(Manifiesto para tiempos de niebla espesa)
1. Manifestar el Reino de Dios en el poder del Espíritu Santo El carácter peculiar del ministerio de la iglesia deriva de su naturaleza y de su misión. La iglesia, comunidad mesiánica, es
de pervertir tanto su identidad como su acción. ”La iglesia depende del Espíritu para su propia existencia. Sus palabras y acciones son meramente el medio para la manifestación presen- te del Reino de Dios, y no pueden explicarse plenamente como palabras y acciones humanas”3.
Nunca será excesivo el énfasis en lo dicho hasta ahora acerca de la misión de la iglesia y su dependencia del Espíritu. El ries- go mayor de pérdida de identidad y de sentido en su acción tiene que ver con el olvido de esa íntima dependencia del Espíritu. Cada vez que en la historia ha ocurrido así, la iglesia ha derivado en un servicio confuso y en una proclamación difusa.
2. El espejismo de la ”cultura cristiana”
La acción de la iglesia en medio de la sociedad, desde luego en nuestro país, se ha visto a menudo dificultada por obstácu- los de todo tipo nacidos de los prejuicios más negativos e injustos. No es de extrañar, por tanto, que en ocasiones la igle- sia intente ganar crédito y respetabilidad en medio de una sociedad, por lo demás, secularizada e indiferente al fenóme- no religioso. Sin embargo, en ese empeño por lograr un espa- cio bajo el sol del status quo, la iglesia puede verse tentada a dejar en la trastienda aspectos de su personalidad que pueden ser ”escándalo” para algunos (1Co.1:18-23), pero que forman parte esencial de su identidad.
En este sentido tienen valor especial las advertencias de Emil Brunner, teólogo reformado suizo, miembro de una iglesia rele- vante socialmente y fuerte en recursos culturales y humanos. Sin embargo, Brunner insiste en la concepción de la iglesia como una comunidad mesiánica, una forma de existencia comunita- ria-personal portadora de la nueva vida de Dios que es en Cristo Jesús, por la acción del Espíritu Santo. ”La eklesía, la comunidad de Jesucristo, sabe que allá donde está como verdadera comuni- el instrumento de Dios en el mundo para manifestar su Reino,
aunque sea de manera imperfecta, y hacerlo en el poder del Espíritu Santo, bajo la autoridad de Jesucristo.
El Evangelio declara que Dios ha cumplido su propósito reden- tor en Cristo Jesús. Si bien este propósito tendrá su culminación en el final de los tiempos, puede experimentarse ya en el pre- sente, en la dimensión personal y la dimensión comunitaria que ofrece la iglesia. En Cristo Jesús, el Reino de Dios se ha hecho una realidad presente. En su persona y en su vivir, en su predi- cación y en sus obras de misericordia y justicia, el poder diná- mico de Dios se ha hecho visible. El Reino:
Es una nueva realidad que ha entrado en el cauce de la histo- ria y que afecta la vida humana no sólo moral y espiritualmen- te, sino también física y psicológicamente, material y social- mente. En anticipación de la consumación escatológica al final del tiempo, ha sido inaugurado en la persona y obra de Cristo. Está activo en medio del pueblo, aunque sólo puede ser perci- bido desde la perspectiva de la fe (Lc.17:20, 21). La consuma- ción del propósito de Dios se realizará en el futuro pero aquí y ahora es posible vislumbrar la realidad presente del Reino2.
A la luz de esta concepción del Reino de Dios, la iglesia apa- rece como la comunidad del Reino que, bajo la autoridad de Jesucristo, por su predicación y vivencia, por lo que hace y por lo que proclama, testimonia del Reino en medio de la historia humana y en especial en sus necesidades. Su misión es una extensión de la misión de Jesucristo.
En el cumplimiento de esa misión, la iglesia depende por ente- ro del Espíritu Santo. El Reino de Dios que irrumpe en la historia en Jesucristo sigue actuando ahora por medio del Espíritu Santo. No es posible concebir la identidad y la misión de la Iglesia fuera de esta dependencia del Espíritu de Cristo, salvo que sea a costa
teológica; el conocimiento de Dios sólo es posible por la subje- tividad de la fe y del encuentro personal.
El hombre no puede captar especulativamente el ser personal de Dios, sino sólo relacionándose personalmente con él, como lo exige su vida espiritual y como lo exige el mismo Dios, es decir, haciéndolo el tú de su yo y ahí eo ipso queda fuera de juego todo especular y toda cavilación teológica y metafísica7.
En el encuentro con el Tú absoluto el hombre se encuentra a sí mismo, y encuentra a los demás hombres. Siendo el encuen- tro con Dios un encuentro y una relación de amor, ese mismo carácter impregna las relaciones, el entre con los demás hom- bres y en particular con los más sufrientes.
