabajo evangelizador pionero de personas que habían conocido el Evangelio y adoptado su fe mientras vivieron en el exilio. El his- toriador Justo González menciona casos como éstos en la histo- ria del Protestantismo en el Caribe17. En las iglesias evangélicas
de España he encontrado a muchos dirigentes o creyentes acti- vos cuya conversión al Evangelio se dio durante las migraciones de las décadas de 1960 a 1980, en lugares como Suiza, Francia y Alemania. La red de iglesias evangélicas de habla hispana en Alemania conocida como COE ha sido objeto de un estudio cui- dadoso desde perspectiva misionológica18.
He mencionado dos palabras clave para entender la condición espiritual y social del emigrante: libertad y desarraigo. Se puede decir que son como el lado brillante y el lado oscuro de una y la misma experiencia que atraviesan las personas que tienen que emigrar. Ambos términos son parte de una situación de crisis, y
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