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Las migraciones y la misión de la Iglesia Cristiana

In document La Iglesia y la Migración (página 81-83)

Doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación, Universidad Complutense de Madrid. Catedrático de Misiología, Eastern Baptist Theological Seminary, Penn, USA. Profesor Asociado de Evangelismo, Misión y Teología, Seminario Teológico UEBE, Alcobendas (Madrid).

Introducción

La fe cristiana es una fe que nació para viajar, es una fe misio- nera por excelencia. La naturaleza de esta religión la impulsa a atravesar fronteras geográficas y culturales, a tal punto que hoy en día no se puede comprender la historia de la humanidad sin referencia a los procesos de expansión de la Iglesia cristiana por el mundo. Esta movilidad propia de la fe cristiana arraiga en sus antecedentes en la fe judía y es así como judaísmo y cristianismo han dejado su marca en las culturas y pueblos por los cuales han pasado. La historia cultural de Europa no se puede entender sin esta doble referencia, y sin otras referencias como la musulma- na. Por ello mismo la historia de la iglesia cristiana está íntima- mente vinculada con la historia de las migraciones. Se puede decir que el marco socio-cultural de la expansión misionera cris- tiana han sido procesos migratorios obligados por circunstancias como el hambre, la guerra o la persecución; o bien emprendidos en forma intencional por razones vinculadas a la fe. La expan- sión de la fe en Cristo por el mundo puede llevar a algunos cris-

David. Dice Brown: ”Hacia el año 700 estaban produciéndose unos procesos muy similares en ambos confines. Los escolares, cuyas lenguas nativas eran respectivamente el irlandés y el sog- diano, intentaban aprender mediante el laborioso método de la copia de las versiones, latina en un caso y siríaca en otro, de un texto sagrado realmente internacional”2.

Hechos como éste atestiguan por un lado que el mensaje cris- tiano es fundamentalmente un mensaje para ser transmitido a través de las barreras culturales y lingüísticas, un mensaje que se puede traducir. De hecho, los documentos fundamentales de la fe cristiana, que son los Evangelios, no fueron escritos en la len- gua que Jesús usó para ofrecer su enseñanza, es decir hebreo y arameo, sino en el griego popular o koiné que se hablaba en buena parte del Imperio Romano. Por otro lado, el hecho que anotábamos arriba demuestra también el impulso expansivo característico de la fe que siete siglos después de su surgimiento es una fe viviente en rincones del planeta muy distantes entre sí. Un tercer aspecto es la capacidad contextual de esta fe que con- sigue adaptarse a lenguas y culturas muy distintas de aquellas entre las cuales nació.

Por estas mismas razones, podemos decir que la comunidad cristiana en los momentos en que vive más cercana a esa natu- raleza expansiva de la fe tiende a ser una comunidad ”de fron- tera”, por así decirlo. Es decir, es una comunidad que vive y a veces florece, precisamente en esos espacios donde mundos diferentes se encuentran. Brown estudia cómo se dieron situa- ciones fronterizas en la constitución de Europa, desde la época del Imperio Romano, cuyas fronteras determinaban talantes y mentalidades contrastantes. Quienes vivían dentro de ellas tenían una actitud de superioridad y veían con recelo a quienes vivían fuera de ellas. En las zonas fronterizas se daban los encuentros entre unos y otros y Brown llama nuestra atención a tianos europeos o estadounidenses a un cierto globalismo triun-

falista, que acompaña ciertos ímpetus guerreros hoy en día. Sin embargo, no hace falta caer en esa postura para reconocer la movilidad innata a la fe cristiana. Eso sí, como cristianos hemos de reconocer también las ambigüedades que conlleva el proce- so de expansión misionera.

En tiempos recientes se ha profundizado en el estudio de la his- toria de la Iglesia de los primeros siglos con aportes de las cien- cias sociales. Investigaciones interdisciplinares mantienen la convicción de que durante los primeros tres siglos de nuestra era la Iglesia cristiana se extendió por el territorio del Imperio Romano con una rapidez sorprendente. El sociólogo estadouni- dense Rodney Stark ha resumido información estadística dispo- nible a partir de la obra clásica de Edward Gibbon sobre el Imperio Romano, con el beneficio de cálculos más recientes. Así ha llegado a calcular que en los años anteriores a la llamada ”conversión” de Constantino la tasa de crecimiento de la Iglesia llegó al 40% en cada década, de manera que para el año 350, de una población total de 60 millones de habitantes en el Imperio, más de 30 millones habían abrazado la fe cristiana1.

Hay otros aspectos de esta extensión de la fe cristiana por el mundo que van más allá de las simples estadísticas. En un libro de la serie ”La construcción de Europa”, el historiador Peter Brown, de la Universidad de Princeton, nos recuerda unos hechos fascinantes, que tienen lugar hacia el año 700 de nues- tra era. Se han descubierto planchas de cera sobre madera en el condado de Antrim en Irlanda del Norte, que muestran cómo por esa fecha algunos estudiantes hacían ejercicios basados en los Salmos de David. Por otra parte, en Panjikent, al este de Samarkanda, se ha descubierto cascotes de ladrillo de la misma época, que demuestran que también en esa región de Asia cen- tral había estudiantes que copiaban versos de los Salmos de

Testamento como ilustrativo de la corriente migratoria desde Palestina hacia la capital del Imperio Romano en el primer siglo de nuestra era5.

En el presente trabajo vamos a concentrar nuestra atención en la relación entre procesos migratorios de diferentes épocas de la historia y la misión cristiana entendida como impulso a compar- tir la fe en Jesucristo y establecer comunidades que la profesan. En un sentido amplio el término misión tiene que ver con la pre- sencia y testimonio de la Iglesia en una sociedad (marturia), las maneras en que la Iglesia es una comunidad cuyos miembros encarnan una forma de vida según el ejemplo de Jesucristo (koi- nonia), el culto que la comunidad rinde públicamente a Dios (leitourgia), el servicio a las necesidades humanas que la comu- nidad emprende (diakonia), y la función profética de confrontar a las fuerzas del mal que destruyen a las personas y las socieda- des (profeteia). En sentido más específico, misión tiene que ver con ese impulso de la Iglesia cristiana a llevar el mensaje de Jesucristo (kerygma) hacia los cuatro puntos cardinales. Cuando la Iglesia toma plena conciencia de que ha sido formada y envia- da al mundo con un propósito, se ve impulsada a cumplir su misión. Precisamente la palabra misión deriva de la raiz latina mittere que significa ”enviar”. En tiempos recientes se ha redes- cubierto el sentido de ”presencia” y ”servicio” en el mundo que han de caracterizar a la misión cristiana, y se ha redescubierto también el particular sentido de anuncio del Evangelio que es componente ineludible de la misión.

De manera más específica me ubico dentro de una visión evangélica en la cual destaco dos notas que le vienen de su ori- gen en el movimiento misionero protestante de los siglos 18 a 20, surgido especialmente dentro del movimiento pietista en la Europa Central y los llamados ”avivamientos” en el mundo de habla inglesa. En primer lugar, esta fe evangélica pone énfasis en

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M I G R A C I Ó N Y M I S I Ó N

”los costes humanos que para muchos supusieron las frágiles sociedades surgidas cuando el lado ‘romano’ y el lado ‘bárbaro’ de una determinada región fronteriza ‘estallaban’, como aquel que dice, para formar nuevas unidades culturales y sociales”3.

Hay quien ha llamado al apóstol Pablo ”el primer europeo”, en alusión a la forma en que resumía en su persona la herencia espiritual judía, la familiaridad con las formas de pensamiento griego y la ciudadanía romana.

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