Podría aún decirse que Dios nos es cercano, no sólo espiritual sino también físicamente: cercano en cualquiera, anto todo en el hombre más cercano, en el prójimo, en cualquiera que está ahí teniendo que arrastrar un dolor -¿y quién no lo arrastra?-, en el hambriento, en el enfermo; en cualquiera que necesita una acción o una palabra de amor -¿y quién no la necesita?-. Dios nos está cercano en el hombre al que convertimos en el verda- dero tú de nuestro yo saliendo de nuestro yo solitario, lo que evi- dentemente no quiere decir tenerlo sin más por Dios en su humanidad. ”Lo que habéis hecho al más pequeño de mis her- manos, me lo habéis hecho a mí”, se dice en el Evangelio8.
En coherencia con esta visión de la relación personal y espiri- tual con Dios y con los hombres, Ebner previene contra toda forma de ”cultura cristiana”, que por el plato de lentejas de la ”aceptación en sociedad”, malvende la esencia del Evangelio. ”Es evidente que una cultura ‘cristiana’ es un malentendido a menos que sea un malentendido el cristianismo y no sea la ver- dad de nuestra vida. La ‘cultura’ proporciona a la vida del hom- bre una forma espiritual pero no un contenido espiritual”9.
Kierkegaard, Ebner, Brunner y tantos otros filósofos y teólogos
161
É N F A S I S P A S T O R A L
dad de fe, está como existencia mesiánico-escatológica por la presencia del Espíritu Santo”4.
Brunner afirma que el cristianismo así entendido es la fuerza revolucionaria más grande en la historia de la humanidad. La suya es una potencia revolucionaria única porque en su origen y desarrollo depende de Dios. El es el único que puede realmente crear algo nuevo, y lo hace comenzando en el interior del hom- bre, en lo más íntimo de la persona, y de dentro hacia fuera, para alcanzar todas las esferas de la vida.
¿Por qué entonces, se pregunta Brunner, mil quinientos años de relevancia del cristianismo en Occidente no han sido sufi- cientes para que resultara de su influencia un reino de justicia y libertad? El teólogo reformado responde que una causa funda- mental en este fracaso es el aburguesamiento del cristianismo, resultado a su vez de la estatización de la iglesia.
Este anquilosamiento y aburguesamiento tiene su más profun- do fundamento en el hecho de que la cristiandad cesó ya en su primera época de confiar en la fuerza del Espíritu y buscó segu- ridades en el oficio, en el sacramento y en la fórmula de la fe. A medida que hizo esto se había quebrado su fuerza revoluciona- ria de choque. Dejó de ser humanidad para convertirse en ”cor- poración”. Dejó de ser una nueva vida y se convirtió en filosofía y en teología. Hizo paces con el mundo injusto, se transformó en simple comunidad de culto en el mundo y dejó de ser fermento revolucionario de la sociedad5.
Una variante de esta misma advertencia profética la ofrece Ferdinand Ebner6. Este filósofo cristiano advierte contra los can-
tos de sirena de una supuesta ”cultura cristiana”, que reduce a mera humanidad religiosa, más o menos elitista, la realidad poderosa del Evangelio en tanto que ungida por el Espíritu de Dios. Influido a su vez por Kierkegaard, niega la posibilidad de conocer el ser personal de Dios por la especulación filosófica o
160
el fruto que la capacita para su vida ética (Gá. 5:22,23), y del Espíritu recibe, en forma de dones, poder y criterio para su misión en el mundo (Ro. 12, 1Co. 12-14, Ef. 4):
La comunión divino-humana es intención de Dios desde la creación. La restauración de la comunidad es el objetivo de la actividad salvadora de Dios a través de toda la historia de la salvación. Una comunidad visible que da testimonio es la estructura indispensable para la reconciliación. Esta comuni- dad es esencial para la obediencia, la adoración, la piedad y la vida del pueblo de Dios. Es la base fundamental para la auténtica proclamación de un mensaje misionero a quienes aún no lo han recibido; y es también el contexto para la experiencia válida de fe de aquellos que están transformán- dose en discípulos. La obra salvadora de Cristo crea una comunidad: hermanas y hermanos, hijas e hijos, que llegan a ser miembros de la familia de Dios12.
Efesios 2:11-22 señala con claridad hasta qué punto el Evangelio de Cristo, vivido en el Espíritu, tiene poder para des- truir barreras de exclusión y edificar una comunidad, una fami- lia nueva y única, más allá de toda diferencia.
La creación de una nueva humanidad en la que son superadas las hostilidades personales, sociales, económicas, en un ambien- te de reconciliación, es resultado directo y principal de la muer- te y la resurrección del Mesías de Dios. Ésta es la iglesia que pro- clama, con la autoridad que surge de la autenticidad, a toda la humanidad -incluyendo a los ”principados y potestades”- el mis- terio del propósito salvador de Dios en Jesucristo13.
Esta última mención a la ”comunidad del Espíritu” como una nueva humanidad reconciliada nos introduce en el tema de la emigración que nos ocupará en las páginas que siguen.
no hacen sino actualizar una antigua tradición de pensamiento teológico que insiste en que la existencia cristiana será ”locura de la cruz” y ”escándalo” (1Co.1:18-31) o no será nada; que el ministerio de la iglesia será ”trastorno del mundo” por el poder del Espíritu (Hch. 17:6; Ro.15:19) o no será nada, al menos en términos del Reino de Dios.
3. El triunfo de Pentecostés sobre Babel
Es tiempo de recapitular. Lo hacemos desde una perspectiva deudora de fuentes anabautistas que aspira a ser fiel al testi- monio apostólico del Nuevo Testamento. Sus páginas inspira- das no dejan lugar a dudas sobre qué iglesia es iglesia de Cristo, y cuáles son los fundamentos para su vida y su misión. De ahí la definición usada a menudo de la iglesia como ”comunidad del Espíritu”.
Lo que realmente ocurrió en pentecostés fue que Dios derra- mó su Espíritu Santo y esto contribuyó a la formación de la comunidad del Espíritu del nuevo pacto. Esta comunidad se compone de individuos, de hombres y mujeres sobre los cua- les Dios ha derramado su Espíritu, haciendo posible la koino- nía en sus dimensiones plenas; una relación vertical de comu- nión con Dios y una relación horizontal de comunión con hermanos y hermanas10.
Así como Babel ejemplifica la rebeldía humana y la confusión resultante, Pentecostés muestra cómo Dios transforma la confu- sión en comprensión y comunión por la acción del Espíritu. ”La respuesta de Dios a la confusión rebelde humana en Babel había sido un nuevo pueblo, Abraham y su posteridad. Ahora, en la era mesiánica, la respuesta de Dios a la pecaminosidad humana es su nueva comunidad del Espíritu (cf. Ef. 2:11-22)”11. La comuni-
dad del Espíritu, de la que Cristo es único y suficiente Señor, vive y camina en el poder del Espíritu (Gá. 5:25). Del Espíritu recibe
nados en su seno: ”y no angustiarás al extranjero; porque voso- tros sabéis cómo es el alma del extranjero, ya que extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto”. (Éx. 23:9); ”Cuando el extranjero morare con vosotros en vuestra tierra, no le oprimiréis”. (Lv. 19:33); ”No torcerás el derecho del extranjero ni del huérfa- no, ni tomarás en prenda la ropa de la viuda” (Dt. 24:17); ”Maldito el que pervirtiere el derecho del extranjero, del huérfa- no y de la viuda”. (Dt. 27:19).
Más allá de estas y otras prohibiciones similares, Dios reclama una actitud positiva para el extranjero basada en el amor: ”Como a un natural de vosotros tendréis al extranjero que more entre vosotros, y lo amarás como a ti mismo; por- que extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto”. (Lv. 19:34); ”Porque Jehová vuestro Dios es Dios de dioses, y Señor de señores, Dios grande, poderoso y temible, que no hace acep- ción de personas, ni toma cohecho; que hace justicia al huérfano y a la viuda; que ama también al extranjero dándo- le pan y vestido. Amaréis, pues, al extranjero; porque extran- jeros fuisteis en la tierra de Egipto”. (Dt. 10:17-19). Dios reclama que ese amor se exprese en formas prácticas: ”Cuando siegues tu mies en tu campo, y olvides alguna gavi- lla en el campo, no volverás para recogerla; será para el extranjero, para el huérfano y para la viuda [y lo mismo para con el fruto de los olivos y de las viñas]” (Dt. 24:19-22); ”Cuando acabes de diezmar todo el diezmo de tus frutos en el año tercero, el año del diezmo, darás también al levita, al extranjero, al huérfano y a la viuda; y comerán en tus alde- as, y se saciarán”. (Dt. 26:12) (nota cfr. Doc. 23, 24).
El Nuevo Testamento nos muestra a Jesús identificado con el extranjero, como hace con todos los más débiles (Mt. 25:35). Pero hallamos además, en su mensaje y en su trato con las gentes, una proclama del universalismo. Jesús predica, sana y
165
É N F A S I S P A S T O R A L